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TESTIMONIO DE JULIANA BURGOS

por José Prats Sariol

José Prats Sariol

CUBA



A Roberto González Echevarría, lector de La intrusa, conocedor de Borges.

Mi cuento con los Nelson o Nilsen es el verdadero, aunque por ahí cuelguen otra historia. Por eso lo digo sin pena, para limpiar el espejo. Eduardo y Cristián merecen justicia, sí señor Jorge Luis. El rodar de las versiones ha enfangado la memoria de aquellas almas no tan orilleras, no tan trágicas, desde la del velorio de Cristián en el partido de Morón, que oyó entre mates madrugadores Santiago Dabove, hasta la de Turdera que algún tiempo después se hinchó de migajas en el pueblo donde pasó todo. La probidad de aquellos relatores, envuelta en alcohol, huele a ofuscaciones de machos, a antiguos ritos acriollados. Es un ombú seco en el medio de La Pampa.

En Turdera vivían los dos hermanos. Y certifico con el viejo parroco (algunos datos son ciertos) que en el caserón había una Biblia de cubiertas negras, aunque los caracteres no eran góticos sino barrocos, de curvas que abrían las consonantes mayúsculas. También la descripción de la casa donde estuvimos se corresponde, al menos respetaron que desde el zaguán se divisaban los patios, el ojo de agua adoquinado, las gallinas cloqueando. Pero es falso, lo cuentan para preparar mejor sus finales, que el desmantelamiento reinara en las habitaciones. Había muebles bastos, pocos y curtidos, pero el bronce de los calderos brillaba sobre las llamas y el polvo era barrido.

Sepa que no descendían ni de Dinamarca ni de Irlanda sino de algún fiordo, no recuerdo el nombre, de la Noruega de vikings y troles, de bacalaos que añoraban y de aquavit que nunca podrían beber. Pelicolorados y musculosos sí, pero no pendencieros, salvo que alguien del barrio se tirara con algún atrevimiento. No hablan mentiras cuando refieren que en el altercado con Juan Iberra mi Eduardo llevó las de ganar, que Cristián hubiera dado la vida por su hermano menor y este, sin pensarlo, por él. Es cierto que eran dueños de cuatro bueyes y dos carretas, además de sus caballos de brío y correteo, de los animales de corral. Y generosos, sobrios o borrachos, hasta con gente recién conocida. De muertes nada supe, deben ser parte de las habladurías del compadraje.

¿Tahúres mis Nilsen? Otra infamia, Jorge Luis, aunque no fue la peor. Sus únicos pillajes eran contra el sudor. Jugaban a ver cuál trabajaba más, hasta los sábados. Las trampas que pudieron haber hecho abochornarían a un tahúr genuino. Tal vez en el pesaje de algún saco de harina o en el regateo de los aperos... Bueno, sin exagerar, a un vecino puede que le debieran el pago de una daga de hoja corta, pero tampoco se atrevió a cobrársela a Cristián, porque sabía que esa deuda era mejor tenerla abierta, por si acaso los necesitaba.

Cuando yo aparecí en la vida de Cristián supe enseguida que era mío, que las aventuras de lupanares y putillas de paso cesaban para siempre, por lo menos mientras yo presidiera el casón de los Nilsen. Lo de que no era mal parecida opaca, perdóneme, la irresistible sensualidad que en ese entonces, a mis dieciocho cumplidos, despedía mi cuerpo. Hablan de la tez morena y los ojos rasgados, de avellanas navideñas, pero no mencionan los labios de pulpa y primavera, el movimiento que derretía hasta al párroco cuando atravesaba la plazoleta rumbo al mercado. Y de regalarme baratijas nada, pendientes de oro 18 y pulsas de plata taxqueña o toledana. En un barrio, en verdad, bastante modesto, ellos eran la opulencia.

No crea infundios, por favor. Enseguida le limpio de porquería el resto. En esta parte, la más engorrosa, voy a ser transparente. ¡Ah, los varones y sus vanidades! Usted, supongo, debe saber mejor que yo de las alevosas lenguas que oyen los chismes de las mujeres a la mesa, se burlan y corren a la barra para confrontar con los de sus compinches.

Le certifico la autenticidad de lo que va a oír. Al principio Eduardo ni caso me hacía, salvo cuando me bañaba en la tina del traspatio. Pero como a los tres meses, después de agotar los más de cuarenta años de Cristián, supe convencerle de que era un egoísmo tener así a su pobre hermano de veintitrés. Y Cristián entendió, engurruñado y hosco. Más pudo la sangre. Porque ya desgranados los noventa días de convivencia Eduardo estaba casi atando la soga para ahorcarse. Confieso que le enloquecí, desde los roces sin querer hasta la toalla que también sin querer dejé caer en dos ocasiones para que viera la mercancía, para que supiera cuál tesoro amasaba el hermano. Desde los gritos que tenía que oír desde la cama para que la curiosidad cabalgara en su cabeza hasta la madrugada vacía.

