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RECURSOS DEL ESCRITOR/A ANTE EL FOLIO EN BLANCO

La Musa nada sabe de milagros

César Rubio Aracil

España



Quienes nos esforzamos por escribir lo más correctamente posible, ante el folio en blanco, cuando en el cerebro bullen las más diversas ideas, suele presentársenos un problema de no tan sencilla solución: qué decir, cómo iniciar el escrito con acierto sin que nos traicione el inapropiado adjetivo ni nos confunda la excesiva locuacidad. ¿Cómo seleccionar de la verborrea mental la resplandeciente imagen capaz de, a partir de esos instantes, trazar la conveniente ruta narrativa? No es fácil, pero tampoco ofrece tan serias dificultades como para someterse a los dictados del abandono. Basta con impedir el desánimo y aprovecharse de la imaginación con inteligencia. Digo con inteligencia, porque la impulsividad embrolla cada vez más el contenido de las ideas y pensamientos acumulados durante días –en no pocas ocasiones, semanas o meses-, antes de abordar la obra. No es lo mismo, desde luego, pretender escribir sin tener esquematizado mínimamente el desarrollo del tema, o hacer lo propio cuando no sabemos lo que vamos a expresar.

Me refiero a la escritura previamente meditada. No obstante debo advertir, aunque parezca una perogrullada, que cada escritor/a tiene sus propios recursos, no siendo muy útiles los métodos ajenos; pero, al menos, estas líneas pueden servir de orientación, de la misma manera que a mí me ha sido valiosa la experiencia de mis amigos escritores, y de más de una amiga con las que he tratado este asunto. Por lo tanto, permítaseme que exponga mis ideas al respecto.

Comienzo a escribir casi todos mis relatos en primera persona, aunque después me convierta en narrador omnisciente y tenga que trasladar a un tercer sujeto el arranque del escrito. Lo hago de esta manera porque me involucro mucho más en el inicio de la trama y me siento directamente afectado, identificándome sin grandes dificultades con el personaje ficticio. Es decir, acorto el primer trecho del largo camino que voy a emprender puesto que, al menos en mi caso, sentirme protagonista me ayuda bastante a llevar al folio en blanco lo que me demanda el argumento. Para ello, necesariamente, no he de pensar en cómo actuaría yo, sino que intento ponerme a la altura psicológica del héroe novelado y ser él o ella aunque no me guste, dejando atrás cualquier escrúpulo. En tales circunstancias puedo convertirme en asesino, atracador, violador o la persona más abyecta que se pueda uno imaginar. ¿Acaso no se trata de convertir la imaginación en arte?

De entre las ideas que se agolpan en mi mente, elijo la que más me irrita –siempre, claro está, en consonancia con lo que deseo relatar-, para de este modo ser más sincero. Por el contrario, si el protagonista me pide bondad, puedo transformarme en un serafín y extraer de mi ánima, santa y perversa a la vez, como la de todo ser humano, el néctar de los dioses buenos. Una vez aceptado este recurso, comienzo con la escritura y elijo las palabras adecuadas, pero el folio ya no queda virgen. He visto mecanografiados los primeros vocablos y respiro hondo. Puede suceder, sin embargo, que una vez serenado el ánimo perciba otra representación que anule la anterior. No pasa nada, reservo el párrafo escrito por si me hiciera falta y prosigo con mi tarea. Lo fundamental en este supuesto es que he dejado de estar anclado en el vacío.

Otra salida es la que se me presenta en ocasiones al amparo del título. A partir de éste oteo el horizonte de la idea, de donde puede surgir la imagen que buscaba; y si no aflora de ninguna manera, resuelvo descansar mientras me dedico a otro menester, aunque normalmente no transcurre demasiado tiempo hasta que, de pronto y sin saber por qué, dejo lo que estoy haciendo y me precipito hacia el ordenador. “¡Por Dios, que no se me vaya la idea”!, pienso mientras anoto en un papel el nuevo hallazgo. Muchas personas estiman, cuando no ven solución al problema planteado, que la “inspiración” no las acompaña. No creo que estén en lo cierto. La auténtica inspiración brota cuando se trabaja con fervor. Lo demás, esperar a que la Musa nos ilumine, es algo parecido a estar tumbado al sol aguardando a que el milagro se nos presente de manera gratuita, lo cual es materialmente imposible.

El lector atento, o la lectora, habrá podido observar que he estado refiriéndome a la prosa. En cuanto a la poesía, aun a pesar de que estoy tratando sobre las letras, existen, en mi criterio, matices diferenciadores. Los versos, por su contenido sintético, necesitan una mayor intelectualización (1) de la palabra y una más intensa búsqueda de la imagen. En este caso, lo confieso sin rubor alguno, mis recursos son tan pobres que no me atrevo a mentarlos. Juego con los vocablos, los mimo y consulto el diccionario cien veces, con el fin de hacer confluir el sentimiento con el término adecuado. En ocasiones funciona y otras veces no, tal vez porque los versos fluyen cuando la poesía, apiadándose del poeta tenaz, premia el esfuerzo con un excelente tropo. A partir de este, punto, la ilusión, dando bríos al sentimiento, favorece el brote del poema de entre los intersticios pasionales.

(1) La palabra, intelectualización sólo he podido encontrarla en el “Diccionario del Español Actual”, de Manuel Seco, Olimpia Andrés y Gabino Ramos (1999). Madrid: Grupo Santillana de Ediciones, S.A.
 César Rubio (Augustus)

Este artículo tiene © del autor.

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