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TÉ VERDE

Marie Rojas Tamayo

Cuba



Para Alelí Jordán y Emilse Zorzut,
Que tanto amor han dedicado a otros.

La enfermera entró con la bandeja, portadora de dos humeantes tazas de té verde. Desde su buró, eternamente desordenado, la miró la directora del asilo para ancianos. Una sonrisa iluminó su rostro, gastado de exceso de preocupaciones y años vividos.

- La taza salvadora de las diez de la mañana, ¿no es así, Gardenia? - dijo mientras se quitaba las gafas y se frotaba los ojos - ¿Cómo andan mis hijos hoy?

- Tus hijos... hasta yo, que vine recién graduada y ya soy abuela lo soy de cierto modo - dijo la enfermera mientras colocaba cuidadosamente las tazas, una frente a la directora, otra en la silla donde solían sentarse los ancianos, o los escasos visitantes que éstos tenían -. Dime, ¿cuántos años hace que estamos aquí, tomando té verde a la misma hora?

- Tantos que es mejor no recordarlo - aspiró el aroma antes de comenzar a sorber lentamente -. Aunque me viene a la memoria tu cara del primer día, cuando te dije que seríamos nosotras y el personal de servicio porque había un recorte de presupuesto. Pero salimos adelante y aquí estamos...

- Alelí - Gardenia miró con gesto mecánico el dibujo de las hojas en el fondo de la taza -, ¿nunca sentiste el hecho de no haber formado una familia?

La directora la miró profundamente, como si pesara las palabras antes de pronunciarlas.

- A veces, pero no hubiera podido dedicarles el tiempo que se merecían, sólo temo a la muerte por lo que pueda ser de esta institución. Estas paredes son mi hogar, el jardín lo hemos cultivado mis pacientes y yo, ellos son los que ocupan todo mi espacio, como las rosas de Diego ocupan el cantero de la izquierda. Piensa que somos la única familia que por lo general tienen estos seres. A algunos, como a Cándida, a Chema y a Flora, los vienen a ver los hijos esporádicamente, pero a otros, como el propio Diego, o a Dora, a quien encontramos tan abandonada que casi muere... Si no llega a ser por aquella llamada de los vecinos...

- Todavía la recuerdo - dijo Gardenia -, fue hace casi diez años. Estaba en el suelo, desmayada, en estado deplorable. La pobre, nos costó una semana hacer que pronunciarla las primeras palabras, recuerdo que fue para pedirnos sus libros.

- Todas las ediciones conocidas de El mago de Oz, conservadas en perfecto estado; sólo con venderlas hubiera tenido dinero suficiente para una vejez tranquila, pero estaba demasiado apegada a ellos. No hemos logrado que regrese de sus fantasías, a pesar de los años. Dicen los vecinos que desde que la hija se fue comenzó con aquello de que tenía que regresar, que el Espantapájaros la necesitaba, que había que aceitar al hombre de hojalata, que su misión aquí ya estaba terminada... Por cierto, ¿tomó bien sus calmantes?

- Ajá - volvió a mirar la enfermera el fondo de la taza, esta vez con más atención -, hoy estaba en uno de sus días dóciles, sabes que a veces le da por decir que las píldoras son idea de Mombi y del rey Gnomo para empañarle el cerebro. El que me dio problemas fue Chemita, se empeñó en que ya se las había dado, le tuve que decir que eran unas vitaminas nuevas; ya sabes.

- Bien, final del descanso - devolvió las gafas a su lugar, los iris adquirieron un tamaño inusual, dándole cierto aspecto de búho -. Reúnemelos a todos en la biblioteca para la terapia grupal... Pero mujer, ¿qué tanto miras en las hojas de té? ¿No me vas a decir ahora que te has vuelto la Bruja del Norte?

Gardenia sonrió.

- No sé si te conté que mi madre era hija de gitanos y me enseñó a leer los pozos de café y las hojas de té, siempre miro el fondo de la taza, pero lo hago tan rápido que no te das cuenta. Es que hoy... - pestañeó y volvió a inclinar la taza - No sé cómo decírtelo, pero hay un mensaje diferente...

