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PASEO POR LA RIBERA DEL SAR

FRAGMENTO

Valentín Justel Tejedor

ESPAÑA



HOMENAJE A ROSALIA DE CASTRO

 

PASEO POR LA RIBERA DEL SAR

En los tempranos y fríos amaneceres del invierno gallego, la frondosa ribera del río Sar se envuelve en una parda niebla espectral y fantasmagórica. La sempiterna llovizna tiende una aguanosa cortina de intermitentes hilos de plata, sobre un fondo liento teñido de una gama de infinitos verdes. Las rudas carballeiras escoltan marcialmente, como firmes centinelas, el premioso discurrir de la cenicienta y argentada corriente fluvial.

Aguas abajo, entre los ebúrneos abedules y los fresnos, que forman el tupido bosque de galería adyacente, parecen escucharse todavía los versos de la poetisa Rosalía de Castro, cuando decía:

 

¡ Oh mi amigo el invierno!

Mil y mil veces bienvenido seas,

Mi sobrio y adusto compañero

¿No eres acaso el precursor dichoso

del tibio mayo y del abril risueño?

-

¡Ah, si el invierno triste de la vida,

como tu de las flores y los céfiros,

también precursor fuera de la hermosa

y eterna primavera de mis sueños…!

 

Así, siguiendo el alabeado cauce del río se escuchan, entre el sigiloso silencio, los undísonos y procaces sonidos de las transparentes fervenzas y cadoiros; El susurrante fragor de las cristalinas ruxidoiras y chorreiras, que musicalizan con su mágica sonoridad la nuvolosa mañana galaica.

 

En la cercana lontananza, se vislumbra una inmensa pradería, con un tono verdeceledon tan intenso que deslumbra las retinas. El glauco pradal se extiende desde el arraigado sotobosque fluvial, hasta el horizonte difuminado por la continua y perenne lluvia. En este bucólico paisaje, destaca la silueta de una palloza rural abandonada, junto a la cual, entre las altas hierbas, se desdibuja la imagen de un viejo hórreo sostenido por cuatro pes dereitos, donde se apoya la caja del canastro, y una cubierta a dos aguas, con imbricadas tejas, sobre la que se alza una cruz, un símbolo.

En el camino que conduce a las solitarias construcciones, el cual, parece desvanecerse a tramos entre el tojo, la xesta y las ericas, se intuyen las huellas del pasado celta.(…) 

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