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La ponencia del diálogo

Carlos Cedril

España



La ponencia del diálogo

No hay palabras. Sólo un dolor inmenso que desgarra mi alma y un espantoso sentimiento de impotencia. Lucía Cristóbal. Carta a El País. 12 de marzo de 2004.

Desde el once de marzo, en Madrid hay algo que se ha vuelto relativo e insignificante, e incluso anticuado. Los madrileños hemos cobrado repentinamente un profundo escepticismo hacia todo aquello que entraña un fin, como si ya no creyéramos en la causalidad y todo cuanto hiciéramos fuese producto de un afán desinteresado por proseguir, sin más. Algunas cosas han quedado vacías, como el lenguaje. Ayer, en una estación del sur de la capital, me detuve a contemplar una pequeña nota que pendía sobre un charco de cera. Estaba pegada con celofán, cerca de uno de los mucho cirios que con luz roja y parpadeante alumbraban la rinconada de la puerta. Unas cuantas letras diminutas vagaban sobre un folio prácticamente en blanco, como si temieran ser vistas o leídas por alguien; como si las hubieran depositado allí con el único fin de que se disolvieran entre el silencio y el humo que desprenden las velas, y que nadie reparase en su existencia: “En papel blanco os escribo porque mi corazón está negro de dolor y en blanco está mi mente, y en duelo”. Tras el once de marzo nuestra indignación ha logrado sobrepasar, sinceramente, cualquier ademán expresivo. Para el resto de los heridos por la infamia, los que no tomamos aquellos trenes, los que han dejado de ser y los que creemos que hemos dejado de ser un poco, la vía de la expresión, de la sensatez, de la humildad, de la madurez, se ha convertido en una utopía. A nosotros nos toca vivir, caminar, sin saber muy bien cuáles son los confines del camino; continuar con la vida, como sea, y con las palabras, aunque se acobarden y no nos revelen más que algo superficial o monótono. Quizá la expresión racional se haya velado, o haya emprendido la huída, o tal vez se haya marchitado entre el amasijo de hierros que persiste en nuestra mente.

No sé qué opinarán ustedes, pero al escribir sobre las ilusiones que cercenó la estupidez -cómo odio emplear este término- asumo que el lenguaje no es algo tan preciso, que bien podría un gesto anodino decir mucho más que todas estas palabras que suscribo y que podrían tratarse de las de cualquier otro. La palabra se arrincona y se esconde de la irracionalidad, de la crueldad, de la iniquidad de unos fanáticos que no merecen siquiera que les hagamos el honor de mencionarlos.

Quizá no todos nuestros instrumentos vitales presenten una perfección tal como pretendemos, e incluso las bases del conocimiento humano se dislocan cuando uno intenta obtener algo de ellas. El lenguaje es un símbolo de la convivencia, de la apuesta por lo que mantiene nuestra identidad como individuos de un conjunto, al igual que su unidad interpretativa, la palabra, uno de nuestros grandes enseres que nos acerca a los demás y que también subraya nuestra libertad. Estamos conformados por nuestras experiencias comunicativas, por aquello que de nosotros logramos expresar; en eso consiste nuestro mundo, en liberar nuestras reflexiones. Pero el lenguaje es frágil, y escapa cuando más se lo necesita. Ahora, después del once de marzo, una frase roma y desprovista de mayor significación que el dicho popular ha adquirido repentinamente cabida en nuestro discurso: “no hay palabras”. Tras la muerte, el lenguaje se petrifica. En los periódicos las grandes fotografías apenas dejan espacio a las crónicas; en las calles, en las concentraciones, las lágrimas y el duelo retienen las expresiones de desaliento. Hablar más de la barbarie, de los que murieron en Madrid y en una vía de tren apearon sus ilusiones, de los que unos minutos antes habían presionado el botón de las puertas metálicas del cercanías sin otra pretensión que acudir a su trabajo, se convierte en la mención vaga de una imagen. Vestimos un sentimiento de carácter lógico, aprisionamos el dolor en un tarro y lo etiquetamos junto a otros tantos.

