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DEBAJO DEL PUENTE

Antonio Nadal Pería

España



A la salida del instituto se reúne un grupo de seis amigas de dieciséis años para fumarse un cigarrillo y conversar un poco antes de ir a casa. Hablan y fuman en una ribera del canal que marca el inicio del barrio. En la acera de enfrente ven a un vagabundo que fuma de pie, apoyado en un coche viejo y destartalado. Una de las chicas dice que lo conoce desde hace tiempo, que es joven, se gastó todo el dinero que le tocó a la lotería en juego, bebida y mujeres y luego se quedó en la calle, divorciado, con sólo ese coche en donde duerme. "Algunas noches le veo desde la terraza de casa meterse debajo del puente para asearse en el canal". "Vaya limpieza, con lo sucia que baja casi siempre el agua", comenta otra chica. Va mal vestido, sin afeitar y con greñas. "Parece atractivo", comenta otra chica.
Ese mismo día, la chica que vigila al vagabundo desde la terraza lee en un diario gratuito que ha cogido su madre en la calle la noticia de que en un pueblo norteamericano una veintena de adolescentes han quedado embarazadas por un vagabundo, un experimento que llevaron a cabo para independizarse y que se las considerase adultas. Al día siguiente, a la salida del instituto, mientras fuman, la chica cuenta a sus amigas la noticia que leyó y comenta que le gustaría follar con ese vagabundo. "No quiero reivindicar nada, sólo experimentar, con las medidas higiénicas adecuadas". Las otras cinco chicas la miran asombradas y creen que bromea. "Lo digo en serio. Tiene un buen cuerpo ese tío. Antes de enviciarse y perder todo debía de cuidarse". "Serío digno de ver lo que haces con él", comenta una de las chicas. "Sólo tienes que acompañarme una noche y lo ves. No me atrevo sola porque me da miedo, pero con dos o tres de vosotras vigilando lo haría". Se miran entre sí y dos de ellas aceptan hacerle compañía en el encuentro sexual con el vagabundo. "Necesitamos una cómplice que confirme a nuestros padres que vamos a su casa a estudiar unas cuantos horas por la noche".
Tres días después, las tres chicas vigilan a distancia los movimientos del vagabundo cuando anochece. Las calles paralelas al canal se vacían poco a poco de paseantes. Fuman nerviosas. Aparecen unos cuantos dueños de perros paseando a sus animales. El vagabundo se encuentra en el coche, en la parte de atrás, dormitando. "No sé cómo te atreves. Puede que sea violento, que nos viole a las tres", comenta una. "No os tenéis que acercar tanto como eso para que podáis correr en caso de que intente algo contra vosotras. Nunca lo he visto discutir con nadie".
Dos horas después, el vagabundo salió del coche y se dirigió hacia el puente. En una mano llevaba una toalla y en la otra una pastilla de jabón. Se acercaron sigilosamente, de modo que él no pudiera verlas. La chica esperó a que se desnudara e iniciara el aseo para avanzar hacia debajo del puente. El vagabundo la miró sorprendido al descubrirla frente a él, pero no intentó ocultar su cuerpo. Sus ropas sucias yacían en tierra. La chica estiró la mano hacia él a manera de invitación y le dijo que quería hacerle compañía. No se lo pensó dos veces el hombre. Se abalanzó hacia ella, apretándola con su cuerpo contra el muro del puente. "Espera", le susurró ella. Consiguió que se apartara un poco de ella y aprovechó para sacar del bolsillo del pantalón una bolsita con preservativo y quitarse la ropa de cintura para abajo. Volvió él contra ella, le mordió por el cuerpo, tiró al suelo la bolsita que le ofrecía la chica y la poseyó con gran ímpetu. Las dos amigas se acercaron un poco más y miraron con gran atención. "¿Crees que le hace daño y deberíamos llamar a la policía?", preguntó una de ellas en voz baja. "De momento no se queja", dijo la otra. El vagabundo dio la vuelta al cuerpo de la chica poniéndola de cara al muro, la sujetó por las caderas y volvió a embestir repetidamente con gran ímpetu. La chica se sujetó con las manos contra el muro. Una mano del vagabundo le arrancó la ropa de arriba y le estrujó los pequeños pechos mientras no cesaba de poseerla con movimientos rápidos. Al final, mientras se vaciaba, aplastó con su cuerpo vigoroso el cuerpo suave de la chica contra el muro del puente. Luego, poco a poco, se deslizó hasta caer de rodillas al suelo y luego se tumbó boca arriba suspirando de placer. No podía creer lo que había disfrutado. La chica recogió su maltrecha ropa y se escapó de allí.

 

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