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Las mil y una Bombas

Capìtulo XVIII

Gustavo A. Vaca Narvaja

ARGENTINA



CAPITULO XVIII

 La inmolación 

Layla y Rheen, bajaron a pocos metros de la entrada a la base militar. Abú y Sadiq las acompañaron hasta el primer reten en la zona verde. La tarjeta autorizando el paso de los cuatro estaba firmada por su amante, el comandante de la base. El papel, la firma y el sello fueron suficientes para abrirle paso y entrar en las calles céntricas. Estaban a solo cinco cuadras del comedor norteamericano.

 Layla les comunicó el plan y les indicó a Abú y Sadiq, que fuesen separados, pegados a la tapia hasta la entrada a la base. Ellas caminando por la vereda contraria se harían notar ante dos guardias que mansamente, casi aburridos, custodiaban la entrada. Cuando pasaron frente a ellos, el más viejo de los guardias en un árabe fabricado por la urgencia las invitó a la casilla. Layla movía su cadera en forma temeraria, sus gestos fueron interpretados por el soldado como un sí.

 Ellas cruzaron la calle sonriendo, avanzaron hacia los soldados entusiasmados que inmediatamente abrieron la puerta de guardia y entraron. Abú y Sadiq, en menos de diez segundos entraron y se escondieron en la primera arboleda como lo había indicado Layla. Esperaron quince minutos que se hicieron horas. 
 
 Ansiosos y angustiados por no ver movimiento en la casilla de guardia. En ese momento Layla y Rheen salieron lentamente, hablando en voz alta y buscaron a Sadiq y Abú que estaban con las ametralladoras encastilladas en sus manos.

- Está listo, tenemos pocos minutos para entrar en el comedor- dijo Layla y apresuró el paso.

 Cuando llegaron a la puerta, un guardia salió a su encuentro, Layla, decidida, mostró el documento y dijo que tenía que hablar con el comandante. Abú, y Sadiq, estaban a las espaldas del soldado, entre las sombras del árbol cercano a la entrada. El soldado reconoció la firma y sello del papel y más confiado les pidió a las dos mujeres que lo acompañaran. Layla le hizo señas a Abú, para que ocuparan los puestos y ellas entraron con una tranquilidad sorprendente. Rheen miró por última vez a Sadiq y se dio vuelta.

 A los tres minutos de su ingreso, dos explosiones consumaron el operativo. La fuerza de la explosión fue tal que Abú y Sadiq, cayeron a pocos metros, impulsados por la onda expansiva. Retomaron las armas y cuerpo a tierra, se pusieron en posición de combate frente a la puerta principal. El humo, las llamas; gritos, lamentos, aturdían. Los soldados tratando de salir sofocados por los restos de ventanas y puertas encontraron las balas que Abú y Sadiq disparaban sin cesar, una y otra vez, vaciando cargadores, derrumbando cuerpos hasta que las llamas llegaron a dos tanques de combustible que explotaron lanzando a Sadiq a quince metros de Abú. Abú entendió que deberían escapar antes que lleguen los bomberos y refuerzos militares. Tomando a Sadiq del hombro lo arrastró hasta la puerta de entrada.

 En la puerta de la guardia estaban dos cuerpos de soldados uniformados degollados. Layla había pasado por allí. A cincuenta metros efectivamente estaba el vehículo. Treparon y salieron rápidamente cruzando decenas de vehículos militares que acudían presurosos y armados al lugar del siniestro. En un retén paralelo, con escasos cuatro soldados, entraron en combate sin miramientos, el vínculo llegó, Sadiq saltó a la calle abriendo fuego. Abú, desde el piso, ametrallaba las cabezas de los soldados evitando sus chalecos blindados y en pocos segundos estaban muertos.

 El vehículo aceleró. Apenas pudieron subir, porque arrancó con las puertas abiertas, Sadiq colgado del borde de una de ellas, con mucho trabajo logro introducirse. Abú con medio cuerpo afuera. El conductor estaba absolutamente aterrado. Habían logrado escapar, pero no sabían que en el medio oriente, había estallado la locura.

 Ese mismo día, Israel, bombardeó a las nueve de la noche, objetivos militares en Irán; los cuatro centros donde presuntamente las investigaciones atómicas habían logrado la cascada para enriquecer uranio con tres mil centrifugadoras.
 
 Los estados unidos bombardearon Teherán y el palacio de gobierno donde el presidente iraní Mahmud Ahmadineyad, se suponía estaba. Los aviones partieron de los portaaviones Stennis y Nimitz, estacionados en el Golfo Pérsico a 37 millas de la central atómica iraní de Bushehr.

