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CRONICAS DEL JARDIN DE LA POESIA

FRAGMENTO

Valentín Justel Tejedor

ESPAÑA



 

 

Tras las verticales y discontinuas rejerías de forja, apenas si se vislumbraba la agreste belleza, que escondía en su interior aquel hermoso jardín. Desde el acceso se contemplaba una larga cespedera equirrectangular y cuadrilonga, que gradualmente ascendía por una inclinada pendiente, hasta llegar en uno de sus tramos a la Fuente de las Conchas.

Desde la armiñada fontana, en dirección Norte, se vislumbraba a escasa distancia, la imponente fachada del palacio, formada por dos cuerpos, el inferior con zócalo almohadillado y el superior con columnas de orden jónico, rematado con un cornisamiento y amplio balaustre.

Hacia el Sur, el vedeceledón del extendido tapiz de yerba, resultaba ciertamente cautivador. Sobre aquella superficie de satén, aún impregnada por las lientas gotas del madrugador y tempranero rocio, se aventaban algunas hojas ocres y parduscas, que el precoz otoño, había venido a buscar. El sofocante céfiro estival, era minorado por la frescura de las profusas arboledas, que llegaban a obscurecer parcialmente el radiante mediodía, como si de un eclipse de sol se tratara, creando una atmósfera de penumbra crepuscular, verdaderamente bucólica y plena de románticismo. En aquella diurna obscuridad, penetraban entre las copas cónicas y regulares de los árboles, unos mágicos y refulgentes haces de luz, que con su diagonal espectro dorado, dejaban entrever el agitado movimiento de las minúsculas particulas de polvo en suspensión, que se encontraban flotando caprichosamente, en el aire de aquel espacio de impertubable serenidad.

Hacia el Este de la Pradera de las vistas del sol, se erigían frondosas secuoyas, pinos piñoneros, y tejos, que con sus tupidos ramajes ensombraban, las sendas que conducían hacia el elíptico estanque, que embellecía con el hipnótico color glauco de sus aguas este fascinante edén natural.

La maleza y la vegetación contiguas a los terrosos senderos, eran salpicadas por la fina lluvia provocada por miles de gotas, que en su caída en difusa y cinética aspersión, formaban al contacto con la luz solar, primorosas escenas de iridescentes y difuminados arco iris, que contenían los más bellos colores de la naturaleza: el bermejo, el anaranjado, el jalde, el glauco, el azulino, el añil y el púrpura. Estos fenómenos ópticos y meteorológicos, apenas duraban lo que el fugaz desvanecimiento de los mosaicos de gotas de agua, retornando seguidamente, todo a su estado inicial hasta que la cíclica y procaz rociadura ocasionara de nuevo el fenómeno visual.

En uno de los paseos de este jardín, flanqueado por esbeltos abedules de plata, enjoyecidos de romboidales esmeraldas, se vislumbraba entre las fendas y rendijas de la cúpula vegetal, formada por la desigual unión de las copas paralelas de los bruñidos gigantes, un onírico y sutil azul, que convertía las charcas de los riegos, en áureos y refulgentes espejos y un ultraterreno y sobrenatural cande, níveo y algodonoso, que convertía esas mismas charcas en argentadas lunas de cristal. Junto a una de esas nimias balsas, se hallaba en el paseo de los abedules, un elegante banco con respaldo de madera y fundición, con listones barnizados a poro abierto en castaño y apoyo de forja. Sobre su lignario entablado, se encontraba un pequeño libro, el cual, parecía olvidado, no abandonado, cuyas páginas eran cariciosamente entreabiertas y cerradas, a solaz, por la racheada brisa matinal, como si ésta afanosamente, quisiera leer su contenido.En uno de aquellos vaivenes, una de las hojas jaldes y amarillentas, como las tierras paniegas de Castilla, mostró en su ángulo superior un doblez triangular. Inesperadamente, la brisa volvió a aventar con inconsciente y veleidosa reiteración aquel ejemplar, con tan mala fortuna que lo desplazó fuera del banco de madera, cayendo sobre unas hierbas. Al recogerlo, la curiosidad hizo que la mano tomara como referencia para su apertura el doblez triangular, allí sobre la página desnuda, se podía leer un poema dedicado a la Castilla de amplias llanuras, dehesas y sierras; a la Castilla de los pueblos de piedra y los pueblos de barro; a la Castilla de horizontes infinitos…

Eres extensa Castilla
ancha eres desde la sierra,
eres ocre y amarilla
eres mi añorada tierra;

tantos campos de girasol
tantos campos a tu vera,
todos regados por el sol
todos de la primavera.

Aquí no crece el rodalán
esta es la tierra del vino,
también es tierra del pan
aquí vive mi campesino.

Ahora la tierra es noval
tras el año de barbecho,
así, pues acoge al trigal
para sacarle provecho.

Así, tras leer aquel hondo y emotivo poema, que parecía haber emanado del alma y no del intelecto del autor, volvimos a depositar el libro sobre el banco de madera en el paseo de los abedules, para que cualquier otro lector pudiera disfrutar de los poemas y lecturas que guardaba aquella obra literatura…

Este artículo tiene © del autor.

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