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Cabal

Jesús Fidel Gonzalez

México



Cabal

Los aires de febrero zarandeaban la cabellera de los árboles en la alameda, en tanto que a Lucas Alegre, arrancándole de los ojos la tristeza, la incrustaban en las paredes de las casas tan viejas como el viento. Y él, sentado en su sombra, dejaba que la nostalgia, arrastrada por aquel torbellino, se le adentrara en el pensamiento.

Vio a su pueblo flotar con las raíces terrosas al desgaire, espolvoreando la historia guardada por siglos en los cimientos de las construcciones tanto religiosas como profanas. También escuchó los tañidos del coito de las campanas y los crujidos de "La carreta de la muerte". Lucas Alegre movió la cabeza y, al igual que su pueblo, se dejó transportar por el carro de febrero.

«Lucas Alegre, ¿cuándo llegaste? «oyó a lo lejos el eco de una voz que de pronto le golpeó la cara»

«Acabo de llegar «contestó él, con voz desanimada».

«¿Acaso viniste a las Fiestas de Mayo o al entierro de Eugenio Rey? «otra vez le preguntaron».

«No. A ninguna de las dos cosas he venido. No sabía que fuera mayo y, menos que Eugenio Rey había muerto «le dijo a la voz que se había ido a sentar junto a él».

«¡No lo sabías!, pero ya estás enterado «le informó la voz al ritmo de las palabras que se materializaban en una joven morena de cabellos negros ensortijados».

«No sé que hacer... «dijo Lucas Alegre cuando éste veía a la joven».

«Te ayudaré a decidirte. Te invito primero a que vayamos al velorio de Eugenio Rey, le lloramos un rato y luego nos vamos a la feria «le propuso».

«Me parece bien. Al cabo tengo motivos para llorarle a Eugenio Rey. Vamos «dijo él sacudiéndose los fondillos del pantalón».

Al caminar se levantaba el polvo del galope de sus pensamientos. Llegaron al velorio. Bajo un Paloblanco, entre familiares, amigos, enemigos y el humo de los ocotes, en un catre de jarcia, vestido de payaso y una mueca de burla dibujada en la boca, se encontraba Eugenio Rey con los pies al suelo.

Lucas Alegre y la joven, después de saludar a los veladores, lloraron y recitaron algunos pasajes de la vida de Eugenio Rey.

«Descansemos. Hemos llorado bastante «dijo aquella joven de cabellos enmarañados».

«Tómense un café. También hay menudo, tamales de con La China, pan y jericallas «sugi rió una sombra danzante».

«Deme algo fuerte y unos tamales «pidió Lucas Alegre».

«A mí, tráiganme un café sin azúcar, y menudo «dijo la joven morena».

Con jarro y plato en las manos se sentaron en unos trapecios y comieron. Las carcajadas que brotaban de las gargantas de la oscuridad, chocaban con los rezos de Doña Eugenia Rey y el canto de las ranas y de los grillos.

Alguien puso a funcionar un tocadiscos, y el velorio se entristeció al dejarse oír la voz de Javier Solís, cantando... Payaso, soy un pobre payaso... Luego regresó la alegría con... El yerberi to llegó, llegó... Traigo yerba... y ahí terminó Doña Celia Cruz al ser interrumpida por los gritos de un hombre bajito con voz de cañón:

«Los hermanos Político. Saltimbanquis de fama internacional, presentarán lo mejor de sus suertes en honor de Eugenio Rey».

Cuatro hombres y una mujer vestidos de tafetán multicolor, haciendo piruetas irrumpieron en la imaginaria pista de un circo. Maromearon. Lanzaron y cacharon con un pie, con una mano y con la cabeza: aros y sombreros. Luego se arrojaron antorchas encendidas que, describiendo círculos y culebrillas, caían en las manos de los hermanos Político. El acto culminó con una pirámide humana, que sostenían sobre sus hombros a una mujer en la parte superior, apoyada con una sola mano en la cabeza del Político flaco.

El número fue maravilloso; sin embargo, lo que más atrajo la atención fue ver como las lentejuelas de los trajes, a cada salto de los hermanos Político, se tornaban de tricolores a azules y viceversa.

«... Una docena de besos prometiste... «se oyó la voz de Celio González»... al cumplir tus quince primaveras... Yo ya me despedí de mí adorada... cantó Daniel Santos... Payaso, soy un pobre payaso... intervino Javier Solís.

«Otro fueguecito «ofreció la voz danzante».

«Sí. Por favor démelo «dijo Lucas Alegre».

Doña Eugenia Rey, viendo a los hermanos Político, lloró al recordar lo que fuera hasta antes de refugiarse en los olores de la cocina. Su vida desde hacía algunos años la compartía con un caballo reumático, un perico mudo y un perro afónico y desdentado; amén de las gallinas y puercos que criaba para alcanzarse unos pesos como ella decía. Con los tres primeros platicaba esperando el regreso del hijo trashumante, de quien, religiosamente, cada quince días recibía carta acompañada de un giro postal.

«... Mamá, en abril iré a verte, «me escribió en la primera carta de marzo». Y el día 25 del mes anunciado, llegó cargado de alegría y regalos. Le hice una fiesta en la que nada más ustedes faltaron, pues no supe adónde avisarles «¡Lo hubieran visto! ¡Cantó hasta enronquecer! ¡Hizo actos de magia y contó chistes! ¡Bailó hasta caer agotado! ¡Cómo nos divertimos! «le platicó Doña Eugenia Rey a Lucas Alegre».

«Doña Eugenia, ¿qué fue lo que ocurrió? «le preguntó».

