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EL QUIOSQUERO

Antonio Nadal Pería

España



Un poco antes de cerrar la pequeña Papelería sonó el teléfono en la trastienda. Una vecina del edificio le pedía por favor que le subiese a casa la revista juvenil que le compraba todas las semanas. "Tengo un problema y no puedo bajar ahora a la tienda. Vivo en el 3º, puerta 5". El dueño de la tienda le dijo que enseguida se la llevaba. Después de conectar la alarma y cerrar la persiana de la tienda se acercó a la puerta del edificio y pulsó el timbre de la vivienda en donde vivía la adolescente con su hermana y sus padres. Unos pocos minutos después estaba en la puerta de la casa, que la joven le abrió con una sonrisa. "Gracias, entre y le pago. A lo mejor nos puede ayudar a mi hermana y a mí a resolver un problema. Nuestros padres están fuera, cenando, y no sabemos a quién acudir", le dijo. El hombre entró con cierta prevención. Era un compromiso estar allí en compañía de esas jóvenes y en ausencia de los padres. "Sígame", le dijo la adolescente, de unos quince años. Por un largo pasillo desembocaron en un salón, en donde la otra hermana se hallaba acostada sobre un amplio sofá tapada hasta la cintura con una manta ligera. La chica tenía unos dieciocho años. "¿Que sucede?", preguntó el hombre algo apurado por la situación. "Es algo muy delicado, dijo la hermana pequeña, y nos da vergüenza acudir a cualquier persona". "Entonces yo tampoco soy la persona indicada", supuso el dueño de la Papelería. "Usted nos da confianza", habló la joven del sofá. "Verá, mi hermana ha probado el consolador de mi madre. Desde que lo descubrió, hace ya un tiempo, estaba tentada de probarlo en alguna ocasión y ha aprovechado esta tarde que se encontraba sola en casa. Llegué yo de repente, la descubrí con esa cosa metida en el coño, se asustó y se le ha quedado encajada de tal manera que no puede sacarla", informó la pequeña. "Ayúdeme, se lo ruego. No me atrevo a pedir ayuda a nadie y dentro de una hora o de dos llegarán mis padres. Usted es buena persona, siempre lo he visto dispuesto a ayudar a los demás. No voy a ser yo menos". Mientras el hombre maduro de la Papelería se lo pensaba, la hermana pequeña quitó la manta que cubría el cuerpo de la otra y la vio con las piernas separadas y un gran consolador incrustado en su vagina. Por ropa sólo llevaba una camiseta ajustada, blanca, que se ceñía a sus pechos grandes. Tragó saliva al contemplar las piernas y el vientre de la joven, que no parecía avergonzada ante él. "¿Se le ocurre algo?", interrogó la hermana pequeña. El hombre se inclinó hacia la joven afectada, cogió el consolador por el extremo libre y tiró con cuidado hacia fuera. El aparato no se movió, sólo el cuerpo de la chica, que separó las piernas todo lo que pudo. El hombre de la Papelería la miró excitado. "Tal vez en otra postura...", indicó. "¿Cómo quiere que me ponga? Cualquier cosa por sacarme esto". "A cuatro patas", dijo el hombre. La hermana pequeña la ayudó a colocarse de esa manera. Aquella postura aún excitó más al hombre. Cogió otra vez el consolador por el extremo libre y tiró, pero no cedió. "Algún músculo interior se ha bloqueado con fuerza", comentó sin dejar de mirar y recrearse en las nalgas de la chica. "Introduce un dedo en su culo", indicó a la hermana pequeña. "¿Para qué?", preguntó ésta. "Haz lo que él te dice", le dijo la afectada. "Es que me da asco. Que lo meta él", replicó. "Lo leí una vez en un periódico por un caso semejante", dijo el hombre. "Pues tendrá que metérmelo usted, mi hermana es una aprensiva", comentó la chica. "¿No te parecerá obsceno?", preguntó el hombre. "Da igual lo que sea, lo que quiero es librarme de esto".
El hombre se chupó el índice de la mano derecha y penetró con él, con sumo cuidado, el ano de la chica. La hermana pequeña miraba divertida. La chica afectada cerraba los ojos y se concentraba en empujar hacia fuera el aparato. El hombre de la Papelería movió el dedo dentro del cuerpo de la chica durante un par de minutos y al fin empezó el aparato a moverse hacia el exterior. Con la otra mano lo cogió y tiró. El consolador salió para alivio de la chica, que se tumbó cansada sobre el sofá. "Muchas gracias, señor", dijo con voz entrecortada. "Ha sido un placer", confesó el hombre sin dejar de apartar su mirada de las nalgas femeninas. "Pida a cambio lo que desee", le propuso la hermana pequeña. "Menos follarme, lo que quiera, que tengo el coño irritado", dijo la afectada. "Vuélvete", le pidió el hombre. La chica obedeció. "Quítale la camiseta", le pidió a su hermana. Así se hizo y la chica quedó desnuda, con sus abultados pechos a la vista del hombre de la Papelería. Se inclinó hacia ella y se los acarició. "Nuestros padres pueden venir en cualquier momento", advirtió la hermana pequeña.
El hombre reaccionó. "Me voy, por si acaso". Apresuradamente salió de la casa mientras oía las risas de las hermanas a su espalda.

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