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LA TERTULIA DEL CAFE GIJON

FRAGMENTO

Valentín Justel Tejedor

ESPAÑA



LA TERTULIA DEL CAFÉ GIJON

Aquella era la primera vez que invitaban a Damián a una tertulia literaria. Varios amigos que simpatizaban con el mundo de las letras como él, en ocasiones, le habían sugerido que pasase por el Café Gijón, a expresar en libertad sus pensamientos y reflexiones sobre cualquier aspecto de la vida, sobre cualquier obra literaria, o sencillamente a conversar con gentes, que compartían en común ese arte tan digno que es la literatura.Sin embargo, quien le invitó formalmente fue Don Federico, un viejo editor de Madrid con posibles, cuya verdadera pasión no era otra, sino la de descubrir nuevos talentos literarios.

Así, mientras Damián, este joven provinciano de aspecto tísico se dirigía a su anhelado encuentro, no dejaba de pensar que alguno de aquellos maestros consagrados del arte de las letras, le reprocharía su confusa ignorancia, pues sus avales eran escasos, simplemente haber redactado un pequeño poemario, y haber escrito algunos capítulos de los guiones de una serie televisiva.

Damián llegó allí con los nervios a flor de piel, abrió la puerta con ímpetu, y por no escatimar en cortesía no menos que casi reverenció a uno de los maîtres del establecimiento, al ver la suntuosa indumentaria que éste vestía. Posiblemente, debió pensar que se había cruzado con alguno de aquellos ilustres embajadores o militares con uniforme de gala, que acudían al célebre café.

Así, al comprender su yerro, sus mejillas súbitamente enrojecieron, como si toda la sangre de su famélico cuerpo hubiera ido a parar allí, en un solo instante. Amablemente, el maître que percibió su nerviosismo y confusión, le preguntó si buscaba a alguien, mientras respondía, Damián vislumbró en el ángulo derecho del local, bajo los amplios espejos, y sentado en el rubescente sofá de terciopelo, junto a las mesas de níveos mármoles, el perfil de Don Federico, el editor que le había invitado a la tertulia.En aquel momento Damián respiró profundamente, y con actitud más serena y valerosa, respondió:

  • Si, he quedado con Don Federico Suarez, el editor.
  • Pues acompáñeme, si es tan amable, le dijo el maître.

Así, a medida que Damián avanzaba, por el establecimiento, se iba fijando en todo lo que veía a su alrededor: el lujoso enmaderado que envolvía con su brillante barniz el centenario local; los dibujos y las fotografías de artistas de relumbrón; los esféricos apliques fúlgidos, que llenaban de magia el establecimiento, con su cinérea luminosidad; … la solería ejedrezada, en cuadrícula ebúrnea y cinabria, que semejaba un palacio de los de Moratín; los cortinajes bermellones a dos hojas, separados por pasamanería, que polarizaban los refulgentes rayos de luz exterior.

A su paso, percibía como si las miradas de los clientes, se clavaran en su testuz, a lo que él no dejaba de repetirse si se le notaría en el rostro, que era la primera vez que acudía a una tertulia literaria.En unos instantes, Damián llegó a la mesa donde se celebraba la reunión, y tras ser presentado por Don Federico a los contertulios, en su afán de impresionar a los presentes, con sus conocimientos sobre los clásicos y en especial sobre la mitología, no dudó en exhortar con imparable verborrea sobre Ariadna, originariamente conocida como "la Señora del Laberinto", hija del Rey Minos y su esposa Pasifae.

- Pues, sería ella quien brindara ayuda al valiente Teseo, para encontrar la salida del laberinto, exclamaba Damián, mientras entusiasmado, parecía escuchar la reverberación de sus propias palabras.

- Así pues señores, tras árduas lecturas, he llegado a la firme conclusión de que existen dos Ariadnas, por un lado, la esposa de Dioniso a la que mató Perseo, y por otro lado la princesa que se enamoró de Teseo, y que habría nacido dos generaciones después.

Tras su esperpéntica alocución, espetó a los contertulios a pronunciarse sobre aquella enigmática disyuntiva.

La respuesta de los presentes se manifestó en forma de afásico silencio.Tan sólo Don Federico se atrevió a romper el hielo, exhortando a algún otro participante, a que disertara sobre cualquier tema de mayor actualidad.

En ese instante Damián comprendió, que había hecho el ridiculo más espantoso, y se excusó ante los presentes diciendo que volvía enseguida.

Rapidamente, Damián enfiló el difuso pasillo, y accedió al servicio de caballeros.

Al cerrar la puerta, su escualido cuerpo se reflejó sobre el resplandeciente urinario, y juró que jamás volvería a hablar en la tertulia, a menos que alguien se lo pidiera. Tras unos minutos de reflexión decidió incorporarse nuevamente a la conversación. Pero, a su regreso las risas eran las dueñas de la tertulia, los antagónicos carcajeaban hasta desternillarse de risa, ignorando Damián, si aquella trapatiesta se había propiciado por su desafortunada intervención, o lo era por alguna otra causa. Al finalizar el alborozo, el moderador Don Federico, se dirigió a Damián preguntándole si había traído alguno de sus libros, para que fuera ojeado por los miembros de la mesa. Damián, iba a responder negativamente, por temor a prender nuevamente la mecha de la hilaridad.Sin embargo, a su llegada al café, depositó sobre el frío mármol de la mesa su pequeño poemario, sin apercibirse de ello más tarde.Así, Don Luis Sigüenza, un prestigioso columnista del Diario de Madrid, tomó en su mano el librillo, y exclamó:

  • Esta es la literatura de los nuevos tiempos, la nueva literatura, muchacho.
  • Y así, ojeando los poemas se detuvo en uno que le sorprendió por su contenido, por la realidad que abordaba.

Leyendo en voz alta recitó:

AVES DE RASCACIELOS

Halcones, gorriones y trodillejos,
dejasteis los bosques y riachuelos
por el cemento y los oscuros cielos,
dejasteis los chopos y los antejos

-

para anidar, en paredes de espejos,
cercanos a lenguas de negros suelos.
¡ Pero, que distintos son vuestros vuelos!
entre humos, ruidos, asfalto y azulejos;

-

cambiasteis los blancos, verdes y azules
por los negros, grises y noguerados,
cambiasteis hojas, ramas, paja y lana

-

por estopa, plástico y trozos de hules,
cambiasteis los campos iluminados
por vertederos de triste mañana.

 

Tras finalizar la alocución, se dirigió a Damián, y le dijo:

- Muchacho, la poesía es palabra, es sentimiento.Pero también debe reflejar la realidad más inmediata. Esa es la dificil misión que tiene que desempeñar un poeta de su generación.

Damian, tras escuchar aquellas palabras, no acertaba adivinar si lo que le había dicho aquel propedéutico del humanismo, era un alabanza o un desdén, pero quizá de su tono se desprendía cierta benignidad de criterio(…)

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