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LOS PUENTES DE PARIS

FRAGMENTO

Valentín Justel Tejedor

ESPAÑA



Tras el paso de la gabarra, su abierta estela, perspicua y albuginosa, acariciaba los sáxeos paramentos, que encauzaban el bello Sena. El leve cabrilleo de la marea hacia tremular acompasadamente, el tablazón que formaba el acastillaje de las veteranas embarcaciones, que permanecían ancladas o varadas, junto a improvisados muelles urbanos; siempre próximos a centenarias escaleras de peldaños desgastados y pulidos. Mientras se producía el ácueo vaivén, se escuchaba el rancio y quejumbroso crujido de astas, mástiles, y botavaras.También se percibía el tintineo melódico de anillas, poleas, espinas y bulones.Las vetustas gazas de los cabos de amarre se recogían y tensaban circuyendo los fuliginosos norays. La brisa fluvial aventaba las banderas tricolor, que ondeaban en las popas de estampa, de estas viejas embarcaciones. El propincuo atardecer con su amacigado resplandor, comenzó a teñir las encalmadas aguas del Sena, de un fascinante color dorado, moteado de bruñidos destellos, que se reflejaba en los verticales muros contiguos al cauce fluvial; en los contrafuertes y tableros de los puentes, que se tendían sobre aquella áurea superficie de seda, abriendo sus enormes vanos para que dicurriera con premiosidad la esplendente corriente de oro. También, el ambarino claror iluminaba las suntuosas construcciones ribereñas, con sus característicos desvanes de pizarra y sus esbeltas esculturas en los cornisamientos. Igualmente, los góticos lienzos de la Catedral de Notre-Dame de París, se clareaban por el efecto tornasolado de la virginal luz solar. Desde lo alto de una de las torres gemelas de la Iglesia catedralicia, se columbraba un panorama ciertamente cautivador, un sorprendente mar de azoteas, cùpulas, campanarios y chimeneas, que se arracimaban constituyendo un verdadero laberinto de belleza. Así, entre las sinuosas gárgolas de algunos edificios religiosos, o entre las verticales esquinas de las viviendas parisinas, próximas a la explanada de los Inválidos, se podía vislumbrar el lineal y rectilíneo trazado de uno de los puentes más emblemáticos de París, con sus ornamentales Ninfas y Pegasos mitológicos, con sus bronces refulgentes, y su vano de un solo vuelo. Al cruzar este puente, auténtico símbolo de la Belle Epoque, el visitante parecía involucionar en el tiempo, regresando a esa época donde no había lugar para la nostalgía, pero si para el romanticismo, el modernismo y el culto a la belleza.A esa etapa histórica donde los grandes boulevares, los sicalípticos cabarés y los bohemios cafés estaban siempre concurridos, bulliciosos, animados (…)

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