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VEREDAS DEL MANZANARES

FRAGMENTO

Valentín Justel Tejedor

ESPAÑA



(...) las edificaciones contiguas en su vertiente de Levante, reflejaban sus careados sobre una bituminosa lengua de obscuro asfalto. Desde estos lienzos, se escuchaban los estridentes ecos de los decibelios del Madrid del bullicio, del tráfago y del fragor.

Por el contrario, los lienzos de la vertiente de Poniente, reflejaban las difuminadas fachadas de acuarela, a flor de agua.

Los ventanales de estos careados contemplaban embelesados el premioso discurrir, bucólico y romántico del cauce fluvial, mientras que los portales y sotanos, situados a baja cota, se conformaban con vislumbrar la corriente, entre las verdinas y frondosas bardas.

Desde estos paramentos, se escuchaba el eufónico, afásico y silente susurro del céfiro fluvial, que recorría incansable, las melancólicas veredas del Manzanares.

En la superficie del río se fundía una amalgama de colores: bermejo, zarco, glauco y áureo.

El bermejo, era el inequívoco reflejo de los geranios de hierro, que con su intenso y vivo pigmento, adornaban las balconadas de las gráciles construcciones adyacentes.A veces, cuando el día estaba próximo al crepúsculo vesperal, las nubes arreboladas tomaban una tonalidad coccínea, que teñía de escarlata el flujo aguanoso.

El zarco era el reflejo del cielo cerúleo, llano y raso, que en ocasiones, se mimetizaba hasta confundirse con la superficie del agua obsecuente y serena, de nimios remolinos y escasas corrientes.

El glauco era el reflejo de las ámplias y regulares copas de los álamos ribereños, que adumbraban con su verdor esmeralda, los gemelos márgenes del afluente, cada vez que el arribeño viento, cariciosamente aventaba sus aserradas hojas.

El áureo era el intermitente espejeo, que rielaba con fulgor, al incidir los rayos de sol, sobre la superficie del cristalino lecho. Deslumbrando a las retinas, que buscaban en la horizontalidad permanente del cauce, el contrapunto al alborozo de la capital madrileña.

Un barandaje de verdinas rejerías discontinuas, apoyado sobre un sáxeo y granítico paramento, escoltaba sigiloso el caudal, como un fiel centinela. Aguas arriba, la esclusa que permitía atravesar el río, transformaba la corriente levemente encabrillada, en un maravilloso espejo de cristal.

Tras la esclusa, el adunco Puente de la Reina Victoria, monumental ejemplo del modernismo, reflejaba su perspicuo y agárico acastillaje, sobre la encalmada y vidriada superficie fluvial. Aguas abajo, se columbraba en el punto de fuga de la lontananza, la inconfundible silueta de la Catedral de la Almudena, su cúpula negral y sus verticales espadañas.Desde el tablero del romántico puente, se vislumbraba entre la verdina y umbrosa fronda del arbolado adyacente, la fachada de la Real Ermita de San Antonio de la Florida. En su interior, los extraordinarios frescos del genial maestro de la pintura Francisco de Goya, decoraban con los mismos colores, que se fundían en la superficie del río Manzanares: bermejo, zarco, glauco y áureo, la maravillosa bóveda con linterna, cuyo óculo cerúleo, producía la plácida sensación de encontrarnos a cielo abierto, en un espacio lleno de vida, luz y color (…)

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