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Domingo de Resurrección

Camilo Valverde Mudarra

España



La Pascua Cristiana es tiempo de gloria, cima del año litúrgico.

El Domingo de Resurrección o Vigilia Pascual es el día de gloria, es la cima del año litúrgico. Es el aniversario del triunfo de Cristo; el final feliz del drama de la Pasión y la alegría inmensa que sigue al dolor. Aquí dolor y gozo se funden, al entroncar en la historia, el acontecimiento más importante de la humanidad: la redención y liberación de la humanidad por el Hijo de Dios. San Pablo afirma: "Aquel que ha resucitado a Jesucristo devolverá asimismo la vida a nuestros cuerpos mortales".

Para comprender y explicar la grandeza de la Pascua Cristiana, hemos de evocar la Judía, que se festejaba y, aún, festejan los judíos, como lo festejaron los hebreos, hace tres mil años, la víspera de emprender su salida de Egipto, al frente de Moisés. Así mismo, Jesucristo celebró la Pascua todos los años de su vida terrena, según el ritual del pueblo de Dios, hasta el último año de su vida, en cuya Pascua se sentó a la mesa con sus discípulos, en la cena en que instituyó la Eucaristía.

Al celebrar la Pascua en la Cena, Cristo dio a la conmemoración tradicional judía un sentido nuevo y de mucha más profundidad. La acción salvadora de la cruz no se reduce a su pueblo, alcanza a la humanidad entera, libera a todo el mundo entero, para entrar en el Reino de los Cielos. La Pascua Cristiana, plena de simbología celebra la protección constante de Cristo a la Iglesia, hasta que se abran las puertas de la Jerusalén celestial.

La fiesta de Pascua es, ante todo, la representación del acontecimiento clave de la humanidad, la Resurrección de Jesús tras su muerte asumida libremente, para rescatar al hombre de su caída. Este acontecimiento es un hecho histórico innegable; lo narran todos los evangelistas y lo confirma San Pablo, como el historiador que se apoya, no solamente en pruebas, sino en testimonios.

La Pascua señala victoria, indica que el hombre es llamado a su dignidad más grande, por Aquel que injustamente sufrió la pasión más terrible y la muerte en la cruz. El triunfo del que fue flagelado, abofeteado y crucificado con tan inhumana crueldad.

Es el día de la esperanza universal, el día en que en torno al resucitado, se sufren y se asocian todos los sufrimientos humanos, las desilusiones, las humillaciones, las cruces, la dignidad humana violada, la injusticia y la fractura de la vida humana. La Resurrección afirma y muestra la vocación y misión cristianas de llevar a Cristo a todos los hombres. El cristiano ha de vivir la esperanza de lograr la victoria del bien sobre el mal. Creer, proclamar y extender la Resurrección. Cristo con su resurrección de entre los muertos ha hecho de la vida de los hombres una fiesta.

El mensaje redentor de la Pascua expresa la purificación total del hombre, la liberación de sus egoísmos, de su sensualidad, de sus complejos; purificación que, aunque implica una fase ascética de saneamiento interior, sin embargo, se realiza en dones de plenitud; es la iluminación del Espíritu, la vitalidad del ser en una vida nueva, llena de gozo y paz, suma de todos los bienes mesiánicos: la vida del Señor Resucitado. Así San Pablo, con incontenible emoción, expresa: "Si habéis resucitado con Cristo, os manifestaréis gloriosos con Él" (Col 3, 1-4).

La celebración del misterio pascual está en el centro de la fe y de la vida de la Iglesia. La resurrección de Cristo no es solo su victoria sobre el pecado y la muerte, es la manifestación de la divina economía de la Trinidad: el amor infinito y omnipotente del Padre, la divinidad del Hijo y el poder vivificante del Espíritu Santo.

