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EXPUESTOS Y ESPERANDO

Daniel Adrián Madeiro

Argentina



La pena no nace de vernos privados de aquellas
cosas buenas que no hemos probado sino de encontrarnos
despojados de algo a lo que estábamos acostumbrados.

Discurso fúnebre de Pericles - Tucídides

La cita, extractada de Historia de la Guerra del Peloponeso, refiere al discurso del célebre político ateniense con motivo de las exequias a los jóvenes guerreros muertos.

Imaginemos la escena. El pueblo de Atenas frente a los cuerpos inertes de sus soldados; de sus hijos, esposos, padres o hermanos muertos.

El dolor lo inunda todo y, en un enunciado breve y duro, Pericles explica la razón de la profunda pena: nos han despojado de los seres nuestros, conocidos, que gustábamos de amar todo el tiempo.

La causa del dolor ante nuestros muertos es esa ruptura definitiva de la recíproca correspondencia que mantiene a dos almas compartiendo un universo único e irrepetible.

La separación que toda muerte decreta deja vacíos todos los espacios materiales y afectivos que el muerto ocupaba.

No se trata sólo de la silla vacía o la almohada en desuso.

Es la ausencia del espacio en su mejilla para besarla; de la superficie de sus manos para acariciarnos; de la inmensidad de sus ojos sobre nosotros; del cálido y sensible terreno de su piel.

Y si es dura la vida para los que pierden lo amado por razones naturales... ¿Dónde cabe todo el terrible dolor de aquellos a los que unas manos asesinas les arrebatan vidas amadas?.

En la localidad de Avellaneda, en la Provincia de Buenos Aires, fue muerta, violada y arrojada a un pozo ciego, una niña de trece años. Su nombre, Mónica Vega.

Se habla poco de ella y de sus padres a causa de otro monstruoso descubrimiento posterior al de su cadáver.

En las cercanías del pozo ciego donde se la encontró a ella, también se localizó el cuerpo sin vida de una niña de nueve años.

Esta segunda niña se había tornado tristemente conocida por su desaparición el domingo 19 de octubre de 2003, cuando en Argentina se celebraba el día de la madre.

Yésica Mariela Martínez Quiroga, había salido a comprar el regalo para su mamá... y nunca volvió.

Durante meses se la buscó sin éxito.

Cuando se halló el cadáver violado de la niña de trece años, en la casa a la cual también solía concurrir la niña perdida para jugar con un bebé, todos los informados de esto por los medios de comunicación, tuvimos el mismo macabro presentimiento: ella también iba a estar allí.

En la vivienda donde se encontraron los cuerpitos de ambas víctimas fatales, vivía alguien a quien llamaré “un sujeto” para evitar, en su caso, el uso del término “ser humano”.

Un violador, de nombre Héctor “el Nene” Sánchez, que había salido recientemente de la cárcel, sin cumplir su condena total, por buen comportamiento.

Yo no soy abogado, no poseo título alguno, ni soy muy afecto a leer periódicos o ver noticieros en los que nos abundan con datos sobre: leyes, códigos, jurisprudencia, etc. Por eso, en mi ignorancia, me permito suponer que entre las diversas buenas conductas presentadas por este “sujeto”, es seguro que, además, se evaluó especialmente el hecho que no haya violado a nadie mientras estaba preso. Si así fuera, no parece haber resultado un elemento suficiente para evitar su reincidencia.

Antes de seguir, y vinculado a este tema de mi ignorancia en lo que atañe al derecho o se ajusta a él, a mi desconocimiento de la terminología jurídica, pretendo dejar claro que: cualquier palabra que utilice en mi exposición sólo tiene el valor que estrictamente le adjudica el diccionario, aquel que por regla general es el conocido y aceptado por cualquier persona, más allá de su profesión.

Este “sujeto”, Héctor Sánchez, había ido preso por violación hacía aproximadamente unos siete u ocho años atrás.

Al llegar a su domicilio las autoridades que efectuarían el allanamiento y revisión del lugar de los hechos, al que se llamó “la casa del horror”, el criminal se había fugado.

