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CINCO NOCHES

PRIMERA NOCHE

 Tengo 17 años, casi 18 -los cumplo dentro de una semana- y tengo cáncer. Hace cuatro días, pasadas las 11 de la noche, en que me traen un zumo, aprovecho que las enfermeras están más relajadas y me escabullo a la azotea del hospital; hasta las cuatro, que vendrán a ponerme la medicación, dispongo de tiempo para mí solo sin tener necesidad de disimular mi estado de ánimo. Tengo necesidad de reflexionar sobre lo que me espera, sin interferencias familiares, sin psicólogos, sin médicos… todos con muy buenas intenciones, no lo niego… pero el que tiene cáncer soy yo, y nadie, por mucho que lo imagine, sabe lo que se siente. No quiero ni besos que antes no se dieron, ni palmadas en la espalda o frases cuyo verdadero significado, se supone, no entenderé, ni regalos fuera de lugar. Necesito tiempo para pensar y reflexionar. Y tiempo es precisamente lo que no tengo.

 Me gusta la noche y en esta época son fresquitas y estrelladas. Paulatinamente, la ciudad se va callando; los edificios muestran, aquí y allá, ventanas encendidas que, poco a poco también, se irán apagando -a veces, otras se encienden-. Me gusta imaginar qué es lo que habrá detrás de cada una de ellas: estudiantes, parejas en pleno éxtasis amoroso, algún administrativo preparando un dossier, un enfermo… Mi imaginación vuela, sin freno, sin límite.

Esta noche tengo la sensación de que hace más fresco, no lo sé, puede que sea consecuencia de la nueva medicación que han empezado a ponerme. También me molesta un poco la vía heparinizada que tengo en el dorso de la mano. Tendré que decirle a la enfermera que la revise. Me estoy distrayendo y el tiempo vuela. Después de la medicación de las cuatro, estaré hecho un trapo. Tengo que pensar... ¡Tengo que pensar! ¡¿Dios, dónde coño estás?! si es qué has estado alguna vez. Tengo que tranquilizarme; cabrearse no tiene sentido y, además, es una pérdida de tiempo. ¡Tiempo!

En otras circunstancias -lo que estaba previsto, lo lógico- estaría esperando los resultados de la selectividad, como el resto de mis compañeros… bueno, como algunos de mis compañeros… vale, como algún compañero, sin nervios, serían muy buenos, lo normal en mi. No es petulancia, es una realidad: soy muy buen estudiante y, además, me gusta. Me propuse ser arquitecto y lo hubiese sido -quisiera serlo aún- si no se hubiese presentado este cáncer hijo de puta. ¡Me tenía que tocar a mí! Podría haberse ido a otra parte. Y encima vienen los listos de turno, con palabritas melosas, palmaditas y demás parafernalia, a dorarme  la píldora. Cómo si no supieran que he pasado días enteros y noches pegado al ordenador, leyendo todo tipo de información, buena y mala, en español y en inglés, que encontraba en la red. Ni el mejor oncólogo del mundo creo que tenga un archivo tan completo como el mío. ¡No te jodes!, y ahora me vienen con palabritas. ¡Vamos, anda!

Soy un chico normal, que actúa y piensa como los chicos de hoy. Me gusta salir con mis colegas, ir a discotecas, de botellón -no demasiado, no aguanto el alcohol-, hacer deporte -soy muy bueno jugando al tenis y, mejor, al balón mano-. He fumado algún que otro porro aunque no me seduce especialmente el fumar, sean porros o tabaco normal. Tampoco suelo beber habitualmente, prefiero los zumos y el agua que, en las discotecas, es casi más cara que el alcohol.

¡Joder!, las cuatro menos cuarto. Tengo que salir pitando o descubrirán que no estoy en mi cuarto. Menos mal que está cerca de la puerta del ascensor y no tengo que pasar delante del control de enfermería. ¡Como ha pasado el tiempo!

