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LAS NEREIDAS

Encarnación Hernández Torregrosa

España



...YA NO CANTAN LAS NEREIDAS

Hoy siento deseos de detener mi camino en este rincón de la costa. Durante años he reposando en otras playas de blanca arena, donde los marineros -hombres con alma de niño y brazos de titanes- reparaban sus redes mientras yo... apenas una niña, los contemplaba en silencio. En cambio hoy me doy cuenta que es aquí donde la suavidad del sol, la brisa de la mañana y el sabor a mar se cuela por cada uno de los huecos de las casas, impregnando las paredes hasta introducirse en las entrañas mismas de la gente. Es tan fácil dejarse llevar por las maravillas de estos encantos, como sencillo es tener pensamientos entrañables. Al contemplar el ir y venir de las olas, me enredo en el ensueño de ese vaivén, y por un instante me alejo de la realidad. Cierro los ojos, y la esencia que surge de las profundidades, me atrapa como si se tratara de una droga, al abrirlos miro el cielo y como un saludo, una gaviota en lo alto bate sus alas mientras se aleja de la costa. Mi amiga Dolores diría: “Eso es señal de mal tiempo.” Y volvería a su trabajo en la casa como si lo dicho fuese un hecho irrevocable que va más allá de cualquier ciencia -la razón no es otra que a fuerza de escuchar el viento y contemplar la mar, se aprende a leer en el aire las señales, por sutiles que estas sean- aunque poseer tal pericia en los asuntos de la meteorología, se consigue con años de experiencia.
En cambio para mí, la gaviota tiene la fantástica belleza de esas figuras creada por los pinceles de un gran pintor. Su cuerpo, intensamente blanco, resplandece junto a la aurora sobre ese gigantesco lienzo azul. En estos momentos, cuanto me rodea, se concentra para facilitar mi búsqueda, aquella que comenzó con un deseo: “Descubrir cual es el embrujo de esta tierra”. Aspiro con profundidad, y la brisa me brinda el aroma a moluscos y algas. Siento que estoy al fin preparada:
Algo misterioso... y a la vez familiar, me dice que en este medio nacieron y vivieron las fuertes, enérgicas, pero amantes silenciosas y solitarias, Nereidas. Y es aquí, en está tierra donde ellas han hecho posible que el trato se vuelva íntimo y sensible, se transforme en melodía, convirtiendo el lugar en un susurro de canciones propias de mil sirenas -sé que cuanto digo podrían interpretarse como la locura propia de quien ha sido presa del hechizo de esta mar, y cree haber visto entre las olas esos seres mitológicos, mitad mujer, mitad pez, que con sus cantos arrebatan la lucidez de los navegantes- nadie debe de extrañarse, ya que puedo asegurar que sí, las he visto. He compartido con ellas momentos de felicidad y de tristeza, han sido mis maestras, confidentes, compañeras y al fin; quienes me brindaron la oportunidad de ser yo misma. Ellas al mismo tiempo, son parte de la realidad cotidiana de esta tierra, únicamente y a diferencia de las protagonistas de las fantásticas epopeyas de griegos y romanos, mis Nereidas hoy están en silencio. En ocasiones he imaginado que yo misma era una de ellas. Pero sé que me falta mucho para alcanzar su saber, y descubrir el sortilegio que las rodea. Por ello, desprovista de cualquier prejuicio que me pudiera importunar, ha llegado el momento de enfrentarme al presente y pasado de estas mujeres.
Hoy, y en este lugar, mi cita es con una de ellas. Arropada por el brillo debilitado del atardecer y perseguida por el aroma a mar, al fin la veo venir. Ella posee la serena tranquilidad que da la vejez. En cambio yo, temerosa de enfrentarme a esa verdad con forma de anciana que guarda entre sus muchos años, un bagaje de recuerdos, comparable a la sabiduría que encierran los mil tomos de una biblioteca, siento que me rindo ante su conocimiento, y en este momento, quiero decir a quien pueda escucharme: ¡Detén tu paso y descúbrete ante quien posee toda la distinción, y la esencia que se encierra en la Habanera!
