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Caminos de amistad

Legna Arzuaga Meana

Cuba



     En el zoológico de la Ciudad Mágica, vivía toda clase de animales y entre ellos Afarij, una jirafa de apenas dos años.

     El lugar que ocupaba ella y toda su familia era bastante espacioso y rodeado de muchos árboles.

     A pesar de ser la menor de la familia, se había acostumbrado a ver a las personas acercarse para mirarle  y hablarle,  por  lo que logró  aprenderse muchas palabras, las cuales no se atrevía a decir por temor a que se burlaran de ella.

     Una tarde, notó que había un niño sentado junto a ella, que parecía no quería irse nunca.  Afarij, para ser amable, inclinó su largo cuello hasta que sus pestañas tupidas les permitieron ver al niño.

     El pequeño estiró el brazo y tímidamente la acarició.

-         Me llamo Gaby - dijo en voz bajo.

-         Yo soy la jirafa Afarij - dijo ella, y se sorprendió tanto al oírse hablar, que estiro el cuello hasta más arriba de la copa de los árboles.

     Gaby, ante el brusco movimiento de la jirafa, se asustó y corrió hasta quedar fuera de su alcance,  al poco rato,  bajó el cuello y buscó ansiosamente.

     Cuando estuvieron otra vez frente a frente, el niño dijo:

-         Tienes una voz muy bonita.

-         Y tú también. - contestó Afarij.

   El se echó a reír y la jirafa lo miró dulcemente. Había aprendido a hablar, pero aún no sabía sonreír.

     Gaby era el hijo de uno de los cuidadores del zoológico. Desde que conoció a la jirafa, le pidió a su padre que lo llevara cada día a su trabajo.

    Así pasaba horas y horas conversando con Afarij y los dos  reían alegremente.

     Cuando Gaby no podía venir, ella estiraba el cuello muy alto, más arriba de las copa de los árboles, cantaba y recitaba en voz baja todo lo que élle había enseñado.   

     Una tarde, a finales del verano, Gaby se encontró a la jirafa temblando de frío.

-         ¿Qué tienes? - le preguntó.

-         Frío - dijo ella,  mientras sus delgadas patas se entrechocaban

     El niño se quedó pensando un momento y luego entendió.

-         ¡Espera! - le gritó, mientras corría a buscar algo con que taparla.

-         ¿Puedes ponerte más abajo?

-         Sí - y se agachó.

     Entonces, Gaby le puso tres frazadas en el lomo y se sacó del bolsillo un pañuelo grande para envolverle el cuello.

     El frío había llegado. También  el momento de ir a la escuela.  Así  que le explicó a Afarij que sólo podía venir a verla los domingos.  Ella comprendió y lo miró dulcemente. 

     Hacia cuatros día que Afarij no podía comer ni una hoja, ni una hierba. Le dolía la garganta, los de las ramas de los árboles los tocaba con la cabeza, y los pobres animales sufrían junto a la jirafa, sin cerrar los ojos hasta la madrugada. ¿A qué se debía esa intranquilidad de Afarij, todos se preguntaban, hasta cuándo estaría así? Al fin, el elefante decidió traer  a un mono inteligente, que tenía fama de ser buen médico.

     Para ver la garganta de la jirafa tuvo que trepar a la copa del árbol más alto, después del examen, se rascó la nuca y dijo:

-         ¡Qué garganta! Nunca vi una tan larga. Para que el tratamiento surta efecto hay que mantenerle el cuello tapado.

      Todos los animales se prestaron para confeccionar la bufanda. Unos consiguieron  las agujas, otros la lana, solo faltaba quién la tejiera. Hasta que entre todos decidieron que fuera el canguro. Le puso tanto empeño, que al final resultó muy larga.

        El mono y el elefante enrollaron el cuello de la jirafa con la bufanda que cubrió hasta el cuerpo de la enferma.

       Al otro día, el mono hizo sentar  a la jirafa al sol, para que se calentara bien. A partir de entonces empezó a sanar.

      Gaby se levantó temprano con deseos de visitar al zoológico, hacía cinco días que no veía  a Afarij, y se preguntaba: ¿Cómo le habrá ido en estos días?  Al llegar notó que no se encontraba donde siempre lo esperaba, por un momento pensó que lo había olvidado, pero rápidamente alejó esos malos pensamientos y comenzó a buscarla con la vista. ¡Qué alegría recibió al verla comiendo de los marabúes! Hasta que la llamó. Afarij, al oír su nombre paró las orejas y buscó de donde  procedía la voz. Al ver al niño echó a correr hasta encontrarse con él y le dijo:

  -¡Oh, Gaby, cuánto te he extrañado! A pesar de tus primeros cuidados, he estado enferma y gracias a otros animales, me siento mejor.

-         Yo también te he extrañado mucho, pero como tú sabes comencé la escuela.

En realidad habían sido días angustiosos para ambos 

     Pronto Gaby tuvo que irse. Se despidió de Afarij, pero no para siempre, pues había encontrado una nueva amiga.

Este artículo tiene © del autor.

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