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Ruinas Despues De La Lluvia

Emilio Rigoberto Lanza Carías

Honduras



RUINAS DESPUES DE LA LLUVIA
I
 Todo ser humano tiene un apego especial hacia un lugar en particular, lo vemos así, por ejemplo, cuando sin conocer todavía la luz del mundo nos aferramos al vientre materno; o siendo niños aquel pasillo es nuestro teatro, nuestro circo; en la adolescencia la habitación se vuelve un castillo desde donde peleamos contra dragones con nuestras armas: “La terrible música” y “El caos en orden”, encerrándonos del mundo y por ese mundo. Incluso sin paredes que nos rodeen están los parques donde en el otoño de nuestras vidas nos acompañan las tertulias a la sombra de un árbol, sentados en una banca.
 
 De igual manera tenía Juan, aquel niño de tez morena, un lugar especial donde las gruesas paredes desmoronadas se convertían en montañas que escalar, túneles que llevan al centro de la tierra, barcos piratas y un sin fin de cosas y lugares que, entre las mentes sin límites de sus amigos y él, inventaban. Pero para Juancito- como todo el mundo le decía – su forma de ver aquellas ruinas, tan especiales para él, iba a cambiar de una forma fascinante.
II
 Corriendo tanto como daban sus pequeñas piernas, saltando por los charcos que comenzaban a formarse, llegó a su casa con los zapatos enlodados, los cabellos enmarañados y húmedos como todo él, todo el polvo de sus ropas se había convertido en lodo. ¡Ah, como disfrutaba el niño los días sin clases! Todo era juegos, sobre todo en su lugar favorito, aunque a veces su mamá lo pusiera a trabajar un poco, se la pasaba jugando la mayor parte del tiempo. “Su castillo” –como él lo llamaba- quedaba cerca de su casa y ésta a orillas del pueblo, no es de extrañar que allí se sintiera en otro mundo, un tanto alejado del bullicio del pueblo y sus ajetreos.
 
 Llegó pues Juancito a su casa, su madre lo mando a cambiarse de ropa ya que decía que le podía dar una fuerte gripe si se quedaba mojado, más como todo buen niño, Juancito ni pensaba en eso. Sin embargo, obedeció a su mamá y se puso una camisa blanca muy grande para él, unos pantaloncillos rojos y unas sandalias café. Se sentó cerca de una ventana viendo oscurecer más la tarde por colosales nubes que traían una gran tormenta, ya algunas de sus gotas él las había saboreado.
III
 Hay personas que dicen “cuando llueve el cielo está llorando”. Más que llorar parecía una rabieta, un berrinche de un niño malcriado, con patadas y todo. Aquello que Juancito había visto y sentido como una simple lluvia se convirtió en una terrible tormenta. El viento bufaba con furia entre los árboles de mango que crecían cerca de su casa, las miríadas de gotas cristalinas pesadas como plomo caían sobre todo como si un gigante se dedicara a destrozar vidrio sobre una pared. A veces Juancito sentía que la lluvia agarraba gran fuerza, momentáneamente agachaba la cabeza, luego la lluvia calmaba un poquito pero sin dejar de bailar ese tango sublime con el viento.
 
 Oscureció tanto que parecía que llegaba la noche a la mitad de la tarde. ¡De repente! Se ilumina todo cegando con luz, Juancito se tapa los oídos pues ya sabe lo que vendrá… esperando… quita sus manos con suavidad… ¡El rugido! ¡Imperioso!, casi impredecible, lleno de enojo queriendo destrozar el mundo entero hace que las paredes tiemblen de miedo al igual que Juancito que vuelve a cubrir con las manos sus orejas y cierra fuerte los ojos. Así se repite una y otra vez el juego, hasta que el más fuerte de los truenos que jamás Juancito había sentido en su corta vida, hizo que se asustara tanto que cerró sus ojos con potencia por un largo tiempo sellando a la vez sus oídos y sintiendo que algo le oprimía el pecho. Juancito sintió que en esos segundos había pasado una eternidad. Lentamente abrió los ojos para continuar viendo como se desarrollaba con ira la tempestad, pero no quedó en extremo asustado al ver que con ese estruendo había dejado de llover, ni una sola gota caía por el tejado.
IV
 Se dice que después de la tormenta viene la calma, pero nunca una calma se hizo tan penetrante, tan absoluta. Ni el simple sonido de una gota de agua al caer se escuchaba, tampoco el clásico canto de los pájaros siempre alegres después de las tormentas. El cielo ya empezaba a llenarse con pinceladas del atardecer y las nubes de la tormenta viajaban alejándose solemnemente.
 
