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Recibid el Espíritu Santo

Camilo Valverde Mudarra

España



Domingo II T. Pascual. Ciclo A

Hch 2,42-47; Sal 117,2-4.13-24; 1P 1,3-9; Jn 20,19-31

"Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa con las puertas cerradas, por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: Paz a vosotros. Y diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. Y dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.

Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús…

Exclamó Tomás: ¡Señor mío y Dios mío! Jesús le dijo: ¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto".

Lectura de los Hechos de los Apóstoles:

Los hermanos eran constantes en escuchar la enseñanza de los apóstoles, en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones.

Todo el mundo estaba impresionado por los muchos prodigios y signos que los apóstoles hacían en Jerusalén. Los creyentes vivían todos unidos y lo tenían todo en común; vendían posesiones y bienes y lo repartían entre todos, según la necesidad de cada uno. A diario acudían al templo todos unidos, celebraban la fracción del pan en las casas y comían juntos alabando a Dios con alegría y de todo corazón; eran bien vistos de todo el pueblo y día tras día el Señor iba agregando al grupo los que se iban salvando.

En esta perícopa, San Lucas hace una pequeña síntesis de la vida de la comunidad jerosolimitana.

El acontecimiento de Pentecostés, con su fundamento último en la Resurrección de Cristo, adquiere dimensión eclesial en este relato de Hechos. Tiene un carácter normativo al describir los rasgos de la Iglesia naciente; es la narración del vivir diario. Naturalmente, no es ni quiere ser una historia de la comunidad primera, aunque pueda tener una base histórica. En esta cuestión importante de la historicidad, hemos de apuntar que, frecuentemente, se ha tomado como una descripción histórica de la primera comunidad de Jerusalén, sacando de ahí consecuencias polémicas y desacertadas. Parece claro que Lucas no pretende el hecho histórico; en realidad las cosas no pasaron como están presentadas aquí. Hay que tener en cuenta, en primer lugar, la acusada tendencia de Lucas a la generalización, presente tanto en su Evangelio como en este libro; en segundo término, por su inveterado optimismo. Así mismo, en Hech 5,4 aparece claro que un cristiano no podía vender sus posesiones con toda libertad y hacer lo que quisiera. En fin, Hech. 6,1 y Gál 2,10 indican que la situación económica de la comunidad de Jerusalén no era tan idílica, como aquí se apunta. Ello no significa que este texto sea falso; el objetivo de Lucas es mostrar el desarrollo de una comunidad cristiana ideal, el grado que todo grupo cristiano debe alcanzar en la convivencia y el modo en que ha de repercutir la fe en los aspectos materiales y económicos. Lo cual sería, por otra parte, el mismo mensaje que se desprendería del posible hecho histórico. El contenido es lo importante; sirve de modelo y acicate para la Iglesia de antes y de ahora. Lo esencial es que el cristiano dé testimonio de la Resurrección con el desprendimiento del dinero, el compartir los bienes y la atención a los hermanos reales.
Siempre el hombre se ha fabricado y rodeado su vida de sueños y realidades. Cualquier proyecto de vida lleva consigo una carga de utopía que luego puede contrastar con la mera realidad circundante. Pero, a pesar de todo, permanece siempre el hecho de la realidad cotidiana se transfigura poco a poco en la medida en que dejamos rendijas abiertas a nuestros sueños.

Aquí, interesa subrayar el vigoroso testimonio de los apóstoles en vistas a cambiar las perspectivas de vida de aquella primera comunidad. La experiencia de su fe es un revulsivo, para todos los creyentes, la fuerza que testimonia su modo de vida, signo de haber adoptado un vivir nuevo, siempre está en relación íntima con la intensidad de una fe asumida plenamente. La verdad fundamental de toda comunidad es su unidad interior efectiva en el espíritu. Significa haber descubierto la propia plenitud en la comunicación con los demás en sentimientos, experiencias y, sobre todo, en la fe; es la koinonia (Hech 2,42), expresión de la realidad de vida compartida.