Para alivio de los que deseamos un mundo mejor para todos, fue apresado con celeridad.

Confesó haber matado y violado a Mónica Vega, la niña de trece años y estrangulado a Yésica Mariela Martínez Quiroga, la pequeña de nueve.

Poco después fue llevado a la cárcel donde quedará hasta su procesamiento.

Los noticieros informaron que, a poco de estar allí, se unió a un grupo religioso para orar.

¿Querrá DIOS escuchar a un violador y asesino?.

Todos los creyentes en el Antiguo y Nuevo Testamento, la mayoría de la comunidad cristiana de la República Argentina, saben que desde el principio hasta el fin se condena a los violadores y asesinos. Puede leerse: "Pero si alguien aborrece a su prójimo y le acecha; si se levanta contra él y lo hiere de muerte, y él muere... Tu ojo no le tendrá lástima; quitarás de Israel la culpa de sangre inocente, y te irá bien” (Deuteronomio 19: 11-13); también: “Si tu ojo derecho te es ocasión de caer, sácalo y échalo de ti. Porque es mejor para ti que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea echado al infierno” (Mateo 5:29); o finalmente: “Para los cobardes e incrédulos, para los abominables y homicidas,... su herencia será el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda" (Apocalipsis 21:8).

Algunos de los que me conocen o me han leído, saben que creo en DIOS pero que no profeso ningún dogma. Sepan también que, no obstante, comparto plenamente la sentencia de los párrafos bíblicos precedentes, en particular el primero de ellos.

Las distintas acepciones de la palabra “violar”, vinculadas al tema que nos ocupa son: Infringir o quebrantar una ley o precepto; Tener acceso carnal con una mujer por fuerza, o hallándose privada de sentido; Por ext., cometer abusos deshonestos o tener acceso carnal con una persona en contra de su voluntad; Profanar un lugar sagrado o prohibido; Ajar o deslucir una cosa.

Podemos percibir, con el mismo asco que nos impone un olor nauseabundo, como los violadores son, efectivamente: quebrantadores de la ley; abusadores de mujeres y niños; profanadores de nuestros bienes más sagrados: la vida y el cuerpo que la irradia; sujetos que empañan nuestra felicidad futura.

Yo pienso que estas conclusiones son evidentes.

De todos modos, resultará útil visualizar la veracidad de estas afirmaciones sobre casos concretos.

Para ellos tomemos el crimen citado más arriba: violación y asesinato, con dos víctimas pequeñas, u otro que trata sobre un portero que en una habitación (creo que a oscuras) sometía a la práctica de sexo oral a una niña de siete u ocho años. Hay una larga y triste lista de casos que podría utilizar.

¿Cometieron estos “sujetos” violación, conforme la clarísima definición que establece el diccionario?. Sí.

Ambos infringieron la ley haciendo caso omiso de lo que establece la legislación vigente; desatendieron el precepto moral que la misma comunidad estableció por el cual, más allá de lo legislado, y según el juicio general, algo es reprobable o no.

Tuvieron acceso carnal con una persona menor del sexo femenino por fuerza, aprovechándose de su falta de sentido.

Cometieron abuso deshonesto contra la voluntad de esas niñas.

Profanaron su cuerpo, un lugar sagrado, ejecutando en él actos reprobados por la sociedad y la justicia en su conjunto.

Ajaron, deslucieron, opacaron, quizá para siempre, en el caso de los que no fueron asesinados, la felicidad de sus vidas, su estabilidad sicológica.

Un violador, aun cuando no mate a su víctima, es un asesino. Mata el derecho a disponer del propio cuerpo conforme la propia voluntad; mata la inocencia de las personas a las que somete; mata su futuro produciéndoles una crisis en su desarrollo psicológico que puede llevar muchos años reparar si es que alguna vez se alcanza ese objetivo; mata el amor hacia el propio cuerpo que se sentirá mancillado toda la vida; mata la seguridad personal ahora transformada en miedo a que vuelva a suceder; mata el futuro con un presente de dolor que deberá llevar a cuestas todo el resto de su vida; mata la felicidad y la cotidianidad de las relaciones de familia o amistad que nunca más serán las mismas.