 Juancito sorprendido con tan repentina y envolvente calma, llamó a su mamá pero ésta no contestó, se alejó rápidamente de la ventana, recorrió la casa buscándola y no la encontró, “¡que extraño!” no dejaba de pensar el niño. Salió de la casa, tampoco la vio, ni en el patio, ni en ninguna otra parte, solo estaban los riachuelos rojizos que se formaban en las calles siempre que llovía. Sin saber que hacer, confundido y sin ninguna razón se encaminó hacia “su castillo”, talvez lo movió ese instinto de buscar consuelo y protección en el lugar donde uno se siente mejor aunque no siempre sea el más apropiado. Caminando y olvidándose de la búsqueda de su mamá Juancito se paró bruscamente, volteo a ver su casa, miró el árbol que tenía al lado con las ramas que siempre le parecieron un sombrero, miró al frente donde, desde esa distancia siempre observaba claramente su castillo, más no lo miró, ¡No estaba!
V
 Con los ojos húmedos y con dos lágrimas que comenzaban a deslizarse por sus mejillas, Juancito escuchó una voz desconocida, profunda y tranquilizadora que le decía:
- ¿Por qué lloras niño? -
Sintió una mano que se posaba tiernamente en su hombro derecho, giro lentamente la cabeza, levantó la mirada y balbuceó:
- Es, es que mi castillo…-
Con las manos se frotó los ojos para secárselos.
- No tienes porque llorar Juancito, espera un momento y verás porqué…- le anunció la voz pacífica.
Juancito sin conocer a aquel señor de sombrero de copa, de traje oscuro, con voz lejana que parecía conocerlo, asintió con la cabeza y se tranquilizó.
 
 El señor lo tomó de la mano, caminaron por el suelo rojo, a través de sombras alargadas provocadas por el atardecer profundo. Aquel señor, con la mano extendida señaló lo que poco a poco se formaba encima del lugar en que ocuparan las ruinas donde jugaba Juancito: “su castillo”. El cielo pálido lleno de grandes nubes lejanas, montañas azules con sombras acentuadas y el pueblo como mosaico en la llanura, servía de telón para la metamorfosis que señalaba El Señor de Traje Oscuro.
VI
 Al lado y sobre la gran roca que Juancito llamaba La Torre, se hacia visible la energía de aquellas ruinas, amigas de Juancito. Se observaba resplandeciente, blanca como la sal, monumental y etérea, con una alfombra de flores blancas que se elevaba liviana, sutil e impalpable como un pañuelo blanco en el aire. En un extremo se veía un hueco -debió haber sido una ventana- que atravesaba el espíritu que se elevaba plácidamente sobre la tierra roja.
 
 Juancito, de haber visto un ángel o un fantasma, no hubiera estado más extasiado o sorprendido de cómo lo estaba al observar la belleza incorpórea, pura, diáfana que ante él se elevaba.
- ¡Mi castillo! ¡Mi castillo!- decía sorprendido Juancito.
- Sí Juancito, se transformó, - respondió El Señor del Sombrero de Copa- con esta tormenta lo poco que quedaba de tu castillo se ha ido. Lo que ves es su esencia, su energía, su fuerza y su aliento con que vivía para ti, intangible para muchos pero tú has tenido la dicha de haberlo visto y has reconocido el alma que tanto has estimado.
 
 
 Juancito sin entender muy bien las palabras que le dijo El Señor de Voz Profunda, en su inocencia sabía a que se refería, pero aun sin creer lo que miraba se pellizcó el brazo.
- No es un sueño Juancito,- dijo El seño de Traje Oscuro, ahora ya siendo solo una sombra- ve a tu casa que tu madre te espera.
- No es un sueño,- murmuró Juancito – no es un sueño.

Este artículo tiene © del autor.

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