- Vamos, mujer - se inclinó sonriente la directora -. Anda, qué dicen esas hojas, que me tienes impaciente.

- Dicen: "El día de hoy valdrá por toda una vida". Hablan de cambios, viajes, saltos o vuelos... es ahí donde me confundo. Me hubiera hecho falta mi madre - se incorporó y recogió las tazas -. Hora de volver a la realidad, voy a llamar al grupo.

 Alelí quedó sola en la oficina, recogiendo los expedientes. Hacía rato que no necesitaba llevarlos en las manos, siempre estaban con ella de otro modo más interno y vital, como la savia que le daba ánimos para seguir a pesar del cansancio. Casi todos sus internos tenían algún trastorno, fruto a veces de la edad, otras de la soledad afectiva; les daba todo lo que podía, pero a veces sentía que las fuerzas le flaqueaban. Por suerte tenía el apoyo de su incondicional Gardenia, de la conserje, del cocinero, interno voluntario que había sido chef de alta cocina y se esmeraba en hacer maravillas con lo poco que contaban; estaba Diego, que a pesar de sus ochenta años conservaba una claridad mental y una energía envidiable y se ocupaba de ayudar en el jardín, siempre activo, como una hormiguita...

Miró su reloj, preocupada, Gardenia se estaba demorando más de lo habitual en avisarle. Iría a ver si había algún problema, aunque la terapia grupal era uno de los momentos más animados del día, sumados a la música que salía de las manos de Flora cuando se sentaba al piano, a las lecturas de poemas de Chemita en las tardes de tertulia, o a los domingos que dedicaban a la jardinería. "Ya estoy más apta para interna que para doctora, mira como disfruto de estos momentos", pensó sonriendo.

La irrupción de la enfermera, en cuyo rostro se reflejaba una extraña alarma, le hizo incorporarse con presteza.

- Dora no está - fue todo lo que dijo, sus labios estaban pálidos y le faltaba aliento, señal de que ya había iniciado la búsqueda.

- ¿Han buscado por todas partes? - fue lo único que atinó a decir mientras se dirigía a la puerta.

- Por eso me demoré tanto - fue la respuesta -, hemos peinado el lugar: la biblioteca, la salita de música, el comedor, la lavandería, los cuartos, los baños, hemos salido hasta el jardín a pesar de que la mañana está bien fría y...

- Habla, mujer, por favor - dijo apretando el pomo aún sin girar -, me tienes demasiado asustada.

- En el jardín estaba Diego, muy nervioso - apenas articuló Gardenia -, creo que debería escucharle.

Alelí abrió la puerta, para encontrar a un anciano que sostenía en la mano una rosa amarilla. Su alteración era palpable.

- Se... fue... se fue... - balbuceó el viejo jardinero.

- ¿Quién se fue Diego? ¿A dónde? - él negaba la cabeza con insistencia, ella recordó su condición de psicóloga y se llamó a la calma antes de proseguir -. Tranquilo amigo, todo está bien, trata de explicarte... ¿Se escapó Dora? ¿Tú la viste?

Tras un hondo suspiro, el viejo habló:

- Yo había salido a mirar mis rosas y la vi, me tomó la tijera de las manos, cortó ésta y me dijo que era para usted, luego caminó unos pasos, hacia allá - señaló con el dedo el punto por donde el sol se levantaba -, sólo entonces me di cuenta de que no estaba usando el bastón. Llevaba puestos aquellos zapatos deportivos que le trajeron a Chema ayer sus hijos y que él echó en la basura. Cuando fui a recogerlos ya no estaban, después de todo eran unos buenos zapatos, se notaba que habían sido comprados en una tienda de artículos usados, porque aún llevaban pegado el sello, pero tenían una buena suela, a mí me hubieran venido bien...

- Diego, por favor, regresemos a Dora.

El anciano las miró con dulzura y continuó.

- Un momento después, se volteó y me dijo una última frase. Luego ya no estaba, se había ido, se desvaneció en la nada...

- ¿Qué frase, Diego, por amor de Dios? - preguntó Alelí, cada vez más inquieta.

- Dijo que la disculparan por no despedirse, pero que llevaba diez años de atraso. Que al fin había encontrado sus zapatillas rojas.

 

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