 

SEGUNDA NOCHE

He puesto la alarma del móvil a las tres y media, no quiero que me pase lo de ayer. Tuve que echar mano de todo mi poder de seducción para justificar que la taquicardia y el sudor eran consecuencia de una pesadilla. La enfermera, no obstante, llamó al residente para que me echara un vistazo. ¡Vaya!, me toco el Dr. Amezcua. Yo lo llamo el “místico” porque me recuerda a un fraile. Suele estar casi siempre de guardia lo que agradecen las enfermeras: primero, por su eficiencia y segundo, porque se lo rifan. Tiene un físico imponente y un hablar meloso como de canario o suramericano. Me hizo mil preguntas, pero algunas de mis respuestas -sino todas- le parecieron poco coherentes. Me exploró de pies a cabeza. Sus manos no dejaron un centímetro de mi abdomen que no palparan, especialmente la zona del hígado y el bazo. Miró con lupa la cicatriz que dejó la primera operación. Comprobó la temperatura de ambas piernas. Pasó un año bisiesto oyendo los ruidos respiratorios y de mi corazón. Vamos, no dejó ningún detalle por alto. Después, se sentó -cosa rara en él- a los pies de la cama y me preguntó, otra vez, qué me pasaba. Mis respuestas siguieron sin convencerle. La historia de la pesadilla no coló. En vista de la hora y de que no sacaba nada en claro, con la amabilidad de siempre, se despidió no sin antes decirme que, si quería que hablásemos en privado, no tenía nada más que avisarle, sin importar la hora que fuese. A la enfermera le dijo que me dejara dormir.

No debí tardar mucho en dormirme, aunque no lo recuerdo. Es curioso, siempre que el Dr. Amezcua me visita me quedo muy relajado, muy tranquilo; creo que esta sensación y su manera de hablar fueron lo que me sugirió el mote de “místico”.

No sé muy bien en qué parte de mi vida me quedé anoche. No importa. No hay tantas cosas que recordar. Diecisiete años -casi dieciocho- no dan para mucho en la mayoría de los casos y en el mío en particular. Sé que hay chicos de mi edad que podrían contar más de una vida, pero no es mi caso. Mi vida no ha tenido demasiados sobresaltos, podría decirse que ha sido una vida plana. Que esto sea bueno o malo, no me importa demasiado, y mucho menos en mis circunstancias actuales. He sido feliz. He tenido unos buenos padres, un hermano cariñoso -aunque coñazo- pero… ¿por qué estoy hablando en pasado?

Esta noche no es tan fresca como la de ayer y me da la sensación de que hay menos luces y más silencio. Desde hace un rato tengo la sensación de que me están vigilando aunque sé que estoy sólo; si alguien hubiese subido a la terraza, lo hubiese visto: estoy sentado justo al lado de la puerta. Qué sensaciones más raras se tienen en la soledad de la noche: los pensamientos vuelan sin freno y la imaginación no tiene límites. No tengo miedo pero esa sensación de estar vigilado si que la tengo.

Hasta la mitad del primer trimestre, más o menos, las cosas fueron bien; los dolores que había tenido, desde mi regreso del Canadá, en la pierna, parecían haber cedido con el tratamiento que me puso un compañero de mi padre. Después aparecieron tan bruscamente como fuertes. Esta vez, Jaime aconsejó a mi padre que me viese un traumatólogo y él mismo se encargó de ponernos en contacto con el Jefe de traumatología del Hospital Virgen del Campillo. Es un centro dedicado a la investigación oncológica, especialmente en tumores óseos, y que, hoy por hoy, es un referente mundial.

Estuve una semana ingresado. Me hicieron todas las pruebas químicas, quirúrgicas, radiológicas y genéticas que la técnica actual ha puesto a disposición de la clase médica. La mala noticia fue que era un tumor maligno y, genéticamente, de los más agresivos. La buena noticia: que no había metástasis pulmonares, hepáticas y cerebrales. Y que, en el mejor de los casos, me podía ir despidiendo de mi pierna y todo lo que esa pérdida arrastraba. Se habló incluso de una desarticulación de la cadera. Un panorama magnífico para un chico que estrenaba sus diecisiete años.

