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ENCUENTRO EN POITIERS

Carta abierta al escritor cubano César López (se autoriza su publicación).

Luis Marcelino Gómez

USA



Estimado César López:

Recordarás el inesperado encuentro que tuvimos en Poitiers, Francia. Conversabas con mi amiga, una profesora judía de la Universidad Hebrea de Jerusalén. Cuando ella se retiró y una vez a solas te pregunté por Raúl Rivero. Tu respuesta me asombró: -Él ya ha salido bastante. Como si la libertad individual de movimiento, defendida en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, no existiera, como si los seres humanos fueran objetos que pertenecieran a los gobiernos de turno, como si hubiese que pedir permiso para salir y entrar, como si el estado fuera el dueño de la casa, de sus puertas, de su llave. Me asombró tu respuesta, porque en ella revelabas lo que estoy seguro no querías expresar: que vives en una cárcel. Te conté que hace años, en 1981, siendo médico como tú, y de vacaciones en Cuba (entonces trabajaba en Angola enviado por el gobierno cubano) había sido invitado por mi compañera, una mexicana con la que pensaba casarme, quien quería que conociera a su familia en ese «hermano país» como se repite allá. Pues Seguridad del Estado me negó la salida. Esto ocurrió cuando tenía pasaporte habilitado gracias a que regresaría al África. Algo excepcional, pues en Cuba los ciudadanos comunes, como sabes, no pueden habilitar un pasaporte a no ser que el Estado los envíe al extranjero o, naturalmente, cuando marchan al exilio. Tú, sin embargo, me dijiste que viajas con frecuencia. Has estado muchas veces en Poitiers, me confesaste. Con orgullo hablaste de una hija, no para decirme que trabajaba en un pueblo perdido de Moa o de Nicaro, sino en Suecia o Suiza, no recuerdo bien. Además, mencionaste que tenías familia en Miami, aunque usaste palabras muy duras para referirte al exilio. Como si no fueran cubanos como tú, de todas las esferas, tus hermanos, el pueblo sufrido de Cuba que vive y trabaja en el extranjero y mantiene a la mayoría de los cubanos en la Isla: los calza, los viste, les envía medicinas, espejuelos y, además, les ofrece la esperanza de una reunificación en un país democrático, el nuestro, sin Castro ni comunismo. En fin, los provee de todo lo que el gobierno que defiendes es incapaz de procurarles. Y tú, sin embargo, tuviste palabras ofensivas para ese exilio y me llamaste a mí «fundamentalista». ¿Cuál es mi pecado? ¿Que me negué a ser una oveja que cumple lo que se le antoje al dictador? ¿Que, por amar la libertad, me decidiera a buscarla en otro país, como aprendí desde mi infancia de ese Martí que me enseñó a hablar sin hipocresía. Hipocresía que constantemente tienen que utilizar nuestros compatriotas en Cuba so pena de ir a la cárcel o de ser calificados de traidores a la patria? ¿Es pecado que en vez de revalidar mi título de médico, y convertirme en millonario ¿y por qué no? prefiriera dedicarme a la literatura y hacer un doctorado en letras, gracias a lo cual ahora soy profesor en una prestigiosa universidad norteamericana? Yo les echo abajo la propaganda de que salimos a explotar y a volvernos ricos. Soy hijo de una familia humilde, me he pasado la vida estudiando y me he hecho a mí mismo. Un profesional que en vez de andar detrás del «poderoso caballero», decidió dedicarse a las letras y seguir una vida simple de escritor. ¿O es mi pecado haber publicado cinco libros y tener ya, al fin, una editorial que me paga las regalías de derecho de autor, que no pertenecen a estado alguno, sino al individuo? ¿O que viajo a Francia, no enviado por gobierno alguno, sino porque escogí ir como académico, a presentar un trabajo sobre un cubano célebre a pesar de Castro, Reinaldo Arenas? Soy un escritor cubano, un coterráneo proveniente de una familia de campesinos pobres. Cualquier país se sentiría orgulloso de un hijo así. Ustedes no, porque tienen que seguir el férreo lema de «con la revolución todo». Es decir, no disidencia. Como si todo el mundo pensara igual, como modelos sacados de una fábrica, como autómatas. Nunca olvidaré en mis años en la escuela de medicina de la universidad de Oriente, en Santiago de Cuba, la expulsión de dos excelentes alumnas porque se comentaba que eran homosexuales, tampoco olvido la soledad de una muchacha y de un muchacho a quienes nadie se acercaba en la misma escuela por la homofobia reinante. Al muchacho lo conozco muy bien. Nada ha cambiado. En estos días han vuelto a llevar a la cárcel a los homosexuales. La UMAP no quedó atrás. Tú que eres médico ¿desconoces la encarcelación de los pacientes que poseían el síndrome de inmunodeficiencia en las clínicas de Cuba? ¿Desconoces que se culpó a los homosexuales y jamás se habló de las cepas del virus traídas desde África por los soldados cubanos? Eso se llama mentir, ocultar, tergiversar. Y qué de la situación de vida o muerte a que han llevado a nuestros ciudadanos, que prefieren morir una y otra vez en el Estrecho de la Florida, que continuar haciéndolo por inanición y falta de libertades en Cuba. Es muy triste todo esto.