 La planta de uranio enriquecido de Natanz, estaba en ruinas. En minutos, aviones bombardeos norteamericanos e israelitas dejaban caer sus bombas en las principales ciudades de Irán, Irak, Siria, Líbano y Gaza. Simultáneamente con un plan de defensa-ataque elaborado por Ahmadineyad, -que no estaba precisamente en palacio de gobierno-, partían cohetes con ojivas nucleares a Israel. El hongo nuclear arrasaba Tel Aviv; Holon; Netanya; Rishon; Ashdod; Ashdod y Jerusalem. La locura estaba en marcha.

 Las bases de soldados norteamericanos en Irak y Afganistán sucumbían en ataques desenfrenados de una población decidida a dar la última batalla. Un millón de soldados sirios y jordanos recuperaban Altos de Golàn y Cisjordania. Las destilerías en Arabia Saudita, Kuwait y todas las bocas de oleoductos, explotaron en llamas producidas por cientos de militantes suicidas que recibieron la orden en forma conjunta.

 Barcos cisternas del Golfo, naufragaban derramando petróleo que minutos después fueron encendidos en una gigante hoguera. Las destilerías en Irak, estallaron con precisión matemática. La zona verde de Bagdad, fue invadida por casi un millón de iraquíes, desafiando las armas del invasor. Avanzaron con armas precarias sobrepasando las defensas y puestos militares preparados para una guerra convencional pero nunca a una invasión civil y militar de esas características.

 Los campos militares extranjeros en el medio oriente fueron barridos. Israel estaba envuelto en una nube tóxica, el 80% de las ciudades estaban destruidas. Millones de muertos. Un territorio deshecho. Decenas de miles de muertos en los bombardeos en Irak, Irán, Siria, Jordania, Líbano.
 La noche se iluminó de rojo, el humo avanzaba como un manto negro sobre todo el medio oriente. En las grandes ciudades la venganza contra todos aquellos civiles y militares que habían colaborado con las fuerzas extranjeras, pasaron por el filo de cuchillos o pendulan en horcas públicas. Las fuerzas invasoras desconcertadas atacaron mezquitas, iglesias, hospitales y todos los lugares donde concentraciones civiles se organizaban para expulsar los extranjeros.

 La locura irracional desatada en pocos minutos, tuvo consecuencias inmediatas, llevando a Europa y Norteamérica al caos y quiebre económico. Agotadas las reservas estratégicas de combustible, el mundo se paralizó.
 
 Los países árabes dejaron de abastecer el mercado. Kuwait se debatía entre la vida y la muerte con explosiones e incendios que ya no podían controlar. Las Naciones Unidas pidieron reunión de urgencia al Consejo de seguridad. El mundo estaba convulsionado.

 Rusia cerró sus oleoductos y gasoductos por temor a más atentados. Las industrias europeas dependientes de esos fluidos se paralizaron.
 
 China cerró sus fronteras, en los estados unidos el desconcierto derrumbó la bolsa y el país entró en la peor crisis económica y social de su historia.

 Los edificios más importantes de las capitales americanas se derrumbaban por atentados suicidas. Los gobiernos elevaron sus críticas al manejo el conflicto.
 Bush acorralado por su fatal inconciencia, rodeado de una multitud enfurecida que encerró la casa blanca en un hermético candado humano, se pegaba un tiro en la sien en el salón oval, mientras su rancho en Texas era incendiado. 
 Nadie podía parar ese desastre.

 Abú y Sadiq, asistieron a ese infierno de explosiones y movimientos humanos buscando venganza, tratando de llegar a la vivienda precaria que dejaron disimulada en Bagdad. Cientos de cuerpos de soldados americanos se esparcían por las calles, vehículos blindados, humeantes, y festejos de niños cantando, desafiando la muerte sobre las cenizas del invasor. A pocos metros de ese lugar estalló una bomba dejada caer por F16 rasante, muy cercano a Sadiq que se elevó metros por el aire destrozado, mientras Abú se refugiaba bajo unos tirantes gigantescos entre las ruinas de edificios.

 Abú esperó el amanecer desconcertado, el recuerdo reciente de la inmolación de Haifa y Rheen, no lo abandonaba, las imágenes de incendio, explosiones, muertos, rostros desesperados gritando, y un cielo encendido con luces de muerte.

 Pensó que le hubiese gustado ser un hombre alado para volar alturas inimaginables. Mas allá; más allá de las nubes, en el mundo silencioso de los astros y respirar el primer aire de mañana ¡Ah...! las fantasías quietas de Abú, confundidas; extrañas, gozando de una libertad envidiada. Pero su sueño está herido; un moho húmedo lo cubre pegajoso. Es incapaz de elevarse a los cielos y permanece quieto, como un mármol esculpido en silencio.