Toda la historia de la salvación tiene su centro y su culmen en la Resurrección de Jesús, hacia ella tiende la creación entera y de modo especial la Pascua de Israel, profecía de la Pascua de Cristo, de su paso de la muerte a la vida. Hacia la resurrección del tercer día, tantas veces anunciada, como coronación de su pasión, va precipitándose toda su vida, sus palabras, sus milagros, sus enseñanzas, hasta los últimos momentos, cuando Cristo demuestra con sus palabras y con sus dolores que está, para pasar de este mundo al Padre, ha venido del Padre y al Padre va, por ello su vida es una Pascua, un paso; pero en este éxodo, más glorioso que el paso del Mar Rojo, Jesús arrastra su propia humanidad, asumida de la Virgen Madre, haciéndola pasar por el misterio de la pasión y de la muerte, a fin de que quede para siempre sellada por el amor sacrificial en su carne, que lleva marcados los estigmas de su pasión gloriosa.

El EVANGELIO según San Juan cuenta hoy la Resurrección de Jesucristo.

Ya les anunció claramente que "había de resucitar de entre los muertos". Sin embargo, ninguno de los discípulos muestra la certeza y esperanza en la resurrección de Jesús. Puede notarse el simbolismo de la escena del sepulcro vacío: Jesús se ha "desatado" de los lazos de la muerte; en cambio, Lázaro tiene que ser "desatado", para poder caminar, para seguir a Jesús. Esto es lo que "ve", desde la fe, el Discípulo Amado y con él, la comunidad, que el evangelio de Juan presenta, como modelo del verdadero creyente. Es importante destacar a propósito del discípulo a quien Jesús quiere, que nunca tiene nombre propio. El no darle nombre no parece obedecer a un acto de modestia del autor, para evitar referirse a sí mismo, sino a la intención concreta de englobar a todos y cada uno de los creyentes en Jesús, incluidos los que no lo han conocido, según la carne, como dirá San Pablo. Por eso, no tiene un nombre propio. Su nombre es el de los creyentes, que este día de Pascua creen en Jesús resucitado y sienten en su corazón el amor de Jesús Resucitado.

"El otro discípulo" llega antes que Pedro al sepulcro, pero le cede la prioridad, lo deja entrar. Pedro entra y mira, el otro discípulo "ve y cree". De hecho, este discípulo, contrariamente a lo que hará Tomás, cree sin haber visto. Sólo lo poco que ha visto en el sepulcro le permite entender lo que anunciaban las Escrituras: que Jesús, en la cruz, iba a vencer a la muerte. Los dos apóstoles, en el relato, corren al sepulcro, pero sólo uno rompe el reto de lo empírico. El discípulo amado "vio y creyó". Correr más de prisa es un SÍMBOLO, imagen plástica para indicar que se tiene la experiencia del amor de Jesús.

Una vez más, Pedro no capta la situación. De él sólo se dice que vio, todavía no ha entendido que vivir es amar. Pedro todavía no posee el espíritu que Jesús transmite; lo tendrá más adelante (cap. 21) y, precisamente, por este discípulo amado que le ayudará en la ardua y difícil tarea de creer (cfr. Jn 21,7). Aceptando el aserto de algunos exégetas de que el discípulo amado simboliza en el cuarto evangelio a la comunidad cristiana, habrá que conceder a tal comunidad el protagonismo que el autor de este evangelio quiso darle.

Pedro no ha entendido aún la muerte como acto de amor y fuente de vida. En el atrio del sumo sacerdote había fracasado en su seguimiento de Jesús (cfr. Jn 18,17.25-27); el otro discípulo, en cambio, siguió a Jesús (cfr. Jn 19,26). Cuando, en su interior, llegue a captar toda la realidad de la pasión, muerte y resurrección de Cristo y se encuentre identificado con Jesús, siguiendo los pasos de la comunidad, podrá marcar el camino y asumir la tarea de la autoridad. Ambos presupuestos, autoridad, Pedro y comunidad, discípulo amado, habían partido del mismo punto de ceguera y obscuridad, de no haber entendido el hecho del sepulcro; pero el otro discípulo, al ver, creyó, captó el sentido (Cf. texto de Is 26,19-21): La muerte física no podía interrumpir la vida de Jesús, cuyo amor manifestó la voluntad de Dios, Padre.