Confieso que me dolió el epíteto que me endilgaste en Francia, a mí que soy el más pacífico de los hombres, cuando te pregunté por la suerte de Raúl Rivero. A mí me da pena que ustedes digan una cosa y hagan otra. No sé si pena, o vergüenza, de que haya cubanos como tú, tan inmersos en la única voz del régimen, que no ven o no hayan querido ver (por no sé qué oscuros intereses) el derrumbe total y definitivo del comunismo mundial y el fracaso del castrismo en Cuba.

¿O es que les molestan nuestros triunfos? ¿Les molesta que nosotros, a pesar de ser exiliados, ganemos un prestigio fuera de la tierra que amamos y por la que sufrimos? José Martí, Gertrudis Gómez de Avellaneda, José María Heredia, entre nuestras más grandes figuras, sufrieron del exilio, escribieron las más famosas y reconocidas de sus obras en el exilio, y ahora son parte indisoluble de la cultura de la Isla. También pasará con nosotros si nuestra obra es de valor y así lo amerita. En el fondo, son ustedes lo que tienen miedo. En Poitiers me sugeriste que no tuviera miedo de hablar. También recuerdo que te comenté que yo era un hombre libre, que no sentía miedo ni tenía por qué experimentarlo. Eras tú César López, el que sentías pánico de hablar con un cubano como tú, con un médico como tú, con un oriental como tú, con un escritor como tú, con la única diferencia de que yo soy un hombre libre y tú no, y de seguro te han prohibido, como nos lo prohibían a quienes marchábamos al extranjero, hablar con los ciudadanos de los países donde trabajábamos. Y ya se sabe lo que el opresor dice de nosotros. Me imagino que te molestó mi presencia, la cual hizo que te percataras de lo abominable de tu condición: un hombre que encubre a un déspota y que lo defiende, como tú aquella tarde, cuando te negaste a hablar mal de él ante mis preguntas. Seguramente te sentiste muy mal al verme por los pasillos de la Universidad de Poitiers representando a una institución cultural estadounidense cuando pudiera estar poniendo en alto la bandera de Cuba. Ese momento llegará. Nadie, ni la UNEAC completa, podrá evitar que nos lean en Cuba, ni que, en su momento, regresemos, porque eso es negar la historia. ¡Qué triste que sigas apoyando los métodos carcelarios de tortura, de represión y apartheid que ha impuesto el sistema fascisto-comunista y su máximo títere! ¿Cómo es posible que aplaudan las ideas de un ególatra tirano? ¿Pero es que no pueden pensar por cuenta propia? ¿O es que no poseen la valentía de seres como el poeta Raúl Rivero o el médico Oscar Elías Biscet o de mujeres como Martha Beatriz Roque, por sólo mencionar tres héroes de un bloque cada vez más enorme de dignos ciudadanos cubanos que perdieron el miedo? ¡Qué triste! Por fortuna queda poco. Todo se derrumba. Sí, César López, todo se derrumba, y el desgobierno comunista de Castro también. El castrismo ocupará su lugar (como el fascismo) en la inmundicia de la historia. Y un futuro de amor, de justicia y de esperanza nos unirá a todos. Atrás quedará esta política de ustedes de querer separar a los miembros de un mismo cuerpo, porque en esta anatomía que es Cuba, todos somos parte de ella: somos sus ojos, su corazón roto, sus manos, sus dedos. Sus hijos, César López. Cuba es de todos. Y todos, tenemos el mismo derecho.
 
Mi aspiración como psiquiatra, como escritor cubano, como el más simple de los seres humanos, como exiliado, es que mañana podamos abrazarnos y que tu literatura, si vale, la mía, si vale, y las de otros, si conforman una obra de arte, se lean para el bienestar y el desarrollo de nuestra nación. Entonces, sólo entonces, se le podrá llamar culta a Cuba, cuando sea ella quien escoja qué quiere leer y cuando no les impongan a nuestros compatriotas qué leer y qué no, como hace en estos momentos un déspota. Mientras, no será un pueblo culto. No puede serlo. ¿Cómo llamarlo ahora, cuando desconocen la mitad de la cultura no sólo cubana, que somos nosotros, sino también la universal? Eso sólo cabe en los delirios del autócrata a quien, por desgracia, o ceguera, o pánico, ustedes siguen aplaudiendo.

Un abrazo.

Dr. Luis Marcelino Gómez

Chapel Hill, North Carolina.
Agosto de 2004

Este artículo tiene © del autor.

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