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Jeremy Spoken

Gabriel Moreno

Gibraltar



Quizás fuera un astro accidentalmente desplazado en alguna constelación distante o simplemente el fallido cálculo fortuito de alguna fórmula matemáticamente disonante, quizás la culpa la tuviera una aglomeración
exuberante de simbología metafísica almacenada durante años, siglos, milenios, en un subconsciente excesivamente expansivo, no lo sé, el caso es que Jeremy siempre fue preso de pensamientos muy extraños. Ya a los 6 años sé autoproclamó hacedor de milagros, es decir mago y poseído por una fuerza inexplicable comenzó a precipitar sus manos sobre la cabeza de toda pobre alma que pasaba por su lado. El chico estaba convencido que era su primordial deber curar a todos sus semejantes de unos males espirituales que fervientemente advertía en sus caras arrugadas y tristes. Una vez al alzar sus manos sobre un compañero de clase recibió tal golpe en la cara que hubo de ser tratado en un hospital por contusión cerebral leve entre otros males. Esta y otras experiencias traumáticas graves le hicieron empezar a dudar a Jeremy que además veía como los seres que le rodeaban seguían tristes y arrugados a pesar de sus plegarias y hechizos. Jeremy no tardo en comprender, con gran resignación, que el no era el Mesías. Sin embargo esto no seria la causa
principal de su suplicio. La gran cruz de Jeremy fue el amor. A los 12 años ya era un romántico empedernido y atormentado. Se pasó anos mandando románticas cartas de amor enloquecido a toda chica con la cual
hubiera intercambiado mas de dos frases seguidas, incluyendo a sus primas y hermanas. Su pequeña cabeza de adolescente probó el puro amor cortesano en todas sus formas pero pronto dudaría pues de todos sus
empedernidos esfuerzos por encontrar su compañera astral solo le quedó un fuerte ardor de estómago. A pesar de todo, Jeremy no se dio por vencido y sus días de existencia humana los decidió vivir en un exótico
lugar entre el sueño, la duda y la realidad. No sé bien si alguna vez llegó a encontrar lo que buscaba, pero recuerdo haberlo visto en una ocasión sentado en una gran roca negra tranquilamente observando las
múltiples peripecias de unas rebeldes olas Pacíficas. Yo me acerqué y él se giró muy lentamente hacia mí, clavándome sus dos ojos verdes en mis revoltosas entrañas.
 
 - Hoy es un buen día para morir.
 
 - ¿Por qué Jeremy? Le pregunté extrañado.
 
 - Soy feliz.
 
Debo decir que Jeremy nunca fue un intelectual y yo consecuentemente creía en la sinceridad de todas sus palabras. Además la convicción que vi en esos ojos verde marihuana no se me olvidaría jamás. Días después
supe que el pobrecito andaba locamente enamorado de una tal María, una artista de artes plásticos poco conocida por estos entornos. Según Jeremy esta chica había visto la luz.
 
 -  ¿Qué luz Jeremy?
 
 - La sustancia madre de la matemática. -  Me respondió - .
 
 -  ¿Y tu Jeremy? ¿Qué has visto tu?
 
 - Siempre se me escapan las mariposas blancas.
 
 - Jeremy esta noche hay una fiesta. Ven.
 
La verdad es que María era una verdadera belleza. Una mujer alta, bien curvada con un gusto exquisito por la ropa y con unos ojos saltones que parecían comerte a besos cuando te hablaba. Además tenía un don especial para escuchar y hacía que todas las palabras parecieran poseedoras de una importancia universal. Incluso cuando le hablé sobre mi nueva adquisición en mi colección de antiguas botellas de leche me miraba con tal atención y sorpresa que me hizo sentir poseedor de uno de los tesoros más preciados del universo. Su presencia en la fiesta hacia que todo el ambiente tuviera más sentido, más peso. Como si todo lo que
dijéramos o empezáramos a hacer recobrara un sentido y una intensidad olvidada ya hace tiempo. Hasta las canciones de Jeremy recobraron milagrosamente sentido después de que nos hubiera martillado los tímpanos durante años con una guitarra desafinada y su voz de gallo maltratado. María se paso media noche desparramando elogios sobre esta alucinante voz de Jeremy y sus letras de visionario poético y la otra
media admirando, con la misma intensidad, el mundo de fantasía y creación que irradiaba una colonia de setas malignas que habían crecido en el techo de mi antiguo baño debido a la humedad. De todas formas,
todos nos enamoramos un poco de María esa noche, aunque nadie tanto como Jeremy. Él si estaba verdaderamente enamorado, hablaba de resurrecciones en los caminos, de encuentros en el espacio, de ventanas abiertas, de salvaciones milagrosas.
 
