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Sinsonte

Relato para niños

Aurelio Giraldo Aice Hernández

Cuba



Esta es una isla hermosa, tendida como un lagarto bajo el sol radiante de Las Antillas.
Sus montañas parecen de juguete: no son como Los Andes, que le hacen cosquillas al cielo con sus picos nevados –ni tienen esos majestuosos volcanes llenos de leyendas.
Tampoco tiene una selva con muchos misterios como La Amazonia, ni ríos caudalosos y bravos como los de la gran América continental.
Cuando vienen los huracanes con sus vientos de furia, arrastrando nubes cargadas de agua, y los relámpagos y truenos les abren las panzas con rugidos de fiera y golpes de luz, los riachuelos y arroyos se enfurecen y crecen y se desbordan con ínfulas de Orinoco o Río Grande.
Son así de envidiosos.
Pero los bosques son apacibles, sin fieras grandes –ni siquiera chicas- y sin serpientes, arañas o escorpiones venenosos; es por eso que los niños exploradores pasean por ellos, acampan y pernoctan sin temor alguno.
Cierto es que no hay monos bullangueros y graciosos, saltando de rama en rama, ni osos hormigueros o mapaches, ni anacondas gigantescas y espeluznantes; pero están habitados por animales también hermosos y simpáticos. Y multitud de pájaros, de todos los colores y con todo tipo de cantos.

Bueno, el puerco jíbaro no es muy agraciado que digamos, y el aura tiñosa –que es nuestro buitre- a muchos le resulta repugnante, no tanto por su aspecto como por su oficio de carroñera.
Sin embargo, el aura anda por todas partes henchida de orgullo –porque está en el Escudo Nacional y porque todo el mundo, incluyendo los niños, la respetan
Pero tiene un enemigo encarnizado que no les da tregua: los pitirres.
Muchos, sobre todo los que no conocen la historia que te vamos a contar, se preguntan de dónde viene ese rencor profundo. Verás:

















Hace mucho, pero mucho tiempo, en uno de nuestros bosquecillos las aves vivían con entera libertad. Como los indígenas, antes de la llegada de los españoles.
Y un buen día, es decir: un mal día, salidos dios sabe de dónde, llegaron el halcón, el gavilán y el cernícalo, e implantaron el terror –tal como hicieron los conquistadores europeos con los aborígenes.
Si hay algo que acaba pronto con la libertad, ese algo es el miedo. Pero, por suerte para los hombres y los pájaros, el sueño de la libertad es como un fuego que no se apaga nunca.
Un fuego que vuelve a brotar, como el Ave Fénix, de sus propias cenizas
Y eso, precisamente, fue lo que ocurrió en el bosque: un día, un buen día, las avecillas humildes se cansaron de los atropellos de las aves de presa, y decidieron rebelarse.
La rebelión fue encabezada por los pitirres, quienes fueron secundados por todos los pájaros del bosque.
Y el halcón, el gavilán y el cernícalo no tuvieron otra salida que escapar a toda pluma, acosados por las bandadas enardecidas –tal como sucede cuando los pueblos mansos se hastían de las tiranías.






Pero a los pitirres les ocurrió algo que suele sucederle a ciertos libertadores: se les subió el triunfo a la cabeza, y terminaron por hacerse del poder e implantar una feroz dictadura.
Creían que la máxima condición de las aves era ser como ellos –sin darse cuenta de que las aves, como las personas, son todas diferentes.
De manera que emitieron un edicto, donde se decía que el único canto autorizado en el bosque era el chillido estridente de los pitirres.
Como suele suceder en tales casos, muchas aves serviles y rastreras se pusieron al lado de los poderosos. Y se lanzaban fieramente, con picos y garras, contra el que se atreviera a elevar su propio canto.
Había, ciertamente, otros pájaros ingenuos y algún que otro pájaro bobo –quienes se creían el cuento ese de que los pitirres eran los grandes libertadores del bosque.
¡Qué descaro!
Y esos tontos vigilaban estrechamente a sus vecinos y, lo que es peor, corrían a denunciarlos cuando se atrevían a cantar algo diferente al insípido ¡pitirri, pitirri!


