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Dios y Sociedad

César Rubio Aracil

ESPAÑA



PASOS PREVIOS

Con el fin de hallar una definición que se ajuste en lo posible a la normal creencia en Dios, habremos de aceptar la que nos ofrece el DRAE, ya que lo que en este estudio introductorio perseguimos, es crear las bases para una posterior profundización en el fenómeno social denominado Dios. No pretendemos, por tanto, contradecir la generalizada creencia antropomórfica sino todo lo contrario: ajustarnos a la idea dominante. Podremos creer o no en Dios, o creer de cierta manera, pero lo que no se puede negar es que Dios, a través de las distintas culturas y credos se acomoda a la ya referida Definición: Nombre sagrado del Supremo Ser, Criador del universo, que lo conserva y rige por su providencia.
DIOS COMO NECESIDAD SOCIAL
Fue Nietzsche -si no estamos en un error- quien dijo más o menos, que no fue Dios quien creó al hombre sino a la inversa, es decir, el hombre ha sido quien ha creado a Dios. Esta idea se ajusta bastante bien a la necesidad, generalizada en la sociedad, de no sentirse el hombre desamparado, y también para poder de algún modo justificar el grandioso problema generado por causa de los indescifrables enigmas de la Creación. De este modo, el hombre se siente más seguro al considerarse subordinado al Ente universal omnisciente, omnipresente y omnipotente. Siendo así que Dios todo lo puede, todo lo sabe y está presente en todas las cosas, animadas o inanimadas, los topes psicológicos humanos se adecuan de tal modo que, lo que sin Dios sería insoportablemente trágico, con Él cobra otra dimensión en la conciencia. Se seguirá sufriendo, pero en miles de millones de almas quedará el regustillo del prometido Paraíso, la duda del si será o no será del Cielo y el Infierno, el milagro, la esperanza, el Padre amoroso, el consuelo. Como tanto se dice y comenta: Si Dios no existiera habría que inventarlo. Y con independencia de que Dios sea una realidad, es lo cierto que el hombre necesita, por lo general, creer en Él.

PRINCIPALES IDEAS DE DIOS

Exploraremos en la medida de nuestras posibilidades el problema de Dios desde tres ángulos principales: el humano, el religioso y el filosófico. Brevemente por ser este trabajo un esquema de estudio, diremos que, por lo menos en Occidente el hombre ha creído en Dios de la forma reseñada en el apartado anterior (Dios como necesidad social). Sin embargo, conviene aclarar que esta clase de creencia parte en Occidente de la idea monoteísta más aceptada del cristianismo, pues aunque con anterioridad al paganismo griego ya hubo alguna ruptura politeísta, nosotros, para nuestro trabajo nos valdremos de la implantación en el mundo occidental de la concepción sincrética del cristianismo. Y decimos sincrética, porque toda religión de algún modo contiene creencias de otras religiones, que camufla como propias. Si ahondáramos lo suficiente en la ideología cristiana podríamos percatarnos de la cantidad de detalles provenientes de religiones paganas, como la egipcia, de ritos orientales diversos que se siguen en las liturgias católica o evangelista, por ejemplo. En cuanto a la concepción teológica de Dios, si bien no desentona en lo fundamental de la creencia popular o exotérica, sí que en tales estudios sagrados se debaten cuestiones de profunda naturaleza divina que no llegan al vulgo pese a su difusión. Aspectos tales como la Trinidad llevan hasta la búsqueda de convergencias científicas con que avalar los diferentes credos. Los teólogos persiguen la prueba que justifique su verdad, en la mente vulgar tal prueba existe como evidencia y no precisa de mayores dolores de cabeza. Dios existe para el hombre poco ilustrado porque ¿Quién sino Dios puede crear tanta incomprensible maravilla? Entre teólogos y creyentes vulgares existe cierta analogía como anteriormente hemos expresado y consideró Pascal al invocar al Dios de Abraham de Isaac y de Jacob, no de los filósofos y los sabios. En cuanto a los filósofos, éstos buscan la verdad de un modo más aséptico. Los hay que se enfrentan a la idea de si la omnipotencia divina anula la libertad humana. Otros, como por ejemplo Leibniz dentro de la filosofía moderna concibe a Dios como Mónada suprema, como el Padre -y también Monarca- que gobierna el mundo de los espíritus. El ya citado Nietzsche va por otro camino; se trata de un existencialista. Pero así y todo -ahí están los casos de Pascal y de Kant-, hay filósofos que se han decantado por el aspecto religioso. Sea como fuere, es el caso que el hombre vulgar y medio, el de la calle, el creyente, en definitiva la masa, cree en Dios como protector y creador, siendo esto lo fundamental.

EXPLOTACIÓN DEL HOMBRE POR LA IDEA

Si nos fijamos bien veremos que existe una cierta similitud entre la economía de mercado ofreciendo el producto en función de la demanda, y la idea religiosa como exigencia de un artículo de calidad y adecuado precio. El hombre necesita de Dios, pero como Éste no es más que una abstracción, se precisará entonces del sacerdocio para ritualizar la creencia. Y el sacerdote, a la vez integrado en la organización, se convertirá en la articulada pieza del Poder que lo controlará. De ahí que las diferentes confesiones se alíen con los gobiernos; de ahí que la Gran Banca proteja a todas las religiones de masas; de ahí la competencia y el ejército de gurús, santones y otras morrallas compitiendo con los grandes por la salvación de las almas. De ahí el emporio de algunas sectas multimillonarias. Pero el hombre común tendrá que pagar un alto precio por los servicios prestados. Precio que estará fijado en la merma de sus recursos económicos por medio de dádivas e impuestos, y en la disminución de su precaria libertad.

