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LA SIRENA DE AMADEO

Mónica Gutierrez Sancho

España



El mar rodeaba el pequeño y solitario pueblo casi por completo. En todas y cada una de sus angostas callejuelas olía a mar. No había ni un solo rincón del lugar donde no se notara su presencia y si lo había olía a pescado.
Por aquel entonces el mundo vivía inmerso de lleno en los años setenta, pero no se podía decir lo mismo de aquel diminuto rincón del planeta, que permanecía apartado de cualquier acontecimiento que tuviera que ver con la época del destape.
En verano los escasos y anticuados habitantes del remoto pueblo bajaban a la cala de San Santurcio. De todas las que rodeaban el pueblo pesquero con forma de pez era la única donde el mar no se adentraba con furia durante el día. Siempre estaba llena de gente. Las mujeres bajaban vestidas y se limitaban a remangarse la falda en caso de que hiciera mucho calor. Las piedras que cubrían la cala de San Santurcio estaban muy afiladas, así que la mayor parte de las lugareñas permanecían sentadas en corrillos sin moverse demasiado. Los únicos culos que por ahí se veían eran los de los niños, que corrían de un lado para otro, al parecer sin importarles las piedras y mucho menos los gritos histéricos de sus madres si se acercaban demasiado a la orilla.
Los hombres no iban casi nunca por la cala, aunque todo cambiaba cuando Antonia bajaba a tomar el sol. Esos días todos tenían algo que hacer allí, unas redes que arreglar o simplemente un paseo por la zona. Miraban a Antonia con ese disimulo característico que sólo ellos son capaces de conseguir. Ella estaba encantada. Era la “Sofía Loren” del pueblo, con enormes pechos, cintura diminuta y generosas caderas que contoneaba con gracia mientras miraba sonriente a uno y otro lado.
La tela de sus vestidos era muy fina, tanto, que mientras procedía a realizar el ritual de elegir un sitio se podía ver la totalidad de sus bien formadas piernas al trasluz. Se sentaba aparte del resto de las mujeres en su pequeña banqueta de madera verde, donde colocaba sus turgentes y firmes nalgas.
Las mujeres la odiaban, en particular Charo, la dueña del bar. No le había perdonado que años atrás intimara con el que era su novio. La infidelidad circuló de boca en boca, por lo que el noviazgo se rompió y también su única oportunidad de casarse en aquel recóndito lugar, donde los hombres célibes menores de sesenta años se contaban con los dedos de la mano. Charo durante años vivió amargada, pero finalmente decidió ser una mujer de mundo y montó su propio negocio. El bar de Charo era el único que había en el pueblo y era a la vez la tienda de ultramarinos. Así que por las mañanas, mientras los maridos se tomaban unos vinos pedían la vez para cuando llegaban sus mujeres. Más de un día y después de unos cuantos vasos del vino peleón de la comarca todos acababan discutiendo por el turno de sus señoras. La mujer de Pablo no podía quejarse, siempre era la primera y nadie lo ponía en duda. Su marido era conocido en el pueblo como: “Pablito el rey de las merluzas.”
Como en todo pueblo que se precie, en este también vivía un tonto, se llamaba Amadeo. Durante unos años había sido considerado un buen pescador e incluso un buen partido, pero ahora en el pueblo habían decidido marginarle de sus vidas definitivamente.
Todo había empezado hacía algún tiempo. Un día volvió de pescar blanco y tembloroso y tan apenas pudo pronunciar palabra en las siguientes horas. Cuando por fin pudo hablar, comenzó a narrar un relato absolutamente asombroso. Contó como una mujer de cabellos rojos había surgido de entre las aguas cuando se disponía a echar las redes y le había cantado una hermosa canción. Cuando quiso darse cuenta, la mujer había desaparecido de nuevo entre las húmedas y saladas profundidades del mar y por más que buscó no pudo encontrar el menor rastro de ella.
Probablemente no se hubiera dado mayor importancia al incidente en cuestión, si no hubiera sido porque a partir de ese día cada vez que Amadeo salía a pescar volvía como si estuviera hipnotizado, con la mirada perdida y cantando extrañas cancioncillas con voz de falsete.
Insistió tanto Amadeo y contó unas historias tan fantásticas, que un mes más tarde se organizó una expedición en busca de la famosa sirena. Cinco barcas más acompañarían a Amadeo en su ruta. Todo el pueblo al completo salió a despedirles. Más de una mujer lloraba mientras las barcas se alejaban y Pedro el alguacil tocaba una triste canción con su corneta. Las esposas de los pescadores que se hicieron a la mar no se movieron del pequeño puerto en los dos días que duró el viaje. Charo se encargaba de que a ellas, así como a los curiosos que patrullaban día y noche la zona, no les faltara de nada.
A los tres días de la marcha las barcas regresaron por fin. Se podía apreciar el cansancio en sus rostros, pero aún más la irritación y el enfado. No habían visto nada que no fuera agua y peces de muchos tamaños y colores, pero desde luego ninguno con cabellos rojos. Desde ese día Amadeo fue conocido por todos como: “El tonto del pueblo”.
Los hombres no querían ni oír hablar de él y mucho menos de su sirena, pero las muchachas del municipio le seguían la corriente. Ninguna le creía, pero era soltero y demasiado guapo como para dejarle escapar así como así, aunque con el paso del tiempo hasta las mozas más desesperadas habían dejado por imposible al pobre Amadeo. Éste tomaba cada uno de los ataques de ellas, como amistosos gestos desinteresados de escuchar las últimas novedades de su sirena de cabellos rojos. Llegó un buen día en que nadie se molestó en conversar con él y Amadeo no volvió a tener oportunidad de hablar más.
