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EL METEORITO PERDIDO

por Ray Respall Rojas

Ray Respall Rojas

CUBA



Un cuento infantil de ciencia ficción.

En una galaxia lejana existía un gran meteorito detenido en el espacio. Como estaba tan apartado, ningún planeta lo había atraído. Flotaba en el vacío, iluminado por la luz de las estrellas. Era simplemente El Meteorito Perdido, que no aparecía en las cartas de navegación de los viajeros estelares. En él se habían ido acomodando seres provenientes de planetas destruidos, que se agrupaban en Sectas.

La primera en asentarse había sido la del Mundo Metal, constituida por robots. Obedecían al Supremo, el modelo más avanzado. Su planeta de origen, al que llamaban Tierra, había sido aniquilado como resultado de una guerra de sus creadores. Los robots sobrevivieron pues no tenían necesidad de oxígeno ni de alimento. Volaron un tiempo por el espacio, buscando un lugar donde asentarse, hasta que hallaron este planetoide y decidieron fundar allí una nueva colonia.

Otra secta, proveniente de un mundo que se había apagado al morir la energía de su sol, estaba formada por los Conocedores, que tenían gran dominio de la ciencia. De pequeños eran como ositos de peluche con orejas largas y caídas; de jóvenes la cara se les afinaba, perdían parte del pelaje y podían alcanzar los dos metros de estatura. A su llegada, vieron que la atmósfera era respirable y pactaron con los robots para vivir allí. Su rey, un sabio anciano, se llamaba Blorm.

La tercera secta en llegar fue la de los Cultivadores. Los robots la despreciaban por no tener adelantos científicos y los Conocedores los admiraban por haber podido sobrevivir sin ellos. Pero los Cultivadores poseían una antigua sabiduría, pues venían de un planeta que antes de ser destruido por una colisión estelar había estado completamente cubierto de árboles. Eran pequeños y ágiles, de piel verde y largos cabellos como lianas; por sus venas corría clorofila. Habían vivido tan unidos a los vegetales, que dominaban sus secretos; los usaban para curarse, alimentarse, hacer sus casas y vestiduras. Se llamaban por los nombres de sus plantas preferidas, eran silenciosos y dulces como las flores. No tenían jefe, todos eran considerados y respetados por igual, incluso los más pequeños, cuya reluciente piel era del color de los retoños de álamo.

Antes de que estallara su mundo, lograron montarse en un ave gigantesca que volaba de planeta en planeta, alimentándose de la energía de las estrellas. Con ella llegaron al Meteorito Perdido, donde encontraron la hostilidad de los robots, pero fueron bien recibidos por los Conocedores, quienes supieron apreciar sus nobles sentimientos. Se establecieron en las arboledas que crecían al pie de unas elevaciones llamadas Las Montañas Desconocidas, debido a que nadie había pensado nunca en escalarlas.

Por último, estaba la Secta Perdida, considerada más bien una leyenda. Nadie conocía a sus miembros, pero sabían que existían porque en las noches se oían cantos provenientes del otro lado de las montañas, cargados de magia sobrecogedora. Cuando esto sucedía, los Cultivadores soñaban con su planeta natal, sentían la caricia de las hojas, el perfume de las flores, la música de las frondas, la luz que se filtra a través de ellas.

El único que afirmaba tener una prueba de su existencia era Cactus, un Cultivador. Una noche se aventuró hasta la cima de las montañas y alcanzó a ver un ser blanco que lo golpeó, dejándolo inconsciente. Al despertar no había visto a nadie y no se atrevió a ir más allá. Aunque contó su experiencia, no se le dio mucho crédito, ya se sabe que los Cactus tienen mucha fantasía. De modo que poco a poco se fue olvidando lo sucedido.

LA TRAICION

Cierta vez, Blorm confrontó problemas de salud y decidió llamar a su hijo Tikus para ocupar su cargo mientras él se recuperaba. Este tomó la Vara de Mando - la ley de los Conocedores hacía obedecer al que la portara - y cuando comprendió que tenía el poder, ordenó que su padre fuera trasladado a una casa abandonada que se encontraba en el límite de su territorio.