En principio, no sin in montón de consultas entre distintos especialistas, se decidió por un tratamiento previo con quimio y radioterapia que se estaba ensayando en esos momentos y que, al parecer, no sólo reducía la masa tumoral sino que frenaba su crecimiento. Los resultados eran buenos en un 90% de los casos, pero no dejaba de ser un tratamiento en experimentación. Mis padres en principio no sabían qué decir. Yo lo acepté. No tenía nada que perder y sí mucho que ganar.

Los meses que siguieron fueron terribles. Los efectos de la quimio demoledores. Mis compañeros de clase –bueno, mis coincidentes escolares- poco a poco dejaron de venir a verme, especialmente los chicos. Sólo mi vecino Javier, Lucy y Oscar, un chico de lo más tímido y con el que apenas había cruzado unas cuantas palabras, han sido los que no han fallado ningún día. En el caso de Javier, es lógico: nos conocemos desde la guardería y vivimos puerta con puerta; en cuanto a Lucy , era –es- mi medio novia. Oscar ha sido una sorpresa y es una pena que haya descubierto su amistad en estas circunstancias. Tras su timidez y sus gafas, se esconde un magnifico conversador, inteligente y culto. El cine, de cualquier época, no tiene secretos para él.

Bip, bip, bip… las tres y media. Bien, querida ciudad, hasta mañana.

 


TERCERA NOCHE

Esta noche he subido más tarde. En la planta ha habido un incidente desagradable con uno de los pacientes y hasta que no se ha tranquilizado el ambiente no he podido escaparme. Las noches siguen siendo magnificas y las estrellas brillan como nunca. Tengo ganas de gritar. Mañana será un día pesado. A media mañana me harán una PET. Según me ha explicado el Dr. Amezcua, que hoy se ha quedado un rato a charlar conmigo, es una prueba que detecta los nidos más pequeños de células cancerosas que pueda tener alojadas en otros sitios. Es importante porque de eso va a depender, en gran medida, el tratamiento quirúrgico. Me dice que no es una prueba molesta, que es pesada y se pasa frío, pues la sala en que el aparato se encuentra debe de estar a una temperatura baja. Bueno, lo importante es que no se detecten mas células hijas de puta por otros sitios. Estoy tranquilo y no tengo miedo. Pero, ¡Tengo ganas de gritar! Sigo teniendo, igual que anoche, la sensación de estar vigilado.

Javier, mi mejor amigo, es un tarugo para las matemáticas pero es un lince en otras cosas, especialmente a la hora de buscar una buena excusa para justificar una falta de asistencia. No sé cómo se las arregla pero siempre está cuando lo necesitas. Se puede decir que juntos descubrimos el sexo. Estábamos estudiando en mi casa, como casi todas las tardes; mis padres no estaban; la asistenta nos avisó de que teníamos la merienda preparada y al momento sentimos cerrarse la puerta de la calle, señal de que se marchaba. Javier salió disparado hacia la ventana para comprobar que efectivamente se había ido y que, por tanto, estábamos solos. Nunca lo había visto tan nervioso. Acostumbrado a sus prontos, a sus salidas de tonos y a su poca afición por el estudio, estaba preparándome para alguna extravagancia de las suyas. Pero lo que menos me esperaba era aquello. Cuando estuvo seguro de que estábamos totalmente solos, sacó del fondo de su mochila una revista enroscadas y envuelta en un periódico. La desenroscó de su envoltorio y, con una mirada de triunfo llena de picardía, me gritó: ¡Mira! Ante mis asombrados ojos, una señora totalmente desnuda, con unas tetas enormes y cogiendo una verga descomunal a un mulato. ¡La primera vez que yo veía una revista porno! Al instante mi sexo estaba con una erección tan grande que me producía dolor. Javier se sacó el suyo y empezó a masturbarse, yo lo imité al instante. La sesión de estudio terminó, pero mereció la pena. Después hemos visto juntos muchas películas porno, cuando nos hemos quedado solos, en su casa o en la mía, aprovechando las salidas nocturnas de nuestros padres. Con nuestras novias, en aquella época del despertar, lo único que conseguíamos, amén de algún bofetón o una patada, era un tocamiento fugaz, de algún sitio más o menos prohibido, pero que a nosotros nos transportaba a un mundo mágico.

