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EL SANTÓN

Por Cesar Rubio Aracil

César Rubio Aracil

ESPAÑA



LA FUERZA de su popularidad la tenía el
santón entre sus admiradoras. Algún maricuelo (marica
de los de tercera clase; de esos babosos a quienes les gustan las mujeres
más que el vino, pero que si son hombres es únicamente porque
se afeitan y calzan un cuarenta y cuatro de horma -nos referimos al calzado,
naturalmente-) también lo jaleaba; pero pocos, tal vez uno o dos
a lo sumo.
En torno al hermano Procopio, cirios, incienso y jaculatorias enervaban
la mística de sacristía de sus adeptos, casi todos comadres,
como se ha dicho, que, en presencia del iniciado guardaban el más
riguroso respeto. Nada de cuchicheos entonces y mucho menos de malevolencias,
¡por Dios, qué decís!, sino de buenas maneras, cortesías
y parabienes.
Luego, a estudiar los Sagrados Libros y poemas épicos del hinduísmo:
el Rig Veda, Baghavad Gita, Ramayana, Upanishads...

¡Ah! Y la Doctrina Secreta. ¡Por Dios, qué olvido! Y
también, porque suena bien, hablar de los rishis, Sankara,
jivamuktas o adeptos que escapan a la ley del Karma: de los tattwas,
Purusha y Paramatma, Prakriti, Buddhi y Atma;
del Yoga y del Sankhia, de los chakras, kundalini...
¡ay, la leche!, en la mayoría de las ocasiones sin saber de
lo que se trataba, pero que molaba cantidad aquello, ¡jo!
Y a la vista de los iniciados y de los maestros, ya se sabe:
de los de arriba, de los que mandan más. ¡Pues no veas, tron...
que hasta podía uno ganarse el nirvana.

El hermano Procopio se había hecho acreedor
de la confianza y el respeto de una buena parte de la comunidad que él
dominaba por su prudencia y sabiduría, ¡jo...der!,
aunque trataba en todo momento de aparentar sencillez y humildad el tal
calvo barbudo con más mala leche que buenos propósitos.
Porque había luego que oirlo en los Consejos de la dirección
de la cosa sacra: ¡Largaba el menda que era la hostia! Las manos
en actitud pía y la lengua hecha un barquillo -Hermanos, hoy
estamos aquí reunidos para resolver cuestiones muy duras que debemos
tratar con templanza...
-¡La madre que lo parió, el tío!,
después de haber sugerido la corta meditación, el silencio
de la mente...El incienso que nunca faltara, ni las flores frescas ni el
agüita puesta a la serena la noche anterior ni las rosas de los cardos
borriqueros dispuestas en floreros de barro cocido al sol-. Bueno. Para
qué decir más. Únicamente, que los que no comulgaban
con sus ideas, primero se esforzaba por atraerlos con su esponjosa retórica
milonguera. Si de ese modo no lo lograba, entonces desarmándolos
con razonamientos próximos a los que él mismo combatía;
es decir, dándoles la razón a los contestatarios, para después
hacer y decir él lo que le salía del pirulí de la
Habana, pues nunca entraba de frente. Y al final, cuando ya la paciencia
juega malas pasadas hasta a los píos, dando cuchilladas sin sacar
la navaja, que eso es de gitanos. Así era el hermano Procopio. Pero
por encima de todo, santón de Benarés. ¡Valiente julandrón
el patito feo!, que por algo se encerraba él todos los días
en su torre de marfil para hacer yoga, meditar no sabemos qué hostias,
y sacarle la lengua a los demonios.

De entre la escogida comunidad de aspirantes a
iniciados -chelas creo que se les llamaba en la Orden-, alguno de
ellos era tan astuto como el pelao y callaba lo que no le interesaba
decir o no le proporcionaba ventajas. Otros, simplemente se tragaban el
marrón para ganar indulgencias, y los demás, los de
siempre, a verlas venir; pero todos buenos amigos, ea, que por algo eran
hermanos de la conseja de brujos. Algunas, con mucha pechonalidad
y coñocimiento -¡joder con el tetamen de doña
Ka y la supuesta flor de lis de la niña rubia! Sí,
hombre, la Rita, la pelirroja de Benidorm con cara de pandereta y culo
de pesadilla. Esa que se santiguaba cada vez que tenía que asistirse
el jojoy en el aseo, ¿no la recuerdas?-. Algunas, decía,
digo, yo creo que le hacían el cunnilinguo en la calva al
Santón cuando se la besaban, ¡joder con las jais,
qué risa!
Bueno, aparte irreverencias, que no debe el narrador tomar tanta parte
en el asunto, el caso es que, cuando se reunían, lo primero que
hacían era entonar el sagrado OM; también al finalizar los
saraos místicos, fijo, ¿no?, lo establecido. Luego, la meditación.
¡Y contaban de experiencias! ¡Maravillas! ¡Una paz...
Un amor...! Casi todos viendo angelitos y aleluyas, colorines y palmeritas
azafranadas. ¡Huyuyuy, lo que veían las measalves! Algunas
hasta bendecidas por los Maestros. Otras y otros, que si habían
cruzado palabras con los Señores del Karma...
Qué más decir. Bueno, salían de allí, del oratorio
de los Devas, que daba gozo de verlos, de fraternales e iluminados
que habían quedado. -¡Hermana Rita. Ay, hermana Rita! ¡A
que no adivinas a quién he visto en mi meditación! -exclamaba
Encarnación, maravillada, la faz encendida de gozo-. No. Si no te
lo vas a creer, pero cierto como el sol que nos alumbra. Era santa Blawatsky.


