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CRONICAS DE POSGUERRA

FRAGMENTO

Valentín Justel Tejedor

ESPAÑA



CRONICAS DE POSGUERRA

La neblinosa mañana era desapacible en aquel barrio de la periferia de Barcelona. Cada día Pere Capdevila camino de la escuela, llevaba en su mano un bote de hojalata con varios agujeros. Por los paralelos orificios superiores del envase pasaba un alambre, que le servía a modo de asa para no quemarse, pues la lata contenía en su interior unas brasas de carbón, para combatir la fría temperatura del desangelado barracón donde estudiaba. Todos los niños del colegio estaban pendientes del orbicular reloj, que colgaba de la pared junto al encerado del aula. Así, cuando apenas faltaban unos minutos para las once en punto de la mañana, aumentaba la inquietud de los colegiales, pues sabían que muy pronto, haría su aparición el expreso mixto Zaragoza-Barcelona.

Cuando escuchaban el sobreagudo y estridente pitido, que emitía el silbato de la "Atómica", Pere y sus compañeros se asomaban con celeridad a las ventanas, paradójicamente no para ver pasar el tren, que se dirigía a la Estación de Francia, sino para observar la algarabía y el tráfago, que se formaba en ese tramo de la línea férrea, como consecuencia del fenómeno del estraperlo. La locomotora del convoy una 242-02111, aminoraba premiosamente su marcha, a medida que se introducía en la ciudad, desacelerando el cinético y acompasado movimiento de sus bielas, los dos ejes libres delanteros y traseros, así como los dos ejes motores, entre emanaciones y resoples de albugíneas vaharadas, que envolvían con su nebuloso celaje, el nigérrimo tender cargado de briquetas de carbón.

Los márgenes de la vía férrea en aquel tramo, se encontraban ocupados por los cómplices de los estraperlistas, que esperaban con impaciencia el momento en que los especuladores agiotistas, desde el interior del ferrocarril, lanzaran los bultos, fardos y maletones, para recogerlos súbitamente. En ocasiones, se podían ver a algún arriesgado estraperlista viajando en la parte superior del tren, para eludir así los frecuentes controles de la benemérita en el interior de los vagones. Así, algunas maletas al caer, se abrían como consecuencia del fuerte impacto, desparramándose su contenido, principalmente comestibles y medicamentos. La madre de Pere era una de aquellas mujeres, que se arriesgaba cada día, para conseguir una buena hogaza de pan, llevando los matalotajes que recogía de los zarzales, a un carro que esperaba en las inmediaciones, cuyo destino final eran los barrios acomodados de la ciudad condal.

Toda esta trapatiesta estaba destinada a evitar, que en la barcelonesa Estación de Francia, los guardias civiles de la Comisaría de Abastecimientos y Transportes, requisaran cualquier bulto sospechoso de servir al estraperlo o la especulación.

En la Barcelona de 1940 eran tiempos de penuria, de hambre calagurritana, de grave miseria y tremenda escasez. El ritmo de vida era fugaz, ansioso, frágil y desesperado. El Decreto de Racionamiento promulgado en 1939, resultaba ineficaz a todas luces.

Así, a pesar de todo ello, las familias que no podían acceder a los lujos del estraperlo, debían ceñirse para subsistir a las incomibles raciones de las Delegaciones de Abastos, las cuales, eran distribuidas a través de los establecimientos de ultramarinos de la ciudad. De este modo, todos los primeros de mes Pere acompañaba a su amigo Jordi Ripoll y al padre de éste a la capital, para hacer acopio de las vituallas que le correspondían mensualmente, por ser titular de una cartilla de racionamiento.Los Ripoll no tenían la misma suerte que los Capdevila.Así, el progenitor de Jordi tras abandonar un pequeño colmado situada en la Calle de los Capellanes, siempre maldecía aquella situación, pues cuando no faltaba el decilitro de aceite, faltaban los 50 gramos de tocino entreverado, o el pan en vez de harina de trigo, era de harina de altramuces.

Al salir del comercio, Jordi siempre miraba embelesado las inaccesibles figuritas de chocolate del escaparate, a medida que caminaba las seguía mirando de reojo sin perderlas de vista. Su padre, solo cuando el jornal de la semana había sido pasadero, volvía a entrar en la tienda, para aunque fuera fiado, complacer a su hijo y al amigo de éste(...)

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