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EL SILENCIO COMO POSTURA OFICIAL

Carlos O. Antognazzi

Argentina



Seis meses después de las elecciones del 2003 la cultura oficial en Santo Tomé mantiene su constante de los últimos años: falta de diálogo, actos que continúan la gestión anterior, y el desconocimiento, por parte de los ciudadanos, del proyecto cultural que la ciudad está necesitando.

El desconocimiento es fruto de una política que no valora la comunicación, y que actúa con descaro frente al contribuyente. Quienes ejercen cargos en cultura suelen no sentirse responsables de su función y no comprenden el deber de informar y consensuar qué es lo que desean hacer, cambiar o mantener. Los puestos son ocupados por personas con poca o ninguna relación con los creadores, que de vez en cuando brindan algún dato menor a la prensa. Cuando directamente no se informa nos encontramos con el vacío que impera hoy en Santo Tomé, en donde aún no se sabe qué política de cultura desarrollará el profesor Ernesto Grenón (que asumió el 10/12/2003, pero ya había aceptado el cargo a principios de noviembre).

Ni siquiera en la campaña proselitista se mencionó la palabra cultura, salvo para usarla en forma demagógica al referirse a la “cultura del trabajo” (cfr. La riesgosa ausencia del Estado, El Santotomesino Nº 69, febrero de 2004, y revista Hoy y Mañana Nº 40, marzo de 2004). Esta carencia es reveladora y dice más del funcionario y del gobierno que lo que ese mismo funcionario puede decir luego, una vez asumido el cargo.

 Las palabras cuentan

 A partir de cierto nivel las palabras se usan con conocimiento de causa, no en forma aleatoria. Cuando María Estela Martínez de Perón, secundada por López Rega, Carlos Ruckauf e Italo Argentino Luder, ordena por escrito «aniquilar» a la subversión, sabe que esa palabra tiene una connotación determinada para el ejército, y sabe que el ejército acatará la orden de la presidenta al pie de la letra. El ejemplo pone en evidencia el silencio del Partido Justicialista sobre su actuación en 1973-1976. De la misma forma se puede leer la carta del gobernador Jorge Obeid en El Litoral del 01º/02/04, en donde se pone de manifiesto el cinismo y el desprecio por la población a la que el mandatario dice representar. Es significativo también que ninguna voz se haya alzado luego de esa carta (ni de los damnificados, salvo los que acuden cada mes a la Plaza de Mayo; ni del periodismo, ni de la ciudadanía en general) para hacer estos señalamientos o, al menos, exigir coherencia y respeto a Obeid, aunque más no sea por las víctimas de la inundación y de la ausencia de justicia social. Como se sabe, el silencio puede ser tan elocuente como las palabras y, en general, el que calla otorga.

Estos síntomas son la cara visible de un fenómeno de pauperización cultural iniciado hace años, que funcionario tras funcionario se va abroquelando hasta que lo que en un principio podía tomarse como lo que realmente es, un barbarismo de país obtuso, de pronto se toma con la sonrisa displicente (y cómplice) del que brinda una “segunda oportunidad”, quizás desconociendo que, pese a los buenos deseos de García Márquez, las estirpes latinoamericanas no tienen, en el mundo real, una segunda oportunidad sobre la tierra.

Podría argumentarse que los funcionarios asumen por la fatídica Ley de Lemas (o la no menos fatídica dedocracia), lo que sugeriría cierta imposición, pero no debe olvidarse que la ley fue aprobada por los que se hacen llamar representantes del pueblo (incluso por dirigentes de la oposición, como el radical Horacio Usandizaga), y que la dedocracia es utilizada por cuanto político asume para ubicar amigos, parientes o adeptos. Es decir, los pueblos tienen los gobiernos que se merecen, o los que se les parecen. No hay sorpresas, entonces: Argentina (Santa Fe, Santo Tomé) es lo que es gracias a sus habitantes y no por malignidad de algún gobierno extranjero o extraterreno.

En procura de esa “segunda oportunidad” los años pasan, los funcionarios quedan o se cambian por curiosos enroques (Raúl Bertone ocupa un cargo en la Secretaría de Cultura de la Provincia al menos desde la administración de Enrique Llopis; María Celia Costa deja cultura de la municipalidad de Santa Fe para ser diputada provincial), pero la cultura sigue siendo devastada gracias al desinterés compartido de la clase gobernante y la clase contribuyente.

Palabra y silencio son dos caras de una misma moneda, cuyos alcances últimos no podemos dilucidar, pero sí sufrir. En los países civilizados los funcionarios se deben a la población y la informan de sus objetivos. En Argentina la cultura del silencio participa de la cultura de la barbarie.

 Como papúes

 Hace unos años Jorge Asís, entonces Secretario de Cultura de la Nación del gobierno de Carlos Menem, procuró implementar una normativa francesa, por la cual se prohibiría en carteles, anuncios, publicaciones varias toda palabra o expresión en idioma extranjero. La medida era tendiente a fortalecer el castellano o, ya que se trataba de evitar vocablos extranjeros, el argentino. La propuesta no prosperó, no por falta de adeptos en un país en donde el tilinguismo oficial y privado alcanza niveles notables, sino porque, entre otras cosas, sería de muy difícil implementación. Asís no explicó, por ejemplo, qué ocurriría con los libros traducidos en España, que son, lamentablemente, algo así como el noventa por ciento de los que se pueden adquirir hoy en la Argentina porque la restricción económica y cultural impide que haya traducciones propias. Asís tampoco explicó cómo puede él, siendo escritor, implementar en su propia obra un cercenamiento expresivo, como si la palabra fuera un mero artilugio unidireccional, libre de significados más allá de lo evidente y nominal. Como si la palabra, en suma, no constituyera un organismo vivo, y no estuviera, entonces, en permanente mutación.

