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Las memorias de Angola, de Luis Marcelino Gómez

por ADRIANA HERRERA T. (Especial/El Nuevo Herald)

Luis Marcelino Gómez

USA



Luis Marcelino Gómez, el escritor cubano autor de Memorias de Angola, cuentos africanos, recientemente publicado por la editorial Panamericana de Colombia, oyó por primera vez la literatura en la voz de su madre, lectora empedernida, mientras ella convertía en sonido páginas y páginas para una tía ciega que amaba el placer que prodigan las historias.

Entonces era el tiempo de María, de Jorge Isaacs, un libro al que siempre ha vuelto, como suele volverse a la infancia que en algún lugar de cada hombre permanece intacta. Y, cada vez que se reencontró con el primer libro que le habló del continente negro, el mismo que dio nacimiento a la novela de la selva en Hispanoamérica, era un lector distinto, un hombre cuyo destino cambiante iba derivando hacia su encuentro definitivo con la escritura. Algo que ocurriría mucho después de ese primer deslumbramiento.

A los 10 años, la escritura ’’le sucedió’’ como parte del encuentro fortuito con el brillo de la realidad. ¿Cómo nombrar, cómo explicar, aquella tarde en que el escolar que camina hacia su casa en Holguín contempla, por primera vez, una cierta luz sobre lo que ve, y se siente inundado de ese desasosiego que produce el contacto con la belleza antes de que se la convierta en arte? No pudo deshacerse de esa extraña sensación hasta que, sentado en la sala de su casa, tomó un lápiz y sucedió el milagro de la escritura.

A partir de ese instante, comenzó a escribir, a veces como quien trata de retener lo hermoso que eternamente se fuga (su libro de poemas Hambre de pez), y a veces, para combatir la opacidad del mundo: la sombra tenebrosa de la vigilancia del sistema en los vecindarios de La Habana le desangraba el alma, pero durante muchos años, se apaciguó escribiendo. Descubrió la extraordinaria
posibilidad de ser otros que da la literatura, no sólo muy temprano, sino con una naturalidad tal, que en sus diarios se funden, sin transición alguna, invenciones y experiencias. ’’Siempre fui un fabulador’’, reconoce.

Los seres de carne y hueso con quienes compartió espacios, como los hospitales donde se hizo primero médico psiquiatra —cumpliendo la visión de aquél otro dentro de sí que siempre quiso curar—; los que ha amado, encontrado o perdido, en medio de las largas travesías que lo llevaron a Angola, como médico del régimen cubano, durante los años de la guerra en África; o al Sahara —a donde partió sabiendo que se exiliaría; porque se moría interiormente en una atmósfera que se asemejaba a las ficciones orwelianas y que tornaba reales las pesadillas de Kafka—; las gentes cercanas que lo empujaron a escribir nuevas bitácoras y cambiar los cursos de su travesía (como la poeta que le ayudó a conseguir un mecenas en España cuando decidió abandonar la medicina); entraron en sus diarios, y luego en sus cuentos y en sus novelas; pero convertidos desde el comienzo en personajes.

Gómez transita con una pasmosa habilidad el puente entre el ’’yo’’ testigo y el narrador. A menudo, las fronteras se diluyen y ni siquiera él mismo podría precisar cómo funciona esa ósmosis entre el álter ego que es él y a la vez es otro, y el escritor que fue médico psiquiatra, como Lobo Antunes, y que también como él apostó por la posibilidad de otro destino. ’’Nadie sabe todo lo que escribe’’, asevera, con la humildad que impone el misterio de la escritura.

Fue, desde siempre, un contemplador, un ser a quien el día puede ’’entrársele por los ojos desde el amanecer’’, un poeta que oye ’’los árboles a cántaros’’ y que conoce perfectamente los rituales de las flores en las estaciones —el modo en que se abren en primavera los tulipanes y el desvanecimiento de los narcisos—. Suele extraviarse en sus trayectorias de caminante seducido por el resplandor de una paloma o de un árbol de magnolia, entre cuyas ramas podría permanecer hasta que acaeciera el silencio.

El mismo pertenece a una rara especie de nómada; porque tanto en su escritura como en su vida, hace tránsitos tan distantes que parece contener a muchos hombres, como si tuviera la facultad de desplazarse hacia una miríada de voces alternas, como si pudiera ser y crear desde una multiplicidad de perspectivas —a veces casi irreconciliables— y como si, simultáneamente, los lugares por los que ha pasado, convertidos en espacios literarios, después de sus desarraigos, echaran raíces tan hondas que sus lectores creerían que siempre ha estado ahí. Kalandula, tanto como La Habana o como Chapel Hill en este tiempo (en cuya antigua universidad dicta cátedra sobre el español), son territorios de los que jamás se ha ido el escritor que los evoca.

Como creador, Gómez pudo haber sido un florentino en tiempos del Renacimiento, un artista simultáneamente apasionado por la ciencia, por las letras y por el secreto de los óleos (pinta, desde luego). Pero igualmente su obsesión por los escritores que fundaron la literatura latinoamericana ha sido tan intensa que para escribir sobre Rómulo Gallego llegó a revivirlo recorriendo el Arauca y
obligándose a dormir en un chinchorro, y ha leído tantas veces a Isaacs que podría sentir que se diluye en él, al punto de leerlo como si estuviera
escribiéndolo.

Pero también ha confesado: ’’No voy a negar que un Francis Macomber vivía en mis huesos’’ y quien se adentra en los relatos de sus Memorias de Angola — parte de los cuales fueron publicados originalmente bajo el título Donde el sol es más rojo— siente en su voz la sombra gigante y la voz escueta, irrebatible, de Hemingway; tanto como la ternura de los Cuentos de la selva, de Horacio Quiroga, y la exaltación ante lo creado de ese Whitman que leyó febrilmente en su adolescencia. En ciertas páginas emerge el tono de las crónicas de un Capote, pero en su voz transita por igual el lirismo al estilo del siglo XIX de un José Eustasio Rivera, rebasado por la inmensidad, y a un tiempo, en relatos como Los asesinos (doble intento de homenaje y reescritura de uno de los cuentos más famosos de Hemingway) los diálogos transparentan su conocimiento de Manuel Puig. Escribe, en suma, con la conciencia de quien busca un tono para contar la vida, urdiendo palabras sobre el rastro de una larga tradición, y por ello, en este último libro, cuyo axis mundi poderoso e inamovible es el África que lo habita para siempre, se funden incontables géneros literarios y voces narrativas.

Wasaluka, por ejemplo, descubre la historia de una mujer que enloqueció de amor, con extraordinaria simpleza y belleza; el relato Los proboscidios maneja la tensión interior con el principio del iceberg de Hemingway (bajo la pequeña superficie de lo que se dice, se agita la gigantesca realidad, que el lector presiente en todo su acecho); Kimbanda roza el realismo mágico y reedita lo legendario; y En misión logra una atmósfera de enorme intensidad emocional y se desencadena incontables posibilidades de lectura.

En el relato la incursión en lo vedado equivale a una proclama de libertad y la muerte adquiere, como metáfora, el valor de la rebeldía suprema.

Hay que decir que Gómez no ha completado su periplo, que escribe mientras descifra el curso de su destino, que a veces sueña que de nuevo es un médico misionero (casi siempre, en África), pero que en todas las vidas posibles, en todos los hombres que podría llegar a ser o que a su modo ha sido, la palabra está en el principio y en el fin de la creación de su universo. Para ella vive.

http://www.miami.com/mld/elnuevo/entertainment/visual_arts/8821024.htm

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