Después pidió que el Supremo fuera llamado a su presencia y le propuso crear, usando los conocimientos acumulados por su especie, sumados a la tecnología de los robots, una máquina que controlara las dimensiones. Con un arma tan poderosa, irían invadiendo los mundos habitables y esclavizando a sus criaturas, exterminándolas si fuera necesario... así reinarían sobre el Universo. Robots y Conocedores se fundirían genéticamente para crear una especie superior; los Cultivadores serían aniquilados, pues no tenían siquiera la fortaleza física que se requería de un buen esclavo.

El Supremo aceptó inmediatamente. En el fondo, pensaba aprovechar la ciencia de los Conocedores y eliminarlos una vez logrado su objetivo... no pensaba compartir la supremacía universal con nadie. Lo mismo planeaba hacer Tikus con los Robots: reprogramar sus circuitos centrales hasta dejarlos sin voluntad, convirtiéndolos en máquinas a su servicio, su resistencia en el espacio le sería muy útil en sus planes guerreristas. Un robot sin mente propia, que obedeciera ciegamente a su amo, haría el perfecto soldado.

Al lado del palacio de los Conocedores crecía un frondoso árbol, que había sido atacado por una plaga. Ese día, un Cultivador llamado Roble, había ido a ver si ya estaba sano. Se encontraba encaramado en su copa cuando vio llegar al Supremo y, por temor a recibir sus insultos, se ocultó entre el follaje. Así se enteró del terrible plan. Cuando la reunión terminó, corrió a contarlo a los suyos.

Los Cultivadores se asustaron y contaron del malévolo proyecto a Blorm, que comprendió que el proyecto, además de demostrar la crueldad de su hijo, probaba su ignorancia, pues la manipulación de dimensiones ocasionaría una catástrofe de consecuencias inimaginables, que podría llevar al fin del Universo. Fue a ver a Tikus y le expuso claramente su opinión, sin revelarle la fuente de donde había obtenido la información, a pesar de que éste parecía ser el único punto que preocupaba a su hijo. Insistió el sabio en sus advertencias y Tikus le respondió indignado:

- ¿Con qué autoridad vienes a mí? ¿No ves que ya estás viejo y tu inteligencia se debilita? ¡Yo sólo quiero la grandeza de mi especie! ¡Vete, que me avergüenzas!

El anciano se marchó con una gran opresión en el pecho, no se sentía con fuerzas para oponerse a su hijo. Se refugió en las arboledas, donde los Cultivadores más experimentados se pusieron a buscar un remedio para su mal. Mientras, las noticias seguían llegando: Tikus sólo hablaba de cuando fuera rey del Universo, al mismo tiempo, los robots iban y venían a su antojo, trayendo piezas para el engendro. Los Conocedores del Consejo de Ancianos no se atrevían a protestar, por miedo a ser desterrados, sin contar con que no se les consultaba para tomar ninguna decisión; los demás estaban más amedrentados aún y no sabían qué hacer.

EL VIAJE

Una mañana, Blorm descubrió que había sanado gracias al saber de sus amigos, pero decidieron mantener esto en secreto. Llamó a aquellos Conocedores del Consejo que siempre le mostraron absoluta fidelidad y, apoyados por los Cultivadores, se reunieron para idear cómo detener el desastre. Los Conocedores prometieron ir reclutando más entre los suyos, pero no serían nunca suficientes para poder derrotar la fuerza de los robots. La mayoría de los Cultivadores odiaba la idea de una confrontación. Parecían estar sin salida cuando Cactus sugirió buscar a los miembros de la Secta Perdida. Algunos afirmaron que eso era una pérdida de tiempo, pero otros dijeron que la idea tenía cierta lógica, al menos era mejor que permanecer sin actuar. Terminaron por aceptar y se prepararon para la escalada de las Montañas Desconocidas.

