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Carta a un amigo

Breve apología de la esperanza

Carlos Cedril

España



Querido Jorge:

Amigo, no deseo agasajarte con bellas palabras ni con sentimientos que trazados desde mis dedos resultarían con toda seguridad forzados. Sólo busco deleitarme en los momentos que constituyeron nuestra amistad efímera, que para serte sincero me resulta algo esquiva al recuerdo. Estoy seguro de que te sorprenderá recibir estas palabras, no ya por estar escritas, sino por su procedencia. Siento no haber encontrado remite ni dirección, ni siquiera un nombre que pudiesen hacerla más predecible, más convencional. Soy Luisma, aunque con otra voz y otra firma. Desde aquí te escribo, desde el hervidero de las palpitaciones, viviendo en la medida en que los sueños lo permiten y soñando en el terreno en que la vida lo deja a su albedrío. El tiempo no me ha hecho mejorar, ni siquiera con los años que aún resultan ligeros; aunque mi vida ha cambiado tanto. Hoy, por un motivo que te diré, me acordé de ti. Desde que moriste no he podido escribirte nada. Desde que aquel cáncer se te llevó he callado sobre ti. Y qué hay más cruel, dime, que negar la voz a un amigo, como tú fuiste, amigo mío, aunque sé que nunca te di muestras de ello, pues no mentiría si dijese que apenas nos conocimos lo suficiente.

En mi recuerdo quedaron grabados nuestros últimos encuentros, que calculo que no debieron de sobrepasar el minuto. Tú entonces bajabas la avenida. Salías de la escuela de idiomas y yo me dirigía a algún lugar. Cuando te cruzabas por mi lado siempre me despediste con una sonrisa. Radiante en los días más remotos, los más lejanos al desenlace. Y los días más próximos, los finales, eran casi esbozos, ecos de la esperanza: sonrisas forzadas y exhaustas, ahogadas por algún motivo que yo desconocía. Pero me sonreías. Y yo te lo agradezco, mientras te escribo esta carta, porque esa sonrisa tuya es la que ahora guía estas líneas, hacia la ilusión y los buenos propósitos.
Cierro los ojos, amigo, quizá haciendo un esfuerzo, inútil, lo reconozco, por recordar los pocos momentos que compartimos y que entonces me parecieron satisfactorios. Cerré los ojos, quizá para rememorar, o quizá para inquirirle a la vida sobre su estúpida liviandad, su negligente anhelo por arrogarse de nuestra presencia. No quiero hablar más de la muerte. Para qué. Y ahora que tú te has cubierto en una sábana de musgo y yo, que sé que soy de tus conocidos el menos capacitado para hablar del desahucio, me esfuerzo en escribirte sobre la esperanza.
Hace ya mucho tiempo de tu partida. Suficientes lluvias han arrasado este campo de discordia. Yo recuerdo que me comprometí a no referirme a ti después de que te fuiste. Pensé que no merecía la pena despertar el pasado. Y cuando más lejos creí encontrarme de la nostalgia, acudió a mi memoria tu sonrisa. Esa sonrisa sigue presente, amigo. Esa brizna de luz que tú portabas siempre contigo. Y que sería un embustero si dijera que ya no luce. Hoy contemplé su brillo. Mitigado, a decir verdad, pero aún viviente. Recuerdo cuando lloraste - y no te avergüences, amigo, todos hemos llorado, aunque sólo para probar el sabor de las lágrimas; los que lo nieguen que no hablen, o que no sigan leyendo, ni a ti ni a mí nos interesan- porque creíste perder una oportunidad, esa de las tantas que se extravían en el paso de nuestros días y que nos obcecamos en juzgarlas definitivas, pero que tú no supiste aceptar. Ayer yo también la perdí. La oportunidad y la capacidad de preservarla. Aún sé que otras oportunidades vendrán y me serán arrebatadas de las manos. Tal vez sean otras las que prosperen y otras más remotas las que se afanen en construir mi futuro, mi vida.