...Al observarla me doy cuenta que hoy su paso es lento, esto me lleva a poder perfilar sus contornos, enmarcándolos en la delicada sumisión a la palabra “destino” como si estuviera encadenada a él. Aunque guarda en su interior el furioso deseo de cambiar su mundo, de forma que pudiera ser la dueña de sus horas. Sólo que su condición de mujer la tuvo sujeta a esa línea llamada “orilla” sin más miras que sus pensamientos, esos que la enseñaron a volar sobre el mar... ¡Mitad mujer, mitad sueño!.
Ahora cuando la veo caminando hacía mi, veo que no es más que una pequeña figura oscura, que cuida donde poner los pies, mientras adivina el lugar en el que apoyar su gastado bastón de madera. La cabeza gacha parece mirar cada piedra del camino -aunque sus ojos hace tiempo que no alcanzan a ver la belleza que le rodea- su largo cabello, recogido en un moño en lo más bajo de su cabeza reúne una oscura y envejecida cabellera. En cambio el blanco de las canas se olvido de cubrir esta anciana testa. Nadie sabe a ciencia cierta su edad. Aunque es precisamente la gran cantidad de primaveras pasadas lo que la obliga a ir encorvada, casi pegada al suelo, como si la tierra quisiera apoderarse de ella. Podría responder al nombre de Inmaculada, Pura ó Conchita; todos esos nombres servirían, aunque... ¿se trataría de la misma mujer? ¡No! no sería ella. Esta mujer mitad raza, mitad sabiduría, sólo se la puede conocer por un nombre: Os presento a “la tía Concha” -así quiere ser llamada y así la conoceréis- Ella es una mujer más bien pequeña, en cambio los mas destacado en ella es su expresiva mirada, aun hoy conserva la hermosa vivacidad de otro tiempo. Aunque carece de una clara visión, ella acierta... o más bien adivina, si aquella persona que le habla es gente del pueblo o forastero. Para ello pregunta: “Perdóneme... ¿usted no es del pueblo verdad?”  
 En la mayoría de los casos se trata más de una afirmación que de una pregunta, ya que la respuesta la conoce sin duda. El asunto es que, a su corta visión hay que añadir un oído perfecto, para sorpresa de propios y extraños. Al ver por primera vez, a la “tía Concha” uno comprueba que es una mujer de delicado tratamiento. Sus palabras conservan la savia de esas melodías que relatan historias de soledades y alejamientos, con aire a tanguillo y sabor marinero. En su juventud, pudo ser la protagonista de alguna de esas habaneras cantadas al anochecer, con el brillo de la luna a sus pies. Como tantas otras muchachas, estuvo tras la reja de su ventana, escuchando la voz de ese hombre que cantaba canciones de amor. Y es que a la “tía Concha” también hubo un hombre que la hizo feliz. Aunque hace años que en su mirada anida la profunda soledad de quien posee un corazón solitario. En ella se puede apreciar que lo pronunciado de sus pómulos enmarca un rostro amable, que junto a una barbilla proporcionada, ofrecen el inconfundible perfil de mujer mediterránea, en la que se entremezcla el olor a caracolas con el sabor a tierra salina. Todo ello hace de la “ tía Concha” la imagen ancestral de la “Mater Anfitrite”
Pero a diferencia de las canciones con letras románticas, la mujer que hoy camina lentamente, supo muy pronto el significado de la palabra “luchar”. Hubo un tiempo en el que debió crecerse ante los temporales. Sus manos conocieron el frío que se cuela entre la piel, en los días de invierno, cuando el trabajo se hace duro. Aun así conservaba una caricia entre sus dedos para su marido y sus hijos y es que ella desempeñó el papel de madre y padre a la vez, manteniéndose erguida, como el mástil que sujeta la vela haciendo frente a los vientos, al tiempo que un brillo surgía de su interior al mirar a sus pequeños ¿Su marido? ...él estaba en la mar.
Hoy al verla caminando hacia mí, comprendo como los años han moldeado a esta mujer hasta plasmar en ella, la imagen tierna de la vejez levantina. En su figura, una mezcla de seriedad y rectitud, ofrecida por esas ropas eternamente negras que comenzó a usar cuando faltó su Paco hace... ni recuerdo ya los años. Y es que son pocos los que recuerdan el asunto del naufragio. Lo cierto es que por aquel entonces Concha dejó de ser una niña felizmente casada, para convertirse en una viuda sin tiempo para llorar. Cuando le llevaron la noticia, ella simplemente dijo ante la desaparición de su marido: “Quien tiene como rival a la mar, no puede llorar, eso es señal de debilidad”.