Al alba siguiente comenzaron la ascensión, pero al llegar a la cima, lo que vieron del otro lado les encogió el corazón: un lugar sin vegetación, con cauces de ríos secos que parecían arrugas. Muchos Cultivadores se echaron a llorar, amaban demasiado la naturaleza para no conmoverse. En el descenso, los Conocedores tuvieron que ayudarlos, estaban demasiado tristes y no se sentían con fuerzas para continuar. La zona más allá de las montañas parecía inmensa. Registraron cavernas y grietas, pero no hallaron rastro de vida. Cuando estaban a punto de pensar que todo había sido en vano, algo le dio un golpecito por la espalda a Cactus. Al volverse, vio a una criatura de pelaje plateado, que se mantenía erguido y llevaba un garrote en una de sus patas delanteras. El Cultivador apenas pudo tartamudear:

- ¡Lo he encontrado! - y se desmayó.

Sin dar tiempo a los demás a reaccionar, el recién llegado entonó uno de los cantos que se oían en las Noches de Sueños. El Cultivador despertó sin trazas de temor y sonrió al desconocido, que volviéndose al sorprendido grupo les dijo:

- No les haré daño. Ustedes deben ser los visitantes... síganme.

Mientras caminaban, les dijo que él era un Siloni, los habitantes más antiguos del Meteorito. Desde tiempos inmemoriales vivieron en la Isla del Lago; su principal ocupación consistía en recoger plantas, que usaban para alimentarse y forrar sus lechos. Amantes de la paz y la unión familiar, eran tan tímidos, que no se habían atrevido a ir al Mundo Más Allá de las Montañas. Se contentaban con poco: una cueva cómoda y abundante pasto. Una noche que ya se les hacía muy lejana, había llegado un ser extraño. Coincidiendo con su llegada, el lago se volvió negro, los ríos se secaron, las plantas murieron. El recién llegado les dijo que lo sucedido era a causa de la invasión de naves enemigas, que debían confiar en él, El Enviado, y no salir de la isla hasta que no llegara el momento propicio. Los Silonis acataron sus órdenes y vivieron desde entonces en ese mundo donde reinaba el temor. A veces se reunían en las noches y cantaban recordando los tiempos felices.

LA CIUDAD DE LOS SILONIS

Casi sin darse cuenta, habían llegado a una ciudad en medio de un pantano del que asomaban enormes serpientes de color grisáceo. El guía les dijo que las llamaban Las Serpientes de Humo, porque en la negrura de las aguas eran casi invisibles. Habían sido creadas por El Enviado para protegerlos de la amenaza exterior. Anteriormente solían cruzar el lago en pequeñas barcas, pero ahora sólo se podía cruzar gracias a un puente. Las guardianas de la ciudad eran terribles y los Silonis les temían... Del fango salió un puente que cruzaron en silencio, mirando con temor los enormes ofidios.

Mientras lo hacían, el Siloni les explicó que su jefe les había dicho que un día llegarían visitantes que venían a fundar un mundo nuevo, por eso mandaba todos los días a uno de ellos a montar guardia. Les había prometido que cuando llegaran, se irían las Serpientes de Humo. Cuando alcanzaron la otra orilla, el puente desapareció como tragado por las oscuras aguas. Fueron bien recibidos por los Silonis, quienes les ofrecieron una sopa de semillas y unos buenos colchones de hierba seca para descansar.

Por la noche fueron llevados ante El Enviado. Al verlo se sorprendieron, pues se trataba de un robot. Comprendieron que los del Mundo Metal conocían la existencia de la Secta Perdida. Los habían aislado y atemorizado para hacer de ellos sus primeros esclavos. El autómata, por su parte, se incorporó de su trono de piedra y gritó:

- ¡Estos no son los visitantes, sino seres hostiles! ¡Échenlos inmediatamente al lago, para que sean devorados por las Serpientes!

