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LA RUTA DE LOS HOSPITALARIOS

Valentín Justel Tejedor

ESPAÑA



 

LA RUTA DE LOS HOSPITALARIOS

Los miembros de la Orden de los Hospitalarios de San Juan de Jerusalem, establecidos en el alto Pirineo Aragonés, velaban por los peregrinos, que a través de los difíciles pasos de las vertientes pirenáicas, accedían por la ruta secundaria del Piemonte pirenáico desde Gavarnie a San Nicolas de Bujaruelo, para en un largo y tortuoso periplo, proseguir el Camino Jacobeo.

Estas trochas anfractuosas de herradura, requerían la ubicación de refugios de fortuna, que libraran a los bienaventurados peregrinos de las dificultades inherentes de una abrupta y escabrosa orografía, cuyo tránsito soliviantaba el ánimo de los andariegos, pues las sendas discurrían entre escarpadas cresterías, horizontales fajetas en balcón, ventisqueras invernales, inesperados lurtes y aludes, así como densísimas nieblas y feroces manadas de lobos.

Así, el recorrido se inicia en el bello municipio de Oto, un pueblo de aspecto medieval, pequeño y apacible, con empinadas y pulquérrimas costanillas de adoquines milenarios, flanqueadas, bien por casonas fuertes y solariegas, bien por casas llanas o de labor, todas ellas con fachadas de piedra, balconadas germinadas sostenidas por lignarios modillones y obscuras techumbres de losa y pizarra. En este bucólico rincón lleno de sosiego, el armónico silencio impregna con su invisible manto de sedante quietud, egoistamente las policromadas tardadas, que colorean las campas, praderías y herreñales limítrofes a la aldehuela.Esa afásica mudez solo se ve interrumpida, en ocasiones, cuando se aventan cariciosamente, las hojas de los sauces, los cuales, parecen escoltar como fieles centinelas, la melancólica soledad del ocaso crepuscular.Sauces trémulos y frondosos que saludan y despiden los caminos. Caminos de agua, formados por torrenteras, regueros y regatas, que brujulean por ayerbadas cunetas, pobladas de amargón, zarzas y gramas.Aguas que deslizan sus límpidas corrientes entre los verdales cuadros del paisaje. Caminos de tierra y cantales, a veces behétricos, a veces sencillos, todos enamorados de esta singular orografía, porqué aquí, ¿dónde están los caminos de hierro?, esos que refulgen con cada rayo de sol, esos que se alejan siempre paralelos, esos que al igual que los nostálgicos sauces, se hallan tendidos entre la soñadora remembranza del secular pasado y el incipiente progreso, que no despoja, pero que modifica costumbres, fisonomías, hábitos…¿Cuántas primaveras teñidas de intensos colores y fragantes olores? ¿cuantos estíos de cielos diáfanos y tierras vulturnas? ¿cuantos otoños de poesía? ¿cuantos inviernos de lumbre y humo habrán visto estos sauces?

En los adentros de la merindad, sobresale la aguda y vetusta torre con campanal, formada por cinco cuerpos con saeteras, del templo parroquial. Así, ascendiendo por el hirsuto laberinto de callejones y pasajes callarizos, se desemboca en un granulento crucero de caminos, que servía para orientar a los peregrinos.

A medida que el viajero recorre estas calles alfombradas de guijos, se reencuentra con oficios de los ayeres, así junto a la plaza de la iglesia, a la sombra de los tenebrosos muros del camposanto, un anónimo picapedrero cincela con esmero las irregulares peñas, transformándolas en cuadrangulares rocas, aptas para su utilización en la construcción de casonas populares. Junto a éste, un simpático muchacho de amplia sonrisa, trata jugando, de imitar la maestría de su progenitor, cuarteando pequeñas piedras. Calles arriba, al andar el camino, se vislumbra entre la fresca penumbra interior de alguna casa enjalbegada, unas colgaderas garranchas, unos pálidos cestos mimbreados, e incluso alguna curtida piel de liebre; cercano a la broncínea puerta de entrada, el maestro artesano trata la madera de boj, creando verdaderas joyas de menaje, tales como arcas de masar, saladeras, roscaderos, cernederas o cucharones de madera.

Al alcanzar el punto más elevado de la población, resulta ineludible otear la profusa miscelánea de empedrados solejares y frescas umbrías de los caserones, así como el intrincado mar de tejados, con sus ferrosas veletas, que parecen rasgar el fino aire, que procedente de las sierras limítrofes Otal, Manchoya, Gábalos o Pueyo refresca la hondonada del Valle de Broto.

Entretanto, sorprende el inesperado y reiterado cacareo, de un gallo campero del que sólo se aprecia la roja cresta, por entre la tupida y negral tela metálica del corralón.

De nuevo, al enlazar el camino, se escucha un ténue susurro, que rumorea con mágica sonoridad. Gradualmente, el débil y undísono murmullo aumenta su intensidad para convertirse en fragoroso gorgollón.Desde este apaisado altozano, junto a barellas, eriazos y cortinales separados por bajos medianiles, se tiende una jarapa de mil verdes, uniendo el caserio de Oto y el aldeorrio de Broto. Desde la escasa altura se contempla el cauce del río Ara, que discurre entre agitados rápidos y encalmados remansos.Sus albugíneas corrientes y remolinos abrazan sempiternamente, a flor de agua, las peñarras y los cantales dispersos por el lecho fluvial; piedras que destacan por su nívea tonalidad, semejando brillantes estrellas sobre un endrino firmamento aguanoso.

