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Epílogo de Juan Carlos Pellanda a "De mi mayor estigma (si mal no me equivoco):"

Texto incluído en la primera edición soporte papel del segundo poemario de Rolando Revagliatti

Rolando Revagliatti

Argentina



El poemario formó parte de la colección de poesía Libros del Empedrado (en Buenos Aires, la Argentina).

A modo de epílogo

por Juan Carlos Pellanda

¿Pertenecer (permanecer) al romanticismo es un estigma, con lo que ello involucra en plano místico, o evita ser lo que se dice de sí mismo? Pero ¿qué se entiende por ser romántico? Al margen del perimido movimiento hay, bajo esos términos, una manera de percibir y de trasuntar, que no desdeña ni el coloquialismo ni la pasión frente a los hechos. No únicamente en esto el romanticismo sigue tan vigente como en el siglo pasado.
representatividad: ¿no se observa al actor que imagina una pausa en la escena eterna?
El lenguaje celebra, como Nicolás Olivari o Girondo celebraran, con palabras que se mastican (contagio) o se duelen, las osamentas de una forma nuestra del subsistir (city, bienestar y cortesía). Se prueba en la ausencia de hermetismo (herencia y muerte) y en la implementación de recursos (“a mi más madre” como quien diría “a mi masmédula”).
digo de mí: entro en él. Advierto que me estoy rememorando o camuflando con palabras. ¿Es que se construye el poeta de otro modo? flor: ¿es un soneto trunco? ¿Por qué? ¿Para que lo complete el devenir o el otro escondido en cada uno?
para nombrar tus nombres: difícil. Después de... mi gauchito con rouge... ¿la enumeración de los machos que quisieron ser y no fueron —...machos, fachos o borrachos, que es casi lo mismo...— concluye con esa invocación a un padre aureolado por los héroes imaginarios como los eduardos y emilios arrancados del horror del citado devenir que todo entumece, aun las leyendas? Este padre... ¡cuánto pesa! ¡Aparece y desaparece constantemente! ¡Qué ganas de psicologizar! Pero soy sólo lector.
menú: ¿es un antipoema? La palabra invasora arrasa el sentido y lo somete al puro escarceo expresivo, procurando un significante inquieto.
El poema a Roberto Arlt (nombres en la noche) ¿es ilusorio? ¿busca ex-profeso la comparación subreal en un escritor tan nítido? ¿Qué ha visto, Rolando, desde esa plataforma mediúmnica, sino las alternativas de su nombre? ¿No se juega “con los deslindes”? ¿O es que no se debe jugar, sino repitiéndolos amorosamente, con los libros, con los árboles, con los hijos?
Especulares: “una mujer mira a una mujer que mira a otra mujer mirar a otra...” (reino animal): con la abrupta entrada de una estrella de cine, propone, de pronto: ¿es que, también a través de las aguas del cristal los mundos de la razón se tornan esa sin razón que, Goya entendía, engendran monstruos?
He aquí la escritura automática donde todo vale. Bretón afirma que ejerce una directa influencia sobre el actuar. Y que su riqueza depende del grado en que ésta exista ya en el interior del escritor. En Rolando el inconsciente vela la fortuna de un lenguaje a lo Góngora, con alianzas intrépidas y desfallecimientos, también. Pero éstos están teñidos, como en los cuadros de Delacroix, por un aire de cataclismo donde caballos agonizan entre las carnes de las favoritas. Todo es así. No hay austeridad pero ¿es esto un reproche? ¿Debe serlo? ¿Sólo habrá poesía cuando la palabra se transforme en sílaba?
“...el recuerdo de ese papá me puede...” Este ME me vuelve loco. ¿Quién, cómo era ese padre? ¿Por qué en este libro su impronta, dije, va y viene como la trayectoria de pájaros migrantes? No me conforma que, por un laberinto ignoto, llegue el hijo: “...¡no carne de mi no carne! ¡no letra de mi no letra!...” porque ¿desde dónde viene? Nunca lo sabré. Y el mismo Rolando se interpela. Resulta pavoroso que, a continuación, en septiembre asalte, otra vez, el padre, como única chance. Es que, como diría Yourcenar, no somos sino el paréntesis vivo de incontables muertes. ¡Qué bueno sería sumergirse en este material para desentrañar qué otro humano existe bajo la letra! Pero, claro, vuelvo a las preguntas: ¿es una gata (felino en el dormitorio) o será un tigre disimulado? No creo que, con menos fuerza, pueda ir y venir de los ensueños en una fiesta que me trae a Huidobro. ¿“me enfrento o me acoplo”, yo también (simetría) al... traidor de turno que traduzca (traduce) padre...? Lo estoy haciendo resultándome insoportable sostenerme en esta tensión.