Sí, estaba enamorado, se emborrachaba, iba a la casa rosada donde la señora Evita dormía sus volcanes, dejaba los bifes como se los ponía en el plato, apenas hablaba. Sí, como le dije, Cristián aceptó entre muecas. Las primeras veces se iba de la casa, a faenas o a farras, después decidió incorporarse. El pudor me impide caer en detalles, imagínese.

A la semana del triunvirato era yo, Juliana Burgos, la que ataba los caballos trotadores al palenque. Entre cordial y mandón era mi tono, mi talante y no el de ellos, ni siquiera Eduardo. Los tenía, como se dice, comiendo de la mano. Los compartía con equidad. Sepa usted, y muy bien, cuál era la situación real donde los Nilsen. Decentemente anduvo siempre el arreglo, sin discordias entorpecedoras de nuestra buena fe. Los tres nos poníamos enseguida de acuerdo en casi todo, la venta de unos cueros, lo que se iba a cocinar, la adquisición de un overo para que yo también exhibiera al arrabal mis dotes de jinetera...

Podía durar y duró cuanto quise, lo que me dio la gana. Este centro era el cetro, que nadie se equivoque. En el suburbio duro aprendieron al poco tiempo a respetarme, sobre todo después que con el fuste crucé la cara de Juan Iberra en la plaza de Lomas, cuando me insinuó que si no cabían tres en la cama de alto respaldar con orlas de ebanista rural, y después le dije que ni media palabra a Cristián y Eduardo porque me bastaba sola para mantenerle en su sitio, igual de sumiso que a mi pareja de machos.

El resto del cuento que le mal hicieron también falsea los acontecimientos. Fui yo la que les senté una tarde, cuando el sol escarlateaba hacia la línea frente al patio. Saqué dos sillas como una maestra de primaria, les mandé que oyeran en silencio y de pie comuniqué la decisión de pasar una temporada en Morón, sí, en el prostíbulo de Morón porque necesitaba ahorrar plata para el plan definitivo y tenía que aprovechar la fama que los Nilsen me habían regalado en las relaciones de mis bondades, cuando a veces se iban los sábados por la noche para el boliche de hombres entre hombres.

La parte que da risa sí es cierta. Luego de conducirme en la carreta hasta donde esperaba la patrona, una vieja amiga de mi madre que estaba encantada porque sabía que la temporada alta contaría con una estrella, obtuve la promesa de que ninguno osaría acercarse al negocio. Pensé que así era mejor para todos, pero no aguantaron. El que primero hizo su cola un viernes fue Eduardo, el más fogoso, el que más me gustaba. Se volvió un rosario de excusas en la puerta del cuarto, frente a mi inflexible mano pidiéndole el dinero del turno. Pagó como cualquiera, aunque recibiera tratamiento especial. A los tres o cuatro días cayó el otro. Cristián, con un poquito más de orgullo, sólo dijo que el hermano menor le había confesado la violación del acuerdo y a él no le gustaba que le hicieran trampas, se desvistió sin más balbuceos, funcionó, pagó el doble y se marchó con la cabeza desafiante. Después hasta llegaron a ir juntos, a veces Eduardo llegaba temprano para que Cristián no tuviera que sufrir demasiado con los otros clientes, separaba para los dos y entraban juntos, como cuando estábamos en el casón.

Terminada las Navidades, después de Reyes, cerré el trato. Aún me faltaba la quinta parte de las economías y ellos me la ofrecieron a cambio de regresar hasta fines de marzo. Volví también por cariño, a fin de cuentas ya éramos amigos y no carezco de corazón. Nada más de verles las caras se me ablandaron los ojos. Volvimos a caballo, cada uno en el suyo, espoleando porque deseaban recortar el trayecto. Y a compartir la alegría del reencuentro, sin discordias ni exasperaciones, a puro trío de guitarras y octosílabos engrampados para musicalizar las noches en el patio de baldosas. Los desahogos se recrudecieron mientras marzo se iba, por cierto que bajo un calor raro, fuera de tiempo. Y la sesión de despedida por el techo, aligerados de prejuicios, unciéndonos en el firmamento hasta el amanecer.

Nos bañamos a puro cubo del pozo, retozando el adiós. Eduardo fue por los bueyes. Cristián por el dinero recolectado. Yo por las pilchas. Salimos por el Camino de las Tropas , sin desvío, rumbo al tren que me conduciría a la Capital, al sueño de estudiar. Las miradas del chisme eran pocas a esa hora, pero alguna debió vernos. En la estación la escena se agrandó, con palomas y no caranchos revoloteando cuando la locomotora inglesa puso en marcha los vagones. Entre el vapor los vi por última vez, sin mover los brazos y las manos, resignados y a la vez contentos porque prometí volver en cuanto pudiera, en cuanto me graduara de maestra, de la profesión que mi madre soñó inútilmente en el prostíbulo donde nací, la que ella triste, sacrificada, nunca pudo alcanzar señor Jorge Luis. Gracias a los Nilsen y al ritmo de mi cuerpo, que ahora es leyenda de los arrabales y de aquí en Buenos Aires, puedo rectificarle la historia, para que usted la tenga como fue.

Este artículo tiene © del autor.

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