No es extraño entonces que, con lamentable frecuencia, violación y asesinato sean dos actos simultáneos.

Son innumerables los casos que se pueden recordar en este país y en otros.

Busqué en Internet y tuve la desgracia de encontrarme con una lista larguísima. Citaré algunos casos; pueden ampliar datos ingresando a la URL http://ispm.org.ar/violencia/imágenes/hechos/historias-personales.html. Sepan disculpar que falten fechas o que estén desordenados cronológicamente:

· Natalia Melmann, joven de 15 años, violada y asesinada, en la ciudad balnearia de Miramar.

· Explotación sexual de niñas y adolescentes por una red de proxenetas en la ciudad chaqueña Roque Sáenz Peña, descubierta a raíz de la denuncia en un programa televisivo.

· Nena de 9 años, llamada Gabriela, violada y asesinada en Córdoba.

· Violación y asesinato de Irina Montoya de 25 años y su amiga María Dolores Sánchez de 19, dos mochileras, en una ruta cerca de Bahía Blanca.

· Jimena Hernández, 11 años, violada y asesinada en 1988. Se encontró su cuerpo en el natatorio de un colegio religioso de la Capital Federal al que concurría.

· María Soledad Morales, muerta en septiembre de 1990; estudiante a la que llevaron a una fiesta sexual donde fue violada por entre dos a cuatro personas, y se le suministró una dosis letal de cocaína que le provocó la muerte.

· Nair Mostafá, niña de nueve años violada y asesinada en diciembre de 1989 en Tres Arroyos.

· Chica de 14 años, violada y descuartizada por su cuñado en La Tablada.

· Fabiana Gandiaga, de 36 años, madre de un niño de 6. Fue encontrada semidesnuda y tapada con bolsas en el sótano de la sede central de Club GEBA, de Capital Federal, donde había llevado a su hijo a un torneo de taekwondo. La habían violado y estrangulado.

Después de todo esto debemos volver a la primera pregunta expuesta en este escrito: “Si es dura la vida para los que pierden lo amado por razones naturales... ¿Dónde cabe todo el terrible dolor de aquellos a los que unas manos asesinas les arrebatan vidas amadas?”.

Lamentablemente, no hay respuesta; pero si se pueden sumar preguntas. Por ejemplo: ¿Cuál sería la justa compensación para las víctimas de violación?; ¿Cuál para las de violación y muerte?; ¿Qué garantías se ofrecen a los ciudadanos que viven en la vecindad de un violador que ha salido de la cárcel?; ¿Viven tranquilos el rico o el pobre sabiendo que hay un violador en su cuadra?; ¿Hay en el mundo algún juez dispuesto a firmar un certificado de garantía de no-reincidencia tras disponer la liberación de un violador?.

Sin duda, y con datos estadísticos a su favor, ningún juez o tribunal en su sano juicio diría: “Yo me hago responsable por los actos de este violador que cumplió su pena y pagaré con mi vida si una vida se arruinara o perdiera por culpa de su reincidencia en el mismo delito”. Nadie razonable lo afirmaría y, menos aun, pondría su propia vida en juego ante tal situación.

Pero, en este país y en otros, los violadores son liberados tras cumplir con el período de reclusión fijado.
Y esto sucede aun cuando, según he escuchado, es alto el porcentaje de reincidencia en los “violadores”. Se trata, sin duda, de “sujetos” que representan un peligro latente, una amenaza potencial, de la que ya fuimos advertidos por un acto criminal previo.

Con suma satisfacción, vemos que hay países en los que se les quita “para siempre” la licencia a conductores peligrosos, en resguardo de la vida de terceros.