«Todavía no alcanzo a comprender qué pasó. Cuando salí al mercado, pues él quería comer ancas de rana, lo dejé trepado en el guayabo y al regresar, lo encontré tirado en el suelo y tú, «apuntó a la joven morena», estabas agachada soplándole un oído. Al verme, te paraste dicién- dome, «Eugenio Rey se ha librado de lo que tanto lo hiciera sufrir. Enseguida te fuiste, según tú, a esperar a Lucas Alegre. Y eso es todo lo que sé «dijo doña Eugenia Rey».

«Es verdad que estaba con él. Así fue, pues tenía que cumplir el compromiso contraído hacía varios años. Desgraciadamente nada pude hacer. Su suerte estaba sellada «dijo la joven morena de cabellos de azabache».

«¿Otro fueguecito? «inquirió de nuevo la sombra danzante».

«¡Aceptado! «alegre, respondió Lucas Alegre».

«¿A qué hora será el entierro? «preguntó Lucas Alegre».

«Mañana a las cuatro de la tarde «contestó Doña Eugenia Rey despidiéndose para ir a llorar, porque era su turno».

Comenzaba a soltar el llanto cuando fue interrumpida por el caballo que, servía de base de la pirámide que estaba siendo completada por el perro y el perico, trotando se acercó a los pies de Eugenio Rey. Dobló la pata derecha delantera, agachó la cabeza e irguiéndose, relinchó como lo hiciera a la luz de las luciérnagas eléctricas que no volaban por estar adheridas al enlonado y a los postes de colores. Los hermanos Político, ahora azules, entusiasmados aplaudían. Y doña Eugenia Rey, con los ojos cerrados para que no escaparan las lágrimas, acariciando al caballo le decía... «¡Lo hicieron como en los buenos tiempos... Sí, como en los buenos tiempos!;» y abrió los ojos y sus lágrimas humedecieron su nostalgia.

Lucas Alegre y la joven morena, al ver a doña Eugenia Rey se la imaginaron vestida de ilusiones, agradeciendo los aplausos con la cabeza inclinada y los brazos cruzados sobre el pecho.

«Qué te parece si lloramos otro rato y nos vamos a la feria «propuso la joven».

«Lloremos «respondió él, tomándola del brazo». «Lloremos «repitió».

Parados a un lado del catre, la cascada de lágrimas cayó sobre la cara de Eugenio Rey.

«¡Lo van a ahogar! «gritó uno de los hermanos Político».

«¿Acaso quieren que se vuelva a morir? «gritó de nuevo al tiempo que los empujaba».

«Adiós Eugenio Rey. Nos vamos a la feria y en tu nombre, haremos reír a la gente «dijo Lucas Alegre».

«¿Nos vamos? «susurró la joven al tiempo que le echaba los brazos a Lucas Alegre, cuya impaciencia no podía ocultar».
Sin despedirse de los veladores, salieron del oloroso velatorio infestado de guayaba; aprisa se alejaron del muerto, cuyos pies, ahora, descansaban sobre un banco de leyendas.
El empedrado de la torcida calle, hacía que sus pasos resonaran rompiendo la tranquilidad de puebloquieto lo cual, poco les importaba. Ella, suspiraba con melancolía, mientras miraba las estrellas que a pesar de la lejanía, se podían tocar con las manos de la imaginación. Él, pisoteaba el tiempo que se había quedado pegado a las piedras, aspiraba el resuello del pueblo y trataba de adivinar la distancia que lo separaba de la muerte.

«¿En qué piensas, Lucas Alegre? «preguntó ella».

«Pienso, en que mi vida se ha alargado más allá del horizonte que alguna vez imaginé.

«Para qué tratas de descifrar lo que no te está permitido «dijo ella, acariciándole la cara con la calidez de su aliento», «continuó». Tu vida comenzó y terminará sin tu consentimiento. Es mejor que disfrutes el momento que vives y con lo que tienes a tu alcance. Pues tal vez, la oportunidad, dejándola escapar, nunca regrese y entonces vivirás lamentándote de no haber realizado lo que tanto anhelas.

«Hoy te vi por primera vez. Sin embargo, siento que personificas a la mujer que tantas veces he llamado. No sé tu nombre, pero sé que desde hace mucho tiempo te he deseado «dijo él al abrazarla y al besarla con desesperación».

«Sé que siempre has ansiado hacerme el amor. Yo, igual estoy deseosa de ti.

«¡Se mía!, aunque solo sea por esta noche. ¡Se mía! El deseo me está matando «balbuceó Lucas Alegre».

«Yo también te deseo y quiero. Además necesito hacerte el amor en este mismo instante para ser tuya toda la eternidad «dijo la joven como buscando un refugio, luego lo arrastró a la oscuridad, y se amaron intensamente».
En aquel remolino de lujuria, vio a su pueblo con las raíces descubiertas; pero, ahora, chorreaban sangre.
También vio a Eugenio Rey arriba del guayabo. Y, Lucas Alegre, lloró al sentir como su virilidad penetraba en Eutanasia Cabal quien, entre sollozos, gemía en el mismo instante que se fundía en el cuerpo y alma de Lucas Alegre.

Al siguiente día, el camposantero encontró junto a la fosa de Eugenio Rey, el cadáver de un hombre cuyo rostro reflejaba gran felicidad.

Más tarde, Eutanasia Cabal, regresaba al panteón del brazo de Doña Eugenia Rey a quien, sonriente, prometió liberarla de los sufrimientos nostálgicos.

P.-S.

Gracias por leerme.

Este artículo tiene © del autor.

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