- Pero, si Blawatski todavía no ha sido elevada a la dignidad de
los altares -le respondió la amiga Rita. ¡Que no sabía
expresarse bien cuando quería, la señá benidormí-¿No
te das cuenta de que Blawatsky no fue nunca amiga del Clero?-concluyó.


- Pues yo así lo creía, porque desde luego que no me lo he
inventado. Hasta diría que.... Éso lo he leído yo
en algún libro. Estoy segura, vaya que sí. Y en cualquier
caso, si no es santa lo será algún día, ¡ya
lo creo! Porque lo que hizo... Bueno, fue todo un milagro y lo sigue siendo.
¡Fíjate tú... (Bla, bla, bla...) Y a la que salta el
hermano Procopio, que estaba atento en su rincón de siempre, como
traspuesto:

- Sí, querida Encarnación. Hay por
ahí no sé qué libro -mintió el santo mentor-que
habla de éso -¡toma ya-. Pero se trata de malos textos. Si
me hicierais caso, no compraríais esos libracos, mal escritos y
de peor gusto.-Y el gurú le recomendó unas obritas que podía
comprar cualquiera de los de la cuerda en la Casa, sin necesidad
de tener que recurrir a ninguna librería-. No obstante -continuó-,
estoy de acuerdo contigo en que Blawatsky hizo merecimientos más
que suficientes para figurar en el Santoral.
Lo que sucede, ya te lo puedes imaginar, es que la Iglesia siempre la tuvo
en el punto de mira, y si no la anatematizó -que no lo sé-,
fue porque no pudo. ¡Ay, hermana! Cuánto has de ver todavía.
- Ponía los ojos en blanco el menda, la calva salpicada de letanías
y prendida en la barba -¡será joputa el tío!-
una pequeña cruz patada, de oro debería de ser..

Sin embargo, lo bueno aconteció en cierta
ocasión -como me lo contaron lo cuento- cuando, concluida la función
o lo que quiera ser ese simulacro espiritual vespertino de los viernes,
Dora, con sangre de nabo y más tonta que la tía La tiza,
se deshacía en palabras de asombro y en aspavientos: ¿Os
habéis dado cuenta como el hermano Procopio se transforma cuando
medita? Yo lo he visto despegar del suelo. Sí, levitando estaba
¡Y tiene un aura...!

Se armó el revuelo. Casi todos la creyeron, menos unos cuantos -muy
pocos- que no creen en nadie ni en nada, pero que, sí, claro.
Lo que yo siempre os he dicho, que estas cosas vienen dada por la santidad
.
Son los de siempre: los píos, los castos... Esos mismos -fardachos
con alba, casulla y gorjal- que, aunque no tonsurados, se consideran elegidos
por no sabemos Quién del vasto panteón celestial, para ser
conductores de almas.

Cuando llegó la siguiente junta de adeptos,
tan condicionadas estaban algunas por lo del aura y la levitación,
que creyeron ver lo mismo que vio Dora. Efectivamente, el hermano Procopio
iba poco a poco elevándose hasta rozar casi el techo, y alrededor
de él su dorada aura que todo lo invadía.
Después de la santa meditación el chocolate, los comentarios,
admiraciones, histerismos, plegarias y salmodias. ¡Yo, yo lo he
visto, que nadie me lo ha contado!
-aseguraba doña Gertru, emocionadísima.
También yo -certificaba con elocuentes gestos la señora
de López, y doña Ka, y Rosita la panadera. ¡Vaya que
sí! Hasta que, velas en mano, los congregados recorrían la
casa recargándola de incienso, efluvios de cera y mantras,
en acción de gracias por la elevación espiritual que todos
y todas habían alcanzado. El santón nada decía,
que parecía más bien haber entrado en éxtasis, como
si se hubiese fumado un porro doble.
Sin embargo, una vez concluido el ceremonial y ya todos más reposados,
vino lo que nadie podía sospechar. Fue la hecatombe. Algo increíble.
La propia Dora, que parecía estar ida de tantísima devoción
por el bienaventurado Procopio, lo vio en un rincón del patio,
junto a las macetitas de doña Flor... ¡meando! Y todos sabemos,
queridos y fraternales hermanos, que los santos no mean.

Este artículo tiene © del autor.

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