¿Por qué no se asegura a la sociedad que “para siempre” un violador no tenga más oportunidad de reincidir en su delito, recluyéndolo de manera perpetua?; ¿Por qué no actuar igual con un asesino?. ¿Serán acaso más peligrosos para la sociedad cierto tipo de conductores que los violadores o los asesinos?. ¿Se justificará indicando que un conductor puede matar varias personas de una vez mientras que un violador algo menos?. ¿Y el criminal entonces?.

Si no existe en el mundo entero una sola persona que pueda asegurar que el violador no volverá a violar, que el asesino no volverá a matar, ¿Por qué dejarlos en libertad?; ¿Es esa una forma de protección eficiente para los ciudadanos que no violan ni matan?.

Dije que evitaría el uso del término “ser humano” para referirme a un violador. No es un capricho. Es porque “humano” está vinculado a lo bueno del hombre, por ello en una de sus acepciones el diccionario lo define como “la persona que se compadece de la desgracia de su prójimo”. Por eso “humanizar” es sinónimo de hacer más benigno algo.

Humano y violador o asesino son polos opuestos.

Un violador o un violador asesino, disfruta del dolor que causa; el terrible sufrimiento psicológico y físico al que somete a su víctima es motivo de gozo para él.

Nada hay más lejos de lo humano.

Y, en mi humilde opinión, nada hay más necesario que tomar cartas en este asunto para asegurar la protección de la sociedad “sana” que es víctima de estos males irreparables.

De otro modo podrán aplicarse con total facilidad algunas palabras de Emilio Zolá, en su obra “Yo Acuso”: “Dejad también que los malvados ocupen los altos cargos mientras a vosotros, los justos, os empujan hacia el arroyo. Dicen también que, cuando todos hayamos muerto, las estatuas serán para nosotros. Por mí, de acuerdo; pero espero que la revancha de la Historia sea más seria que las delicias del paraíso”.

Necesitamos impedir nuevas muertes, darle un sentido al sufrimiento de: Mónica Vega, Yésica Mariela Martínez Quiroga, Natalia Melmann, niñas y adolescentes de Chaco, Gabriela de la Provincia de Córdoba, Irina Montoya, Dolores Sánchez, Jimena Hernández, María Soledad Morales, Nair Mostafá, la chica de La Tablada, Fabiana Gandiaga, y miles de víctimas, algunas fatales, otras no, muchas menores, la mayoría del sexo femenino, muchas aun no denunciadas por miedo o por vergüenza.

Niñas y mujeres, niños y hombres merecemos protección.

Este es un problema no sólo en la sociedad Argentina sino en el mundo.

Hace pocos días, una noticia brindada por la CNN -estoy suscripto a su servicio de e mail- con fecha 1 de marzo de 2004, elaborada con información de la agencia Associated Press, proveniente de Arlon, Bélgica, comentaba el inicio del juicio a Marc Dutroux. Se trata de un hombre de 47 años acusado de secuestro, abuso y asesinato de niñas y jóvenes en la década de 1990. En el caso hubo seis víctimas; cuatro murieron, dos fueron rescatadas.

En una carta enviada a un canal de televisión, este sujeto dijo formar parte de una organización criminal nacional de pederastia. Con su arresto se llegó a sospechar en redes de abuso sexual de menores dentro de las más altas esferas.

Hay tantas malas cosas con posibilidad de ser ciertas que el miedo nos agobia.

Hace bastante tiempo atrás, al tomar conocimiento de algún caso de violación y recordar de cuantos otros, durante mis cuarenta y seis años, tuve la desgracia de enterarme, se me ocurrió elaborar un par de poemas.

Ambos nacieron en distinto tiempo, el primero de ellos habla sobre el peligro que significa la pobreza, el segundo apunta específicamente a la violación.

Son los siguientes:

EXPUESTOS Y ESPERANDO

Esa niña tendrá

alrededor de once años.

Su rostro todavía es puro,

su cuerpo se ve delgado.

La miro desde el autobús,

su pelo es castaño y lacio;

viste campera de nylon

y un jean azul despintado.

Vaga errante por la acera

y a aquel que pasa a su lado

le pide alguna moneda.

La niña está mendigando.

