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Crítica a Memorias de Angola de Luis Marcelino Gómez en revista Encuentro-Madrid

por CARLOS ESPINOSA DOMíNGUEZ, Miami

Luis Marcelino Gómez

USA



Dramas humanos con Angola de fondo

Se publica en Colombia una reedición ampliada del libro de cuentos con el que Luis Marcelino Gómez se estrenó como narrador en 1994.

por CARLOS ESPINOSA DOMíNGUEZ, Miami

En 1994 apareció, bajo el sello editorial de La Torre de Papel, el primer volumen de cuentos de Luis Marcelino Gómez, Donde el sol es más rojo, y como tantos libros que han visto la luz en el exilio, fue recibido con un sonoro e injusto silencio. Al respecto, siempre cito la afirmación de Octavio Paz de que en España y América las obras mueren dos veces: "primero asesinadas por los envidiosos y después por el público". Aquellas siete narraciones, junto a otras cuatro no incluidas entonces, son recuperadas ahora por su autor en Memorias de Angola (Panamericana Editorial, Bogotá, 2003).

Como señala Gómez en la nota de presentación, escribió estas narraciones en Angola entre 1980 y 1982. En esos años trabajó allí como médico, una experiencia que aparece recreada en el libro. No tengo idea de cuánto ha quedado en estos textos de esas vivencias autobiográficas (el título de Memorias de Angola no es en este aspecto muy afortunado, pues puede crear el equívoco de que se trata de una obra de carácter testimonial), y como lector fue algo que tampoco me interesó mucho. Lo que realmente importa es que estamos en presencia de páginas que poseen plena validez como ficciones, como textos literarios que existen independientemente de los hechos reales que hayan servido al autor como referentes.

En varios de los cuentos, Gómez narra historias que remiten directamente a la realidad angolana. A ese grupo pertenecen Wasaluka, En la cesta y La caza, en los que las gentes y los escenarios de ese país asumen un notorio protagonismo. En el primero, se centra en la figura de la mujer de una aldea, para indagar las razones que la condujeron a la locura. En el segundo, un médico debe atender a un anciano venido de Zaire, que quiere que le restituya a su brazo la mano que le cortó un vecino. Y en el tercero, un hombre lleva a su hijo menor a una cacería en la que ocurre un accidente.

Como es natural, ese acercamiento a Angola lleva al escritor a descubrir aspectos y costumbres que, en muchos casos, difieren de los nuestros, y que por eso llaman su atención. No ofrece, sin embargo, una imagen sustentada en la explotación de lo exótico o en el regodeo de "lo distinto". En otro de los cuentos del libro, un personaje
expresa: "Si aprendí el dialecto, es para llenarme de África. Busco el alma de este continente, sentirlo en mí, no sólo amarlo como algo exótico". De ese punto de vista participa el propio Gómez, cuya recreación de esa realidad tiene mucho de cariño y de respeto hacia esas gentes y esa cultura.

El protagonismo de los cubanos

En el libro, no obstante, son más numerosos los textos cuyos personajes centrales son cubanos que se hallan en Angola. Varios de ellos, como el propio autor, son médicos que fueron enviados a prestar sus servicios allí. Eso hace que, a pesar de haber sido escritos cuando el país se desgarraba en una cruenta guerra civil, los ecos del conflicto se perciben lejanamente, o bien éste es mostrado a través de sus terribles secuelas.

Gómez se centra en el análisis de cómo esa realidad afecta la existencia de esos hombres y mujeres, de los cuales hace un esmerado examen psicológico. En ese aspecto y dada la brevedad de los textos, es muy inteligente su decisión de optar por argumentos más bien sencillos, que, sin embargo, le dan la posibilidad de desarrollar otros pliegues y ramificaciones que los enriquecen y les dan mayor densidad.

En dos de las narraciones, Manhâ de carnaval y Las cartas, Luis Marcelino Gómez bucea en los efectos que la separación prolongada provoca en las relaciones sentimentales de los misioneros. En la primera se trata de la incertidumbre que atormenta interiormente al
protagonista: ¿es su esposa esa mulata que tuvo sexo con muchos de los hombres asignados en la provincia de Angola a la cual después él fue enviado? En el segundo, una señora que aguarda la inminente llegada de su esposo, recibe una carta en la que éste le expresa que quiere el divorcio. La lejanía y el trato diario hicieron que se enamorase de una mujer con quien trabajaba en Angola.

Mucho más patética e intensa es la situación que el escritor aborda en La foto: un médico que fue misionero debe acompañar a unos militares que van a comunicar a una familia la noticia de la caída en combate de su hijo. Al saberlo, la madre no se corta para exteriorizar su dolor y su ira. Se niega además a que la inyecten para sedarla, pues desea "estar bien despierta para sentir esto". Asimismo, no acepta el falso consuelo de que un día traerán los restos de su hijo y podrá visitar la tumba de un héroe. Para ella lo único que cuenta es que él no quería ir, se lo llevaron a la fuerza y ahora está muerto. Parte de la eficacia literaria de esos cuentos reside en la sobriedad y contención con que Gómez administra la nota dramática, algo esencial en unas historias que de otro modo desembocarían en el desborde sentimental.

Por razones de espacio, no me es posible referirme ni tan siquiera brevemente a otros textos como Los asesinos y En misión, que figuran, en mi opinión, entre los más logrados. En todo caso, quien lea el libro podrá comprobar que ambos están llenos de interés y de alicientes. Es justo decir, por otro lado, que Memorias de Angola alcanza, en conjunto, un balance estético muy satisfactorio, algo particularmente difícil de conseguir en un género como el de la narrativa corta, que entre todos es el que hace más notorios los defectos de un escritor. Los textos que conforman la obra que aquí reseño evidencian un conocimiento cabal de las reglas y pautas formales del cuento. Participan por eso de sus rasgos consustanciales y definitorios: la precisión, el rigor, la concisión.

Alguien tan autorizado como Julio Cortázar comparó al cuentista con el fotógrafo, argumentando que ambos se ven precisados a escoger y limitar una imagen o un acontecimiento que sean significativos y capaces de actuar en el espectador o en el lector como "una especie de apertura, de fermentación que proyecta la inteligencia y la sensibilidad hacia algo que va mucho más allá de la anécdota visual o literaria contenidas en la foto o en el cuento".

Aplicando ese criterio, hay que reconocer la capacidad de estos textos de Luis Marcelino Gómez para decir mucho más de lo que cuentan, para activar nuestra imaginación mediante unas historias sencillas en apariencia. En definitiva, se trata de eso, de crear unos textos que deben finalizar en el punto exacto para que a partir de ahí, puedan ser prolongados por el lector.


http://www.cubaencuentro.com/cultura/20040531/c36aebbd8a196d00713730097d21b692/1.html

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