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EL ESCAPISMO ROMÁNTICO DE MADRID

Valentín Justel Tejedor

ESPAÑA



 

Existe un Madrid escapista, que ansía el preciosismo, la plenitud y la perfección. Un anhelo constante que aspira indefectiblemente a la ecléctica armonía. Un Madrid que rinde culto a la belleza en su propia cotidianeidad, convirtiendo en sublimes sus más nímios detalles. Desde los gríseos adoquines labrados y engarzados, con mimo en las pasadas centurias, los cuales, confoman la retícula urbana más prístina de la capital, hasta los alfombrados tapices de hojarasca jalde y cenicienta, aventada desde las acacias, que con su cromatismo otoñal, impregnan de melancolía y nostalgia los bellos paseos madrileños.

 

Existe un romanticismo presente en muchos rincones de la capital, los cuales, se impregnan permanentemente de mágia y fascinación, mostrando su lado más esplendoroso, y provocando sensaciones verdaderamente inolvidables y vivificantes, como los suaves y fragantes aromas de las mil flores de la rosaleda del Parque del Oeste, cuando todavía las frescas gotas del temprano rocío resbalan por sus pétalos de seda, formando minúsculas cascadas de bellos pensiles, que brillan resplandecientes como naifes en el fulgor de la naciente mañana; o el frescor de las ácueas gotas, que el caprichoso viento arratra desde las pétreas fontanas, como si fueran fina lluvia en los caliginosos días de sol; o los ténues reflejos del atarceder vesperal del Madrid de los Austrias, vislumbres que proyectan sus luces y sus sombras, sobre los arcanos soportales de la Plaza Mayor, creando una misteriosa y enigmática atmósfera de claroscuros de proscenio, verdaderamente mágica e insondable; o los oníricos añiles e índigos de las aguas de la cuenca fluvial del río Manzanares a su paso por la capital, con sus reflejos tornasolados y cambiantes juegos de luz y color, que tan magistralmente plasmaron los maestros de la pintura Goya o Beruete; o la excelsa belleza de las formas del hierro y el vidrio del Palacio de Cristal, que atemperan su refulgente albura polarizada, con el bucólico fondo verdeceledón de las onduladas praderías y los estanques con lámina de espejo del Parque del Retiro; o caminar por las caprichosas sendas de oro de la Casa de Campo, tendidas entre un boscaje de infinitas hojas esmeralda, a través de cuya espesura y frondosidad, oblicuamente penetran como áureas espadas los enardecidos rayos de sol, que convierten el sereno recorrido en un placer más cercano a la bucólica ficción que a la inmediata realidad; o escuchar el gorgeo acompasado y armónico de los pájaros, en la quietud dominical, leyendo en un banco de herradura, como expresaba la poetísa Gloria Fuertes, o recorrer las veredas arboladas del mismo Salón del Prado, con sus amplias plazas, sus edificaciones de época, sus primorosas y emblemáticas fuentes, y su anchuroso trazado circoagonal; o tocar las centenarias hiladas de piedra, donde todavía se dice que habitan las Musas, mudos testigos de la historia de nuestras más ilustres y celebres figuras de la literatura española, en el Barrio de las Letras, como si éstas nos fueran a transmitir sus vivencias, su pasado.

 

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