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Urus Karma

Elias Troche

Paraguay



La habitación conservaba ese modernismo casi magnético que invadió a Barcelona a principios de siglo pasado, tanto que parecía haberse desprendido de la propia Casa Batlló. En el interior, tendido en el mueble finamente contorneado, el paciente perdió la vista en el prolongado paseo de los Jardines de Aranjuez, cuya replica estampaba una de las paredes, mientras el hipnotista prosiguió envolviéndolo con frases preparadas que lo fueron encapsulando en un tibio halo de somnolencia.
-Ahora distiéndase, relájese, suéltese, como si el algodón que conforma el mueble se diluyese lentamente y quede Ud. flotando en un nebuloso éter. Relaje sus tobillos, lentamente. Ahora sus pantorrillas... rodillas... glúteos... vientre... estómago... espalda... pecho... hombros... brazos... antebrazos... manos... cuello... nuca ... rostro... cráneo...
Esperó unos segundos solo para confirmar que el paciente se encontraba a su merced. Una vez más había roto el frágil código del subconsciente humano.
-Se encuentra profundamente dormido... Imagínese que se sitúa viendo un film en el cual Ud. es el protagonista. La trama es sencilla, son fragmentos de la monotonía de su vida impregnados en la filigrana que conforma su mente. Pero estas escenas retroceden en el tiempo y se irán desplazando cada vez un poco más rápidas. Se ve a Ud. mismo a los 20 años... ahora a los 10 años... ahora a los 5 años... a los 4... a los 3... a 1 año de vida... Ahora ve una luz potente al final de un prolongado túnel... su visión se transporta hacia la luz... Es inundado por ese haz luminoso pero su visión lo traspasa y se vuelve clara... cada vez más clara... más clara. Ahora dígame, que ve?
Tardó en contestar, vacilando, siempre con los ojos cerrados pero con los párpados más apretados, con muecas en el rostro y meneando la cabeza de lado a lado.
-No... no puedo ver nada... es una oscuridad tenebrosa. Quiero salir de aquí.
-Tranquilícese... Tranquilícese...
El miedo ya se reflejaba en el cuerpo del individuo y se proyectaba a cada uno de sus átomos, estremeciéndolo. Pero aún así intentaba serenarse.
-Se ha abierto una puerta a unos metros en mi frente, detrás de ella se oye mucho bullicio. Siento mucha confusión...
-Solo mantenga la calma, cruce esa puerta y dígame que ve?
-Estoy cruzando la puerta. Lo hice velozmente, estoy afuera, hay mucha luz. Aún no puedo comprender en donde me encuentro, hay mucho barullo, parece gente gritando alocadamente, pero no puedo ver a nadie, solo luz... desconcierto...
Inesperadamente el cuerpo del paciente acusó una fuerte sacudida, como una daga que le perforó la espalda, dañando también los músculos y ligamentos del cuello. Ya gimiendo de dolor, aterrorizado, se sintió en medio de una terrible ejecución, recibiendo más punzadas que una tras otra le lesionaban distintas partes del cuerpo. La última le destrozó la clavícula, obligándolo a voltearse agazapado a un lado del sofá, y perdiendo el control de sus alicaídos brazos que sucumbieron en el piso.
-Despierte!... Despierte ya!...
No contestaba. Yacía sin fuerzas, desplomado e inundado por una tibia corriente acuosa que cuanto más recorría su cuerpo más lo debilitaba. De pronto sintió un sablazo mucho más potente, fulminante, que se incrustó en sus vértebras y lo hizo saltar de dolor, lanzando un agudo y último gemido de muerte ante los ya aterrados ojos del hipnotizador.
-Despierte ya!... Le ordeno que despierte ya!...
El sonido de los clarines lo despertó. Antes, se había perdido en el vocerío de la gente aclamando el inicio del pomposo festival, y como en un estado alfa inducido, había regresado al escenario en el consultorio del hipnotizador, a quien visitó unos días atrás, y cuyo slogan comercial en los medios le había motivado una extraña curiosidad que lo había invadido, que lo carcomía por dentro, que le preguntaba con ardor impetuoso: Quién fuiste en tu vida anterior?
La comitiva ingresaba, imponente, encabezada por el alguacil montado en un sobrio equino y ante la algarabía de la muchedumbre ya excitada. Se inicia el paseillo, con la presencia de los matadores tomando cada uno su posición, acompañados de sus subalternos y más atrás los puntilleros, picadores, monosabios y los mulillas.
El tiembla, acalorado, sudoroso, cada grito ensordecedor del gentío es una fina aguja en prolongada acupuntura pero con un efecto a la inversa.
Se abre el primer tercio y resuenan nuevamente los clarines cuya sonoridad lo recorre hasta la punta de sus extremidades en un acústico escalofrío. El nombre del primer toro es anunciado con su peso y su historia, abriéndose la puerta de toriles. El urus ingresa velozmente, desconcertado, solo busca una salida, algo que le recuerde el camino a su apacible morada. Uno de los subalternos se prepara para lacearlo y el ya trastornado espectador explota. Se estira hasta tomarse del tobillo y toma el arma escondida, se levanta, extiende los brazos que no son más que una prolongación firme del instrumento mortal, y dispara hacia la arena a mansalva.
El griterío del público es mayor pero con una variación en el tono, ahora de espanto. El perturbado hombre había invertido el festín de sangre, porque días atrás había visto el fin de su vida anterior en esta misma arena y tal vez bajo el filo de esas mismas dagas, cuando era un toro.
La publicación antitaurina al día siguiente reza: El efecto de la violencia: violencia.

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