¡Joder! Estos recuerdos, por un momento, me han puesto cachondo… pero ha sido un espejismo. Mis brazos claveteados, el dorso de mi mano derecha con una bránula para la medicación, el brazo izquierdo con una flebitis del carajo… ¡Vamos, estoy yo para juegos eróticos!

Creo que ya va siendo hora de que regrese a mi habitación. Mañana me espera un día movido y quisiera estar lo más lúcido posible cuando comuniquen el resultados de la PET. Me han dicho que suelen dar un avance antes del resultado definitivo.

Sigo teniendo suerte, el pasillo está libre. Segunda puerta y a la cama. ¡Que raro, juraría que había dejado la ventana cerrada! Bueno, no importa. Entra un fresquito agradable. Mañana será otro día


CUARTA NOCHE

¡Cabrón!, ¡hijo de mil padres!, ¡¿estarás contento?! ¿No tenías otra cosa mejor que hacer que joderme la vida? Y dicen, tus acólitos, meapilas babosos a los que aguanto desde que tenía cinco años, que eres un padre bondadoso. ¡Una mierda! Eres el cabrón, hijo de puta más grande que ha parido madre, si es qué a ti te ha parido alguien. No te jodes con el bondadoso, con el “padre” cariñoso. ¡Una polla como una olla! Cuentos para engañar a niños, para llenarles la cabeza de historias rocambolescas y de temor a no sé cuantas cosas, para convertirlos en borregos con miradas lánguidas y arreboladas. Meneársela no sólo es bueno sino que además da placer. Tocarle el culo a las niñas es una delicia y echar un buen polvo un placer de dioses. Ese debe ser el motivo de que lo pinten tan terrible, tan guarro. Lo quieren sólo para ellos. Serán retorcidos los cabrones. Eres el padre de la represión, de la suciedad, de la hipocresía… vete a tomar por donde amargan los pepinos y a lo mejor descubres que te gusta.

Me has destrozado la vida, gratuita y alegremente. ¡Mamón! por qué no me has dejado en el grupo de los 90 o como estaba hace casi un año cuando empecé el tratamiento. Qué, no te gusta lo que estoy diciendo, pues… ¡te jodes! No estás en todas partes, pues ¡chupa del frasco, Carrasco, que vienen curvas! Sí, estoy gritando, ¡qué pasa! Me da la real gana y si pudiera gritar más fuerte, lo haría. Qué me puede pasar más, qué me oigan, que me lleven a mi habitación y me seden, vale, un chute no me vendría nada mal. Esta noche está Sonia y tiene un culo y unas tetas para ponerse uno tibio. Mira, nada más pensar en ella, se me pone como el cuello de un cantaor de flamenco.

Hijo de la gran puta ¿no tenías bastante con una metástasis en otro hueso? No, ya puestos, porque no mandar también células al cerebro, para dejarme tonto, al pulmón y al hígado. Estarás contento, ¡has hecho un buen trabajo! Y la cirugía, a tomar por culo,  si se atreven , y no lo creo, en todo caso, una paliativa, sin pierna y con metástasis. Cinco meses de vida lleno de dolores, envenenado por la quimio, y viendo como día a día voy perdiendo más cosas. ¡Maldito seas, mil veces maldito! No te voy a dar ese gusto, mira lo que tengo, un vial de insulina, y una jeringa, no tengo necesidad de pincharme, cargo la jeringa -la que he cogido es suficientemente grande para cargar todo el vial- la conecto a la llave, giro ésta, aspiro y después toda entera, coma profundo y te dejo sin el placer de ver cómo me muero poco a poco. ¿Qué no me atrevo?, mira, ¡cabrón!

