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DOLOR

por Ray Respall Rojas

Ray Respall Rojas

CUBA



Todo comenzó una mañana en que me dirigía a mi nuevo empleo, el cual, por cierto, me costó mucho trabajo conseguir. Al cruzar una calle, un asaltante me golpeó y apuñaló en el abdomen; dejándome tendido en el suelo. Cuando pude recuperarme un poco de la golpiza me levanté y, a duras penas, me arrastré hasta el hospital más cercano, tratando de contener con mi abrigo la sangre que manaba de la herida. Cuando entré, el mundo daba vueltas bajo mis pies y las imágenes se sucedían, borrosas, como en una película desenfocada. Lo último que escuché fue el eco de unos gritos de auxilio, que aún no sé si venían de un observador asustado o de mi propia garganta reseca.

Al recuperar el conocimiento, me encontré tendido en una camilla, en una especie de pasillo. Escuché la voz de un médico comentar que yo había perdido mucha sangre y que habían tenido que intervenirme con urgencia. Al final de la charla, fui conducido a una fría habitación: un típico cuarto de hospital, pequeño, con una cama arrinconada a una ventana, una mesita, un baño y una silla vacía, nadie con quien compartir mi dolor, mi soledad y mis temores. La enfermera que me acompañó, adivinando tal vez mis pensamientos, me dijo que no me preocupara, que por ahora sólo me limitara a descansar. Eso hice, pero después de lo que me pareció una interminable espera decidí incorporarme, ya que al parecer los calmantes estaban surtiendo efecto y el dolor desaparecía por momentos. Me senté lentamente y me volteé a mirar por la ventana: era en verdad un hermoso día de verano, la aparente paz de la imagen citadina no dejaba ver los peligros que ésta encerraba.

Al cabo de un buen rato, sentí un trasteo en la puerta. Regresé rápidamente a mi posición horizontal y fingí dormir, como los niños que tratan de evitar una reprimenda. Era la enfermera, que en silencio me tomó el pulso, me tocó el cuello y se marchó, dejándome de nuevo a solas.

A partir de esa visita, me intrigué un poco: ¿Por qué tocarme el cuello si no tiene nada que ver con el abdomen? …como me sentía realmente aliviado, decidí ir al baño a lavarme la cara y alisarme un poco el pelo, no me gusta el aspecto desaliñado de la mayoría de lo enfermos, soy de la opinión de que los hace sentirse más enfermos. Para colmo, recordé que en la billetera robada estaban todos mis documentos, por tanto no iban a poder localizar a mis familiares… en cuanto terminara mi aseo iba a llamar a alguien para dar mis datos, era hora de que alguien se sentara en esa silla a darme ánimos y contarme chistes insulsos o me trajera bombones de regalo, olvidando el dato de que no los podría comer en varios días.

Entré y, antes que nada, inspeccioné el sitio: era un local pequeño pero limpio, adornado con un espejo redondo. Me paré frente a éste y al mirar no vi mi imagen. Me froté los ojos y traté de voltear el espejo, para ver si había algún truco escondido en él, de esos que te juegan los amigos cuando estás convaleciente - pues en fin, no sabía cuanto tiempo había estado sumido en la inconsciencia, tal vez alguien me había reconocido en la calle y había dado el aviso -, pero no pude hacerlo, era como si yo no existiera, como si fuese un fantasma.

Un escalofrío recorrió mi espina dorsal: esa era la clave, yo era un fantasma, por esa razón la doctora me había tocado el cuello, para cerciorarse de mi muerte. En ese instante entendí que al quedar solo en la habitación había muerto. Toda mi vida, mi nuevo empleo, mis ilusiones y planes para el futuro se desvanecieron en un instante, sólo por la sed de dinero de un hombre cuyo rostro nunca podré reconocer.

Y ahora heme aquí, en el recibidor del hospital, como perdido en el limbo - mi cuerpo ya fue llevado a la morgue - . Entran y salen personas que no notan mi presencia. Pero aún conservo la esperanza de que uno de ellos cruce su mirada con la mía y me vea: ya sea un ángel, algún amigo o familiar muerto, o un espíritu de cualquier tipo que me venga a buscar, a orientar…

Las horas pasan y aún no sé qué sucede después de la muerte.

 

Este cuento fue premio de la Comisión Cubana de la UNESCO y premio en el encuentro de Talleres Literarios Infantiles.

Las ilustraciones son del pintor cubano José Omar Torres, director del Taller de Gráfica de La Habana.

Este artículo tiene © del autor.

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