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Violencia en Argentina (VI): La certeza del eterno retorno

Carlos O. Antognazzi

Argentina



Ya en el comienzo de su libro Derecha e izquierda (Taurus, 1998) Norberto Bobbio hacía notar que estos términos son «recíprocamente exclusivos y conjuntamente exhaustivos: exclusivos, en el sentido de que ninguna doctrina ni ningún movimiento pueden ser al mismo tiempo de derechas y de izquierdas; exhaustivo, porque, al menos en la acepción más rigurosa de ambos términos (...) una doctrina o movimiento únicamente pueden ser de derechas o de izquierdas». La paradoja Argentina del peronismo no parecía estar en los argumentos del filósofo italiano, y se comprende porque, pese a lo que se ha insistido durante décadas, Perón coqueteaba con la “izquierda imberbe” mientras construía su poder y su autoritarismo con la derecha.

La certeza del eterno retorno

Ya en el comienzo de su libro Derecha e izquierda (Taurus, 1998) Norberto Bobbio hacía notar que estos términos son «recíprocamente exclusivos y conjuntamente exhaustivos: exclusivos, en el sentido de que ninguna doctrina ni ningún movimiento pueden ser al mismo tiempo de derechas y de izquierdas; exhaustivo, porque, al menos en la acepción más rigurosa de ambos términos (...) una doctrina o movimiento únicamente pueden ser de derechas o de izquierdas». La paradoja Argentina del peronismo no parecía estar en los argumentos del filósofo italiano, y se comprende porque, pese a lo que se ha insistido durante décadas, Perón coqueteaba con la “izquierda imberbe” mientras construía su poder y su autoritarismo con la derecha.

A buen entendedor

Lo que sorprende es la resistencia intelectual en comprenderlo y aceptarlo. Cuando Perón se exilia se refugia con los militares y dictadores más retrógrados de la época: Stroessner, Somoza, Pérez Jiménez, Franco, Trujillo. Admiraba públicamente a Mussolini. Le da el aval a José López Rega (un policía mediocre, pero sumiso y cruel) para que forme la Alianza Anticomunista Argentina (Triple A), con la cual se afianzarán los crímenes de Estado en plena democracia. Nunca Perón fue tan sincero como el 01º/05/74 cuando echó a los Montoneros de Plaza de Mayo, y cuando hizo encarcelar a la periodista Ana Guzzetti, del diario El Mundo (y luego directamente cerrar el diario), porque había osado preguntarle qué haría frente a los atentados de la derecha. Que pese a eso Montoneros haya insistido en quedarse en el partido en lugar de construir uno propio sólo puede entenderse a la luz de una patética orfandad o un no menos patético imbecilismo crónico. Porque el papel que hicieron (y siguen haciendo aún hoy los ex montoneros que viven de “glorias” pasadas) es tristísimo: expulsados por el líder al que rendían pleitesía, persistieron en rondar el régimen para pelear por las migajas de la mesa a la que sólo se sentaban López Rega y sus paramilitares.

Con el correr de los años la verdadera ideología del peronismo se hace cada vez más transparente. Antonio Cafiero, peronista de «la primera hora» del que pueden decirse muchas cosas menos que no es un devoto discípulo de la doctrina y de Perón, dijo que Perón lo habría retado a Menem por «olvidarse de los pobres», y que a Kirchner le habría dicho que «el gobierno no es para pelearse con todos, aunque no te gusten. ¡Por favor, dejá de juntarte con estos zurdos, de la izquierda neoliberal, de la izquierda social, porque ésos no son peronistas, viejo!» (sic. La Nación, 02/07/04, p. 8). Estas reprimendas de Perón son hipotéticas, pero en boca de un viejo peronista como Cafiero revisten una cristalina legitimidad: desde su origen el peronismo ha sido funcional a la derecha. Tanto sea por su verticalismo, como por sus amistades, Perón dirigió con mano férrea una derecha que se escudó mientras pudo bajo la piel de un aparente socialismo, pero que afloraba a cada momento de distracción, hasta que ya ninguno de sus actores pudo ni quiso ocultarla.

