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EL BOSQUE DE VADUZ

Valentín Justel Tejedor

España



Corría el año 1547 en una pequeña aldea muy cercana a Vaduz, capital de un exiguo Principado situado entre la actual Confederación Helvética y Austria, dónde vivía un niño muy despierto llamado Alejandro.

A éste pequeño le gustaba ir con sus amigos todas las mañanas de verano a un viejo puente de madera situado a la entrada de la ciudad, allí pasaban horas y horas pescando y charlando sobre las correrías y aventuras que iban a realizar durante el resto del día.

Así, un día que se encontraban en aquel lugar, transcurrida buena parte de la mañana Alejandro ya cansado de una pesca infructuosa, pues los cestos donde recogían el pescado estaban vacíos de carpas y esturiones, decidió acercarse a la ciudad con sus amigos.

Ese día en la villa había mercado, y allí se concentraban comerciantes de todas las aldeas limítrofes. Era un espectáculo variopinto, pues se compraban y vendían toda clase de cerámicas, animales, alimentos, e incluso los comerciantes más hábiles realizaban el trueque con productos perecederos.

Para estos niños el día de mercado era un aliciente en sus vidas, pues así podían charlar con gentes venidas de otras tierras y descubrir cosas que hasta entonces desconocían.

Corrían y reían, mientras jugaban entre ellos, burlándose de las voces que daban los mercaderes al vender sus productos, imitando sus gestos, y probando algunas de las frutas que encontraban más exóticas.

De repente, en el centro de la Grand Place un grupo de comediantes atrajo su atención, había varios comefuegos que lanzaban llamaradas a más de dos metros de distancia, junto a éstos un gigante con alzas paseaba entre aquella muchedumbre atónita por la destreza de aquellos artistas que hacían las delicias de niños y adultos.

Tras finalizar la actuación de los titiriteros, decidieron acudir a visitar a su amigo Tomasso que se encontraba enfermo pues había contraído una misteriosa patología, una especie de fiebre de dudoso origen .

Al llegar los niños a casa de su amigo, su madre les recibió advirtiéndoles que no se acercaran demasiado a Tomasso, pues la fiebre era contagiosa.

Estos desde la puerta de la habitación veían como su madre le ponía cataplasmas frías para aliviar el calor de la fiebre.

Alejandro y sus amigos se sentían tristes al observar el estado de Tomasso.
Así, tras varios minutos en el interior de la casa decidieron marcharse, para seguir jugando por el mercado y tratar de olvidar momentáneamente aquella dura escena.

El bullicio continuaba en el mercado y los comerciantes apuraban las últimas horas que quedaban para vender sus productos.

Al pasar por uno de los puestos Alejandro vio algo que llamó poderosamente su atención, se detuvo en silencio, mientras los demás amigos le preguntaban:
- ¿ Que es lo que pasa Alejandro?
- Nada, respondió él.
Y acercándose lentamente a aquel lugar se fijó en un gran hongo de color rojo intenso moteado de puntos blancos, que el comerciante guardaba metido en una gran urna de cristal.
Entonces Alejandro le pregunto:
- ¿Señor que es eso?.
El comerciante le respondió:
- Esto es un hongo gigante, niño.
- ¿Un hongo gigante? Respondió Alejandro.
- Si, tiene unas propiedades mágicas.
- Y que propiedades son esas, señor
- Este hongo cura las enfermedades más diversas y extrañas.
Inmediatamente Alejandro pensó en su amigo Tomasso y dijo:
- Señor, verá yo tengo un amigo que está muy enfermo, tiene una extraña fiebre y no saben como curarle.
- Usted podría darme una pequeña porción del hongo para ver si se cura mi amigo.
-Pequeño, este hongo solo puede curar si lo aplica la persona que lo ha encontrado y yo no lo he hallado, por eso lo vendo como un alimento.
Alejandro entonces le pregunto al comerciante:
-¿ Dónde puedo encontrar hongos como este?.
El mercader le respondió diciéndole:
- Cerca de aquí hay un bosque que le llaman el bosque de Vaduz, allí dicen que hay muchos de estos hongos

Enseguida, Alejandro convenció a sus amigos para que le acompañaran hasta aquel lugar.

Algunos de ellos se negaron diciendo que era un sitio desconocido y que no querían correr ningún peligro.
Al final, Alejandro les dijo:
- Bien, no importa lo haré sólo, sois una pandilla de miedosos y asustadizos.

A escasos metros de donde comenzaba el bosque se alzaba un castillo perfectamente almenado, con grandes puertas de madera y con unos conos de piedra que cubrían sus poderosas torres, dejando hermética aquella fortaleza, desde allí los amigos de Alejandro veían como éste se iba alejando de ellos y penetraba lentamente en aquel frondoso y tupido bosque.

Una vez dentro de aquel laberinto de árboles que únicamente dejaban pasar unos finísimos haces de luz entre sus hojas, pues la espesura era sumamente densa debido a la gran cantidad de columnas vegetales, que poblaban aquel lugar, Alejandro continuó su camino sin saber muy bien adonde dirigirse, entre tanto, ya habían transcurrido varias horas y Alejandro había perdido el sentido de la orientación, todos los senderos le parecían iguales, cansado de andar se sentó a descansar.

