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NOSTALGIA DE UN RECUERDO

HT. Hernández

España



El sol del Caribe caía sobre la tarde haciendo estragos en mi piel.
Después de haber pasado todo el día en la playa estaba sedienta. El sudor florecía en mí a través de mis poros y cualquiera, al verme, le parecería que me habían bañado con cubos de agua, mojando mis vestidos, que estaban empapados.
Iba de regreso a la casona que en sus tiempos había sido de mis abuelos y que hoy era casi de Toño, ya que mis tíos la habían heredado, pero nunca disfrutaban de ella.
Está situada en pleno campo, a unos 10 kilómetros del pueblo si se camina por el sendero que lleva a ella. Llega hasta mí el olor de la melaza y el ron del central de azúcar cercano y de los cañaverales que bordean el camino. Cuando avancé un poco más, el olor se fue mezclando con el de los cafetales, el aroma del aire me envolvía en un letargo que me hacía sentirme en otro lugar. Sólo caminaba y me dejaba llevar por la magia del atardecer y el aroma de los campos del Caribe que me hacían soñar y encontrarme con el pasado.
Deseaba llagar a la casa, sentarme en el suelo del portal, sentir el frío de la losas y la suave brisa de los naranjos que rodean la casa.
Estaba muy cansada y lo que más deseaba era un vaso de agua bien fresca del pozo. Llegué y me deje caer sin fuerzas, extendiendo mi cuerpo sobre el suelo y sintiendo alivio gracias a lo frío que estaba.
Me deje llevar por la brisa del atardecer y cerré los ojos recreándome en el pasado, cuando mi bisabuelo había fundado el central de azúcar y la casona era un incesante entrar y salir de gente, entre esclavos y señores,
con sus guayaberas de hilo blanco almidonadas y sus botas relucientes, con la fusta en la mano, después de haber atado los caballos a la baranda del portal. Y los campos llenos de esclavos, unos cortando caña, otros limpiándolas para llevarlas al central en carretas tiradas por bueyes. ¡Como me hubiera gustado vivir en aquella época! Aunque hoy, realmente, las cosas por aquí han cambiado muy poco. La única diferencia real es que hoy, realmente hay luz eléctrica y que el agua viene por las tuberías y no sacada
del pozo como antiguamente, aunque éste siga ahí, porque es el símbolo de una época, como la casona.
En ese momento una ráfaga de brisa despejó mi mente haciendo que un mechón del flequillo me hiciera cosquillas en la cara; era suave, dulzona, y traía con ella olores mezclados, como invitándome inconscientemente a soñar.
Y me dejé llevar, porque sólo allí, en Cuba podía sentir la magia de que la naturaleza nos habla con voz propia. En ningún otro lugar puede sentirse.
Las personas que no escuchan su susurro sólo saben decir que aquella tierra te embruja.
Yo aspiraba hondo, quería retener esos olores, esa caricia, para tenerlos siempre conmigo y no olvidarlos jamás. Solté el aire, abrí los ojos y pude contemplar el sol despidiéndose del atardecer allá por el horizonte,
dejando una estela de sangre, en el azul del cielo y manteniendo una lucha con el universo para no dejarnos, manifestando así su insatisfacción por tener que irse.
Cuando apenas quedaba una línea en el horizonte y la penumbra caía, mis ojos fueron cerrándose despacio y mi mente me llevó a mis ocho años, cuando, en las noches de los domingos cenábamos con mis abuelos y yo llevaba uno de
esos vestidos de muselina muy vaporosos con talle a la cintura, siempre rodeada por una cinta muy ancha de seda y que formaba un gran lazo a mi espalda.
Era una época feliz, en la que mi padre estaba conmigo y yo jugaba junto a mis primos corriendo tras las luciérnagas para atraparlas y encerrarlas en un frasco de cristal, en cuya tapa antes habíamos abierto unos agujeros. Sentía el olor del café recién hecho por mi abuela en el
puchero, un café que tanto gustaba a mi padre. Era como algo real que cobraba vida en mí.