 -  ¿Qué paso Jeremy? Tu nunca fuiste un hombre de ideales.
 
 - Las mejores musas son de carne y hueso.
 
 - Esas engordan y envejecen.  - Le respondí yo - .

 - Todas no.
 
Meses después me encontré a Jeremy en un portal, tenía la cabeza escondida entre sus dos largas piernas. Lloraba a cántaros de lluvia y parecía no haber comido en semanas. Sus hombros se precipitaban al
espacio como barras de fino acero y sus piernas mas que piernas eran palillos para los dientes. De su boca salían extraños gemidos y gruñidos de animal. Se lamentaba a gritos.
 
 - La duda. La duda. ¡La puta duda!
 
 - El miedo. El miedo ¡El puto miedo!
 
Intenté levantarlo pero fue inútil. Pesaba kilos de angustia. No supe qué hacer. De repente, apareció una mujer por la calle, se acercó y empezó a acariciar a Jeremy. Tendría unos 40 años, una larga pelambrera
rosa e iba vestida con un horrendo chándal de deporte amarillo al cual hacían penosa compañía unas zapatillas blancas.
 
 - Bebe de la fuente de la vida Jeremy.
 
 - Tengo espinas en la garganta.
 
 - Vuelve a mirar.
 
 - Estas son las piedras que fueron mis ojos.
 
 - Alimentate del dolor.
 
 - Tengo atornillados las manos y los pies.
 
 - Confia en el corazón que te desplaza.
 
 - Tengo los órganos hinchados.
 
 - Precipitate a lo desconocido Jeremy.
 
 - Soy el miedo hecho carne.

 - Duerme Jeremy.
 
 - Llevo una vida durmiendo.
 
 II
 
No sé cómo fue nuestro repentino encuentro pero me llenó de alegría. Ahí estábamos los dos como en los viejos tiempos, rodeados de whisky y ron, música de la buena y una legión de chicas guapas. Cantábamos nuestros himnos de juventud, cogidos de la mano, vivos.
 
 - No hemos cambiado nada, Jeremy.
 
 - La experiencia es sabiduría de necios.
 
 - ¿Qué? No te escucho Jeremy.
 
 - No existen dos rocas exactamente iguales.
 
 - ¡Mira la chica de azul Jeremy! Es igual a Maria, no mejor. ¡Baila! ¡Baila!
 
 - El tiempo pasado y el tiempo futuro existen en el tiempo presente. Todo tiempo es insalvable.
 
 - Baila Jeremy, ¡Baila!
 
 - Todo nuestro conocimiento nos aproxima mas a nuestra ignorancia.
 
 - ¡Baila Jeremy, baila!
 
 - ¿Qué es la magia?
 
 - No lo sé María, ¡baila, baila!
 
A la orilla de un volcán Jeremy y María se abrazan como polos opuestos de un imán.
 
 - ¿Sabes? este volcán es la fuente de fuego de una legión de dragones blancos.
 
 - Pásame esa piedra voy a tirarla.
 
 - Está caliente Jeremy.
 
 - Pasame esa piedra, voy a hacerle heridas al mar.
 
 - Mira Jeremy, una nave, llámala.
 
 - Quiero permanecer en esta isla al menos dos vidas más.
 
 - Debes estudiar Jeremy, volvamos a la ciudad.
 
 - Quiero ser fuego de volcán, dónde se aprende eso.
 
 - Seremos luces Jeremy.
 
 - El hombre que no tiene luz en los ojos no puede brillar.
 
 - Seremos felices, Jeremy, seremos felices.
 
En una casa de árbol, diez años de edad. Nos golpeábamos nuestros sexos con ferocidad animal. Tu, Jeremy no eras diferente. Aullidos salían de tu boca, aullidos de perra mientras hacías de tu cuerpo una ridícula
caricatura sexual. ¿Recuerdas?
 
 - ¿Qué sientes ahora?
 
 - ¿Sientes algo?
 
 - Soy la miel volcánica que me sale por la boca.
 
 - Mis pechos escupen chispas de fuego blanco.
 
 - Soy el corazón rabioso de una ola enorme.
 
 - Me sale espuma por la boca Jeremy.
 