Jesucristo ha comunicado, transmitido el espíritu (cfr. Jn 19,30). De ahí que el que no vuelva a nacer en espíritu y verdad, el que no nazca de arriba, no puede ser del Reino (cfr. Jn 3,3); el espíritu es el amor capaz de dejarse matar por los demás, el arriba es la cruz. En el cuarto evangelio la cruz es trono y gloria: es la hora del triunfo de Jesús, la señal que pone de manifiesto la identidad de Jesús. La cruz expresa un camino, un estilo, un modo de vivir y de ser. Este estilo es una tarea ardua y difícil, pues pasa inevitablemente por la experiencia aniquiladora del que vive ese espíritu.

Es sabido que el evangelio de Juan presenta notables diferencias respecto a los evangelios sinópticos, si bien es probable que parta de tradiciones comunes, que, no obstante, han pasado por la criba de la teología propia del círculo juánico. Resuena aquí la controversia con la sinagoga judía, sobre la acusación de que los discípulos habían robado el cuerpo de Jesús, para así poder afirmar su resurrección, pero, ellos no se lo han llevado. Más aún, al encontrar doblados y en su sitio la sábana y el sudario, queda claro que no ha habido robo.

En el relato de Juan, María Magdalena adquiere la función de recordar y mantener viva esta experiencia: "Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos donde lo han puesto". Para San Juan, el mensaje pascual y el triunfo de Jesús están en la cruz. La resurrección de Jesús es su amor supremo, hasta el fin, hasta dar la propia vida. Este amor es el que vence a la muerte, porque, al amar al máximo, Jesús se ha entroncado con la omnipotencia viva del Padre, que es Amor. Esta realidad requiere un gran esfuerzo de credibilidad, de fe, pues es un desafío a las pautas elementales de lo empírico.

Para la tradición neotestamentaria y para los Apóstoles, Jesús y su obra no termina en la cruz; antes bien muestra que pueden iniciar un nuevo camino, la formación de la Iglesia Primitiva, con la predicación de que el Mesías a quien vosotros crucificasteis (Act 2,23) ha resucitado como Redentor y Salvador del mundo. Todo esto se fundamenta directamente en el suceso inicial que se relaciona con el cúmulo de hechos que se designa como resurrección de Jesús. “La fe en la resurrección nunca puede ser una pura fe de autoridad; supone una experiencia creyente de total renovación de vida en la que se produce la afirmación personal de una realidad. El N.T. no describe en ningún texto el proceso de la resurrección; sólo se relatan los encuentros con el Resucitado” (J. Blank). El reencuentro con Jesús es lo que únicamente posibilita el fundamento de una experiencia de gracia; este reencuentro tuvo un carácter tan transcendente que los discípulos sólo pudieron comprenderlo y especificarlo como resurrección de Cristo por acción de Dios.

María Magdalena (“La Mirófora” del gr. “mirón”, perfume y “fero”, llevar), Magdalena, parece que no deriva de la raíz hebrea gadal, grande, con lo que, según Orígenes, se habría querido ensalzar la magnitud moral de su alma entregada a Cristo, sino que es un gentilicio, de su pueblo llamado Magdala en Galilea, hoy el-Medjdel, la torre, a orillas del Lago Tiberíades.

La Magdalena encuentra a Jesús (Jn 20,1-18)

Los cuatro evangelistas indican la existencia y la asistencia de María Magdalena y ninguno dice que fuese una pecadora, sino que la ponen como mujer virtuosa, un modelo de perfección. Su fama de pecadora, a nuestro parecer, se ha debido a identificarla erróneamente con la pecadora de Lucas 7,36-50. Jesús la había curado librándola de siete demonios, que, en expresión metafórica propia del estilo literario, significa, no que fuera una pecadora, sino que su enfermedad era muy grave, expresada en el número siete que es símbolo de plenitud, de lo que está completo, abarrotado, ya que las dolencias, en especial, las psíquicas y epilépticas, eran atribuidas al diablo. Cuando se vio curada y restablecida, lo dejó todo, se hizo seguidora y discípula del Maestro y, entregando sus bienes a la misión evangélica, se dedicó a su servicio. Parece haber tenido una función destacada entre los discípulos, según distintos textos, canónicos y apócrifos, su significación y ejemplaridad se hacen notables. Es la única que citan los cuatro evangelistas en primer lugar; es a ella a la que primero se aparece Cristo Resucitado y la que lleva la noticia.