Papá Sinsonte ya era un músico famoso y un cantante reconocido cuando los pitirres tomaron el poder.
Pero se llenó de tristeza y aburrimiento, cuando ya no pudo lucir abiertamente sus dotes. Y un buen día salió volando, cruzó el arroyo y se fue a vivir a otro bosque.
Allá, lejos de mamá Sinsonte, que se había quedado empollando en el nido, herido por la nostalgia de su bosque patrio, fue languideciendo hasta morir.
Los sinsontes son así: si los sacas del lugar donde viven y los encierras en una jaula, mueren de rabia y de dolor.


El sinsonte, como el ruiseñor y toda ave canora, trae la música en la sangre.
 Los sinsontes tienen un oído tan fino y una destreza tal, que son capaces de imitar el canto de otros pájaros –llegando, incluso, a superarlos en su propio estilo.
Pero nuestro héroe se aburría a más no poder en aquel bosque, donde solo se escuchaba la misma canción.
Si quieres tener una idea de cómo se sentía, toma la canción que más te guste y repítelo una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez.
Verás que llega el momento en el que se te hace insoportable, aunque sea tu música preferida.
Bebé Sinsonte sentía una sensación extraña, como la de ahogarse, como la de tener un torrente de energía en el pecho, pugnando por salir afuera.
Y entonces se dejó llevar por un impulso, y soltó unos trinos nerviosos y desconocidos, pero ciertamente alegres.
― ¡Dios mío, ¿qué haces?! ― gritó su madre, alarmada.
Y le explicó, llena de zozobra, sobre el famoso edicto, que tenía al bosque sumido en las penumbras. Y le rogó, de rodillas, que no lo hiciera más –por temor a las represalias de los pitirres y sus secuaces.
Aquello era muy duro para el pequeño, que estaba orgulloso de su padre –y soñaba con ser algún día como él.
Pero si esto fuera poco, bebé Sinsonte sentía un desprecio profundo por aquellas aves que ocultaban, atemorizadas, las melodías de sus almas, y entonaban como propias las canciones ajenas.
― No hay nada más repugnante que la hipocresía –dijo.
Entonces, la madre, no sin dolor, le pidió que se fuera a los bosques cercanos.


Los pitirres, por su parte, estaban de lo más orondos, disfrutando del poder que tenían sobre el bosque.
Desgraciadamente, hay seres así. Que gozan con el dominio que ejercen sobre los demás –sin preocuparse mucho o poco si esto es lo que los otros desean.
Creían que las cosas seguirían así para siempre: no habían estudiado historia. Si lo hubieran hecho, seguramente se habrían dado cuenta de esto: hasta los imperios más poderosos terminan por derrumbarse.
Tan seguros estaban, que convocaron a un concurso de canto, para elegir al rey de los cantantes del bosque.
Las bases de la competencia eran simples: aquel que cantara con mayor elegancia el ¡pitirri, pitirri! sería declarado ganador.
Las cotorras y los pericos, que repetían al pie de la letra todo lo que dijeran sus jefes, salieron gritando la convocatoria a los cuatro vientos.


Sin demasiado entusiasmo, las aves se fueron reuniendo, el día señalado en el claro del bosque.
El tocororo, que se conduce con extrema dignidad desde que lo nombraron el Ave Nacional, se posó tranquilamente en una rama, luciendo su vistoso traje.
Pero se mantuvo todo el tiempo con el pico cerrado –no quiso entrar en esa payasada grotesca.
El zunzún, que es un avecilla con un alto sentido del decoro, se mantuvo revoloteando de flor en flor –bajo la mirada nerviosa de las bijiritas.
Los tomeguines del pinar, que tienen el orgullo de cantar una melodía sencilla pero dulce y bella, también guardaron silencio.
Solo las cotorras, un loro pelón, salido dios sabe de dónde, y los periquitos se prestaron al juego de los pitirres.