¡Claro aun no lo había mencionado! De ella se dice que jamás fue una mujer débil. Sí que es cierto que en algunas ocasiones se la vio pensativa, con el gesto triste, entonces le preguntaban: ¿Qué tienes Concha? ¿Qué te sucede?- cuando en su trabajo, remendando redes en el puerto, entre puntada y puntada se la veía contemplando la mar. El vaivén de las olas era como una dulce droga que la atrapaba, dejándola en silencio, pensativa; después de unos segundos ella contestaba: No es nada, estaba perdida entre las olas.
Sus amigas la miraban y murmuraban a escondidas. Algunas aseguraban que en esos instantes, su Paco surgía sólo para ella de las profundidades, arrebatándole el aliento de mujer, dejándola sin aire... sin vida. En más de una ocasión la vieron como cerraba los ojos, y un suspiro se escapaba de sus labios, el mismo que iba a posarse sobre el agua. En esos instantes sus piernas, deseosas de correr hasta el fondo de la mar, estaban atrapadas entre las malditas redes, como si fuese un fantástico animal marino. Miraba con odio aquella confusión de agujeros, mientras movía mecánicamente sus manos, remendando, cosiendo... mal viviendo. Día tras día, minuto tras minuto. El luto de sus lágrimas se mezclaba con el aire de la mar, y ese sabor a sal que se incrustaba en su rostro ¡Pero nadie la vio llorar! entre suspiros, se enfrentó a la vida sin más ayuda que su gran coraje y una decidida voluntad. En el caso de “la tía Concha” el coraje se lo dieron unos brazos huesudos... ¿y la voluntad? Esa tenía forma de tres niños que apenas levantaban un palmo del suelo. Ellos la hacían reaccionar sin tardanza cuando estaban a su lado. Ante sus hijos, nada de queja, ni gemido: Mis dos hijos y mi hija, son mis tres luceros- se la oía decir
Pero todo ello pertenece al ayer. Hoy sigue caminando penosamente por la vida, con sus ochenta y muchos años apoyados en un frágil bastón. Ahora la separan de mí unos cincuenta pasos que se alargan en el tiempo, en ella creo ver a esas generaciones de mujeres han pasado por esta tierra dejando un rastro de duro trabajo, fortaleza y soledad. Hoy mi cita es con todas ellas, y contigo... “tía Concha”:
¡Sí! Quiero hablar de vosotras. Quiero mostraros a este mundo que os desconoce, y que no sabe de vuestros sueños y sacrificios. Quiero que de nuevo podáis pasear vuestros encantos en forma de sonrisa seductora por las plazas de este pueblo, cuando mirabais los ojos del joven que os saludaba, deseoso de conquistaros. Y quiero escucharte a ti, que apenas salías de tu hogar, ya que tenías que cumplir religiosamente con los deberes de buena esposa y madre, atendiendo a un marido embrutecido y a unos niños que colgaban de tu delantal sin dejarte caminar, sin más futuro que el estar eternamente atada a los fogones. Y vosotras, las que remendabais redes con puntada certera a la orilla de la mar ¿quien os conjuró a estar atadas junto a los veleros en el puerto...? fuisteis sirenas atrapadas en el cuerpo de mil mujeres, quiero saber de vuestras risas y canciones, cantadas bajo un sol implacable. Quiero estar junto a las que salabais el pescado que engordaban esas redes ¿dónde dejasteis la suavidad de vuestra piel joven? ...Ya sé, entre el blanco de los grumos salinos y el plateado de las escamas, allí quedó vuestro pasado. ¿Y las modistillas? vosotras acabasteis con el cuerpo encorvado, no por los años, sino porque vuestros sueños de niñas quedaron enredadas entre los tejidos. Los dejasteis cosidos a esos vestidos que nunca fueron vuestros.