Enfrascada en mis recuerdos pude sentir una presión en mi hombro derecho, y una voz en off que se hacía cada vez más perceptible y que me llamaba. Se hizo finalmente real y fruncí el rostro en una mueca de asco, por el fuerte olor a humo de cigarro puro que me llagaba. Tapé mi nariz y
dije a Toño que se apartara.
-Vale, vale, sé que eres tú. El olor de tu puro te delata.
Toño sonrió y contestó:
-No cambiarás nunca niña. Yo sonreí.
-Lo de niña me encanta- le contesté.
Él y todos allí siempre me verán como “la niña”. Para ellos el tiempo seguía en un pasado que no había cambiado.
Yo estaba en puertas de los cincuenta y eso me hacía recordar que Toño era uno de los pocos seres que aún me quedaban en este mundo y que me querían.
Se sentó en su vieja mecedora negra de caoba con rejillas de mimbre como si el tiempo no hubiera pasado, como cuando yo era una niña y me contaba cuentos o las habladurías del lugar. No salía nunca de la casona ni
de los alrededores, pero sabía todo lo que sucedía por muy lejos que pasaran las cosas. No había envejecido, aunque su pelo estaba muy blanco por las canas y, según dicen, es la única forma de saber la edad de un negro. El color de su piel es como la del café, que se pierde entre el negro y el
marrón. Su andar es cansino, arrastrando los pies y, al hacerlo, es como si arrastrara los años que su rostro no reflejaba. Sus ojos eran grandes y redondos, con una córnea muy blanca, sin rojeces ni venitas en ella y el color de su iris es como el de las avellanas.
Toda su vida había estado en aquellas tierras. Conocía como nadie cada rincón del lugar por pequeño que fuera. Se mecía despacio en la mecedora y mantenía la cabeza echada hacía atrás, como si el peso de todo su
cuerpo fuera el que lo moviera. Yo lo contemplaba y me convencí de que el tiempo si había pasado, que sólo quedábamos él y yo, que mi mundo ya no era aquel, porque ya ninguno de los míos estaba allí; solo me embargaba la
nostalgia del lugar.
-Toño, le dije en un susurro, ¿como era mi padre? Yo me parezco a él; es triste no haber conocido a la persona que más me ha querido en este mundo.
-Son cosas tristes, niña, déjalas como están. contestó con el mismo susurro, como si el anochecer nos pidiera silencio.
A lo lejos empezó a oírse el sonar de unos tambores y, al mirar de dónde venían, pudimos distinguir las llamas de una hoguera. Era la llamada del bembé, la sangre del folklore de Cuba que emerge en la oscuridad de los
campos y que suena caliente como su clima. Era la hora de despertar a los santos, de invocarlos, de pedirles que nos sostengan un día más, un mes, una eternidad, en aquella prisión rodeada de mar. Su ritmo se siente en la
sangre, en el cuerpo, como el rugir de las olas del Caribe embravecido, que nos aletarga y nos droga como el propio mar.
Toño me invitó a acercarnos y verlo; yo nunca había asistido a un bembé; siempre había escuchado las habladuría de los que están en contra de esos ritos y que ninguna Iglesia acepta. Pero son costumbres traídas por lo
esclavos de Haití cuando los españoles, como mi bisabuelo, los introdujeron en Cuba porque eran mano de obra barata y fuerte para resistir muchas horas de trabajo en los centrales de azúcar. Empezaron siendo fiestas de carnaval
y han terminado como ritos a sus ídolos y santos.
Cuando llegamos, el calor de las llamas era tan intenso que cortaba la respiración. Habría unas veintitantas personas y estaban celebrando el día de yemallá. Casi todos los presentes eran de raza negra y vestían de blanco, aunque las mujeres llevaban turbantes del mismo color cubriendo todo su pelo. La mayoría, sin distinción de sexo, tenían puros en las manos o en los
labios, bebían aguardiente puro y formaban un círculo en cuyo centro había un altar con la Virgen de Regla, a la que ellos llamaban Yemallá; más abajo un “legua”, que es la figura representativa de sus ritos, al cual le habían
puesto un puro encendido.