Bebé Sinsonte había crecido. Ya era tan grande como papá Sinsonte, y estaba orgulloso de que le dijeran:
― ¡Eres el vivo retrato de tu padre, y cantas con tanta belleza como él!
Había recorrido todos los bosques cercanos y había escuchado y aprendido de memoria las canciones de casi todos los pájaros –y sabía cantarlas con tanta o más elegancia que sus autores.
Pero, como todo buen hijo, añoraba a su madre y quería regresar junto a ella.
Había terminado lo que puede decirse como su universidad. Y ahora regresaría a formar su propio nido y tener familia; pero quería hacer todo eso en su amado bosque.
En eso los sinsontes son como los hombres. Los hombres aman a la tierra que los vio nacer, aun cuando en ella sufran dolores y privaciones.
Solo son superados por el pez salmón, que en el afán de regresar al sitio donde nacieron pierden la vida.



Mamá Sinsonte sintió un gozo infinito al ver de regreso a su hijo. Le acariciaba constantemente y lo miraba con ternura.
Le hizo contar y volver a contar todas sus aventuras. Se asustaba de los trances de peligro, y lloraba de alegría por las cosas buenas que le sucedieron.
Finalmente, ya que todos los vecinos habían volado hacia el claro, como participantes o espectadores del Gran Concurso, le permitió cantar abiertamente todo lo que había aprendido.


Pero no todos se habían marchado hacia la fiesta.
El aura tiñosa, que siempre anda un poco despistada, preocupada por mantener la higiene de la zona, se había retrasado –y al pasar volando por encima del nido de los sinsontes escuchó las notas incomparables de bebé Sinsonte.
Y, aprovechando las corrientes de aire, se mantuvo planeando en círculos –y luego, siguiendo otra corriente, se dejó llevar hacia el claro.



La competencia estaba en su apogeo, cuando el aura llegó y se posó, como de costumbre, en una de las ramas más altas del árbol más espigado entre los que rodean al claro.
La mayoría de los presentes se habían dormido, de tanto escuchar el ¡pitirri, pitirri! de los concursantes.
Entonces llegó el momento decisivo. El presidente del jurado, un viejo y astuto pitirre, comenzó a prodigar alabanzas sobre la belleza de la ejecución, por parte de los que optaban por el dichoso premio.
Pero, súbitamente, fue interrumpido por un aparatoso bostezo del aura tiñosa.
¡Mira! Consternados por semejante insolencia, los secuaces le gritaron al aura:
― ¡Eh, ¿qué te pasa, tú?!
Y la interpelada, con un gesto de fastidio, dijo:
― Acabo de escuchar cantos más bellos y armoniosos que estos.
¡Muchacho! ¡La que se formó!
Los pitirres y sus seguidores formaron una algarabía tremenda –y ya estaban dispuestos a caerle encima, cuando el jefe ordenó silencio y, mirando con rencor a la tiñosa, le dijo:
― ¡Demuéstralo!


Las auras tiñosas y los sinsontes se han llevado de lo mejor desde el principio de los tiempos.
Mamá Sinsonte sintió un temor inmenso cuando el aura le pidió a su hijo que la acompañara al claro.
Bebé Sinsonte también sintió miedo, pero había aprendido ya que la libertad merece cualquier riesgo –y decidió seguir a su amiga, porque además sabía que la amistad es la mayor fortuna de los humildes.



Cuando Sinsonte llegó, se hizo un silencio aprensivo. Nuestro héroe respiró con fuerza, y soltó un ¡pitirri, pitirri! más sonoro y mucho más hermoso que el de los propios pitirres –y la audiencia prorrumpió en aletazos y vítores.
Hasta los pitirres aplaudieron con ganas. Pero entonces, sucedió lo que nadie esperaba: bebé Sinsonte, en un acto de valentía inolvidable, comenzó a sacarse del pecho todas las canciones del bosque.
 Y fue acompañado por un gran coro de voces, como nunca había ocurrido en el Gobierno de los pitirres.
Cantó los trinos del zorzal, y todos los zorzales, contagiados por su coraje, le siguieron en masa. Luego, cantó como los tomeguines, y los tomeguines le hicieron coro.
En fin, cantó como todos los pájaros. Desde entonces, son los sinsontes los reyes de los bosques –y los pitirres, también desde entonces, persiguen al aura y les dan picotazos en la cabeza.

Fin

Este artículo tiene © del autor.

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