 Crear un hombre alado. Pero está herido, desgarrado en culpas; incertidumbre, espera y venganza de un desatino. El intrépido sueño, abate su despertar. Un galardón de ausencia. Un habitante voraz amanece con alas quebradas, cuyas heridas limitan espacios de luz e indaga la desidia presente, creyendo que una turbación excarcelada, sojuzga su voluntad, mientras una sombra obcecada de oscuridad, invade el insensato hombre alado, creado para volar ayer; herido hoy, con un vuelo fatigoso, condenado a transitar caminos desamparados.

 Vuela en cielos manchados de nubes descubriendo riscos en desiertos de arenas, entre bosques arbolados de sombras y caminos serpenteando espacios infinitos.

 Los habitantes imaginarios de Abú, sumidos en vientos sin destino y en agua quieta, eran el espejo perfecto del azul. El mayor, vuela como el águila herida sobre ocre otoñal, descolgando amarillos. Esa mañana brumosa Abú, espera la imagen difusa, de una tristeza. Esa sombra inmóvil; solo inmóvil que hay que evitar. Huir de ella porque contagia, asfixia el futuro, en el pasado.

 Tal vez, el pasado ignorado emerge cegando los destellos de luz incandescente. El futuro hiere el color en un vértigo recuerdo de imágenes. La ingenuidad burlada de Abú, oh...que fácil; con que rapidez se desmoronan sus sueños y lo invade el desaliento en la derrota consumada.

 Semeja el águila. Ese monarca del cielo cayendo abruptamente por un traicionero tiro de cazador. Abismal estado del alma dolorida que no goza libertad. Abú; en un abismo de desilusión, con el corazón envuelto en el sosiego de la resignación se confunde con fantasmas en noches lóbregas, cargando espesas nieblas, en la inmensurable soledad, con un sentimiento transformado en hielo, desprendido de glaciares contagiando el frío transparente de sus años

 Y su alma, decreta la inmovilidad del tiempo, como si fuese una herida sin cerrar, para llevarla solo como corresponde; como debe. Como es.

 Años después, Abú, el anciano sabio, sentado en la calle Sa Doun de Bagdad, ahora una ciudad fantasma, derruida, vive entre escombros y vigas sueltas, y contará con sus ojos cerrados de tristeza a todos los transeúntes que pasan admirando su vejez, lo que pasó en ese mundo de violencia que ya no existe.

 El mundo de antes, venerado en la riqueza, opulencia, abundancia y también envuelto en el pecado de la ambición desmedida, con envidia, codicia y muerte.
 Y aparecerá un joven, que desde pocos metros reconocerá en el rostro del anciano sabio la historia pasada.

 Lentamente se acercará a él, con la segura timidez del agradecimiento y le dirá en voz baja.

-¿Por qué estas solo hombre del ayer?-
 Y el anciano contestará con su corazón inquieto por la pregunta.

-Porque soy viejo joven. Y los viejos, viven ausentes- Y Fardus preguntará también
 - ¿Y por qué lloras hombre viejo? –

 Y Abú, entreabriendo sus párpados que estuvieron casi cerrados por años, reconocerá al joven que ya es un hombre y que fue aquel niño abandonado que consolaba su madre muerta de bombas. Le contestará

-Por que estoy vivo… joven-.

 Por primera vez Abú sonrió en años.

 

Este artículo tiene © del autor.

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2 Mensajes

  • Las mil y una Bombas 8 de junio de 2008 18:49, por yossi may de petach tikwa

    Todo el tiempo yo hablo de la proxima gran guerra y me vengo a enterar que ya ocurrio.

    Espero no sea tan tragica, pues si bien mi
    ciudad se salvo, esta muy cerca de las ciudades destrozadas.

    Me gustaria utilizar este cuento o dar la direccion para indicar a la gente la lectura.

    No es claro quien es el bueno y quien es malo
    en el cuento. Posiblemente son todos malos y
    eso me parece lo mas justo.

    repondre message

    • Las mil y una Bombas 9 de junio de 2008 01:47, por Gustavo A vaca Narvaja

      Es un capìtulo de 25 en total}. La novela se desarrolla en Irak,los personajes ocupan casi veinte de ellos. La lectura determina si sus personajes son buenos o malos. No pude enviar la novela en Pdf, pero lo harè en corto plazo. Puedes utilizarlo sin problema. Se supone que esta novela se publicarà a mediados de año, pero como vì que los EEUU e Israel YA hablan de atacar Iràn, me pareciò indicado publicarlo justamente porque ese ataque tendrà visos de tragedia.

      ¿Tan difìcil es vivir en paz?....¿quièn o quienes seràn los responsables de esta supuesta tragedia.

      gracias por tu comentario

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