En ese momento, en mi cabeza estallaron tres palabras, ¡NO LO HAGAS! Fueron con un latigazo, como si hubiesen puesto dentro de ellas todos los bafles de una discoteca a sonar al mismo tiempo. Pasado el primer sobresalto, sentí correr por todo mi cuerpo un sudor frío que empapó todo el pijama. Estaba seguro de que en la terraza no había nadie, no obstante la recorrí, palmo a palmo, y comprobé mi absoluta soledad. Sentí miedo, empecé a temblar, mi mirada se dirigió al cielo pero no para pedir perdón sino para reafirmarme en lo que había dicho. No fue una mirada de suplica, de arrepentimiento, fue una mirada de desafió, de rabia, de odio. Poco a poco me fui calmando. 

Sin darme cuenta me encontré en mi habitación, llevaba en ella escasos segundos cuando desde el fondo de la habitación sentí la voz del Dr. Amezcua:

- Israel, ¿quieres que hablemos?

- ¡Joder! qué susto me ha dado. No, no tengo humor para charlas, quiero estar sólo.  

Algo en mi interior me impulsó a decir:

- En todo caso, mañana.

- Bien, me voy, pero antes dame el vial de insulina.

- ¡Insulina! -no podía salir de mi asombro, cómo sabia que tenía la insulina- ¿qué insulina?

- La que tienes en el bolsillo del pijama -al mismo tiempo que extendía su mano.

Mi mano se deslizó dentro del bolsillo y antes de que pudiera darme cuenta estaba dejando el vial en la palma de su mano.

- Esto está mejor. Hasta mañana, que descanses.

No recuerdo cuanto tiempo estuve despierto, ni cuando me metí en la cama. A la mañana me desperté tan descansado que parecía que había estado durmiendo un siglo.

 


QUINTA NOCHE

Esta noche presentía que iba a ser especial. Estaba muy tranquilo. La ciudad me arrullaba como una madre a su bebe. El cielo estaba bordado con un manto de estrellas como nunca había visto. El ruido de pocos coches que a estas horas circulaban era apenas un susurro. Los edificios tenían aspecto de árboles de Navidad con las ventanas que se veían encendidas. Me sentía tranquilo y , por qué no decirlo, en paz.

Estaba tan profundamente concentrado en mis pensamientos que no me di cuenta cuando el Dr. Amezcua apareció sentado en mi lado.

- ¡Joder!, ¿tiene la costumbre de aparecer siempre sin hacer ruido o es que quiere matarme de un infarto?

- Tranquilo, Israel, tranquilo

- No se preocupe, estoy muy tranquilo. Últimamente, aparece como si naciera de la nada. ¿Es una costumbre o una habilidad?

- Ambas cosas. Pero no me hables de usted, mi nombre es David. ¿Quieres que hablemos esta noche?

- Sí esta noche, sí. Pero no de mi enfermedad, creo que ya sé todo lo que tenía que saber de ella y no vas decirme nada nuevo. ¿Me equivoco?

- No , no te equivocas. Elige tú el tema.

- ¿Qué sabes de la muerte?

- Hay muchas clases de muerte y distintas maneras de morir. ¿Cuál te interesa?

- Vamos, anda, no vaciles. No tengo humor para adivinanzas. La muerte sin más, la “corriente”. ¿Qué se siente? ¿Hay algo después?

