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EL CANTO DE LA SIRENA

por Marié Rojas Tamayo

Marie Rojas Tamayo

CUBA



Había jurado que la hallaría, a pesar de los descreídos, de los científicos, de los materialistas, de los cazadores de brujas trasnochados, de los niños que ya no escuchaban cuentos, de aquellos que ya no creían en los sueños, a pesar de los que lo llamaron loco, de los que se habían reído en su cara cuando les contó del proyecto...

Iba a encontrar esa sirena, la atraparía y traería como prueba de que no mentía, como tampoco mintieron aquellos marinos de antaño que juraban haber caído bajo el embrujo de sus cantos.

La seguridad que dominaba todos y cada uno de sus pasos le venía de un sueño que se le repetía noche a noche; la sirena, su sirena, cual novia impaciente, le llamaba desde algún sitio que aún no alcanzaba a definir. Su canción lo llenaba de una nostalgia indescriptible, trayéndole recuerdos, imágenes borrosas plenas de voluptuosidad, sensaciones placenteras proveniente tal vez de una existencia anterior, llevándolo a estar dispuesto a romper todas sus ataduras con la sociedad, la cordura y hasta su propio pasado con tal de ir a su encuentro.

Estaba tan seguro de encontrarla que no le importó sumar sus ahorros de años como oficinista en una compañía de seguros, vender su casa y su auto para comprarse una pequeña embarcación, que equipó con todo lo imprescindible para tornarla su nuevo hogar, de donde no saldría sino a reponer las provisiones, hasta que no tocara definitivamente la costa, portándola en la pecera gigante que ya tenía preparada.

Recorrió de orilla a orilla, como un poseso, los mares de la tierra. Tanto soñó con ella que aprendió a dibujarla con mano maestra, él que nunca pasó de torpes bocetos escolares... Casi podía tocarla en sueños, momentos en que se le tornaba casi tangible a través de la intensidad de su canto; su imagen se le volvió obsesión al punto de que ya la soñaba despierto, olvidando el transcurso de las horas y los días. Aprendió a amarla físicamente a pesar de las diferencias morfológicas, antes aún de haberla tocado. Se regodeaba en la visualización del primer encuentro, de la posesión de un tesoro tan único como irrepetible...

Si bien en un principio pensó en donarla a un acuarium, o a un instituto científico, incluso a veces, recordando todo lo invertido, en venderla al mejor postor; ahora la quería sólo para él. La mostraría, claro, orgulloso de poseerla, habría un horario de exhibición que le reportaría jugosas ganancias, pero el resto del tiempo sería sólo para su deleite...

Absorto en sus cavilaciones, capaz de escuchar ya la melodía en plena vigilia, extravió su rumbo. Comprendiendo que estaba perdido en el mar, se abandonó a la deriva; al terminarse sus provisiones vivió de agua y de sueños, porque ni pescar sabía; cuando comenzó a agotarse el preciado líquido, se recostó en la cubierta, entregado por entero a su delirio, deseando sólo morir con la imagen de su amada en las pupilas.

Lo despertó de su marasmo una suave melodía, venida esta vez de afuera y no del interior de su cabeza recalentada; al principio una nota apenas, a la que se sumó otra, y otra, en arpegio que iba tomando consistencia, tornándose canto, salido de tan extraordinaria garganta, que no podía venir de otra criatura que no fuera la que tanto había añorado. Se desperezó, sin saber aún si era presa de la locura, o estaba alucinando por la falta de nutrientes; pero no: tan real como su propio cuerpo mal alimentado, como su barca, como la roca en que estaba sentada, le tendía los brazos su sirena.

...........

Una pecera a su medida, con todo lo necesario, enclavada bien lejos de la costa, para que ni soñara con escapar, horarios cortos de visita para reponer los gastos, alimentarse y alimentar a su presa - los más molestos eran los grupos escolares, con sus preguntas, intentando echarle objetos raros para ver como reaccionaba -, el resto del tiempo era para entregarse al placer de contemplar lo nunca antes visto, de poseer lo exclusivo, de estudiar su comportamiento, de conocer su tesoro cada vez más profundamente; sabiendo que nunca más ninguno de los dos volvería a ver aquella roca...

Quién le hubiera dicho que su amada sirena era una exploradora, la única de su especie que se había arriesgado a subir a la superficie para probar que los hombres, esos seres que durante siglos habían tentado a sus antepasadas, eran algo más que leyendas. Cómo imaginar que sus sueños, aquellas visiones, la melodía que lo impulsó a romper con su cómoda vida de oficinista, eran implantados por el poder especial dotado a aquellos seres marinos de dominar la mente de criaturas inferiores.

Al menos se contentaba con la idea que esgrimía cuando su encierro comenzaba a agobiarlo: de tantos que, por leyes de la probabilidad, escucharon el canto, había sido el único en seguirlo, pese a los materialistas, los científicos, los descreídos, los niños que ya no leen a Andersen, los cazadores de brujas, los que lo llamaron loco, los amigos que se rieron en su cara... Como dirían en tierra, había sido él "quien mordió el anzuelo".

La sirena anotaba algo en una especie de cuaderno mientras lo observaba con atención. Cuidadosamente, él exhaló su aliento en el cristal y dibujó un corazoncito con el índice.

Este artículo tiene © del autor.

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