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CONTRA RELOJ

Homenaje al escritor ONELIO JORGE CARDOSO

Marie Rojas Tamayo

Cuba



La noche rodeaba de sombras a un grupo de jóvenes que se hallaba reunido alrededor de una improvisada hoguera. Habían decidido acampar en el bosque por el fin de semana, alejándose de la civilización, prometiendo no llevar con ellos videojuegos, lámparas de baterías, cero walkmans, diskmans, laptops, teléfonos digitales o cualquier otra alegoría del mundo desarrollado. Habían encontrado un agradable claro donde colocar sus tiendas de campaña, un arroyuelo donde rellenar sus cantimploras y, tras haber ingerido comida enlatada y casi incendiar el bosque en los intentos de crear una fogata, mascaban chicle mientras se sentían en íntimo contacto con la naturaleza.

 - Esto sí es vida - dijo uno de ellos, recostándose en las piernas semidesnudas de una imponente rubia - lejos de los artilugios del mundo mecánico...

 - No hables tan a la ligera, si te fijas bien, todos nosotros portamos un reloj en la muñeca - respondió ella.

 - Otro mero emblema del caos...

 - No hables a la ligera, muchacho, te puede pesar... de un modo u otro, desde que el hombre hizo su aparición en la faz del planeta, su obsesión ha sido medir el tiempo como símbolo del orden que se antepone al caos.

La que había hablado era una alta anciana que acababa de hacer su aparición desde un punto impreciso de la oscuridad. Llevaba botas oscuras de tacón elevado, un vaporoso vestido negro y un sombrero de ala ancha, vestimenta nada adecuada para la hora o el lugar. En sus manos llevaba un instrumento de trabajo rural. Los jóvenes, que habían saltado asustados al oír la voz, al ver la edad de la recién llegada rompieron en una unánime carcajada. Le hicieron un lado junto al calor y la invitaron a sentarse, sin preguntarle quién era o a dónde se dirigía. Ella obedeció con una sonrisa.

 - Y, qué tiene de malo andar sin reloj, abuela... si es que se puede saber?

 - No se trata de su ausencia, sino de ignorar su presencia. Por hacerlo en una ocasión casi pierdo mi prestigio. En fin, parecen aburridos y una historia de alguien que ha vivido más que ustedes nunca viene mal:

En mis años de juventud, para mantenerme en el rango adquirido, debía hacer las recogidas en tiempo y forma... Acaba de comenzar y no me gustaba incumplir, sobre todo porque eso daba impresión de mal trabajo. Ese día, me sentía sumamente satisfecha, me habían encargado una tarea bien sencilla, que terminaría pronto, dejándome tiempo para mis otras ocupaciones, porque aclaro que me dedico a la jardinería en mis ratos libres. El encargo en cuestión era buscar a Petronila, una mujer bastante vieja, casi centenaria... quitarle un caramelo a un pequeño hubiera sido más complicado.

Viendo que me podía tomar el tiempo con calma, me puse mis guantes de jardinería, regué mis flores, arranqué los nuevos retoños que sobraban, corté por aquí y por allá algunos gajos que comenzaban a marchitarse, en fin, que por no mirar la hora se me fue volando el día y cuando vine a darme cuenta ya eran las doce en punto... la entrega debía hacerse antes de las cinco de la tarde, tomé el primer tren que pasó, un poco desvencijado y molesto para mis espaldas con su traqueteo de maquinilla infernal, pero que en una hora me dejó a las puertas del pueblo donde debía realizar mi trabajo.

Al llegar al sitio donde me dijeron que vivía, pregunté por ella a un muchacho que desyerbaba un patio, el cual me respondió que Petronila, como de costumbre, se había marchado a la escuelita desde las seis de la mañana, donde ayudaba a las maestras. Allá fui muy dispuesta, pensando encontrarla, porque como ya les dije, si no recogía mi encargo en tiempo y forma me removerían del puesto. El camino era un poco largo y pedregoso, no sé como la ancianita podía recorrerlo diariamente. Arribé al lugar dos horas después, con la espalda molida pero, al indagar, me dijeron ya que no estaba allí, una vez repartida la merienda y ayudado a barrer las aulas, se había marchado a casa de una parturienta, a asistirla en las labores del alumbramiento. Corrí a la dirección indicada, mostrando visibles señales de agotamiento, nunca me voy a acostumbrar al sol de la tarde en pleno verano... pero ya ella, cumplida su misión, había ido a visitar a una comadre que estaba preparando el ajuar de su hija, para llevarle unos bordados... Desesperada, miré de nuevo mi reloj: eran las cuatro de la tarde. Por primera vez tuve que quitarme las botas para correr a la velocidad requerida, se sabe que en el campo las distancias son inconmensurables. Llegué con los pies destrozados y, tras comprobar que había perdido el sombrero en la corrida, me dijeron que la maldita vieja se había retirado a su casa, pues tenía que ayudar a la nuera con los nietos, ahora que el hijo estaba en altamar. Al consultar una vez más mi reloj me sentí perdida, no había forma de deshacer lo andado en solo quince minutos. De no haber sido por un anciano que pasaba a caballo y accidentalmente cayó de su montura, dislocándose el cuello, no estaría yo ahora haciendo el cuento... Desde ese día, siempre estoy atenta al paso de las horas - extrajo de los pliegues de su vestido un reloj con trazas de joya antigua, colgado de una cadena de oro y fijó su vista en él -. Por cierto, me marcho a toda prisa, tengo una nueva entrega que realizar y hace mucho tiempo aprendí que ni siquiera yo puedo desperdiciar un minuto...

 - Vamos, abuela - la interrumpió el muchacho -, no exageres.

 - Ay, jovencito... - respondió ella mientras se levantaba, apoyándose trabajosamente en su guadaña - nunca desmientas lo que no puedas probar.

Y encaminó sus pasos a la oscuridad.

 

Marié Rojas Tamayo y Ray Respall Rojas

Este artículo tiene © del autor.

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