Felizmente, un respiro: la tía negra. Parto en búsqueda..., alentado por la confesión “de humanitis, humanidad” con que se define hasta llegar al testamento de plebeyo. Riquísimo festín. Trozan y destrozan. ¿Por qué afirma su virilidad al ser “...dulce objeto de la vivaz parsimonia de una fellatio...”? En realidad él sabe que no es cierto, que todo vacila, aun en la más férrea de las decisiones. Y lo sabe bien. Tanto que en la saga de la novia, interpretándose por el tío que regala alcancías (el motivo me lo guardo) regresan las verdades hasta una confidencia: “...no sé a quién quiero más si a mi novia o a mi caballito de madera...”
Tropiezo con palabras en peligro de ahuecamiento (siendo y como sean). Dejo que se pierdan algunos autobuses —¿en qué libro no conviene hacerlo?— y me tomo el que me lleva hasta los cortísimos poemas. Desde familia a abstracto hay un desgranar de años. Algo ha pasado. Con el delicioso bucólica resucita el poeta. encierros se organiza con imágenes de acerada claridad. Recomienzo el camino de los “payasos paulatinos”, corcoveo, sobre escritura reducida a su esencia para acceder al arcano total: freud. Y aquí conviene detenerse. ¿Debe el lector seguir o inquirirse? ¿Convocar a sus propias sombras o conjurarlas? Debe perseverar y... seguir, porque hay un premio: un actor se prepara, donde el ritmo enunciativo parece preñar un final de efectividad extraordinaria.
Luego otro libro. Una crónica histórica articulada en dos por cuatro o en seis por ocho, no importa, porque lo que acontece sí que importa. ¡Cómo parlotean, desde tanta niebla, los fantasmas! La crueldad del tiempo los ha reunido en la procesadora de la memoria. Se diluyen en un sueño del cual se arrepintieron de partir. Advienen aforismos bajo las alas del pájaro al trino. Y con un perfume a Nicolás Guillén (“¿es teresita secundina purificación como el puerto rico de los estados unidos de su mamá?”) nos regodeamos en las formas de Octavio Paz que Rolando gusta describir: la gatidez de los gatos, el descaminamiento del camino o el apiear del pie. Así, interceptando con lupa aun los más remotos corcovos de la retentiva, arribo al tramo 8 de largo de aquí largo de aquí, absolutamente logrado... salvo el final. Pareciera en éste, como en otros casos, que el autor temiera a la seriedad y que a todo quisiera propinarle un brochazo de ironía. Malgré lui, el texto se resiste y planta los brochazos afuera, convirtiéndose en independiente.
Me sondeo: ¿el poder del cine está en ser recuerdo? Porque Rolando va y viene (¡más “vayvienes”!) por actores, películas, momentos, títulos que, recién ahora avizoro que integra mi experiencia tanto como la vida o su extinción de familiares queridos. Releo y me parece atisbar, digo, a lo mejor, que ése es el hilo del laberinto, la mano del Dante. Si le concedemos a esos nombres el poder de exorcizar, veremos. Digo, dentro de la luz negra de quien reside “...en la ternura de la inalterable gelsomina...” o en “¿cómo me traduzco que incide en mí que hoy haya muerto bette davis?”
Huyendo de lúdicos avatares la poesía calza mariposas: “...el ocio es amor o nada es otra cosa que no ocio...”. Llegamos, ya llegamos al final.
Desde esas letanías que en hijos para (no) sacarle el cuerpo a la muerte (en las que destierro de inmediato ese “(no)” y supero el rítmico batir de palmas con que incita a acompañarse aleaciones) todo empieza a ordenarse en los afirmativos y negativos enunciados de un manifiesto personal. a preguntarse llaman retoma la tradición de la escuela “beat”. Como si Ginsberg pispeara tras una cortina, el clima de excitación se introduce tanto que pareciera ya haber acontecido en otra parte. Me reprocho: estás buscando excusas. Es que, la verdad, te hubiera gustado escribirlo a tí. a preguntarse llaman trasciende las líneas o los límites de la página. Las voces, el coro, recitan cada verso por separado. Yo, nosotros, somos auditorio. Luz cenital. Cámara negra. Guantes, máscaras, un saxofón ronco. Y el ritmo, el ritmo, el ritmo nos embriaga hasta que una voz, una voz de solo murmura:

“...al que le caiga le caiga
al que le quepa le quepa
el sayo

el sayo te va o elige tú el sayo que te va/ya...”

Nada más. En fin. Al menos no podrán decir: a este libro ni lo ha leído.


Ver en línea : http://www.revagliatti.com.ar

Este artículo tiene © del autor.

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