- ¿Por qué echarnos a las Serpientes? - se le encaró Blorm, avanzando un paso - Venimos a ofrecer nuestra amistad y no pretendemos dañar a nadie. ¿O es que temes que contemos la verdad a los Silonis, que digamos que fueron los tuyos quienes destruyeron su mundo, llevándolos a vivir en el miedo y la zozobra?

- ¿Te atreves a contradecirme? - gritó el robot - En esta ciudad, !yo soy la ley!

- Tu ley es la ley de la ambición y del egoísmo - respondió indignado Blorm -. Has olvidado acaso la guerra que exterminó el Mundo Metal?

El robot miró a los Silonis, que no sabían si confiar o no en aquel desconocido que osaba enfrentarse a su jefe:

- ¡Un duelo a muerte decidirá quién tiene la razón! ¡Traigan dos lanzas!

El anciano Conocedor sabía que sus fuerzas no eran comparables con las de una máquina incapaz de sentir cansancio o dolor, pero aceptó para no ser considerado un cobarde por los Silonis, pues si esto llegara a suceder su búsqueda habría sido en vano. Por otro lado, había observado mientras discutían dónde estaban el botón que activaba la energía del robot, que era un modelo bastante primitivo... Comenzó la lucha, el autómata llevaba evidente ventaja, Blorm parecía a punto de ser vencido, lo que hizo al robot lanzarse a fondo, ocasión que aprovechó el Conocedor para esquivarse y apretar el interruptor con la punta de su lanza. La máquina cayó al suelo, desactivada.

Acto seguido, los Conocedores y Cultivadores explicaron a los Silonis quién era realmente El Enviado. Contaron lo que estaba sucediendo al otro lado de las montañas. Los Silonis comprendieron y decidieron unirse en la lucha por salvar la paz universal.

EL REGRESO

Al llegar a la ciudad de los Conocedores, encontraron que el ambiente era opresivo, con robots por todas partes controlando las entradas y salidas. El parque, otrora lleno de pequeños que retozaban con sus padres, se hallaba lleno de naves espaciales. También se percataron de que había Conocedores armados montando guardia junto a los robots. El único comentario que se escuchaba era acerca de la reunión final entre Tikus y el Supremo, que se estaba efectuando en el castillo. Todos sabían lo que este encuentro significaba: la construcción del artilugio había concluido.

Blorm conocía un túnel secreto que comunicaba su el castillo con el parque, lo había construido para jugar con su hijo; cuando éste creció, el pasadizo cayó en el olvido. Eludiendo los guardias fue a buscarlo y comprobó satisfecho que allí estaba la puerta, cubierta por la hojarasca. Se apresuró en despejarla y, seguido por Cactus y Roble, se introdujo a través de ella. Ya dentro del recinto, registraron en busca de algo que los ayudara, hasta que Roble dijo que había encontrado una esfera que emitía luz.

Bien la conocía Blorm, su nombre era Estrella de la Vida... Al llegar al Meteorito, los del Mundo Metal no encontraron las fuentes de energía que conocían y con el paso de los años comenzaron a debilitarse. Pidieron ayuda a los Conocedores, que idearon ese centro energético. De ella obtenían su potencia los robots, les bastaba tocarla y se recargaban. La esfera dio al viejo Blorm una idea: envió a los dos Cultivadores con el mensaje de entrar todos al salón del trono usando la fuerza. Supo que habían llegado por el estruendo de la puerta y salió a su encuentro. En el salón estaban Tikus y El Supremo, mirando enfurecidos a la multitud. Frente a ellos estaba la máquina. Tikus ordenó a los Conocedores de la guardia que dispararan; pero ellos tiraron las armas al suelo. El Supremo, al ver esa reacción inesperada, les dijo:

- Si ustedes no lo hacen, lo harán mis robots.

- No lo creo - respondió Blorm, mientras le enseñaba la brillante esfera -. Esto se puede romper.

- ¡Estrella de la Vida! - se sorprendió - ¿Cómo ha ido a parar a tus manos?

