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EL ESCRITOR EN EL NUEVO MILENIO -1-

Daniel Adrián Madeiro

Argentina



Las máquinas deberían trabajar,
los hombres pensar.

Principio IBM de Pollyanna - Leyes de Murphy

Sin sospecharlo siquiera, Internet comenzó su gestación en los años 60.
Tras la segunda guerra mundial el gobierno de Estados Unidos y su comunidad científica y empresarial trabajaron juntos. La meta era establecer un sistema de comunicación interno para la seguridad militar y favorecer el pronto intercambio científico en las investigaciones.
Un caballero llamado Vannevar Bush fue el encargado de facilitar la interrelación entre gobierno, científicos y empresarios. Este fue el primer “Bush” de la comunidad norteamericana que con su intervención llegaría a cambiar el curso de la historia mundial.
De aquello nacieron la National Science Foundation (NSF) y la Advanced Research Projects Agency (ARPA).
Al principio se trabajaba para obtener una red de ordenadores que permitiera a los miembros de ARPA (científicos, investigadores) intercambiarse información con mayor celeridad y eficiencia.
Todo fue creciendo, sumándose al proyecto: científicos de instituciones reconocidas, organismos de defensa, etcétera.
Ya en 1990, Internet era popular en EEUU y nace, por obra de Tim Berners-Lee, lo que conocemos como el “World Wide Web”, las famosas www. Se desarrollaron programas y tecnologías para darle cada vez mayor agilidad al intercambio, se crearon las bases del protocolo de transmisión HTTP, el lenguaje HTML y el concepto de URL.
Lo más importante para nosotros pasó en 1993: Entró en funcionamiento el primer servidor Web en español.
Allí comienza nuestra historia.
Es por esos sucesos, brevemente relatados, que estás ahora allí, frente a la PC, leyendo esta página virtual.
No quiero dejar de decirte, aunque me pierda la oportunidad de pasar por muy instruido, que la información que compartimos la saqué de Internet. Así de generosa es la muchacha.
Pasan muchas cosas a partir de la Red.
En el caso de los escritores se nos abrió una puerta de comunicación directa con miles de lectores.
Aun más, otros escritores también pueden leer nuestros trabajos.
En ambos casos la exposición a la crítica, positiva o negativa, es permanente.
Antes de la aparición de Internet, la forma posible de contactarnos con el escritor -aparte del libro- estaba reducida a asistir a una exposición donde tendríamos mayor oportunidad de preguntar que de opinar. Otro mecanismo era escribirle a la editorial para que retransmitiera nuestro mensaje, acción que seguramente los editores manejaban con cierto recelo.
Por estos mecanismos, aquellos escritores que habían alcanzado renombre estaban menos expuestos a la opinión de sus lectores.
Me pregunto si este desconocimiento público de los pareceres opuestos al escritor, no es un factor que puede favorecer su crecimiento.
Imaginemos a Gustavo Adolfo Bécquer y Rubén Darío, vivos hoy, publicando sus obras en portales literarios como muchos de nosotros. Olvidemos que se trata de ellos. Súmale tus poemas y los de aquel o este desconocido. ¿Qué dirían los lectores?. ¿Pudiera verse afectado su posible celebridad sobre la base de la aceptación o no de los ciber-lectores?.
Yo no tengo la repuesta.
Lo que sí me parece evidente es la indiscutible apertura que esto significa.
Aquí, por la red, al menos hasta ahora, yo puedo expresar lo que pienso. Y también tú, como lector, tienes la posibilidad de ignorarme, aprobarme o no. Alguien puede escribirme un correo electrónico o un mensaje en el portal diciéndome: “’¿Así que según tú debemos agradecerle la Internet a EEUU?; o tal vez: ¿Quién te crees para poner en duda la calidad literaria de las obras de Bécquer y de Darío?; también: ¡Me aburre tu forma de escribir!; o quizá: Me parece inconsistente tu argumento. Y muchos más.
Eso no fue un hecho corriente en el pasado anterior a Internet. Ahora los escritores, las personas que exponen al público sus obras, no pueden ignorar lo que piensan sus lectores.
¿Habrá a quien no le importe esa opinión?, ¿Será esto cierto si todo cuanto te dicen es adverso?. No lo creo.
Me parece que intercambiar opiniones, o al menos conocerlas, es un paso significativo hacia el crecimiento personal de cada escritor. Uno puede rever sus propios pasos.
Para despedirme te recuerdo otra Ley de Murphy que puedes aplicar perfectamente a Internet. Se llama Ley de Sattinger y dice: “Funciona mejor si se conecta”.

Daniel Adrián Madeiro

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