La comunidad de bienes, el elemento más sorprendente del texto y, también, el más utópico, es de gran importancia en cuanto alienta a vivir la alegría y la esperanza evangélicas. La comunidad cristiana debe manifestar su realidad de "comunión". Las formas pueden ser diferentes y diversas de acuerdo al tiempo y el lugar, pero siempre, necesarios para fortalecer y expresar la fe en el Resucitado. Unión-comunión con los apóstoles, en la oración y fracción del pan, así como en la ideal comunidad de bienes, es lo que toda comunidad debe pretender y lograr con la ayuda del Espíritu. Se trata de acercarse lo más posible a un verdadero sentido cristiano. El punto clave de unión ha de ser la fe en Jesús y el servicio al prójimo.

SALMO RESPONSORIAL

Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia. Diga la casa de Israel: eterna es su misericordia.
La piedra que desecharon los arquitectos, es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente. Este es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo.

Lectura de la primera carta del Apóstol San Pedro:

"Bendito sea Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo, que en su gran misericordia, por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva, para una herencia incorruptible, pura, imperecedera, que os está reservada en el cielo.

La fuerza de Dios os custodia en la fe para la salvación que aguarda a manifestarse en el momento final. Alegraos de ello, aunque de momento tengáis que sufrir un poco en pruebas diversas: así la comprobación de vuestra fe -de más precio que el oro que, aunque perecedero, lo aquilatan a fuego…"

La "bendición" que abre la carta de Pedro ha inducido a pensar en una liturgia bautismal. Posiblemente, se trata de la gracia de la regeneración bautismal; una composición litúrgica utilizada para el bautismo, una especie de himno compuesto para la liturgia bautismal de aquel tiempo. El estilo del comienzo de la carta no es original y desemboca en las costumbres judías: bendecir al Señor, exclamar ante lo que hizo y sigue haciendo por su pueblo, es un tópico de la oración judía; fórmula de bendición que encontramos incluso en nuestras plegarias eucarísticas más antiguas.

Esta oración aparece inmediatamente cristianizada: se "bendice" al Padre, que, al resucitar a Cristo de la muerte, nos ha hecho nacer de nuevo a una esperanza viva. Lo que aquí se expresa, es que el hecho de la resurrección anima a la comunidad cristiana, la resurrección proporciona todo su fundamento a la esperanza de los hijos de Dios; una esperanza que es ya una posesión de la realidad.

Pedro señala claramente el objeto de esta esperanza: la herencia reservada en el cielo. Por eso, las pruebas que al presente nos afligen no pueden empañar nuestra alegría. Ninguna crisis grave puede mermar esa alegría interior del cristiano. La alegría inserta en la fe de los fieles que creen sin haber visto, que creen y aman a Jesucristo, Muerto y Resucitado, debe transfigurar al cristiano, pues va a obtener la salvación.

Cristo se apareció a Tomás y expresó que la fe está en la resolución de una experiencia espiritual, que eleva el alma a crecer en la palabra, sin haber visto; esta fe provoca en la comunidad cristiana actitudes profundas de oración, de entrega y disposición, de perseverancia en la fracción del pan, que despiertan la admiración y seguimiento de Jesucristo, para llevar una vida acorde con el Evangelio. El seguimiento de Jesús exige acomodar la propia vida a sus obras y palabra. El Evangelio es siempre Buena Noticia y norma fiel de conducta; nunca es un cristianismo de cumplimientos mínimos ni de actitud resignada. La diferencia entre el obrar por amor y el obrar por obligación tiene repercusiones en el interior del sujeto, y, hasta en su exterior. Ya lo dice Jesús: "Mi yugo es suave y mi carga ligera" (Mt 11,30). Precisamente, la satisfacción interior, que emana del seguimiento, es la fuerza psicológica que mueve espontáneamente a la evangelización del mundo frío y descreído y al amor a Dios y, por Él, al prójimo.

EL EVANGELIO según San Juan cuenta hoy la aparición de Jesús a los discípulos. El cuarto Evangelio subraya la Resurrección en dos momentos del domingo: al amanecer, la Magdalena descubre a Jesús junto al sepulcro vacío y, al anochecer, se presenta entre sus discípulos, en la casa con las puertas cerradas, por miedo a los judíos.