 - La salvación es un fino hilo de polvo blanco que se pierde entre las rendijas de mis manos.
 
 - Soy un desenfrenado grifo abierto, Jeremy.
 
 - Me como el aire a bocanadas muertas.
 
 - Soy una gran humedad en el desierto.
 
 - Caen gotas de sangre de mi frente.
 
 - Jeremy tengo una cueva mojada inmensa. ¡Baila! ¡Baila!
 
 - Soy el espejo borroso de mi ánima.

Nunca olvidaré ese día en el patio del colegio, estábamos sentados en el césped jugando a cromos. Sentí un extraño pinchazo en mi brazo, inmediatamente mi cara empezó a hincharse como un globo de aire. Todos
me miraban con la boca abierta. Yo me ahogaba cada vez más y entré en estado de histeria, gritando y moviendo mis brazos y manos estrepitosamente como queriendo sacar el mal por las puntas de mis
dedos. El único que reaccionó fue Jeremy, rápidamente precipitando sus manos sobre mi cabeza y recitando unas plegarias que ni siquiera Dios llegó a conocer. Yo me volví aun más loco y empecé a golpearle e
insultarle con todas mis fuerzas restantes. Él seguía rezando. Le grité y pegué con tanta fuerza que terminamos los dos tirados por el césped, enzarzados como matorrales enfermos. Tanto le odie a él y sus payasadas en ese momento que inexplicablemente me olvidé de mi mal y después de unos minutos me encontraba sano y tranquilamente boca arriba en la hierba mirando el cielo con Jeremy.
 
 - El dolor es proyecto de milagro.
 
 - Jeremy la hierba existe para ser hierba y no vino.
 
 - ¡Mírala Jeremy, baila!
 
 - Confió en que algún día seamos jóvenes.
 
 - Tengo una extraña araña en el estómago.
 
 - Reza conmigo.
 
No sé por qué extraña coincidencia me encontré a María en un seminario de filosofía oriental en una pequeña tienda de libros de autoayuda de una calle del SOHO en el Londres central. La saludé, ella me miraba con
sus dos ojos verde rana, saltones como siempre, no había cambiado casi nada en tantos años, no me reconoció pero me sonrió amablemente. Era un salón pequeño y las sillas se distribuían en un círculo central donde hombres mayores de túnicas y barbas largas hablaban amablemente y con gran cortesía.

 - Solo el camino de la posesión nos lleva a desposeer.
 
 - No cruces el río con una cruz que pudiste dejar en la orilla.
 
 - Solo una mente limpia procura limpieza.
 
 - La verdadera guerra mundial se está dibujando en el corazón de los
hombres.
 
 - Escribimos nuestro destino en los caminos rocosos del pensamiento.

María se veía inquieta. Miraba a todos lados y se frotaba los pechos de una manera inquietantemente erótica. De repente, entró un niño y se sentó en medio del círculo de ancianos.
 
 - ¿Qué es más grande la soledad del océano atlántico o la nuestra?
 
 - No existe la soledad sino hombres escondidos.
 
 - ¿Quién inventó a los ángeles?
 
 - Hombres sin esperanza.
 
 - ¿Qué es la magia?
 
 - Seguir.
 
 - ¿Qué es la magia?
 
 - Volver a empezar.
 
 - ¿Qué es la magia? - 
 
 - Una ventana con vistas al infinito.
 
III
 
Quiero que sepas Jeremy que hoy te vi por la calle y me costó saludarte. Ya olvidé la ultima vez que me hablaste en serio. Pareces un niño mimado, acaso no piensas madurar, lo decía mi padre, un verdadero hombre deja de quejarse y actuá. Te ves cansado y triste Jeremy, acaso no conoces a nadie que te haga una imposición de manos ahora. Te lo dije Jeremy, lo que tienes que hacer es trabajar, no lo ves Jeremy estás solo, ridículo y sucio. ¿Y tus papeles? ¿Y tu casa? ¿Y tu bandera? ¿Esperas que el mundo cambie por ti? Te lo dije Jeremy, no lo ves, el tren se va alejando poco a poco y pronto ya serás demasiado viejo para
saltar. No pienses más, desconéctate, es más fácil, más cómodo, sobrevivir. No puedes vivir toda tu vida en un viejo telescopio. De que te sirve que exista un arco iris ahora, y las mariposas ¿dónde están? ¿Dónde está María? Seguramente casada con un abogado importante, despatarrada en un sillón viendo la tele, muere Jeremy, muere. ¿Quién eres ahora?
 