 ...Sería tan agradable hablar con las Nereidas que quedasteis atrapadas en el pasado de esta mar y esta tierra. Mujeres en mitad de un océano contradictorio, a quienes se les arrebató el hecho de ser sirenas, dejando en el silencio de las olas, el canto de sus tristezas en forma serenata a la orilla del mar. A cuantas quisisteis soñar, yo me atrevería a deciros sin temor ni reparo que esta tierra os ofreció un espíritu sutil, incluso sencillo, sin llegar a la bobería, con el toque justo de discreción que entrega la mar a cuantos nacen en su ribera. Todo ello ha servido para identificaros ayer... y aun hoy, como mujeres que poseen la esencia de esta tierra y la fuerza de su mar. La añoranza, esa renace en quien os han seguido: Vuestras hijas y nietas.
Es sabido que las tierras bañadas por el mediterráneo han sido, el comienzo de grandes civilizaciones. En sus orillas surgieron pueblos, y de ellos, numerosas historias; mitad verdad, mitad leyendas. Y como parte de todo ello, vosotras sois un vestigio de esos pilares que mantuvieron, y aun hoy mantienen con vida cada una de esas proezas. A lo largo de siglos, los hombres han luchado en estas aguas, han navegado por ellas, han creado y han fundado pueblos ¿y las mujeres...? Todas y cada una de ellas, al igual que Penélope, han sabido esperar. Quizás aun hoy, si nos aproximamos a la mar, podamos encontrar en su orilla a una muchacha que al igual que la esposa del gran héroe, permanece inmóvil frente al horizonte. Y veremos en ella sus delicadas formas y lo dulce de su mirada. Tal vez nos preguntemos: ¿Quién es ella...? -no habrá respuesta, sólo silencio. Lo cierto es que nunca alcanzaremos a descubrir el secreto que ha llevado a quien es mitad mujer, mitad sueño, a dejarse acariciar por las olas que se estrellan en la escollera. Entre curioso y contrariado, nos marcharemos de su lado sin apenas haber rozado sus anhelos de mujer, sus sueños de sirena. En cambio ella, en su silencio, tal vez este pensando que es esa mar la que enloquece a los hombres, haciéndoles perder el sentido. Mientras a ella le ofrece otra realidad, la que durante siglos no ha cambiado, siendo siempre la misma... ¡callar...! Callar ante esa atracción que ejerce en los hombres la marejada y la quietud, las estrellas y los sueños. Pero ella ha sabido cual ha sido durante generaciones su deber. En el hogar es la capitana, ante los hijos, el vigía que alerta de todo peligro; mientras su hombre siguen marchándose a navegar. Nunca estuvo tan cerca un sueño y la realidad.
Como Nereidas varadas en la playa, las mujeres de esta tierra intentaron apaciguar la tormenta de una realidad de niños y hogar, ejemplo de ello es la “tía Concha”. A lo largo de los años ha sido la Venus de clara belleza, la Penélope sin Ulises, el pilar que mantuvo en pie el hogar. Como Nereida, nadó entre el día y la noche, entre el deseo y la pasión. Como mujer, siguió frente a la mar, envidiando a quien a través de los siglos sigue atrapando a los hombres. Y como esposa... como esposa soñó con mil noches de placer que no existieron, y habló a la luna, su única confidente en la soledad de la alcoba. Confieso que he observado en silencio a esas mujeres que deambulan por la historia reciente de esta tierra, sin hablar, sin decir una palabra, solo mostrando su sonrisa al hombre que regresa saludando desde la proa... y añoro ese bálsamo que guardan en su interior, fruto de un pasado como herederas de esta mar.
Yo apenas puedo ofreceros mi saludo, en forma de amable agradecimiento. Pero ante mí se encuentra ya quien es la imagen de todas vosotras, “la tía Concha”, me rindo ante quien se me antoja la esfinge de una raza que aún hoy sigue caminando por nuestras calles, y espero impaciente su pregunta a manera de saludo: ¡Chicona...! ¿Tú eres de este pueblo?” -Le respondo escuetamente- Antes quiero que sepa cuanto deseaba estar junto a usted tía Concha.
Veo que presta atención a cada una de mis palabras, buscando en mi forma de pronunciar la frase, un indicio que le lleve a descubrir el secreto de mi procedencia. Apenas se adivina que es lo que esta pensando, cuando de pronto, allí está... es una suave sonrisilla, pero precisamente ese gesto la delata. Evidentemente, ya conoce la respuesta.

Encarna Hernández Torregrosa

Este artículo tiene © del autor.

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