Cuando asumió Kirchner, Osvaldo Bayer le sugirió desde una contratapa de Página/12 que abandonara el partido y construyera otro. Kirchner prefirió la lealtad matizada de transversalidad. Enfrentado con el peronismo de la vieja escuela, de corte conservador, ahora sufre las consecuencias de la falta de apoyo de Duhalde y su aparato.

Juan Carlos Portantiero (Hay una vuelta al clima de los 70, entrevista de Fernando Laborda. La Nación, 20/06/04, p. 6) hace notar que Perón “inventó” la transversalidad cuando nombró a tres ministros socialistas de los ocho del gabinete: Borlenghi (Interior), Bramuglia (Canciller) y Freire (Trabajo). ¿Por qué rasgarse las vestiduras ahora, entonces? Quizás porque el peronismo se asemeja a la Biblia: su manifiesta ambigüedad acepta interpretaciones disímiles, incluso contrapuestas, según le convenga al médium de turno. En los 90 la exégesis le correspondió a Menem; ahora a Duhalde o Kirchner. Pero el fundamentalismo se mantiene incólume.

Las discrepancias dentro del peronismo no son por ideas, sino por espacios de poder. No son, por tanto, discrepancias conducentes a resolver los problemas sociales, sino para perpetuarse y no perder su cuota de injerencia en ciertos ámbitos productivos: un Maguid frente a UPCN durante 30 años, un Barrionuevo en el Pami, los sindicalistas en general en sus gremios. Carlos Gabetta señala la funcionalidad del silencio: «el mutismo generalizado sobre las provocaciones de ciertos sectores piqueteros y el grupo Quebracho. O el hecho de que la progresista Asociación de Trabajadores del Estado no establezca por sí misma una lista de los falsos compañeros que integran las sucesivas capas geológicas de cargos políticos en la administración pública. (...) O que la mayoría de los sindicatos lleven años sin realizar asambleas y que a nadie se le mueva un pelo. O el blando interés por una reforma política profunda. O las formas en que algunas izquierdas dinamitaron desde adentro las promisorias asambleas populares nacidas en diciembre de 2001» (Progresismo desorientado. Le Monde Diplomatique, Cono Sur, julio 2004).

Si la izquierda responsable no se manifiesta, deja el campo arado para beneficio de la derecha. La falta de una izquierda seria y objetiva en Latinoamérica es la que ha alimentado la fascinación de las sociedades con la derecha demagógica y reaccionaria. El problema no es de la derecha, sino de la izquierda que deja hacer por no ponerse a la altura de las circunstancias.

El Gato Félix

Una característica del peronismo es que nadie desaparece del todo, ni siquiera con la muerte. Esto subraya nuestra necrofilia. Los viajes y manoseos del cadáver embalsamado de Evita, tan bien registrados por Tomás Eloy Martínez en Santa Evita, ocurridos hace unos pocos años, dan cuenta de una pasión fetichista digna de mejores causas. El robo de la mano de Perón (sin embalsamar, por expresa orden suya); el reciente remate en Christie’s de presuntos objetos de Perón, incluyendo una improbable mortaja de Evita; el esoterismo de López Rega, que el 1º/07/74, frente al general que ya se enfriaba, articuló unos pases mágicos para interrumpir (sin resultado) a la muerte; la construcción en marcha de un mausoleo para Perón (idea que ningún émulo de Balbín osó siquiera barruntar); y el ritual de la sangre y el salvajismo que tanto ERP, Montoneros, Triple A y las huestes de Onganía, Videla y otros impondrían en el país durante años, ejemplifican una conducta de moral inexistente y seguro sadismo. No son todos los argentinos, claro, pero sí muchos que cuando se hacen del poder reclaman «mano dura».

Oriana Fallaci lo expresó con claridad: «Los argentinos tienen un enano fascista adentro». Otros más finos, pero con similar contundencia, como Mauricio Rojas, del Parlamento Sueco, señalaron directamente la «falta de cultura democrática». Esmerada paradoja en un país que tradicionalmente ha sido culto, y que todavía es respetado en el exterior por sus intelectuales (artistas y científicos) antes que por sus políticos vedette de ideas cortas y manos largas (y casi siempre más rápidas que la vista).