La visita de la Magdalena al sepulcro se relata en los cuatro evangelios, pero, con matices y circunstancias diferentes (Mt 28,1-8; Mc 16,1-8; Lc 24,1-12). El evangelista Juan (20,1-18) reelaboró la tradición de la Magdalena en el sentido de su “teología de la exaltación”. Al rayar el alba, María dirige sus pasos hacia la sepultura del Maestro. El evangelista expresa con exactitud el día y la hora: El día primero de la semana, María Magdalena vino muy de madrugada, cuando aún era de noche, al monumento y vio rodada la piedra del sepulcro (Jn 20,1-2).

El primer día de la semana, en la terminología judía, significa nuestro domingo, es decir, el día primero es el que sigue al sábado. Los días se llamaban por los ordinales, excepto el último que, dedicado al reposo, recibe el nombre de “sábado” (shabbath = descanso). Y la hora es muy temprana, tanto que aún es de noche, está rayando el alba. El amanecer, por esta época de la Pascua, se produce, en Jerusalén, antes de las seis de la mañana.

Según los sinópticos la Magdalena va acompañada de otras mujeres (Lc 24,10). Cosa que parece más lógica si observamos la costumbre de las mujeres de no ir solas a ningún sitio. Por S. Mateo, sabemos que venían para ver el sepulcro (Mt 28,1). Antes de llegar, ya desde lejos, vieron que la piedra no estaba en su lugar.

La Magdalena, sin esperar y mirar a ver qué ha ocurrido, concibiendo, a la ligera, la idea del robo del cuerpo, dejó a las otras que llevaban aromas, para terminar el apresurado embalsamamiento del día anterior y salió corriendo, hasta la casa donde se encontraban los Apóstoles, a decirle a Pedro que habían robado o escondido el cuerpo del Señor y no “sabemos” dónde lo han puesto. Este modo de dar la noticia significa que hace una suposición, pues no llegó a entrar en el sepulcro y, al usar la primera persona del plural, muestra, por elipsis, que iba en compañía de otras personas.

San Juan la presenta obsesionada por la desaparición del cadáver. Así lo repite en tres momentos sucesivos (Jn 20,2.13.15). En esta inquietud de María, late una polémica contra la maliciosa leyenda de que el hortelano que estaba encargado de la finca en que se hallaba el sepulcro, hubiera ocultado el cadáver de Jesús. El relato, como lo refiere Juan, viene a ser la respuesta a las acusaciones de los judíos y las dudas que sembraban sobre este labriego con la suposición de que hubiera hecho retirar el cuerpo del Señor. Está preocupada por lo que ha venido a ver: el sepulcro y el cuerpo yacente. Únicamente la fe llevará a encontrar al Resucitado.

Varios hechos prueban la fe en la resurrección: Las apariciones a María: ¡Rabbuní! (18); a los discípulos: ¡Paz a vosotros! (Jn 20,19); a Tomás: ¡Señor mío y Dios mío! (Jn 20,28); a los de Emaús: Y sus ojos se abrieron y lo reconocieron (Lc 24,31); el sellado de la piedra y los centinelas de vigilancia ante el sepulcro (Mt 27,62-66) que son curiosamente sobornados por los pontífices, soborno significativamente silenciado por muchos autores y por la historia: Estos, reunidos con los ancianos, acordaron en consejo dar bastante dinero a los soldados, advirtiéndoles: “Decid: ‘Sus discípulos fueron de noche y lo robaron mientras dormíamos” (Mt 28,11-15). Y, en fin, el sepulcro vacío con las vendas tiradas y el sudario ordenado: …vio los lienzos tirados y el sudario que había estado sobre su cabeza, no tirado con los lienzos, sino envuelto en un lugar aparte (Jn 20,6-7).

Este texto excluye el robo del cadáver, si alguien se lleva el cuerpo no deja allí los lienzos tirados ni recoge el sudario cuidadosamente envuelto; ello fue señal suficiente a San Juan para pensar en la resurrección, sólo de él se dice que entró entonces y vio y creyó (Jn 20,8); entendió su significado, vio lo que había de ver y, al momento, creyó y recordó las palabras de su Maestro y el anuncio de las Escrituras (Lc 18,31-34). Es como la réplica a la actitud titubeante de Tomás; la fe de este discípulo que entra y cree es fuerte e inmediata, no necesita ningún encuentro con el resucitado: Dichosos los que no vieron y creyeron (Jn 20,29).