Los años setenta se fueron alejando poco a poco de aquel recóndito lugar sin pena ni gloria, pasaron así sin más. Sólo quedó de esta década alguna historia contada por Charo la del bar, sobre una tribu: “Los hippies,” así se hacían llamar, que cantaban con guitarras y correteaban desnudos por la gran ciudad.
Pero un buen día, muchos años después todo esto cambió. Desde el mismo instante en que los camiones y las excavadoras se internaron por los caminos de piedra gris, nada volvió a ser lo mismo. Los noventa llegaron, pero con tal fuerza y tan poco tacto que arrasaron con todo lo que allí había estipulado. La empresa europea Q.G.R. & Company decidió instalar en el pueblo pesquero con forma de pez, una de sus modernas e innovadoras fábricas de conservas atuneras.
No era fácil afirmar quienes fueron los más sorprendidos, si los lugareños ante el despliegue de excavadoras, camiones y máquinas, o los obreros cuando llegaron a ese atípico y pintoresco lugar.
Para los obreros los mejores ratos eran cuando las mujeres bajaban a la cala de San Santurcio, con sus faldas por debajo de la rodilla y dando ridículos saltitos para no clavarse ninguna de las afiladas piedras. Por no hablar de los días en los que Antonia aparecía por allí, más de uno aprovechaba el momento para descansar, comerse el bocadillo y contemplar el espectáculo. Todo el esplendor de la figura de Antonia había desaparecido. Seguía contoneándose como había hecho siempre, pero con veinte años más. Sus antes generosas y turgentes nalgas se desparramaban ahora en la misma banqueta pintada de verde. Ella sonreía a los obreros, convencida de que esos apuestos jóvenes llegados de la urbe también eran presa de sus encantos. Siempre que Antonia bajaba a la playa, los obreros hacían apuestas sobre el momento exacto en que la desvencijada banqueta fuera vencida por los kilos de grasa de Antonia.
Las preguntas de los tranquilos habitantes de la villa, mientras las obras iban avanzando eran siempre las mismas: ¿Quién trabajaría en la fábrica? ¿Desde dónde traerían al personal? ¿Vendrían desde la central de Europa del norte? Pronto sus preguntas quedarían contestadas.
En un primer momento sólo se apreció un tono ligeramente más oscuro en el agua. Más tarde los niños llevaban siempre pequeños pegotes negros en los pies, que sus madres se volvían locas para poder quitar. Y finalmente todo el mar que rodeaba el pueblo pesquero con forma de pez se transformó en un espeso, viscoso y resbaladizo manto negro. Y una mañana de septiembre la playa apareció repleta de diminutos peces muertos por la contaminación.
Ninguno de ellos tenía su barca preparada para alejarse lo suficiente de ese manto espeso y sin vida y en la empresa no parecían dispuestos a dejarles al cargo de los potentes y modernos barcos que iban llegando para pescar en alta mar. Así que uno a uno, todos, hombres y mujeres acabaron trabajando en la fábrica de conservas atuneras: Q.G.R. & Company. Todos menos: Charo la del bar, “Pablito, el rey de las merluzas” que después de tanto vino no tenía pulso ni para servirse una copa y por supuesto Amadeo que seguía haciéndose a la mar todos los días.
El pobre Amadeo cada vez tenía que alejarse más con su vieja y destartalada barca si quería huir de la contaminación que había cubierto la zona. Un día alguien debió echarle de menos y la noticia de que Amadeo había desaparecido corrió de boca en boca por todo el municipio. Cuando ya todos le daban por muerto, un niño desde la playa vio que una barca se acercaba. Todo el pueblo acudió corriendo, como antes, como en los buenos tiempos. Era la barca de Amadeo, no cabía duda, que se iba acercando lentamente hacia ellos.
Amadeo yacía en el interior moribundo, quemado por el sol y con el rostro lleno de llagas. Después de más de veinte años sin hablar y cuando sus fuerzas tan apenas se lo permitían, dijo:
— Tenéis que alejarla de aquí, la contaminación va a matarla... Ella me ha salvado, ella me trajo hasta aquí... — La voz de Amadeo era casi imperceptible, pero su tono era desgarrador, estaba ciego por el sol y daba manotazos en el aire para poder agarrarse a alguien o a algo mientras luchaba por salir de la barca.
Alguien gritó. Un enorme corro se formó en torno al grito. Y el pobre Amadeo a pesar de la ayuda fue el último en llegar. Allí estaba ella, aún seguía agarrada a la proa del barco con sus regordetas manos, como si no quisiera soltarlo, mientras parecía descansar después de tan largo viaje sobre las afiladas piedras de la orilla. Sus largos y brillantes cabellos rojos estaban impregnados de grasa y suciedad, así como su cuerpo de pez y su larga cola que se movía con fuertes sacudidas, lo que le daba un aspecto aún más impresionante.
Amadeo comenzó a gritar a unos y a otros obligándoles a que se fueran, pero nadie se movió. En un arrebato de desesperación intentó tirar de ella y arrastrarla hacía el mar, pero su sirena de cabellos rojos con un cariñoso gesto, le suplicó que no lo hiciera. Amadeo se abrazó a ella, le apartó la sucia melena de la cara y se recostó en su pecho desnudo y ya maduro. Lloraba desconsolado. Ella le besó y unos segundos después sus cansados brazos cayeron sobre las piedras y su larga cola impregnada de petróleo dio un último coletazo sobre el agua. Un último coletazo sobre el traje de luto que cubría todo el pequeño pueblo pesquero con forma de pez.

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