Ten por seguro que aquí, en Fuenlabrada, dejaste muchas cosas. Entre ellas nosotros, tus amigos, que te acompañamos en el día de tu partida. Debes de sentirte satisfecho, porque pocas pertenencias se pueden abandonar en esta ciudad de ladrillos cada día más grises, y de aceras y avenidas que no llevan a ningún sitio. De jardines diminutos que se arrinconan en los nichos de penumbra. Estas calles que son un ensayo insatisfactorio de la libertad. Aquí todos nos hacemos llamar libres, pero dudo que realmente alguien se haya sentido así alguna vez. La libertad de los que se levantan cada día a las seis de la mañana, toman un café ardiendo, salen del portal y divisan la luz plomiza de las farolas alumbrando una mañana más el rellano de su puerta, artificialmente. La libertad cansada, aburrida, de los que amarran su vida a una máquina industrial y allí se convierten en parte del engranaje del olvido. La libertad de los que paradójicamente se creen libres. La libertad que era tuya, y la mía, la que sin pretenderlo nos apresa en este mundo de grilletes de horas y compromisos, y que aunque nos parezca irrisoria la amamos y la conservamos. La vida, amigo, la libertad que aquí abandonaste. A nosotros, en cambio, no podrás perdernos de vista -y no sé si para bien o para mal-, por muy lejos que vayas. Todos compartimos el silencio aquel viernes de diciembre, durante los responsos en la parroquia de San José. Yo conocía a una escasa parte de aquellos que se sentaron a mi lado y que, como yo, buscaban distraer su mirada entre las baldosas del suelo. Diego estuvo durante toda la ceremonia junto a mí. Después, cuando terminó, me encontré con algunos compañeros más. Algunos aguardaron fuera de la iglesia, como Rebeca. Lloró mucho el día en que te fuiste. Dijo que no entendía cómo podías haber muerto, que ya no volvería a más verte. Traté de consolarla, aunque yo tampoco lo comprendía. Diego y yo caminamos aturdidos una hora después y acabamos en un parque riendo y lamentando casi al mismo tiempo las bromas que le hiciste. Él contaba y yo como siempre escuchaba. Al final de nuestro paseo, supimos recuperar nuestras esperanzas entre el polvo enyesado del parque de la Solidaridad. No tengo idea de si Diego conservará algo de aquella noche. Yo sí, ésta es la prueba. Esta carta que espero que recibas algún día, o alguna noche, si es que allá donde te encuentras existen soles o sombras.

Jorge, me doy cuenta de que las oportunidades sólo son límites en el tiempo. Las victorias, la vida misma, no tendrían cabida si no existiese su reflejo simétrico en el minutero, la pérdida y la muerte. Pero tú no estás muerto. Y eso debes ya de saberlo. El abismo de la muerte no siempre acompaña al que se marcha. Y yo te siento aquí, tan cerca, como si esta tarde, cuando volví a atravesar la avenida, tú la hubieras cruzado para saludarme y elogiarme con tu sonrisa. Quizá estuviste, y por ello, si ayer perdí la oportunidad de la que te estoy hablando, otra ha nacido y me ha permitido recordarte, para vencer los pesares estúpidos del fracaso, que aquí dejo tendidos, entre estas líneas de agradecimiento. Y otras que llegarán. Gracias Jorge.

De tu amigo, que te aprecia y que desea mostrarte su admiración, a pesar de no haber tenido ocasión de hacerlo en vida.

Atentamente, Carlos Cedril

Fuenlabrada. Mayo 2004

A la memoria de Jorge Alfonsín. Para que tu recuerdo nos acompañe y la vida no nos traicione borrándonos de la mente todo lo que nos enseñaste sin pretenderlo. Hasta luego, amigo.

Texto publicado en: www.asca.tk

Este artículo tiene © del autor.

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