Alrededor de la Virgen y el legua había muchas flores y platos con diversas comidas típicas de la zona cuando pregunté porqué le ponían comida al legua, me contestaron que había que brindar con él porque era el que les
habría y cerraba los caminos, que el “legua” para ellos, era como San Antonio para los Españoles. El único Santo que podía comer.
Los tambores seguían sonando y, entre el calor del fuego y los olores que nos rodeaban, pude ver cómo un negro musculoso, con el torso desnudo y un puro en la boca comenzaba a moverse convulsivamente, pero con el ritmo de
la música en cada uno de sus miembros, mientras pronunciaba palabras incoherentes para mí, pero no para los nativos y seguidores de esos ritos.
Estaba invocando a los santos y, cuando hacía un buen rato que había comenzado su baile, se unieron a él unas mujeres y otros hombres, también vestidos de blanco, que danzaban igual que él.
La música era contagiosa y es verdad que se mete en la sangre; hacía vibrar con ella y eso fue lo que me pasó. Había visto muchas veces actuar el conjunto folklórico de Cuba en un teatro y el ritmo me hacía sentirme de tal
forma que casi no podía contenerme, aunque lo hacía. Pero allí estaba en su hábitat, en la naturaleza, en contacto directo con lo que fuera y yo deseaba exteriorizar todo el ritmo que había dentro de mí. Me quité los zapatos, me
recogí el pelo en una coleta y me dejé arrartar por el ritmo de los tambores, que sentía estaban en todo mi cuerpo, en mi sangre. Ellos dirigían mis pasos y mi baile; pude sentir en mi interior el calor caribeño brotando
desde dentro de mí a través de mis poros. Sentía alivio y bienestar, como si una gran energía se introdujera en mí cuerpo y me renovara. Bailé hasta que llegó el alba y callaron los tambores.
Fue entonces cuando me volví a encontrar con Toño, que me sonrió cuando nuestras miradas se cruzaron. Yo había perdido la noción del tiempo.
-Hola, lo saludé, como si hubiera estado años sin verlo. Creo que perdí el control, pero como se dice por aquí, que me quiten lo baílao. Al final, lo que viva hoy es lo que me llevaré a la tumba, le dije.
Llegamos a la casona, me despedí de Toño porque estaba muerta de sueño, así que me fui a dormir.
Al día siguiente me levante y llegó hasta mí el olor de la hierba mojada por el rocío de la noche. A través de la ventana pude contemplar el verde de las plantas y la riqueza del campo. Me hubiera gustado quedarme allí para siempre y olvidar que existe otro mundo, otra época, a la cual pertenezco y de la cual dependo. Aquella tranquilidad, aquella paz que nos trasmite la naturaleza, no tiene precio en el mundo. Si fuera millonaria, me olvidaría del consumismo y me quedaría allí con mi pasado, sin pensar en
que se necesita dinero hasta para adquirir el agua que se toma.
Llegó hasta mí el olor a café recién hecho. Fui a la cocina, donde aún hoy se sigue cocinando con carbón en el mismo fogón que tenían mis abuelos y que no era otra cosa que una mesa rectangular con tres huecos en el centro y
una placa debajo para que pueda echarse el carbón por cada uno de ellos así formas las brasas y cocinas. Toño estaba colando el café por el puchero, y tuve la sensación de estar con mi abuela en la cocina, me dio la taza y fui
a sentarme en el borde de la puerta que daba al patio como cuando era niña.
Allí estaba siempre con los míos, con mi mundo anterior que jamás me abandonaría y con la nostalgia de no haber permanecido el tiempo suficiente entre ellos y no haberlos conocido mejor. Me quedaban apenas unas horas
entre aquella gente y en compañía de Toño, al que quizá veía por última vez.
Y entonces ya no tendría a nadie, aparte de mi misma. Aunque, en realidad, eso es lo que siempre he tenido; a mi misma.

P.-S.

Este cuento está reconocido por la propiedad intelectual de España, y el Copyright de estados Unidos.
En breve saldrá a la calle en un libro de cuentos.

Este artículo tiene © del autor.

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