- Israel, mírame y escucha

Los ojos de David se volvieron de un negro profundo y empezaron brillar con tal intensidad que parecían que se iban a incendiar. Su voz se hizo más profunda y empezó a adquirir un tono mucho más musical y dulzón. Mis parpados se volvían más pesados, tenía que hacer un verdadero esfuerzo para  mantenerlos abiertos…

- Yo soy la muerte o, por lo menos, una forma de ella. La muerte, tal y como tú la conoces, tú propia muerte, será muy dolorosa, para ti y tus seres queridos, salvo que algún médico, con tú permiso y el de tus padres, te sede, cuando  se hayan agotado todos los recursos disponibles. Pero, hasta ese momento, te  aseguro  que pasarás un calvario. En mi muerte , en la que yo te ofrezco, el “después”  será  eterno hasta que tu decidas terminar con él. Pero no es un “después” fácil. Será  un continuo ir y venir. Un continuo exilio. No podrás vivir en tu ciudad, ni volver con  tus seres queridos y amigos. Tendrás que aprender a verlos de lejos. Por muchos años que  pasen, siempre tendrás la misma edad que tienes ahora. Desaparecerá tu enfermedad  y volverás a ser como hace un año. Te ofrezco una eternidad… pero no será fácil  acostumbrarte a tu nueva vida. Te transformarás en un cazador para poder vivir…

- David, no me digas que eres…

- Sí, lo soy, y te ofrezco una muerte-vida como la mía.

- No tendré más el cáncer.

- Nunca tendrás otra enfermedad que la necesidad de cazar para alimentarte.

- ¿No podrá darme el sol nunca y tendré que beber siempre sangre humana?

- Se han dicho, y se dicen, muchas cosas de nosotros, la mayoría falsas, difundidas por  las películas americanas. Podrá darte el sol, aunque tendrás que pasar un periodo de  adaptación y , en cuanto a la sangre, no necesariamente tiene que ser humana.  Durante un tiempo, viviremos juntos, serás como mi hermano pequeño, hasta que tú  puedas valerte por ti mismo. Después podrás seguir conmigo o irte; la decisión será  tuya.

- Bien, David, a qué estamos esperando.

- Tienes que pedírmelo, si no lo haces, no puedo hacerlo y, además, tienes que saber  que después , hasta que te pueda recuperar, oirás todo lo que pasa a tu alrededor,  sentirás que te tocan, pero no podrás hacer nada. En ese estado estarás unas horas  desprotegido que te parecerán siglos.

- No tengo miedo, ¡hazlo! Quiero ser tu hermano pequeño.

David se giró un poco y, con una delicadeza como yo jamás había visto ni sentido, hizo que me recostara sobre su pecho. Noté como su corazón latía muy sutil y acompasadamente. Sus largos dedos de pianista buscaron en mi cuello el punto justo para perforarlo . Sentí en mi cabeza sus palabras,- no te resistas, déjate llevar y no sentirás nada-. Después, entré en un sueño profundo y placentero . Sentí como me alzaban y al segundo como me dejaban en mi cama. Luego un silencio total y como alguien, con una ternura inmensa, me daba un beso en la frente.

Años después, un amigo describió este momento en uno de sus poemas

  

  SENSACIONES

Sentir, tras mi beso, el temblor imperceptible de tu piel

cubierta por millones de perlas perfumadas.

Sentir como mi ser se funde con el tuyo,

como nuestros corazones se unen,

en un único latido, fuerte, poderoso y frío.

 

Como la vida, tan querida y tan distante,

poco a poco va pasando a mis venas

dejando en mi boca el sabor agridulce

de lo que fue creado para verse.

 

Sentir como poco a poco

voy renaciendo. Como mi piel

va obscureciéndose,

volviéndose cada vez más cálida,

tensa y más... humana.

 

Entonces, y solo entonces, justo antes

de que mis labios rebosantes de lujuria,

se separen de tu garganta, siento

como todo el calor del universo sale por mis poros

y durante un segundo, que nunca podrá ser eterno,

sueño con todos los amaneceres perdidos

y con aquellos que aún recuerdo.

   M.A. (1946)

Meria Albari

En Moxacar 20-26 de julio de 2010

Este artículo tiene © del autor.

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