Del peronismo nadie se va del todo. Evita acuñó una frase ilustrativa: «Volveré y seré millones». Con menor nivel lo repitió Carlos Aurelio Martínez, siendo vicegobernador de la provincia: «Volveremos como el Gato Félix» (sic), tal vez queriendo nombrar al Ave Fénix. Y de las cenizas de la barbarie, el abucheo y el descaro se vuelve: quizás no incólume, pero con ansias de poder renovadas y, siempre, sin-vergüenza. A cara de perro, como se dice. Así Obeid y Reutemann después de la inundación. Así Menem (emulando astutamente los mensajes que Perón enviaba desde el exilio) el 14/06/04 hizo oír un discurso grabado; la cita fue en el acto de lanzamiento del PP, Peronismo Popular (una tautología, se la mire por donde se la mire), en la Casa Suiza, en Capital Federal. Menem desea volver a postularse en el 2007, y su hermano Eduardo comenzó a mover las fichas en ese sentido. ¿Qué decisión tomará Reutemann cuando llegue el momento? ¿Y Obeid? ¿Y todos los otros que apoyaron a Menem en los 90, que ahora públicamente lo critican?

Al acto concurrieron unos 500 menemistas, incluyendo al santafesino Luis Rubeo (otro que anhela volver, como el Fénix). Al fin de cuentas Perón determinó que «para un peronista no hay nada mejor que otro peronista». Bajo esta luz las peleas entre Kirchner y Duhalde no son más que rencillas domésticas por un poco más de poder. El peronismo es eso, en definitiva: acumulación de poder con el fin de acumular más poder con el fin de perpetuarse en el poder. Una máquina aceitada que, como la Iglesia Católica, muta para que todo siga igual. Lampedusa no describió al peronismo, pero prefiguró su estrategia con exquisita sabiduría.

Gustavo Béliz fue funcionario de Menem, y se fue dando un portazo; regresó con Kirchner, y ahora volvió a irse. Alberto Iribarne fue viceministro de Menem, y ahora es secretario de Seguridad de Kirchner. Horacio Rosatti fue secretario de Gobierno de Reutemann, y ahora lo reemplaza a Béliz.

Los “gordos”

Hugo Moyano es el nuevo secretario general de la CGT, aunque en realidad se trate de un triunvirato, con Susana Rueda y José Luis Lingeri a sus flancos. El líder camionero, definido como «un matón barato» por Patricia Bullrich, fue “socio” de Adolfo Rodríguez Sáa y Aldo Rico. Elección de la que sólo un miembro del partido puede ufanarse: un arribista que festejó el default y no sabe escribir (como demostró en televisión en el programa de Mariano Grondona), y un histérico embetunado cuya mayor gloria fue rebelarse contra la democracia. Joaquín Morales Solá hace notar que entre Kirchner y Moyano no hay nada en común: «En los años 70, el líder de los camioneros militaba en la Juventud Sindical Peronista, una agrupación que combatía las ideas de izquierda de la Juventud Peronista, con la que simpatizaba el actual Presidente, y a los montoneros. Hace un año, Moyano se acomodó al lado de Rodríguez Sáa» (La Nación, 18/07/04, p. 25).

Ahora Moyano llegó a la CGT “oficial” y “unificada” gracias al apoyo de Luis Barrionuevo. Como sostuvo Bullrich, previendo este resultado, «¿Qué pueden esperar los trabajadores?» (La Nación, 10/07/04, p. 12). Barrionuevo comienza a reconstruir su poder desde las sombras de Moyano. Su intención es regresar en 2005 o 2007. Magullado, lame sus heridas mientras espera el momento. Sabe que la enemistad con Kirchner no es de por vida; que otros peronistas lo apoyan, esperando también su momento para retornar; que la lucha entre la vieja política y la nueva aún tiene muchas batallas que librar. Y sabe, fundamentalmente, que él es peronista de la primera hora y que eso, en el momento de la obsecuencia y «la lealtad», siempre cotiza. Es probable que también sepa que la falta de renovación atenta contra la democracia. Pero eso no importa en el partido; de eso no se habla.

© Carlos O. Antognazzi.
Escritor.
Santo Tomé, julio de 2004.

Publicado en el diario “Castellanos” (Rafaela, Santa Fe, el 20/08/04). Copyright: Carlos O. Antognazzi, 2004.

Este artículo tiene © del autor.

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