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APRÈS ROXANA…?

Frank Otero Luque

Perú



 

Me gusta merodear por los mercados de pulgas y detenerme «Ya, amor. Solo me quedan algunas cosas más por mirar… » en cuanta venta de garaje me sale al paso. Siempre, siempre encuentro algo que me llama la atención desde ceramios dizque prehispánicos hasta libros con aroma a Gutenberg y copas únicas, sobrevivientes a algún dudoso naufragio que, luego de un corto o largo proceso de regateo —dependiendo de los recursos económicos de que disponga y de lo mucho o muchísimo que me atraiga el hallazgo— cargo a casa, a toda prisa como si el tiempo fuese a arrebatarme el tesoro de las manos, para entonces limpiarlo, pulirlo, enderezarlo o… ¡componerlo! Lo coloco aquí, lo recoloco allá, desvisto a un santo para vestir a otro, hasta que, finalmente, el objeto de mi devoción acierta instalándose en el lugar preciso que tenía predestinado en el mundo.  

 

Recientemente, en una de esas incursiones a una tienda, donde la buena voluntad de personas desprendidas hace el milagro de que la materia no se destruya sino sólo se transforme al cambiar de dueño, un óleo firmado por un tal C. Dupré (a quien busqué infructuosamente en Internet) vino hacia mí corriendo, suplicando a gritos que lo salvara de un destino distinto al de mi morada. Costaba el equivalente a doce dólares y me lo dejaron en diez. No tuve que invertir una gran fortuna, aunque ese dinero me hubiese servido para cubrir algunas necesidades que actualmente tienen prioridad en mi vida. Pero, ¿cómo no apiadarme de aquel pobre óleo, hijo legítimo de un padre presumiblemente haitiano, desconocido por mí, cuyo marco era candidato a leña y cuyo lienzo pandeado a acompañarlo en las brasas de la hoguera? Por supuesto, la misericordia y la clemencia que me son propias me ganaron el corazón… y el bolsillo.

 

 0 —

 

Desmonto el lienzo del marco. Una tarea de titanes. Tan difícil fue separarlos que daba la impresión de que esos bordes de madera hubiesen estado pintados y no sobrepuestos. Estiro la tela hasta el punto en que esta me permite templarla. Sigue algo abombada. «Una de las virtudes del Op Art», me engaño, resignado.

No es fácil mover cuadros sin dejar horribles cicatrices en la pared. «A ver, a ver… ¿dónde hay un espacio libre y que, al llenarlo, siga reinando la armonía, especialmente con Roxana…?». «¡Aquí! ¡Aquí!» Finalmente, premunido de martillo y clavo, hago otro agujero en este colosal colador-mural y cuelgo la obra de arte. Llamo a Roxana a gritos. Acude asustada, creyendo que se incendia la casa. Nos acomodamos en el sofá frente a la pintura y, satisfecho, como si yo mismo la hubiese pintado, la observo detenidamente. Fingiendo sosiego, le comento a mi esposa:

 

«Me fuerza, como espectador, a ser un ave o a estar encaramado en una alta escalera, quizás en una torre, o en un mirador. Me inclino mil veces por lo primero, porque siempre  —quizás sea por exceso de soberbia— prefiero confiar en mis propias alas. Además, para dar rienda suelta a la imaginación, es necesario sacudirse de estructuras rígidas», enfatizo. Roxana se cruza de brazos y, con gesto burlón, me invita a que continúe con mi diatriba.

 

A vuelo rasante me aproximo a la escena y raudo atravieso un cielo celestial, totalmente límpido, desprovisto de nubes y matices, de esos que la caprichosa luz, al verse refractada, pinta en el firmamento para reafirmarse, recordándonos su imperante presencia diurna, especialmente en las tempranas horas de la mañana o antes de anochecer­. A pesar de su levedad, me da la impresión de que no  estoy volando sino navegando en un elemento líquido.

 

No brilla un sol cenital, aunque unas brevísimas sombras así lo sugieren. En realidad, hay nada («There is nothing», expresado con la contundencia angloparlante) en ese azulino, aguado y monocromo cielo. Pero debajo de él, mirando de soslayo desde mi ángulo en picada, me explotan en la cara los colores como fuegos artificiales. En un primer plano —en la intersección de dos senderos arcillosos, en medio de un cañaveral rodeado de colinas enguantadas de verde (de verdes), sarpullidas de amarillo, y al amparo de dos… ¿acacias?—, se me imponen siete personas: cinco mujeres y dos hombres, abocados a la faena agrícola. Son de origen africano, delgados, y están descalzos. Sobre sus respectivas cabezas, dos de las féminas cargan enormes y pesadas cestas, repletas de frutos rojos, grandes y redondos, jamás antes vistos ni saboreados por mí. Todas las damas, menos una que enrumba trocha adentro, se cubren el cabello con pañuelos amarrados en la nuca. Uno de los varones porta un sombrero de paja y es captado por mi ojo de halcón en el preciso instante en que, de un certero machetazo, destripa en dos una caña —no sé si de azúcar o de sal; no es clara la expresión en los rostros—. Completan la escena el otro sujeto, que carga una vara al hombro, y una de las mozas que está agachada liando un atado de carrizos. Unos visten de azul, de rosado, de verde (de verde omnipresente); otros de amarillo y de blanco. Ahora caigo en la cuenta de que el estallido de color que percibí inicialmente fue una apreciación meramente subjetiva, motivada por el contraste con la uniformidad del cielo. Lo cierto es que la paleta del pintor estaba desprovista de un arco iris completo y que esta manifestación artística, en particular, cae, al mismo tiempo, en lo costumbrista y en lo naíf. Así y todo, ¡me encanta! ¡Y solo me costó diez dólares!

 

Como ya lo dije, este cuadro de C. Dupré encontró finalmente su sitio en el universo. Estaba predestinado para llenar una de las superficies vacías en las paredes de mi casa (quedan muy pocas) y honrarla con su belleza. No lo busqué; él me buscó a mí.

 

Lo he descolgado por un momento para llevarlo a mi escritorio y poderlo contemplar mientras escribo esta crónica. Y ahora esa pared se ve horrible, horriblemente vacía. ¿Cómo pudo haber permanecido tanto tiempo en blanco?  ¿Cómo pude no haberme dado cuenta? ¡No, no! Me perturba, me inquieta verla así. Mejor lo devuelvo a su lugar y termino mi tarea allá, allá donde le corresponde estar, donde siempre debió haber estado.

 

¿No es, acaso, igual en el amor?, reflexiono. Eso sí: confieso que me costó muchísimo más conseguir a Roxana que a la pintura de Dupré y que, en nuestro caso, sin buscarnos, ambos nos encontramos (¿reencontramos?) a mitad de camino. Pero, por lo demás… después de que ella se instaló en mi vida y decoró las paredes de mi corazón, sería para mí imposible sacarla de allí, ni siquiera por un instante; porque me causaría un enorme dolor, una infinita sensación de vacío, de carencia. Así también me sucede con los amigos verdaderos, quienes son para siempre y que lo fueron desde antes de conocernos.

 

 

Este artículo tiene © del autor.

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