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Violencia en Argentina (V): La trama en la oscuridad

Carlos O. Antognazzi

Argentina



La trama en la oscuridad

Jeffrey D. Sachs, profesor de economía y director del Earth Institute en la Universidad de Columbia, hace notar que «todos los descensos a la barbarie se caracterizarían por dos cosas. Primera: la inexorable tendencia humana a clasificar al mundo en “nosotros” y “ellos” o, mejor dicho, “nosotros” vs. “ellos”, para luego rebajar a “ellos” a una condición infrahumana. (...) Segunda: el miedo potenciaría las manifestaciones del odio y la violencia contra “los otros”» (La marcha hacia la barbarie. La Nación, 05/07/04, p. 17). La afirmación organiza el concepto de polarización, tan caro a los argentinos (cfr. Cada cual atiende su juego, Castellanos, 23/07/04), por la cual la sociedad se escinde en dos partes, en donde, inevitablemente, siempre los unos son los buenos, en detrimento de los otros, que son los malos. Para quien no quiere, no obstante, participar del juego de polaridades que en general aportan una media verdad (por lo que terminan ocultando una gran mentira) está la impecable opción de Tato Bores en uno de sus últimos ciclos televisivos: frente a la disyuntiva propugnada por Menem, entre una vereda y la de enfrente, él elegía «la vereda del sol».

La trama en la oscuridad

Jeffrey D. Sachs, profesor de economía y director del Earth Institute en la Universidad de Columbia, hace notar que «todos los descensos a la barbarie se caracterizarían por dos cosas. Primera: la inexorable tendencia humana a clasificar al mundo en “nosotros” y “ellos” o, mejor dicho, “nosotros” vs. “ellos”, para luego rebajar a “ellos” a una condición infrahumana. (...) Segunda: el miedo potenciaría las manifestaciones del odio y la violencia contra “los otros”» (La marcha hacia la barbarie. La Nación, 05/07/04, p. 17). La afirmación organiza el concepto de polarización, tan caro a los argentinos (cfr. Cada cual atiende su juego, Castellanos, 23/07/04), por la cual la sociedad se escinde en dos partes, en donde, inevitablemente, siempre los unos son los buenos, en detrimento de los otros, que son los malos. Para quien no quiere, no obstante, participar del juego de polaridades que en general aportan una media verdad (por lo que terminan ocultando una gran mentira) está la impecable opción de Tato Bores en uno de sus últimos ciclos televisivos: frente a la disyuntiva propugnada por Menem, entre una vereda y la de enfrente, él elegía «la vereda del sol».

Sentido de pertenencia

¿Qué soy si no pertenezco? ¿Soy realmente sin pertenecer? No son preguntas retóricas, porque desde los griegos sabemos que el hombre es en tanto pertenece a la Polis. Se es en tanto se pertenezca a un tejido social, una cultura. Se es en relación con los demás. Octavio Paz lo expresó mejor: «Toda palabra implica dos: el que habla y el que oye» (El arco y la lira. Fondo de Cultura Económica, 1983. p. 45). ¿Qué ocurre entonces con la marginación, cuando hay grupos sociales que no se sienten parte del tejido social, sino un sobrante que, además, es rechazado por el resto de la sociedad?

Hay múltiples formas de segregar. Y desde el arribo del posmodernismo sabemos que la inocencia se perdió. Todo tiene su costo y su porqué. En el libro Clientelismo político: las caras ocultas (Capital Intelectual, Buenos Aires, 2004) Javier Auyero hace notar la compleja trama de intereses que relacionan al poder del Estado, los punteros políticos y la ciudadanía. Auyero señala cómo la figura del Estado desaparece ante la cercanía de punteros y vecinos “solidarios”, que dan lo que se necesita en la comunidad, sean alimentos, medicamentos o “palancas” para conseguir un plan asistencial o entrar en alguna repartición pública. Y agrega un dato importante: no se trata de canjear alimentos por votos, porque no hay un pedido explícito de los punteros. Se trata de que “naturalmente” el beneficiario siente que debe corresponder a quien lo ayudó, y esa correspondencia supone, por ejemplo, asistir a un acto partidario y vitorear al candidato de turno. No es necesariamente un principio de acción y reacción, y esto es lo más riesgoso: se trata de una conducta, de una cultura y, como tal, de algo muy difícil de sacar de la sociedad. Los punteros ocupan el lugar del Estado ausente, lo representan y lo anulan al mismo tiempo. Los punteros son quienes colaboran en el barrio, quienes tienen los contactos adecuados, quienes resuelven entuertos. La relación se “personaliza”: al Estado no lo vemos, pero sí vemos a nuestro vecino.