Si, esa niña tendrá

alrededor de once años.

Su rostro todavía es puro,

su cuerpo parece intacto.

¿Cuánto le queda al pimpollo

de su rosa, aun cerrado,

para que a humillarlo vengan

perversas y sucias manos?;

¿Cuánto tiempo pasará

pobre y sin perder su encanto?;

¿Cuánto tardará en venderle

a un chacal su cuerpo santo?.

¿Perderá el mundo a una niña

inocente de once años

porque hay pobreza, señores,

y nadie se está ocupando?.

Veo muchas niñas y niños

por las calles suplicando

por míseras moneditas

o por un magro bocado.

Sucede esto en mi país

y en el tuyo, en muchos lados.

Esto que pasa en la Tierra

no debiera estar pasando.

Si me estás oyendo, piensa:

es momento de hacer algo,

que hay niñas y niños pobres

sedientos de nuestros brazos.

ELLA SALIÓ A LA CALLE...

Ella salió a la calle

para lucir sus formas;

una escotada blusa

arrullaba sus pechos;

la falda vaporosa

flotaba en sus caderas;

eran sus tiernos labios

la invitación al beso;

sus manos la promesa

de una casta caricia;

su mirada una fuente

para la sed del alma;

y cuando caminaba

llegaban hasta el cielo

los suspiros de aquellos

que su encanto anhelaban.

Sin piedad la tomaron

para violar su templo,

hombres llenos de estiércol

en lugar de cerebro;

mal dije hombres:

basura, inmundicia,

excremento.

Y no volvió esa hembra

a disfrutar su cuerpo,

pues se sintió manchada

por el mal que le hicieron;

mas recuerda, no es cierto,

los corruptos son ellos,

que no hay macho que deba

así calmar su celo;

que aun viéndola desnuda

nadie tendría derecho.

Dale amor a la víctima

y al violador desprecio,

reclama un castigo justo,

que pague por lo que ha hecho.

Pericles explicaba al pueblo ateniense la razón de la profunda pena que nacía ante la vista de los soldados muertos en combate: nos han despojado de los seres nuestros, conocidos, que gustábamos de amar todo el tiempo.

Vuelvo a preguntar: Si es dura la vida para los que pierden lo amado por razones naturales... ¿Dónde cabe todo el terrible dolor de aquellos a los que unas manos asesinas les arrebatan vidas amadas?.

Que espacio mejor para abrazar con todo el amor posible a las víctimas, que un país y un mundo, a favor de lo humano, protegiendo lo humano; ocupado, sí, en arbitrar los medios que logren transformar también en humanos a los violadores y asesinos; pero una sociedad que, de ninguna manera, deje en la calle a los criminales que ponen en riesgo nuestras vidas, nuestra felicidad, nuestras familias, nuestro futuro.

Recuerdo que en la mayoría de los discursos emitidos en la celebración religiosa conjunta que se efectuó con motivo del atentado a las Torres Gemelas, del 11 de septiembre de 2001, hubo una visión compartida por todos: con relación a los actos criminales, “la muerte de un solo hombre, es igual que la muerte de todos los hombres”.

Nuestra vocación, nuestras energías, nuestra permanente insistencia, debe apuntar a la consecución de una sociedad mejor: segura, feliz, sin víctimas.

Dice Emilio Zolá, también en su obra Yo Acuso: “Y cuando hayan entendido esto, señores, comprenderán que solo existe una solución posible: decir la verdad, impartir justicia.
Todo aquello que retrase la llegada de la luz, todo lo que añada tinieblas a las tinieblas, no hará sino prolongar la crisis. La misión de los buenos ciudadanos, de los que sienten el imperativo de acabar de una vez, consiste en exigir la plena luz. Empezamos a ser muchos los que así lo creemos”.

Quiera DIOS que esto suceda pronto y no nos veamos obligados a exclamar: “...me hubiera gustado ver un poco de justicia en este mundo”.

Daniel Adrián Madeiro

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Todos los derechos reservados para el autor.

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Este artículo tiene © del autor.

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