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COMO ME LO CONTARON LO CUENTO

César Rubio Aracil

España



A Meria,
que me está enseñando
a escribir relatos eróticos.

 

Justo padecía de una orquitis crónica además de que, por malformación congénita, tenía que vérselas con una rara monorquidia, agravada por un impertinente hidrocele que lo llevaban de cráneo. Es decir: tenía un sólo testículo, muy inflamado debido a una acumulación excesiva de líquido en la túnica serosa. Pero no acababa aquí la tragedia ya que su pene, cuando comenzaba la erección, se le curvaba de un modo anómalo, eso sin contar con una estrecha fimosis que, por temor al quirófano, le dificultaba los encuentros íntimos con su pareja. Menos mal que se había unido a una viuda y no le fue necesario desvirgarla. Lo que se dice todo un récord de infortunio a la hora de las verdades sin cuento. Clara, su compañera sentimental, trataba de tranquilizarlo con animosas palabras llenas de comprensión y femenino encanto; pero él, ya digo, temeroso de afrontar el par de horas de bisturí que lo dejaran hecho un hombre: circunciso y con su larga, voluminosa minga derecha cada vez que su natural potencia viril le exigía batallar en la cama -terror de los terrores-, tenía que hacer piruetas para que su bálano acertase a penetrar por el lugar conveniente y no, como casi siempre sucedía, que apuntara en dirección al "bullate".

- Justo, por ahí no, amor, que me haces daño. Agáchate un poco más y yo la encajaré en su sitio.
El "sitio" estaba próximo, pero Justo perdía siempre la brújula en los momentos decisivos y se afanaba en su empeño por abrir un nuevo camino: una bifurcación en la senda sexual.
- Escucha, amor -Clara interrumpió el proceso cuando él, dale que dale al torcido rodrigón, intentó una vez más, en vano, hacer oídos sordos a las suplicas de su compañera y proseguir en su perseverante actitud-. Cuando decidas entrar en el quirófano, y luego de que el cirujano te arregle los "bajos", te prometo ser permisiva contigo. Aunque me tengas que desvirgar el cuadril; pero ahora no, porque no podrías hacerlo.
- ¿Y si me quitan el único huevo que tengo?
Clara no estaba en aquellos momentos para largas explicaciones y atajó el asunto haciéndole a su hombre una felación en toda regla; pero pensaba que para ella sería lo más conveniente, porque cada vez que a Justo se le antojaban ciertas prácticas, la pobre mujer tenía que jadear por la nariz.
Transcurridos unos cuantos meses, el escroto de Justo equilibrado gracias a los avances de la cirugía estética; la verga recta y enhiesta como el ciprés de Silos y el glande liberado de la tiranía epidérmica, en la primera noche de un celebrado día agosteño, la luna haciendo guiños a la pareja a través de la abierta ventana de su alcoba, él, entusiasmado por el éxito de la ciencia, le susurró al oído de su compañera:
- Clara, lo prometido es deuda. ¡Venga, amor, vamos al dengue!
- Cariño, ¿a qué dengue te refieres?
- ¡Leche!, ¿a qué voy a referirme? ¿Acaso has olvidado tu promesa?
- ¡Ah, ya! Sí, amor, no se me había olvidado. Lo que sucede es que ahora tendrás que esperar tú a que yo decida operarme de las almorranas.

Este artículo tiene © del autor.

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