Esta madeja sólo puede funcionar con una incultura acorde, además de una pauperización sistemática, que en buena medida promueve el Gobierno de turno. Si la educación funcionara como corresponde y no fuera una de las tantas asignaturas pendientes otra sería la historia. Pero el desconocimiento permite la construcción de estas redes, que se incorporan al ideario colectivo como algo normal. No se trata de apoyar a tal o cual, sino lisa y llanamente de sobrevivir. Y en esa alternativa nadie se cuestiona la ética de la prebenda.

Auyero hace notar, además, cómo fue orquestada la primera manifestación piquetera en Cutral Có y Plaza Huincul, en junio de 1996: la gente fue convocada desde Radio Victoria. Detrás de la invitación estaban el ex intendente Adolfo Granitti y Mario Fernández, director de la radio. El mismo Granitti repartió comida en los piquetes. De manera que lo que para un ciudadano común pudo ser una manifestación popular espontánea, en la práctica resultó un movimiento orquestado para crear un desorden y sacar el mayor rédito político. Ese piquete fue el primero. Debemos agradecerles a Granitti y Fernández los piquetes actuales.

Voto cautivo

Esto se complementa con el informe de Carmen María Ramos, La trama del voto cautivo, publicado en La Nación (Enfoques) el 11/07/04, basado en el Plan Jefas y Jefes de Hogar, y realizado por los economistas Martín Simonetta y Gustavo Lazzari para la Fundación Atlas. El plan fue creado en abril de 2002 por decreto 565/02. Para Patricia Bullrich, presidente de Unión por Todos, «lo que se está construyendo no son redes de ciudadanía sino de dependencia, con una cautividad absoluta respecto de los planes sociales, pero también del empleo público». Simonetta por su parte sostiene que (con la consolidación del clientelismo) «a los políticos les resulta funcional la pobreza para permanecer en el poder».

En el mapa que elaboraron provincia por provincia esto se evidencia: Formosa tiene el 42,8 % del voto cautivo; Catamarca, 39,2 %; Jujuy, 35,6 %; La Rioja, 33,9 %; Chaco, 32,2 %; Santiago del Estero, 26,9 %; Santa Cruz, 25,5 %; Neuquén, 24,8 %; Tierra del Fuego, 24,3 %; Corrientes, 23,4 %; Salta, 23,1 %; Tucumán, 21,9 %; San Juan, 20,9 %; Río Negro, 20,8 %; Chubut, 18,4 %; Misiones, 18,0 %; Entre Ríos, 17,8 %; San Luis, 17,7 %; La Pampa, 17,3 %; Santa Fe, 17,1 %; Buenos Aires, 15,8 %; Mendoza, 15,0 %; Córdoba, 13,0 %; Capital Federal, 7,8 %. El promedio es del 17,4 %.

Una metodología efectiva a la hora de mantener el voto cautivo es la de los puestos que deben ser renovados cada tres o cuatro meses. Hay una constante dependencia del poder de turno, que es quien otorga o quita, según la “disposición” del beneficiado. Como siempre es más la demanda que la oferta, es fácil mantener el statu quo. Para que cambien las cosas debería hacerse una redistribución del ingreso y crear fuentes de trabajo, algo que ningún gobierno de corte populista ha conseguido hasta ahora, entre otras cosas porque su afán no es cambiar el orden establecido, sino mantenerlo para su propio beneficio. Sólo así puede seguir siendo.