- Dentro de poco no vas a necesitar saberlo... - sonrió el anciano, pasándose la esfera de una mano a otra, como jugueteando con ella - Pienso destruirla.

El robot, viendo la determinación reflejada en los ojos del anciano, cambió el tono e imploró:

- ¡No lo hagas, te lo ruego, sabes que sería nuestro fin!

- No lo haré - respondió Blorm tendiéndole la esfera -, no soy de tu calaña. Te perdono a pesar de saber que pensabas traicionar incluso a este tonto de mi hijo, cegado por el poder y la ambición al punto de no saber con quién se estaba aliando. Pero te impongo una condición: márchate con los tuyos, abandona tus planes de dominación y desactiva esa máquina. Confiaré en tu palabra, si aún recuerdas este concepto.

- Confías aún en mí... me perdonas pese al mal que ocasioné y a pesar de conocer mis intenciones? Gracias, Conocedor, acabo de aprender algo que no me enseñaron mis creadores: la Compasión, la grandeza del Honor y del Respeto Mutuo. Nosotros somos también una forma de vida, tal vez demasiado nueva, pero puedes confiar en mi palabra. El temor a desaparecer me ha hecho ver que todos tenemos derecho a la vida. Tal vez a partir de este error seamos mejores.

Diciendo esto desconectó la máquina, tomó la esfera de manos del Conocedor, montó con sus robots en la mayor de las naves y se marchó... Blorm se dirigió entonces a Tikus que temblaba en un rincón:

- ¡Tú, que has avergonzado a los Conocedores, pagarás tu error con lo que más odias: el trabajo! Mañana partirás al otro lado de las montañas, sembrarás árboles hasta que todos olviden que un día quisiste sembrar muerte y destrucción.

Tikus cayó de rodillas, pero Cactus y Roble lo ayudaron a levantarse y le dijeron que había mejores formas de demostrar el arrepentimiento, una de ellas era aceptarlos como amigos. Un coro de Conocedores se alzó para corroborar la afirmación. El hijo de Blorm esbozó una sonrisa, la primera en largo tiempo. Muchos Cultivadores se le acercaron para prometerle que cooperarían con su misión. Los Silonis también estaban dispuestos a ayudarlo a restaurar la belleza de su mundo. Tikus los oía como en un sueño. Al día siguiente partió a su nuevo destino con un centenar de amigos.

EPILOGO

El Meteorito Perdido reanudó su actividad, aunque con algunos cambios: ya no existen sectas. Al otro lado de las montañas el lago volvió a ser azul. Las serpientes de humo resultaron ser una imagen holográfica fabricada por los robots y desaparecieron en el mismo momento de su partida. Tikus y sus ayudantes trabajaron arduamente, convirtiendo aquel desierto en el bosque más poblado del pequeño planeta, al que llamaron El Bosque de la Unión. La ciudad de los robots fue tomada como parque de diversiones. A él van a jugar los plateados cachorros de Silonis, los peludos hijos de los Conocedores y los niños Cultivadores, cuya piel recuerda el color de las hojas nuevas.

Los más pequeños van a la escuela del anciano Blorm, que ya no es rey, sino maestro. A los más chicos se les cuenta la historia que ahora acabas de escuchar, para que lo que sucedió una vez, no se repita jamás. Se les habla de los miembros del Mundo Metal, que ahora viajan por el universo bajo el nuevo nombre de Guardianes de la Paz. En la medida que crecen son iniciados en el conocimiento de los valores esenciales que llevan a una convivencia armoniosa.

Por las noches se reúnen todos a escuchar los maravillosos cantos entonados por los Silonis, que cuentan cómo fue el Meteorito Perdido antes, como se tornó después, y cómo es ahora... Y la vida, como el pequeño planeta sin estrella, continúa su rumbo.

Ilustración, cuadro Vegetación en Venus, de la pintora argentina Betty Alter.

Este artículo tiene © del autor.

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