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CONFESIÓN

Marie Rojas Tamayo

Cuba



Para Ileana Alonso y la princesa Lucy

 

 Desde el borde de la taza inconclusa observa la expresión en los ojos de Lucy. Diez años de convivencia, que comenzaron en el momento en que la trajo al mundo, han sido suficientes para adivinar cuando se avecinan las grandes tormentas... Ésta es una de esas ocasiones.

- ¿No vas a terminar el desayuno? - un sorbito pausado y sin ganas corrobora su preocupación - ¿Pasa algo?

- Tengo un gran problema, pero no tengo a quién contárselo... - responde la niña revolviendo la leche lentamente con el índice, la vista clavada en las espirales de nata.

- Todo problema tiene una solución, comienza por tener confianza en mí, vamos, cuéntame qué te pasa - dice, tratando de ocultar su preocupación.

- Es algo terrible, no sé realmente si quieres oírlo, o si estás preparada para oírlo, o si me vas a querer igual después de oírlo, o si me mires de otra manera...

- ¡Basta, Lucy! - la interrumpe, cada vez más inquieta - Por favor, eres mi hija, pase lo que pase nada puede cambiar esto. Eso significa que te quiero no importa lo que hagas, ni lo que puedas hacer, ni los errores que puedas cometer...

- ¿Por terribles que sean?

Suspira y reza a no sabe quién antes de responder, sintiendo que la quiere más que nunca, atribulada como la ve desde su imperfección, que desea rescatarla de su inseguridad, pero que tal vez no alcance siquiera a tomar su mano con la suficiente ternura para insuflarle el valor que necesita.

- Por terribles que sean tus errores, eres mi princesa Lucila, dime qué te ha sucedido, porque no tengo el poder para adivinarlo.

- Déjame voltear la espalda - acompaña la frase con el gesto, sentándose a horcajadas en la silla, con el rostro mirando a la pared - es que... que yo... Sé que nunca voy a ser la misma para ti, pero... No sé dividir.

- ¿Qué? - atina sólo a responder la madre, tratando de ocultar la sonrisa de alivio, sintiendo que hubiera dado la vida por ella.

- Que tu princesa Lucila no sabe dividir - dice girando lentamente y mirándola a los ojos por primera vez en toda la mañana -, cuando la maestra me pone una cuenta de división, tengo que escribir las tablas de multiplicación al lado y desandar el camino, porque no sé hacerlo de otro modo - cuatro lágrimas se funden en un abrazo - ¡Y eso es tan vergonzoso para alguien que está en quinto grado!

 

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