Pedro y el otro discípulo corrían juntos, pero el otro, más joven, llegó el primero, y esperó a que llegara Pedro. Se les asignan en el relato dos funciones: la de Pedro consiste en la representación oficial y el reconocimiento de la tumba vacía, constata los lienzos y el sudario ordenado en otro lugar; la del otro, es la fe, entrar y creer. Responde asimismo al pensamiento jurídico del cuarto evangelio, los dos discípulos comparecen aquí bajo el principio de los dos testigos sobre cuya base puede dictarse una causa. La sola presencia de las mujeres no serviría de testimonio, según la ley judía, no podían testificar, por lo que el autor habría rehecho la historia de modo que tuviera una mayor fuerza probatoria.

Llama la atención el hecho de que estas mujeres que habían oído a Cristo decir que al tercer día resucitaría, no se les ocurriese ni, por un instante, pensar en ello: lo matarán y al tercer día resucitará (Mt 16,21; 17,23); debía resucitar de entre los muertos (Jn 20,9). Tal vez, no habían comprendido este anuncio profético del Maestro o el impacto de su trágica muerte les tenía obnubilada la mente y, destrozadas por el dolor, no fueron capaces de reflexionar con la debida serenidad (Lc 24,6-8).

No tenemos conocimiento de la hora de la resurrección. Por las indicaciones de la ida de las mujeres, se puede suponer que sucedió antes de llegar ellas y, por tanto, que fue de noche en la madrugada del domingo. La expresión “tres días y tres noches” era una frase hecha, corriente en el vocabulario de la gente que no tiene que significar necesariamente el periodo de veinticuatro horas.

Los textos no relatan la existencia, en aquella mañana, de ningún terremoto ordinario que pudiera abrir los sepulcros; se trata sólo de un hecho sobrenatural. Que esté abierto no tiene la finalidad de que salga el cuerpo de Jesús resucitado, sino de facilitar la entrada a las mujeres y puedan examinar y comprobar que el cadáver de Cristo no se encuentra allí. Los soldados de la guardia, llenos de miedo, al ver al ángel retirar la enorme piedra y sentarse sobre ella, salen huyendo y van a dar las explicaciones de su abandono del puesto. Los pontífices los sobornaron y les impusieron el silencio y difundir la patraña (Mt 28,11-15). Al no haber quedado constancia histórica de este hecho, que las autoridades ocultaron celosamente, sólo se puede alcanzar la resurrección del Señor por la vía de la deducción a través de los indicios, por los relatos de las apariciones y por la gracia de la fe.

La discípula amada .

La Magdalena es la discípula amada porque, al ser curada de su grave enfermedad en Galilea, se convirtió en discípula de Jesús, lo acompañó en su vida pública y se entregó, de lleno, al servicio del Señor y a oír su palabra. Así, en su dedicación, llegó a ser la discípula preferida del Maestro.

Los discípulos, tras cerciorarse y comprobar los hechos, volvieron a casa. El evangelista, aquí, fija el relato sobre María Magdalena: María se quedó fuera, junto al sepulcro, llorando… “Mujer, ¿por qué lloras?” Contestó: “Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto” (Jn 20,11-13).

Estaba en total soledad al pie del sepulcro, no lograba marcharse, era atraída como por una fuerza ignota y misteriosa. Lloraba y no podía apartar el recuerdo del amado y, sin dejar de llorar, vio a los ángeles; el que sean estos mensajeros de blanco quienes den la buena noticia de la resurrección de Jesús indica que se trata de un hecho sobrenatural, que se le ofrece al hombre desde el cielo; no se trata de un acontecimiento cognoscible por la sola luz natural. Su presencia indica el lugar sagrado que actúa como señal de la resurrección del Maestro en el mundo. La misma tardanza de María en reconocer a Jesús y su confusión muestra de qué manera queda fuera del alcance personal del conocimiento humano un hecho como la resurrección. Ella, a la pregunta de los ángeles, contestó: Se han llevado a “mi Señor”, que es como decir, “al dueño de mi vida”. La Magdalena está convencida del robo; se siente despojada, se tiene por expropiada; y, a la vez, se declara absoluta pertenencia de Jesús. El empleo del posesivo “mi”, en su expresión, indica que se considera propiedad y propietaria, sujeto y objeto de posesión. Mi amado es mío y yo soy suya (Cant. 2,16). Amado con amada, amada en el amado transformada, dice S. Juan de la Cruz.