De repente, un pequeño gnomo le dijo:
-Alejandro no te preocupes, yo te indicaré el camino para salir de aquí.
- ¿Quién eres tu?, respondió el niño.
- Soy un Gnomo, un duendecillo del bosque.
- ¿Vives aquí?
- Vivo aquí desde hace más de doscientos años.
- ¿Tantos?
- Si, los Gnomos somos muy longevos.
- Acompáñame, te indicaré el camino de vuelta a casa, le dijo el gnomo.
- ¡Espera! Respondió Alejandro.
- ¡No quiero irme a casa!
- He venido a buscar un hongo gigante con propiedades curativas.
- Se donde están, pero ese lugar esta al otro lado del lago.
- ¿Y como puedo llegar allí? Replicó Alejandro.
- No te preocupes, te presentaré a Delfa la sirena del lago, ella te llevará hasta el lugar que buscas.

Minutos más tarde, Alejandro y el Gnomo llegaron a la orilla de aquel precioso lago, instantes después surgió de las aguas una joven y encantadora sirena con el cuerpo laminado de escamas y una gran cola tornasolada.

-Delfa este niño es Alejandro, ha venido a este lugar en busca de los hongos curativos para sanar a un amigo suyo, afectado de unas altas fiebres;tiene que dirigirse a la otra orilla del lago, cerca de allí es dónde crecen esos hongos.

Delfa tras besar en la mejilla a aquel niño le dijo:
- Agárrate a mi cola y nada mientras nos sumergimos en las profundidades del lago.

Alejandro se despidió de su amigo el gnomo y pronto se encontraba surcando las azules y transparentes aguas de aquel pequeño mar.

Mientras iba sumergido veía a su alrededor un sinfín de pequeños peces de vistosos colores, enormes praderas de algas, y un fondo marino lleno de arena de un color oro brillante que parecía reflejar todos los rayos del sol.

Una vez llegaron a la otra orilla, la bella sirena alertó sobre los peligros que podían acechar al pequeño Alejandro.

Pero éste valientemente movido por el tesón solo pensaba en conseguir el mágico hongo para curar a su amigo.

Después de alejarse de la sirena Alejandro avanzaba entre los manglares, llenos de raíces, que parecían evocar las piernas de unos árboles que trataban de escapar de aquel tétrico lugar.

Pero de nuevo encontró a un amigo: Hérmes el unicornio, un pequeño caballo alado de color blanco ártico y con un minúsculo cuerno en la cabeza.

Hérmes preguntó a Alejandro que como había llegado hasta allí, el niño le explicó lo acontecido hasta ese momento.

El unicornio le dijo a Alejandro que las setas gigantes crecían en el borde de un precipicio, y que para acceder a aquel lugar era necesario llegar por el aire.

Hérmes invitó al niño a subir a sus lomos e instantes después se encontraban sobrevolando aquella tierra maravillosa, mientras el caballo alado batía sus extremidades, el viento refrescaba la cara de nuestro protagonista, que no dejaba de mirar aquel paisaje lleno de color y magia.

Pronto Alejandro divisó la pared donde se encontraban prendidos aquellos hongos, y su expresión facial cambió radicalmente.

Hermes le depositó con sumo cuidado en la cima de aquella montaña, y nuestro protagonista tras despedirse de él, comenzó su árdua tarea.

Minutos después tenía en sus bolsillos varios trozos de aquel hongo mágico, había sido difícil pero la recompensa iba a ser muy grande.

El regreso a casa fue sencillo para nuestro protagonista, parecía orientarse con suma facilidad como si alguien le fuera indicando el camino, y nada más cierto, pues los pájaros con su sonido iban conduciendo al niño por el sendero correcto; tuvo tiempo de reencontrarse con Hermes al que mostró con orgullo los trozos de tan preciado musgo, más tarde encontró a Delfa a quien enseñó también lo conseguido, y finalmente halló al gnomo quien felicitó a Alejandro por su tenacidad y valor para alcanzar un buen fin como era recoger aquella talofita mágica para conseguir la curación de un amigo suyo.

Alejandro tras pasar varios días en aquellas tierras llegó a Vaduz, y tras explicar a sus padres lo ocurrido se dirigió a casa de su amigo Tomasso, su madre estaba llorando y Alejandro aplicó el liquen en la frente de su hijo.

Varias horas después, Tomasso se encontraba perfectamente restablecido, aquella patología había desaparecido, y en su lugar había dejado paso a una alegría inmensa para el niño enfermo y su familia.

Pronto los amigos de Alejandro y Tomasso se enteraron de la buena noticia y corrieron a casa de éste último para poder volver a jugar con ambos.

Al día siguiente, toda la ciudad conocía el hecho y se celebró una gran fiesta, para reconocer el mérito de Alejandro que movido por sus propias convicciones personales basadas en valores como la amistad, la valentía ,o la solidaridad, había sido capaz de salvar la vida de un amigo.


- FIN-

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