En 1966 el crítico francés Roland Barthes ejemplificó una situación similar con la cultura de los papúes, quienes por cada muerte ocurrida en la tribu «suprimen palabras en señal de duelo» (R. Barthes. Crítica y verdad, Siglo XXI, p. 30; tomando palabras del geógrafo E. Baron). El vocabulario así se empobrece cada día (o cada muerte) más, en un proceso constante y sistemático, cuyo fin es previsible: la pérdida del habla. Esta suerte de suicidio encuentra su correlato en la película Últimas imágenes del naufragio, de Eliseo Subiela, en donde el protagonista cada día escribe en la pared de su cuarto las palabras que ya no pronunciará. Asís y el protagonista de Subiela se equiparan a los papúes, porque la elección, sea un acto de rebeldía o dolor, apunta al mismo fin: el silencio.

En este contexto «silencio» puede equipararse con «vacío» o «autismo», y entonces significa y abarca más.

 Actitud oficial

 Reutemann y Obeid encarnan el ideario político de la mayoría de los santafesinos, y se enrolan en la misma línea que los papúes, Asís y el personaje de Subiela: ignorar los reclamos, las críticas, la cultura, y profundizar, al mismo tiempo, en la demagogia con frases como «agredir a Reutemann es agredir a Santa Fe» (El Litoral, 16/02/04), como si una cosa involucrara la otra, y como si los mismos actos oficiales no constituyeran la agresión más grande para la población. Podría pensarse que Obeid está respondiendo una crítica en el sentido llano del vocablo, pero bien mirado se comprende que en realidad está posicionándose ante ciertos sectores de su propio partido.

Es cierto que en ocasiones el silencio supone la meditación para una respuesta más certera en el momento oportuno, pero en general nuestros funcionarios no practican la finura, y el silencio en ellos parece más de acuerdo con el del personaje de Peter Sellers en la película Desde el jardín. Incluso los aduladores de Reutemann incurren en esta actitud al “interpretar” sus medias palabras y explicando lo inexplicable: el vacío, la negación de la cultura, la abolición de todo proceso racional.

El Estado tipifica esta hipótesis. El arquitecto Álvarez no ha explicado porqué afirmó que una media docena de barrios no se inundaría. Reutemann no ha explicado quién lo amenazó cuando dijo que había que dinamitar la avenida de circunvalación de Santa Fe ni qué fue lo que lo asustó en Buenos Aires (y por lo cual no participó en la carrera presidencialista). Llopis no ha explicado cómo gastó el dinero durante su gestión. Florencia Lo Celso, que lo reemplazó en la Subsecretaría de Cultura de la Provincia, no ha explicado porqué desde hace cuatro años no se convoca a las becas de perfeccionamiento artístico, ni porqué no convocó a los premios trienales de ensayo en 2002 y poesía en 2003. Bertone, quien la reemplaza ahora en el cargo, tampoco ha hecho anuncios al respecto. Obeid no ha explicado para qué invitó a Fidel Castro al Congreso Internacional de la Lengua que tendrá lugar en Rosario en noviembre. Ni fiscales ni jueces explicaron su silencio ante el corte del puente carretero. Y ningún funcionario explicó porqué, pese a los informes de la UNL, no se terminó el tercer tramo de defensa sobre el Salado ni se tomaron recaudos en la ruta 168. Se pueden mencionar también los pactos de silencio que protegieron a los asesinos de María Soledad Morales, Cabezas u Omar Carrasco, y los que protegen ahora a la casta gobernante de Santiago del Estero. El común denominador es la insensatez: cada funcionario calla y hace lo que no debe, y en ocasiones hasta se jacta de ello. Pero quienes pagan estos “errores” son los ciudadanos.

En Santo Tomé, Grenón ocupa dos cargos (Director del Museo Histórico y Director de Política de Cultura), pero la biblioteca municipal B. Rivadavia (que se sigue cayendo a pedazos) estuvo cerrada durante enero, y en diciembre, febrero y la primera semana de marzo sólo atendió medio día. La Casa de los Museos sólo puede ser visitada de lunes a viernes, porque sábado y domingo permanece cerrada. Marchamos a contramano del mundo (no sólo de Santa Fe, en donde el museo municipal Clucellas está abierto los fines de semana). Los planteos realizados desde este espacio no han tenido eco oficial (salvo una “respuesta” en El Santotomesino de noviembre de 2003 reconociendo las críticas) ni de los contribuyentes. En Santo Tomé aún no se sabe qué ocurrirá en materia de cultura, pero mientras tanto hay quien ocupa el cargo desde hace meses. Comienza a sospecharse que Grenón no es el cambio requerido, sino la continuación de Jorge Kolev, Carlos Lare, Enrique Maillier, Clarito Ríos y Daniel Yost. Ya hay un dato: los gastos de publicidad oficial son como en la época de Schmidhalter.

Los silencios de Obeid y Bertone, Álvarez y Reutemann, Lo Celso y Grenón no se diferencian: los matices varían, pero el autismo estatal no. Sería saludable que quienes ejercen cargos públicos respondan a los ciudadanos, no sólo por ética, responsabilidad y transparencia, sino porque además cobran el sueldo gracias a ellos.

Carlos O. Antognazzi
Escritor.
Santo Tomé, marzo de 2004.

Publicado en el periódico El Santotomesino N° 70, marzo de 2004, y revista Hoy y Manana N°42, mayo de 2004.

Este artículo tiene © del autor.

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