La liturgia, con este evangelio que constituye un precioso entramado teológico, invita a subrayar el sentido del domingo. Es día del Señor, en que celebramos la fe pascual y la irrupción de la eternidad de la Trinidad en nuestra historia, llenos de alegría alrededor de Jesús Resucitado, núcleo vital de la comunidad y de los discípulos. Este evangelio se pude considerar el "centro teológico del domingo cristiano". Al narrar dos apariciones del Resucitado en dos domingos consecutivos, se resalta el domingo cristiano: la comunidad de creyentes vive el sentido originario del domingo en memoria y a la espera del Resucitado. Es el día de la Resurrección, de Pascua.

Este Evangelio propone varios temas: las apariciones del Señor se suceden de ocho en ocho días; Cristo-Resucitado transmite sus poderes a los apóstoles; finalmente, los discípulos llegan a descubrir, igual que Tomás, la fuerza viva de la fe.

San Juan resume los datos que han llegado a su conocimiento. Jesucristo no es ya un hombre como los demás, puesto que pasa a través de los muros; pero no es un espíritu, puesto que se le puede ver y tocar sus manos y su costado. Su resurrección ha supuesto para El un nuevo modo de existencia corporal. Juan no insiste tanto, como Lucas en el pasado, con el fin de probar que su resurrección estaba prevista; Juan lo presenta orientado hacia el futuro y preocupado por "enviar" a sus apóstoles al mundo. Este hecho es prolongación del envío que el Padre ha hecho de su Hijo (Jn 17,18). Los apóstoles están ya habilitados para terminar la obra que Cristo ha iniciado (Jn 17,11). Tema importante es la preocupación de Cristo por organizar los distintos elementos de la actividad apostólica: la jerarquía, los sacramentos, el banquete, la asamblea.

Recibid el Espíritu Santo. Jesús imparte a los Apóstoles, con el don del Espíritu, la ordenación ministerial. Juan se hace eco de una antigua idea de los medios judíos, en especial de los que se movían en torno a Juan Bautista, en que se esperaba a un "Enviado" que "purgaría a los hombres de su espíritu de impiedad" y les purificaría por medio de su "Espíritu Santo" de toda acción impura, procediendo así a una nueva creación (Sal 51,12-14; Ez 36,25-27). Al "insuflar" su Espíritu, Cristo reproduce el gesto creador de Gén 2,7 (cf, 1 Cor 15,42-50, a lo que Cristo debe su título de segundo Adán al "Espíritu" que recibe de la resurrección; Rom 1,4).

Mediante su resurrección, Cristo se ha convertido, pues, en el hombre nuevo, animado por el soplo que presidirá los últimos tiempos y purificará la humanidad. Al conferir a sus apóstoles el poder de remitir los pecados, el Señor no instituye tan solo un sacramento de penitencia; comparte su triunfo sobre el mal y el pecado. Por ello, San Juan ha querido asociar la transmisión del poder de perdonar con el relato de la primera aparición del Resucitado. La espiritualización que se ha producido en el Señor a través de la resurrección se prolonga en la humanidad por medio de los sacramentos purificadores de la Iglesia.

La Presencia del Resucitado es de tal especie que no se le reconoce: María Magdalena lo confunde con el jardinero (Jn 20,11-18). Cuando lo "reconoce" se le prohíben las muestras de respeto, con que trataba al Cristo Pre-pascual. La nueva forma de vida del Señor no permite ya conocerlo según la carne, a base tan solo de los medios humanos. Ya no se le reconocerá como hombre terrestre, sino en los sacramentos y la vida de la Iglesia, que son la emanación de su vida de resucitado. La "fe" que se le pide a Tomás permite "ver" la presencia del resucitado en esos elementos de la Iglesia, por oposición a toda experiencia física o histórica. La fe está ligada al "misterio", en el sentido antiguo de la palabra.

