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Embriaguez de silencio

Carlos Cedril

España



Embriaguez de silencio

Me he puesto a recordar los días
de verano idos, tu entrar y salir,
poca y harta pálida por los cuartos.
César Vallejo. Trilce.

Silencio. Silencio y la noche que acompasaba el monótono ruido de las horas. Dónde quedaron. En la lejanía el sonido frágil de unos acordes destemplados. Silencio, es tanta la confusión a la que nos conduces. La radio está encendida, suena alguna antigua canción de los Yardbirds, o de los Beatles quizá. El reloj marcó las tres, pero la noche es tan pálida, cariño.

Mierda. Todo es Silencio.

Y tu rostro que guardo rendido entre fragmentos del naufragio. Los días que me abrazaste y tu voz que me susurraba, y yo que pensé escribirte en esta noche. Y el miedo que se derramaba en cada una de las sílabas que pronuncié. Me levanté temprano, dormí poco en la noche. He de reconocer que estas palabras se habían revestido de métrica en mi mente, que lo que fue en un principio poesía ahora ves que no son más que renglones, el lagrimal de palabras de un sauce tronchado, versos que no escribiré.

Silencio.

Y el silencio, dónde estaba; quizá lo guardaste para esta noche. Lo encerraste para siempre, y dejaste que allí se consumiera, como la canción de los Yardbirds, o de los Beatles quizá, qué importa. My Girl Sloopy, quién narices la tocaba. El tono de voz del cantante disminuye. Antes oía el estribillo, alguna que otra palabra. Quién lo oye ahora. Hay ciertas cosas que mi mente sabrá desterrar, supongo que el título de esta canción, supongo que las vanas fabulaciones, las frases de oropel, la úlcera de los que nunca supieron cantarte, las cajas vacías de sentimiento, los muñecos de barro y de gesto estúpido e inexpresivo que se acercaban a tu cuerpo. Tu cuerpo. Otras no. Tu risa, cuando sabías que te amaba, y me la dedicabas, los versos que se desvanecían y se disimulaban en el aire, y el miedo que se ahogaba en el espacio. Y el silencio, dónde estaba.

Silencio.

Entonces allí te sentabas y reías cada vez que me veías llegar. En esta noche me propuse escribirte un poema, o un cuento, o tu descripción, para ya no tener que hablar más de melancolía. Tus palabras. Recuerdo tanto tus palabras y tan difícil me es reconocer tu voz en esta noche. Silencio. Silencio. Quise enamorarte- palabra tan recurrente y tan expresiva-: y bien, aquí me encuentro, sentado, oyendo la radio a las tantas, sin que encuentre nada que resulte de interés, más que pretender recordar la cuja de los novios difuntos; el locutor que ríe a carcajadas, diluyendo sus bromas, estúpidas, pedantes, entre canciones de los sesenta. Nadie las reirá. Yo tampoco. Calló Lennon, o Clapton abandonó su guitarra quizá, qué más da. Ahora es el turno de Dylan. Nadie lo estará escuchando. Sólo yo. Y tú, que aquí me acompañas, pero tan lejos, cariño. Dónde estabas entonces, dónde estás ahora. Y tu voz que la oigo melodiosa y lejana, como si estuviera encerrada en un filtro de vinilo.

Silencio.

O no es tu voz. Dime si entonces era. No, es Dylan, que desea que le abran las puertas del Cielo. Knocking on the Heaven’s door. Cantas como si fueras el único que tiene algo por lo que quejarse. Ponte a la cola, querido Bob. Silencio, supongo que ese será su nombre. Temí perderte. Fui un ingenuo. Perderte, cómo, si no fuiste más que un recuerdo, y una intención, como este poema, o este cuento, o esta descripción, que ya ves que no es tal. Pasado, futuro, pero nunca presente, eso fuiste y serás. Y eso es lo que me niego a conservar de ti. Silencio. No habrá silencio. No. Ya no serás más silencio.

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