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LA MAGIA DE LAS ESTATUAS

Guillermo Badía Hernández

CUBA



Es enigmático -dijo Proclo mientras contemplaba la figura tallada en mármol del dios Hermes-. ¿Sabes? Hace años tuve en sueños cierta revelación donde Asclepio me informó que mi alma pertenece a la cadena de esta divinidad.

Debe ser interesante para vos que nos hayamos topado casualmente con una representación suya -opinó Marinus.

Sí, de hecho resulta muy interesante. Aunque después de todo no ha sido tan casualmente -Proclo se detuvo en este punto y pensó para sí: "Estoy seguro de que algo significa", pero al advertir la turbación de su discípulo por el silencio prosiguió-... quiero decir este dios es el éforo de los gimnasios, razón suficiente para ver su estatua en las palestras como aquí.

Y, maestro, ¿por qué lleva una lira?

Fácil, porque él es el señor de la música, sin embargo también lo es de las ciencias, ya que se le atribuye el descubrimiento de los razonamientos y la Geometría, por último lo es además de la dialéctica, gracias a que ha imaginado el habla, la palabra (Logos)...

¡Oh, es verdad! ¡Ahora recuerdo! En algún lugar leí los Refutatio de Hipólito de Roma donde se dice que Hermes es de origen egipcio y que los griegos lo adoramos por haberlo heredado de aquellos antiguos y que su culto los hay en Cilene y Samotracia; que lo veneran como artífice de lo que es, fue y será -entonces Marinus se sonrojó-, y que se levanta bajo esta forma o sea con el miembro viril mostrando el impulso de las cosas inferiores hacia las superiores.

Y Apuleyo enseña que las esculturas de Hermes son medianeros entre los dioses y los hombres -concluyó Proclo.

Se detuvo volviendo a mirar a la estatua, pero esta vez una extraña inquietud lo asaltó. ¿Estaba realmente viva?

En efecto -sonrió-, todos estos son testimonios que han dejado los grandes sabios. Me parece que también San Agustín escribió sobre este tema en alguna ocasión... -dudó- no obstante ya es cosa del pasado. Sigamos nuestro camino.

Se alejaron, como dos hombres cualquiera del ágora se alejan de una tienda.

Pero no era lo mismo.

Había algo misterioso en todo aquello, algo mágico. El corazón de Proclo sintió una punzada. El no le dio importancia, a fin de cuentas era un órgano inquieto... sin embargo, aquella vez no era lo mismo.

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