Por dos veces, se repite la misma pregunta: Mujer, ¿por qué lloras? Se presentan aquí dos planos de una misma realidad. Es el choque y encuentro de una doble lógica: la del nivel natural en que no se hace tal pregunta ante el llanto que se derrama sobre una tumba, es lógico que llore quien visita al que ha muerto; existía, por lo demás, la costumbre de que las mujeres fueran a llorar el cadáver. La otra es la sobrenatural, ¿cómo es posible llorar ante la resurrección? El “por qué lloras” sugiere que no hay motivos de llanto. La lógica indica que, si el cuerpo no está en su sitio, como profetizó Él mismo, es que ha resucitado y en tal caso el dolor y las lágrimas aquí no tienen razón de ser. Ahora, sólo cabe la alegría y la gloria. ¿No te he dicho que, si creyeres, verás la gloria de Dios? (Jn 11,40).

Es la colisión entre la razón y la fe. Es la vida vivida a ras de tierra o elevada al luminoso estrato de la luz del Evangelio. Es, en definitiva, vivir el pentecostés personal para saltar desde los lienzos tirados por el suelo hasta las cumbres de la Resurrección de Cristo, entendiendo la Escritura según la cual Él debía resucitar de entre los muertos (Jn 20,9).

¡Rabbuní!

Jesús le dijo: “¡María” Ella se volvió y exclamó en hebreo: “¡Rabbuní!” (Jn 20,16-18).

María se queda fuera, junto al sepulcro. Está completamente sola. La narración fluye, con exquisito estilo literario, viva y cargada de candor. Primero llora cuando no encuentra el cuerpo yacente que busca, después, asomándose hacia el monumento, ve dos ángeles, y, al poco, volviéndose, allí de pie, muy cerca, tiene al mismo Jesús, que confunde con el hortelano, sin que Él portara tal apariencia y del modo más natural e ingenuo, llevada por su obsesión, le dice que, si él se lo ha llevado, le diga adónde lo ha puesto, para ella ir a recogerlo. Es entonces cuando oye pronunciar: ¡María! La emisión de su nombre evoca tono y timbre conocidos. Identifica recuerdos. Reconoce a su amigo. Hubo, en esas sílabas, resonancias dulces e íntimas, había sentimientos y añoranzas en aquella voz conocida y familiar. Ella, extasiada en la realidad triunfante, exhala su ¡Rabbuní! Es su expresión de emoción, de reconocimiento y de gozo.

El Señor sólo pronuncia su nombre: ¡María! y ella, sólo, responde también con una palabra en arameo: ¡Rabbuní!, que significa ¡Mi maestro amado!, ¡Mi querido Rabí! Lo normal era usar rabbí, pero más respetuoso es rabbuní. Las dos palabras pronunciadas ¡María!, ¡Rabbuní! del encuentro, según J. Blank, sirven a San Juan para describir la voz del “amado que llama a la amada y ella le responde”. Ciertamente, evocan el lirismo simbólico del “Cantar de los Cantares”:

Lo busqué, pero no lo encontré.

Me encontraron los centinelas,

‘¿Habéis visto al amado de mi corazón?’

Apenas los había pasado

cuando encontré al amado de mi corazón.

Lo abracé y no lo he de soltar (Cant 3,2-4).

Y los bellísimos versos del “Cántico Espiritual” de San Juan de la Cruz:

¿Adónde te escondiste,

Amado, y me dexaste con gemido?

………………

Salí tras ti clamando y eras ido.

La Magdalena, pronuncia esta palabra, y, en su sorpresa y emoción, abraza al Señor. Abrazo en el que es muy posible ver el entronque del matrimonio espiritual, la fusión mística del alma en el enlace con el amado que es el último peldaño en el camino de perfección hacia la unión con Dios.