“Hay que ir rebuscando, a las palabras, en las ruinas del lenguaje. Están espantadas, perseguidas por los molares rechinantes de horror y de terror”. Qué razón tiene Manuel Rivas, porque cuando esos asesinos atentaron en Madrid el edificio de la imaginación se derrumbó, se agrietó hasta debilitarse y perder el equilibrio: ruinas, delante de nuestros ojos, en las familias y vidas destruidas, y en el diccionario. Vestigios sobre los que recomponer nuestros poemas, nuestros cuentos, nuestros artículos... y nuestras esperanzas. Lo propiamente nuestro, aquello que nos caracteriza independientemente de si hablamos castellano o cualquier otro idioma, cualquier otro modo de expresión de lo mismo nuestro. Parece inquietante que algunos personajes de gran relevancia en la vida pública española se hayan esforzado en la insidiosa tarea de apropiarse del dolor. Como si la muerte tuviera un fin objetivo que no fuese causar más muerte. El dolor -como las palabras- nos pertenece a todos los que no estamos imbuidos de fanatismo y de ideas vacuas, y tal vez con la misma o similar intensidad. No es necesario portarlo como estandarte y pasearlo dándose golpes de pecho, ni siquiera colectivizarlo en grupos restringidos. Eso lo hace quien, por algún u otro motivo, desea sacar partido de él y culpa a su detractor de carecer de sufrimiento o incluso de servir de apoyo a los terroristas. De ser, en parte, compañeros de los asesinos y obtener provecho de sus crímenes. La patria no va a restañar las heridas de nadie, ni con sus emblemas, ni con su simbología, ni con sus colores.“No hay patria que se refleje en un charco de sangre. La patria no sirve, sólo importan los hombres, las mujeres y los niños” comentaba Ray Loriga pocos días después del dolor. Las palabras alumbran la esperanza, la patria sólo nos anestesia.

La vida no persigue más que vida. Y esto lo digo porque lo encomiable no es el acopio de sufrimiento -si podemos considerarlo real-, sino la respuesta. La ausencia de palabras origina toda disputa: la riña estúpida, con las piernas enterradas y sin capacidad para alejarse - que ya retrató Goya en el siglo XIX- de “a ver quien de los dos cae primero”, sin atender a razones ni a arrepentimientos.

A los que nos quedamos aquí nos toca también tener que contestar a la provocación de los que han sellado sus bocas y la imagen latente de los que cayeron: responder ante el horror, vencer la ceguera provocada por la impotencia y confiar en la vida que se impone después de que se sequen las lágrimas. En aquel jueves se entreabrió la puerta de la lucha encarnizada -como tantas otras veces- para todos los españoles que demandamos un consenso cívico, esa espiral de la muerte que seduce a la muerte, y la sangre que se sacia de sangre. Somos nosotros los que tenemos que decidir si convertirnos en un eslabón de este salvajismo o, por el contrario, continuar con nuestra perseverancia democrática. Por ello, prefiero interpretar los tímidos gritos en defensa de la pena de muerte -que pudieron oírse en Madrid durante la manifestación del día doce y en las largas colas de donantes de sangre aunque, afortunadamente, fueron escasos- como una reacción lógica ante la masacre, un sentimiento del que todos fuimos partícipes. El odio que repentinamente nos paralizó las cuerdas vocales. Debemos comprender que si acudimos a la guerra tácita probablemente nos convirtamos en un fantoche de los terroristas. Habrán alcanzado su objetivo primigenio: asustarnos, golpearnos para exigir una respuesta que vaticine su segundo golpe.

El catorce de marzo los votantes españoles supimos responder con una participación ciudadana ejemplar. Aquella fue la gran elección que tomamos: responder a los asesinos, a nuestro dolor, a nuestra apatía, a nuestro hartazgo con la irreverencia de los imbéciles que anteponen su locura al derecho a la vida. Y lo hicimos con nuestra verdadera y legítima defensa. La palabra.

CC

Este artículo tiene © del autor.

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