Esta aparición asocia el don del Espíritu y la fe a la revelación del costado de Jesús. Juan ya apuntó (19,34-37), que el costado lacerado de Cristo en la cruz, llevaría la fe, a quienes lo vieran herido; la contemplación de la muerte de Cristo provoca la fe por la acción del Espíritu. Si Cristo muestra su costado no lo hace por simples razones apologéticas: revela a los contemplativos la fuente de la nueva economía. Así, la visión que los apóstoles han tenido de Cristo resucitado no ha sido de tipo material, como exigía Tomás. En realidad, los diez apóstoles han tenido una experiencia real del Señor resucitado, pero, quizás, fue más mística que la que pedía Tomás. El asunto está en "creer sin ver". La resurrección no es, desde luego, una cuestión de apologética ni un acontecimiento maravilloso; es un acto interior de fe, un signo en la medida en que la fe la ilumina.

Jesús, al presentarse, les comunica paz e infunde alegría a los encerrados; y, con la paz y la alegría, el aliento de un envío a semejanza del que Jesús recibió del Padre. Jesús está ahí, es el mismo que había convivido antes con los que ahora están incapacitados por el miedo. "Paz a vosotros". Por dos veces resuena la frase. Ya no es hora del miedo, sino de la paz, que ha de ocupar el espacio interior de quienes estaban sumidos en el temor. El corazón de los discípulos se distiende y la alegría aflora. "Paz a vosotros". Se produce el cambio; ya no hay lugar a encierros ni temores. "Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo". "Recibid espíritu santo". Y les da la potestad de perdonar los pecados. Este poder se da en el seno de la comunidad creyente, más allá y por encima de las concreciones históricas que esa potestad ha asumido con posterioridad. El autor no escribe en términos trinitarios, sino en sentido de calidad de existencia. "El espíritu sopla donde quiere, se oye el ruido, pero no se sabe de dónde viene ni adónde va. Eso pasa a todo el que ha nacido del espíritu" (Jn 3,8). Estos son los cristianos al ser los enviados de Jesús. Llevan una forma de existencia opuesta al decaimiento y al miedo.

Juan pone de manifiesto que la convivencia física con Jesús no es criterio suficiente, para entender a Jesús en profundidad; adelanta que se puede dar la inteligencia de Jesús, sin haber convivido físicamente con El. Juan no minusvalora el papel de los testigos oculares, quiere animar a todos los cristianos; se trata de una problemática fundamental vivida intensamente en las primeras comunidades cristianas. El texto de este domingo nos proporciona la gran alegría de saber que hoy podemos entender a Jesús, incluso mejor que los que convivieron con El. Estamos realmente en el tiempo pascual.

Los primeros cristianos se llaman a sí mismos elegidos, que han sido enviados a cumplir una misión, en favor de los demás. Para llevarla a cabo reciben la fuerza del Espíritu. El episodio de Tomás quiere afirmar la fe de todos aquellos que no vieron directamente al Señor y para los que se han escrito todos los signos que Juan narra en su evangelio. "Dichosos los que crean sin haber visto". Jesús acepta la confesión de Tomás, pero le reprocha el modo de llegar a ella, declarando bienaventurados a los que crean, sin necesidad de la comprobación tangible. El acontecimiento encierra un sentido profundo. Sólo la fe permite ver y entender la trascendencia de lo que sucede. En el resucitado, reconocen los apóstoles al Jesús que anduvo con ellos por los caminos de Palestina. El Jesús de la historia es el Cristo de la fe, Jesús es el Cristo.

Hemos de reconocer en el Resucitado al mismo que fue Crucificado. La actitud incrédula de Tomás se produce con frecuencia; muchos desearon alguna vez tener la certeza casi física de la presencia de Jesús Resucitado en su vida, meter los dedos en la herida de los clavos, en el costado abierto de Cristo. Muchos hemos sentido alguna vez el miedo a las presiones, a la oposición y al ataque, pero el Señor, el Jesús que ha triunfado en la cruz, conoce y entiende nuestras debilidades. Es el Señor, que entrando sin llamar, viene a nuestra intimidad, se presenta al corazón y nos habla con dulzura y tranquilidad: “Paz a vosotros”. El shalom de Dios, la paz que inunda el alma, que hace presente al Espíritu en nosotros y en este mundo tan necesitado de ella. Paz a todos los hombres.

Camilo Valverde Mudarra

Este artículo tiene © del autor.

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