Aguas arriba, se llega al desusado puente con arco de medio punto, junto a éste, en un pradal cercano, destaca la imponente figura de un bello equino de capa blanca amarillenta, con cabeza de perfil recto, cuello fuerte y musculoso, abundantes crines, cuerpo denso, patas largas y ancho pecho, el cual, recorre de vez en vez con aire de trote la exigua pradería, con temperamento alerta y nervioso. Tras dejar atrás el románico pontón, se prosigue con cautela por un alabeado ramal, que conduce al entorno de unas escarpadas paredes verticales, desde donde se desploma con procacidad, la bella cascada de Sorrosal, la cual, cautiva los sentidos del viajero.

Al abandonar el abrupto y arriscado enclave de la vía ferrata, se accede a la población de Broto, cabecera natural del valle, donde bien merece la pena callejear por su casco histórico, dejandose llevar por los pasos perdidos, para admirar el campanario almenado de la iglesia de San Pedro o la Torre de la Cárcel, así como el ambiente de sosiego y calma, que reina en las calles de la villa pirenáica.Tras atravesar el río, se extiende un camino paralelo al cauce del Ara, que enamora por la belleza paisajística de su entorno más próximo. Al fondo en dirección Norte hacia Francia destaca la inconfundible silueta del Mondarruego, que desde la proceridad domina el Valle de Broto; en la margen izquierda del río, junto a verticales rallas y leras pedregosas, se columbran áreas boscosas de especies caducifolias, con profusa y abundante vegetación, de hayas, abetos, quejigos y abedules. En la margen derecha del río se columbra en un prominente lomazo, entre un denso boscaje esmeralda y unas amarillentas eras, la bella silueta de Fragen, un pueblo exiguo, pleno de silencio, con vetustas casonas linajudas, fuente apaisada de grandes y finos caños…de transparentes y cristalinos chorros y una torre con dos relojes, uno detenido por el cansancio de las horas y el otro con apariencia de cuadrante solar.

Nuevamente en el camino, el constante gorgeo de petirrojos y mirlos, ameniza los rigores del entusiasta paseo, bajo la sofocante canícula estival.La senda de oro a veces se encharca, con regueros de plata nacidos en los adyacentes madrales y las propincuas acequias. En la vereda, se advierten las huellas de herradura de los caballos paseros, que en ocasiones, la recorren con premiosidad. En la lontananza de las elevadas cumbres, se puede vislumbrar algún esconjuradero, ubicado sobre las montaraces cimas de las estribaciones de Ordesa. Los pliegues geológicos se muestran con todo su verismo, a medida que nos aproximamos a la cercana población de Torla, pórtico de Ordesa.Al llegar allí, sorprende al viajero, que sobre los tejados a dos aguas de las casonas infanzonas y demás construcciones, se alzan chimeneas troncocónicas, en cuyo tejadillo superior de lajas, se colocan unas piedras talladas denominadas espantabrujas. En las calles de esta villa, rodeada en la cercanía de campillones, pacerías, aborrales y mugas de alta montaña, parece haberse detenido el paso del tiempo y buena prueba de ello es que todavía se conserva la lengua tradicional: la fabla, cuyo principal impulsor precisamente, fue D. Juan Fernandez de Heredia, fundador del linaje y Gran Maestre de la Orden de San Juan de Jerusalem.En sus calles existen rincones verdaderamente inolvidables, desde los que se puede disfrutar de fantásticas panorámicas tanto del valle, como de las prominentes cumbres de la cordillera de Ordesa y Monte Pérdido.

Tras abandonar la hermosa población de Torla, se llega al emblemático Puente de los Navarros, encrucijada de caminos, pues en el mismo confluyen el valle de Bujaruelo, el de Ordesa, y el de Broto.Desde la pradera de Ordesa, y siguiendo el sendero de las cascadas de Arripa, del Estrecho, de las Gradas de Soaso y Cola de Caballo, se camina entre exhuberantes bosques de hayas, donde las primeras gotas de rocio, caen de los árboles como si fueran gotas de fina lluvia; los musgos y los líquenes adornan con su verdor esmeralda, las irregulares rocas, que flanquean las pistas forestales.Las gélidas aguas del río Arazas, discurren en paralelo a esta senda y a un entorno, que parece situarse cronologicamente, en algún arcano periodo cretácico de la antigüedad geológica.Este fascinante recorrido culmina con las tres sorores, Monte Perdido, Cilindro de Marboré, y Soum de Ramond, con sus cimas teñidas por el cande albar de las nieves perpetuas.

Retomando nuevamente la ruta de los Hospitalarios, desde el Puente de los Navarros, se accede a través de las intrincadas estribaciones al Valle de Bujaruelo.El río Ara, es el protagonista de la hondonada, al discurrir entre gargantas y desfiladeros, que en las alturas del Collado del Cebollar parecen rasgar el cielo, con sus excrecencias y cuchillos.Tras un bellísimo paisaje natural, se llega al puente de Santa Elena, donde las aguas se muestran diáfanas y con tal grado de pureza, que los fondos se vislumbran a través del ácueo cristal. Siguiendo el sendero se accede al Puente de los Abetos, para después, alcanzar el románico Puente de Bujaruelo, junto a éste último se alza un refugio de montaña, antiguo hospital para los peregrinos, que accedían al camino de Santiago, por este itinerario desde Gavarnie. En este albergue el donado hospitalero y los canónigos enfermeros, ofrecían a los cansados y maltrechos andariegos agua, sal, lecho y lumbre, alivio para los enfermos, auxilio para los vivos y salvación para los muertos.

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