EL DIOS GUERRERO
Es en el nombre de Dios que se libran numerosas batallas. Ha sido así desde tiempo inmemorial. Del cristianismo conocemos las Cruzadas, el exterminio de los albigenses, la incursión del Clero en los dominios de los dictadores ordenando guerras... Y en cuanto a Oriente, a la vista tenemos la constante hecatombe en los países asiáticos. Es un asunto éste tan a la orden del día y a las vistas claras, que no conviene gastar papel y tinta en lo que de sobra conocemos. Hay necesidad de justificar la barbarie, el exterminio y la injusticia, y para ello nada mejor que abanderar a Dios como testigo de todos los males y a favor de la fechoría.

EL DIOS CASTIGADOR Y PREMIADOR

Con el Cielo y el Infierno tenemos la nítida simbología del premio y el castigo. Obedecer a Dios es hallar la recompensa tan deseada, pero en la otra vida, claro. Sin embargo, comoquiera que Dios -ya lo hemos dicho repetidas veces- es una abstracción, habrá que obedecerse Su Ley, Sus Mandamientos. Corán, Biblia, Talmud, lo que sea, deberá ser respetado en el nombre de Él, el Padre. Y es a través de la manipulación literaria, de la palabra desde el púlpito, desde el confesonario o desde la homilía que se habrá de obedecer a Dios. Pero, ¿es realmente Dios quien ha escrito Sus Mandamientos? ¿Para las diferentes culturas ha establecido unos cánones, reglas o preceptos? Así parece ser, aunque existe un factor común para todas las religiones oficiales: el premio es paradisíaco, inenarrable. En cuanto al castigo, de lo más atroz que uno pueda imaginarse. Dios lo ha castigado, oímos decir alguna que otra vez cuando una persona sufre mucho, aunque mucho menos se repite algo así como... Por bueno que ha sido, Dios ha hecho que le toque la lotería.

EL DIOS MILAGRERO

Sucede con cierta frecuencia que una persona se cure de una dolencia considerada irreversible. Entonces, ante lo inexplicable se le atribuye a Dios el milagro de la portentosa curación. No se piensa en que sea el propio individuo, por su fe o por desconocidos fenómenos biológicos quien se cura a sí mismo. Por lo general se atribuye a un hecho milagroso. Tal circunstancia contribuye a fomentar la creencia en la magnanimidad y omnipotencia divina. También la oración tiene su importancia en este mismo sentido: se invoca a Dios o a algún santo para que interceda por la salud de un familiar o amigo; y se observa a continuación una notable mejoría, incluso la recuperación total. Dios me ha escuchado, podrá ser una de las respuestas. Tal vez haya sido una adecuada movilización energética lo que ha propiciado el milagro; pero en ello no se repara con facilidad, tan acostumbrados estamos a que alguien se preocupe de nosotros.

EL COSTOSO RITUAL

La fastuosa liturgia precisa de recursos económicos elevados. Cualquier celebración religiosa requiere del necesario boato y lujo. Procesiones, festejos, recepciones episcopales o papales, desplazamientos de masas, ricas ornamentaciones, pinturas valiosísimas, esculturas, retablos, magníficas catedrales, iconografía deslumbrante, regios panteones... ¿Fue ése el mensaje de Cristo, del Buda o de Mahoma? No, por supuesto, que ellos predicaron la pobreza; pero el hombre necesita exteriorizar la conducta que los sacerdotes le han inculcado.

MOVILIZACIÓN DE RECURSOS

¿Nos hemos preguntado alguna vez qué porcentaje de riqueza custodia la Iglesia universal; la Iglesia en general nos referimos, la que aglutina las diferentes confesiones? ¿Nos hemos hecho alguna vez la pregunta de qué capital anual se moviliza para sostener el culto a Dios? Pese a las numerosas denuncias aparecidas en la prensa, ¿nos hemos rebelado alguna vez contra las insidias de la Iglesia Católica en favor de su economía, en lo que representa la Banca Vaticana, en los manejos contradictorios del Clero sosteniendo y explotando fábricas de preservativos cuando condena su uso? Nada de todo ésto parece importarnos, porque en realidad lo que nos negamos a admitir es que como individuos estamos solos. Pero es verdad, estamos solos, ¡solos!, con nuestra soledad a cuestas como una carga que deseamos dejar en el camino; por eso mismo permitimos que nos azoten, porque preferimos las llagas de la explotación que encontrarnos a nosotros mismos en el seno de la desnuda soledad.

NO LE DIGAMOS AL HOMBRE LA VERDAD

Todas las religiones recomiendan y hasta exigen que se diga siempre la verdad; pero esto es una falacia. El hombre no quiere saber aquello que cree que no le conviene. Por eso, en cualquier orden de la vida muchas personas esconden la cabeza debajo del ala de la ignorancia para no percatarse de su realidad. Es triste reconocerlo, duele, pero es necesario que así sea, porque estamos desasistidos por nuestra propia naturaleza. Si nosotros fuésemos capaces de valernos por sí mismos, si aceptáramos nuestro destino, si estuviéramos dotados de la suficiente valentía para decir ¡No! y ¡Basta ya!, encontraríamos la verdad en lo más hondo y sagrado de nuestro templo. Pero somos cobardes, nos engañamos continuamente, nos resistimos a aceptar nuestra realidad y por eso sufrimos, y por eso lloramos, y por eso imploramos cuando creemos que estamos dando el ultimátum que escondemos al enseñar los dientes. Porque no es eso. Hay que morder, hacer sangrar si es preciso, en vez de enseñar los blancos colmillos. Así seremos fuertes y alguna vez llegaremos a alcanzar la categoría de hombres. Y lo primero que deberemos hacer para encontrarnos a nosotros mismos, es morder a Dios en el cuello.

Este artículo tiene © del autor.

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