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XII. LA MUJER, SOJUZGADA

Camilo Valverde Mudarra

España



La mujer ha estado minusvalorada y lo sigue estando

La mujer ha estado minusvalorada y lo sigue estando. El desembarco de la mujer en el mercado laboral no ha terminado, sin embargo, con los hábitos tradicionales. En este sentido, según el informe del IAM, (8-3-02) la población femenina ocupada trabaja una media de 35,5 horas semanales, lo que supone 7,1 horas al día, a las que hay que sumar una media de 4,5 horas diarias más de trabajo doméstico. Aumentan los divorcios y separaciones y disminuyen los nacimientos de niños, bajos índices de natalidad, que han descendido en la tasa andaluza hasta el 1,32 algo suprior a la nacional. Se tienen menos hijos o se retardan, no por una decisión personal, sino a causa de la exigencia laboral, de la familia unipersonal (mujer sola) o monoparental (madres solas), a lo que se une el divorcio y la separación continuos.

Esta realidad problemática y cambiante ha impulsado el incremento en la mujer de enfermedades nuevas, antes exclusivamente masculinas. Han de trabajar más, sufrir el doble de paro que el hombre y cobrar salarios inferiores en las mismas condiciones de trabajo. En opinión del 83%, es preciso conseguir una política de igualdad efectiva y real. Quizás por la bajas de maternidad, se fomenta menos el empleo femenino, hecho al que la realidad del empleo muestra escasa sensibilidad en la sociedad actual; en consecuencia, la mujer se ve rechazada y forzada a trabajar con más ahínco fuera y dentro del hogar, bajo una doble carga diaria de esfuerzo y de trabajo. Ha de ser madre, ama de casa, compañera, esposa, amiga, trabajadora y, siempre, mujer; transmitir fortaleza y energía entre la ingratitud e incomprensión cotidianas; mujer y madre de cálido regazo que acurruca, con la ternura de dulces brazos, la voz y el consejo serenos que exhortan y tranquilizan en el fragor del vivir; es profunda laguna de aguas envolventes que calma el viento de la inquietud en las vicisitudes, barca de invencible consistencia, timón robusto, luminoso faro entre la niebla.

La mujer ha estado y sigue minusvalorada; a la particular se une la infravaloración de Estado. Ya en el s. XVIII, la Revolución Francesa le cortó la cabeza a Olimpia de Gouges por haber redactado “La Declaración Universal de Derechos de la Mujer Ciudadana” y reclamar, para la mujer, los derechos fundamentales de la revolución. Henrik Ibsen en “Casa de Muñecas” del s. XIX, Nora, su protagonista, abandona tras darse cuenta que aquello que había tenido por su felicidad no era sino trampa agobiante de modo que se desprende de la conformidad con las imposiciones de los hombres y con las teorías expuestas en los libros. En España, a comienzos de la denominada transición democrática, la mujer, haciendo patentes sus exigencias en el curso de la apertura y a favor de los cambios que se abrían, instó el reconocimiento de sus derechos de igualdad y dignidad efectivos y sus reivindicaciones sociales y legales, entre ellas la desaparición del delito de adulterio. Hoy, en la postmodernidad, aún existe la discriminación. Ciertamente, se han producido muchos avances en la sociedad y se han dictado leyes que inclinan a hacer creer en la consecución de la existencia de igualdad. Pero, en tanto que la mujer sea objeto de maltrato y violencia y utilizada en el servicio, en situaciones de intolerancia, racismo, xenofobia y desprecio, por unos hombres instalados en su poder y asidos a sus privilegios, no gozará de verdadera igualdad y auténtica dignidad.

En Nigeria, Safiya Hussini, acusada de cometer adulterio, se le condenó a lapidación en el 02; la República Federal Nigeriana había ratificado el año anterior la Convención contra la Tortura. Hay muchas más Zafias; en Zamfara, a Bariya Ibrahim le propinaron cien latigazos al descubrirla en relaciones extramatrimoniales y otros ochenta por mentir cuando declaró que había sido violada por tres hombres. La ley musulmana Sharia es inhumana, cae inmisericorde sobre los pobres, que sufren su miseria y se abrasan de dolor, pero permite que las castas privilegiadas encierren y burlen a las esposas divirtiéndose y pagando prostitutas de lujo en le derroche.

Actualmente, treinta países mantienen, en su legislación, los castigos físicos contra la mujer; los tribunales imponen, en orden penal o administrativo, castigos corporales y sanción humillantes y disciplinarias, amputación de miembros, la flagelación, marcado a fuego, en público y por funcionarios agradecidos; discapacidades permanentes y estigmas de criminales, violaciones y palizas de familiares y de mujeres de todo el mundo, que llegan hasta la pena de muerte en sus formas más brutales e inimaginables. Todavía en Julio del 02, las tribus de Afganistán continúa aplicando leyes y costumbres antiquísimas e inhumanas, un tribunal popular condenó a una niña de dieciocho años a ser violada por cuatro hombres, uno de ellos miembro del tribunal tribal, para saldar la culpa de su hermano de doce años, apaleado brutalmente por la familia de la mujer de casta superior que mantuvo relaciones con el niño.

Una práctica legislativa, aunque sea de ámbito estatal y nacional, no legitima los actos inhumanos y opuestos al derecho internacional. Cumpliendo leyes injustas en la creencia de su rectitud, se halla, a diario, gente dispuesta a lapidar en aras de unos principios o por sustentar oscuros integrismos de refinada reacción y progresía. Es preciso y vital implantar la justicia, la equidad y la sabiduría (Pr 1,3.5) en este mundo del relativismo, para que el hombre entienda que no es dueño de los bienes y de la vida y que debe eliminar el dolor y la miseria. Los fanatismos se ahorcan entre sí; las piedras han de quedar en los pedregales.

La mujer ya ha conseguido estar presente en muchos estadios de la sociedad, pero aún le quedan otros muy vedados y cerrados. El progreso avanza, la valía se impondrá.

Su condición natural de diálogo y de paz contribuirá siempre en este ambiente materialista al crecimiento de individuos que vivan la entrega, el servicio y el amor al prójimo, menos violentos y egoístas. Allí donde exista la dirección y el ordenamiento de la mujer, la sociedad encontrará solución a muchos problemas y se creará un ambiente más libre, justo y dialogante.

Camilo Valverde Mudarra

Este artículo tiene © del autor.

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