Lo encontré, lo abracé y no lo he de soltar, la Magdalena encontró a Jesús y se abrazó a él y ya ni quería ni podía soltarlo:

Entrado se ha la esposa

en el ameno huerto deseado,

y a su sabor reposa,

el cuello reclinado

sobre los dulces pechos del amado.

El mismo San Juan de la Cruz, en la glosa que hace a sus inspirados versos, añade: "El abrazo de la Magdalena con Jesús simboliza el estado espiritual más alto de que en esta vida se puede gozar; porque es una transformación total en el Amado en que se entregan ambas las partes por total posesión de la una a la otra con cierta consumación de amor" (C 22,3).

El ameno huerto deseado, simbolizado en el huerto, en que dieron sepultura a Jesús, es Dios mismo, “cuyo amor es tan inmenso que, como dice el libro de la Sabiduría, toca desde un fin hasta otro fin, y el alma que de Él es informada y movida, en alguna manera, lleva esa misma abundancia e ímpetu en sí”, de modo que el matrimonio espiritual con el Amado llega a sus cimas más altas: "Bien así como ya colocada en los brazos del esposo, con el cual ordinariamente siente el alma tener un estrecho abrazo espiritual, que verdaderamente es abrazo, por medio del cual vive el alma en Dios" (C 22,6). "Reclinar el cuello en los brazos de Dios es tener ya unida su fortaleza, mejor su flaqueza, en la fortaleza de Dios ... lo cual sólo es en el matrimonio espiritual que es el beso del alma" (C 22,8).

En soledad vivía

y en soledad ha puesto ya su nido.

Y en soledad la guía

a solas su querido,

también de soledad de amor herido.

(San Juan de la Cruz, C 35)

"Es extraña esta propiedad que tienen los amados en gustar mucho más de gustarse a solas de toda criatura, que con alguna compañía. La razón es porque el amor, como es unidad de dos solos a solas se quieren comunicar ellos" (Ib 36,1).

En la escena, se hallan solos la Magdalena y su Rabí. Los ángeles del sepulcro, cumplida su misión, han desaparecido, para que ninguna persona ni cosa ocasione perturbación al goce de la entrega mutua, "porque esta es la propiedad de esta unión del alma con Dios en matrimonio espiritual: hacer Dios inteligencia en ella y comunicársela por sí solo, no ya por medio de ángeles, pues el alma ha alcanzado el estado perfecto de la vía unitiva" (Ib 35,6).

El ímpetu del amor y la alegría de encontrar vivo al que creía muerto, la impele a abrazarlo y a quedar fusionada en el abrazo. Es el instante en que Jesús expresa la famosa exclamación del ¡Noli me tangere! (“No me toques”), que es una mala traducción del griego, Me aptou: “No me retengas más”, “no me entretengas más”. Y, como explicación, le brinda la causa: porque aún no he subido al Padre, esto es, seguiré aquí, tendremos ocasión de volvernos a ver. Cuando haya subido y esté con el Padre, le enviará su Espíritu y ese será el momento de disfrutar de su enlace espiritual, puesto que el Espíritu Santo actuará de “llama viva, de cauterio suave, de toque delicado que a eterna vida sabe”.

Realmente, al resucitado no se le puede retener en este mundo, su contacto se realiza en otro plano, en la fe, por la palabra, en espíritu. Así pues, Jesús ha encumbrado a la Magdalena a la cima más alta de la perfección.

Misión apostólica.

María Magdalena es nombrada Apóstol de los Apóstoles. La envía en función apostólica a los que van ser confirmados en el apostolado: anda y di a mis hermanos.

Y obediente a la vocación recibida, dejándolo todo (Lc 5,11), fue a decir a los discípulos (Jn 20,18) la extraordinaria noticia y a anunciarles el mensaje que Jesús le ha dado. En las apariciones del Señor, hay un elemento esencial: asigna la vocación, envía a una misión. El mensaje que ha de comunicar a los discípulos es la fundación de una comunidad escatológica de Dios por la vuelta de Jesús al Padre.

El Señor la elige para que sea su mensajera y la divulgadora de la noticia. Lo que ella ha visto ni siquiera lo creerán todos (Jn 20,25); porque lo que ha visto y oído, sólo desde la fe y por la fe puede creerse.

Camilo Valverde Mudarra

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