Cabe recordar que la definición más acertada que se ha hecho del peronismo, en procura de entender cómo puede tolerar en sus filas a izquierda y derecha, es la de una fuerza capaz de reunir poder con el fin de eternizarse en él. Eso es lo que hace a sus representantes tan contradictorios: lo que se busca es la perduración en el tiempo, no una ideología de contribución con la sociedad. La coherencia del peronismo está en su capacidad de mutar. Y «en esas mutaciones están las razones de su perdurabilidad», manifiesta Juan Carlos Portantiero («Hay una vuelta al clima de los 70», entrevista de Fernando Laborda. La Nación, Enfoques, 20/06/04, p. 6).

Si bien es cierto que el voto cautivo no determina una elección, resulta evidente que la orienta. Hay que agregar que según el INDEC (Instituto Nacional de Estadística y Censo) el 47,8 % de los argentinos sobrevive por debajo del nivel de la pobreza; es decir, cuatro personas que tienen menos de 721 pesos (200 euros) por mes como ingreso. El contexto en que tiene lugar el clientelismo no podría ser mejor para los fines de ciertas estructuras. Lo que en principio es un gobierno democrático se transforma, por obra y gracia de “las circunstancias”, en una tiranía. Como sostiene Mauricio Rojas, miembro del Parlamento Sueco, «en la Argentina falta cultura democrática».

También hace notar Rojas que aquí siempre gobierna la “patota” (sean piqueteros, gremialistas o malos políticos), esa «banda que va a asaltar el poder para asaltar, a su vez, el resto del país. Esa forma de hacer política ha penetrado en todas las estructuras sociales. Y hay una especie de paradigma de la acción colectiva que ejerce ese papel: nosotros asaltamos y el resto que se vaya al hoyo». Y especifica: «Hay una fuerza política que gobierna o que hace ingobernable el país: es el peronismo. Ninguna democracia está consolidada mientras una fuerza se sienta con el derecho de generar esa sensación. Porque la alternancia en el poder se reduce a nada. Si hay un gobierno no peronista, le declaran 13 o 14 paros nacionales y el país se va al hoyo» (La Nación, 16/06/04, p. 10).

Estado corruptor

El voto cautivo, como el clientelismo, también tiene su lado negativo por la falta de control. Esa pobreza funcional que a los políticos les sirve para perpetuarse conlleva el manejo inescrupuloso de la ayuda social. Se lucra abiertamente con la indigencia y la necesidad del otro, con el agravante de que quien lo hace es el vecino, ya no el Estado. El Estado da las herramientas, pero es el puntero político quien primero las utiliza en su provecho. Auyero señala la facilidad con que determinados grupos cambian su apoyo por otro candidato. Recuerda, además, cómo durante los saqueos de diciembre de 2001 se crearon zonas liberadas al no proteger a los pequeños negocios, y cómo esos saqueos fueron cuidadosamente armados. Nada se dejó al azar; se elaboró un plan y se convocó a la gente a determinada hora en determinado lugar. Fue sencillo hacer que caiga un presidente como De la Rúa, que en los últimos tiempos tampoco contaba con el apoyo de Alfonsín.

La falta de control ha llevado a que la mayoría de las comunas bonaerenses estén acusadas de malversación de los planes sociales. El fiscal federal Guillermo Marijuán, que lleva adelante las actuaciones, señala que todos los denunciados son «dependientes de municipalidades, que, justamente y en la mayoría de los casos, fueron los centros que tenían delegada la potestad para inscribir beneficiarios y colaborar» (La Nación, 12/07/04, p. 5). Hay que reconocer una vez más la coherencia del peronismo en este presunto “descontrol”: cuando Perón vivía existía el mismo “descontrol”, que el Estado alentaba en beneficio propio, con demagogia obscena. Se roba para la corona, en suma, como reconociera sonriente José Luis Manzano. Quizá fue una ironía, pero la realidad es siempre más dolorosa.

© Carlos O. Antognazzi. Escritor.
Santo Tomé, julio de 2004.

Publicado en el diario “Castellanos” (Rafaela, Santa Fe, Argentina, el 13/08/04). Copyright: Carlos O. Antognazzi, 2004.

Este artículo tiene © del autor.

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