Una cama de amapolas blancas, Jeremy y Maria intercambian el verde de sus ojos durante horas. Juntos consiguen darle vueltas interminables a un caleidoscopio fluorescente. No sé como, ese día vencieron el tiempo y juntos abrieron una ventana en el espacio.
 
 - Somos chispas de oro blanco esparcidas por el universo.

 - Siento el hilo de oro dorado que corre por tus venas.
 
 - Ya no recuerdo cuando no te conocía.
 
 - Te he visto en tantos lugares que creo que nunca he existido sin ti.
 
 - Somos la punta del dedo fuerte de la locura.
 
 - Jeremy, veo un inmenso lienzo de perlas verdes, un vaso de plata bordado con hilos de seda
 
una fuente de chispas doradas y un ángel pintado de azul que se acerca bailando, mueve sus brazos y sus manos estrepitosamente como queriendo sacar el alma por los dedos.
 
 - Veo máscaras de ceniza negra, veo un hombre fuerte vestido de mago cansado, veo un bastón de naipes arrugados, veo un monje borracho con bigote de marinero. Veo una señora grande con rizos de oro, ríe y pincha a los invitados con una vara de acero caliente.
 
 - Jeremy, veo una cigüeña en bicicleta, un ofinaro vestido de domador de leones, veo un rey mendigando por la calle de los pobres y comiendo las sobras de sus perros.
 
 - María, veo la luna ahogada en una pequeña cafetera italiana.
 
 - Jeremy, veo una procesión de corcheas rebeldes seguidas por una banda militar de números impares improvisando canciones nunca escritas.
 
 - María, veo un hombre de túnica blanca y ojos cansados llamando a gritos desde una torre altísima.
 
 - Jeremy, te veo sangrando uvas por los poros de la frente.
 
 - María, ¿qué es la magia?
 
 - ¿Quién inventó a los ángeles Jeremy?
 
Llevaba años esperando un milagro, Jeremy sentado sobre una roca quiere morir. Ha sido feliz. Le pongo mis manos en su hombro y él se gira lentamente. Sus ojos azules irradian una fuerza inhumana que espanta. El
brillo de su cara reflejando la grandeza de un sol apunto de descansar, me hacen hundirme en el silencio. Tengo miedo.
 
 -  ¿Me conoces Jeremy?
 
 - Soy el viento amargo que ya no se bebe. Soy el pan seco que usas para acompañar la mísera comida del perro.
 
 - Despierta Jeremy soy yo.
 
 - Soy el miedo del hombre hecho carne.
 
 - Me asustas Jeremy.
 
 - Soy la consumación del fuego que quemó la piel del cordero.
 
 - Tócate una de Sting Jeremy.
 
 - No existe Sting, ni tu, ni María, no existen, creaciones sois, ¡vete!
No puedes ayudarme. ¡No existes!
 
 - Jeremy, ¿cuando fue la última vez que viste de verdad una estrella, cuando?
 
 -  ¿Quién invento los ángeles, lo sabes? ¡Dime! ¡Dime!
 
 - Sin creer Jeremy, desaparecemos todos, Jeremy.
 
 - Sin dudar, morimos todos, morimos todos, Jeremy.
 
 - Estas son las piedras que eran mis ojos, cuevas en mis ojos.
 
 -  ¡Baila Jeremy, baila!
 
La verja de un cementerio antiguo, lápidas cubiertas de hiedra casi negra, cruces de hierro y piedra hechas pedazos en el suelo, nombres borrados por la lluvia y el viento. Encima de la verja hay un ángel pequeño de mármol blanco. Le falta una ala.
 
 - ¿Qué es la magia?
 
 - Soy la muerte de un presagio.
 
 -  ¿Existen los milagros?
 
 -  El dolor es un profeta fastidioso.
 
 -  ¿Que importa más el gatillo o el disparo?
 
 - Yo soy el reposo dominguero del deseo.
 
 -  ¿Quién invento a los ángeles?
 
 - Bajo mis alas hay un descanso eterno.
 
 -  ¿Dónde van los pensamientos muertos?
 
 -  ¿Qué quieres Jeremy?
 
 - No puedo bailar.
 
 - Vete a la cama.
 
 - Te espero.
 
 - No te duermas sin mi, Jeremy, no te duermas sin mi.
 

Este artículo tiene © del autor.

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